Escrito por Friedrich Engels el 3 de mayo de 1882 y publicado sin título en Der Sozialdemokrat (Zúrich), n.º 21, 18 de mayo de 1882; el título es de los editores. Traducido del alemán, según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 306-308), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Con qué velocidad fabulosa avanza la concentración del capital en los Estados Unidos de América lo muestra una estadística publicada hace poco en periódicos ingleses. Según ella, el más rico de los ricos es el señor Vanderbilt, de Nueva York.1 Se calcula que este barón del ferrocarril, de la tierra, de las chimeneas, etc., tiene una fortuna («worth», dice el americano) de cerca de 300 millones de dólares (1 dólar = 4 marcos y 25 pfennigs). Posee 65 millones de dólares en empréstitos de los Estados Unidos (bonos), 50 millones en acciones del ferrocarril New York Central and Hudson River y otros 50 millones en acciones de otras compañías ferroviarias, además de una colosal propiedad territorial, tanto en Nueva York como en el interior del país. El señor Vanderbilt, añaden admirados los periódicos, puede comprar a varios Rothschild y seguir siendo todavía el hombre más rico del mundo.
¡Y esta fortuna colosal la ha ahorrado la familia Vanderbilt en unos treinta años! El caso, escribe la Whitehall Review, no tiene igual en la historia. Lo creemos.
Tras Vanderbilt siguen, en la lista de los ricachones:
Jay Gould, otro estafador ferroviario de triste fama, 100 millones de dólares; Mackay, el propietario de minas de plata, promotor de la agitación en favor del «bimetalismo por tratado»,2 50 millones; Crocker, 50 millones; John Rockefeller, caballero del petróleo (aunque no pétroleur),3 40 millones; C. P. Huntington, 20 millones; D. O. Mills, 20 millones; el senador Fair, 30 millones; el exgobernador Stanford, 40 millones; Russel Sage, 15 millones; J. R. Keene, 15 millones; S. J. Tilden, 15 millones; E. D. Morgan, 10 millones; Samuel Sloan, 10 millones; Garrison, 10 millones; Cyrus W. Field, 10 millones; Hugh J. Jewett, 5 millones; Sidney Dillon, 5 millones; David Dows, 5 millones; J. D. Navarro, 5 millones; John W. Garrett, 5 millones; W. B. Astor, 5 millones.
Hasta aquí la lista, que, sin embargo, no es en absoluto completa. El número de príncipes del dinero norteamericanos es todavía mucho mayor. Y esta fabulosa acumulación de riqueza aumenta día a día con la enorme inmigración en América. Porque, directa e indirectamente, la inmigración beneficia en primer lugar a los magnates del capital. Directamente, porque es la causa de una rápida subida del precio del suelo; indirectamente, porque la mayoría de los inmigrantes hace bajar el nivel de vida de los obreros norteamericanos. Ya ahora encontramos en los innumerables informes de huelgas que publican nuestros órganos hermanos de América un porcentaje cada vez mayor de huelgas para defenderse de rebajas salariales, y la mayoría de las huelgas que persiguen un aumento de salario tampoco son en el fondo otra cosa, pues las provocan o la enorme subida de los precios o la falta de los aumentos salariales que suelen darse en primavera.
De este modo, la corriente de emigrantes que Europa envía ahora cada año a América no hace sino contribuir a llevar al extremo la economía capitalista con todas sus consecuencias, de modo que, tarde o temprano, allí se hará inevitable un crac colosal. Entonces la corriente de emigrantes se detendrá, o quizá incluso invierta su curso; es decir, habrá llegado el momento en que el obrero europeo, y en especial el alemán, se encuentre ante la alternativa: ¡morir de hambre o la revolución! Y una vez que la alternativa se plantee así, entonces, ¡adiós, afortunados del santo Imperio prusiano-alemán!
Y ese momento está más cerca de lo que la mayoría sueña. Ya les cuesta a los inmigrantes encontrar trabajo allí; cada vez se ven con más claridad los signos precursores de la crisis comercial que se acerca; basta un motivo, por insignificante que sea, en el momento decisivo, y ¡ahí está el crac!
Por eso, por mucho que lamentemos con la New Yorker Volkszeitung la emigración desde Alemania,4 por convencidos que estemos de que traerá consigo de momento un empeoramiento sustancial de la situación de los obreros norteamericanos, y por mucho que deseemos además con ella que los obreros alemanes dirijan toda su atención exclusivamente a mejorar su situación en Alemania, no podemos, sin embargo, compartir su pesimismo. Tenemos que contar con las circunstancias tal como son y —dado que, gracias a la miopía y la codicia de nuestros adversarios, excluyen cada vez más un desarrollo en un sentido realmente reformador— buscar entonces nuestra tarea en preparar los espíritus, a despecho de todos los miedosos, para el curso revolucionario de los acontecimientos.
Para el conflicto entre la concentración gigantesca del capital, de un lado, y la miseria creciente de las masas, de otro, no hay más que una solución: ¡la revolución social!
William Henry Vanderbilt (1821-1885), hijo y heredero del naviero y magnate ferroviario Cornelius Vanderbilt (1794-1877). ↩
John William Mackay (1831-1902), enriquecido con las minas de plata de Nevada. Los propietarios de minas de plata promovían un acuerdo internacional que fijara una relación legal entre el oro y la plata (bimetalismo). ↩
Juego de palabras: Petroleumritter (caballero del petróleo) y Petroleur, el «petrolero», como llamaba la prensa burguesa a los supuestos incendiarios de la Comuna de París de 1871. ↩
New Yorker Volkszeitung, diario socialista en lengua alemana de Nueva York, fundado en 1878. ↩