Escrito por Friedrich Engels entre finales de septiembre y comienzos de octubre de 1889 y publicado en Der Sozialdemokrat (Londres), n.º 40, 5 de octubre de 1889. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962), pp. 383-387, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
De todas las burguesías nacionales, la inglesa es sin duda la que hasta ahora ha conservado más inteligencia de clase, es decir, inteligencia política. Nuestra burguesía alemana es tonta y cobarde; ni siquiera ha sabido tomar y conservar el dominio político que la clase obrera le conquistó en 1848; en Alemania la clase obrera tiene que barrer primero los restos del feudalismo y del absolutismo patriarcal que nuestra burguesía tenía la obligación de haber quitado de en medio hace mucho tiempo. La burguesía francesa, la más codiciosa y la más ávida de placeres de todas, está cegada por su propia codicia y no ve sus propios intereses futuros; solo mira del hoy al mañana, se lanza con furia de ganancias a la corrupción más escandalosa, declara alta traición socialista un impuesto sobre la renta, no sabe responder a una huelga más que con descargas de infantería y consigue así que, en una república con sufragio universal, a los obreros apenas les quede otro medio de vencer que la revolución violenta. La burguesía inglesa no es ni tan codiciosamente tonta como la francesa ni tan cobardemente tonta como la alemana. Durante la época de sus mayores triunfos ha hecho continuamente concesiones a los obreros; hasta su parte más obtusa, la aristocracia conservadora de la tierra y las finanzas, no tuvo reparo en dar el voto a los obreros de las ciudades en una medida tal que solo fue culpa de esos mismos obreros no tener desde 1868 entre cuarenta y cincuenta de los suyos en el parlamento.1 Y desde entonces la burguesía en bloque —conservadores y liberales unidos— ha extendido el sufragio ampliado también a los distritos rurales, ha igualado aproximadamente el tamaño de las circunscripciones y ha puesto así a disposición de la clase obrera al menos treinta circunscripciones más.2 Mientras la burguesía alemana no ha tenido nunca la capacidad de dirigir y representar a la nación como clase dominante, mientras la francesa demuestra día tras día —y ahora mismo otra vez en las elecciones—3 que ha perdido por completo esa capacidad, que en otro tiempo poseyó en mayor grado que ninguna otra clase media, la burguesía inglesa (en la que la llamada aristocracia se ha fundido y está comprendida) ha mostrado hasta el final todavía un cierto talento para desempeñar, al menos hasta cierto punto, su posición de clase dirigente.
Pero esto parece estar cambiando cada vez más. En Londres todo lo que tiene que ver con el viejo gobierno de la ciudad —la constitución y la administración de la City propiamente dicha— es todavía pura Edad Media. Y a eso pertenece también el puerto de Londres, el primer puerto del mundo. Los propietarios de los muelles de carga (wharfingers), los gabarreros (lightermen) y los barqueros (watermen) forman verdaderos gremios con privilegios exclusivos y, en parte, con trajes todavía medievales. Sobre estos anticuados privilegios gremiales se ha colocado en los últimos setenta años, como corona, el monopolio de las compañías de los docks, y con ello todo el gran puerto de Londres ha quedado entregado a la explotación sin miramientos de un pequeño número de corporaciones privilegiadas. Y todo este engendro privilegiado se perpetúa y se vuelve, por así decirlo, intocable gracias a la serie interminable de leyes del parlamento, complicadas y contradictorias, que lo crearon y lo hicieron crecer, de tal modo que ese laberinto jurídico se ha convertido en su mejor muralla protectora. Pero mientras frente al público comerciante estas corporaciones se aferran a sus prerrogativas medievales y hacen de Londres el puerto más caro del mundo, los miembros de estas sociedades se han convertido en puros burgueses que, además de a sus clientes, explotan de la manera más vil a sus obreros y se embolsan así a la vez las ventajas de la sociedad gremial medieval y de la sociedad capitalista moderna.
Pero como esta explotación se desarrollaba en el marco de la sociedad capitalista moderna, quedaba sometida, pese a su disfraz medieval, a las leyes de esta sociedad. Los grandes se comieron a los pequeños o, al menos, los ataron a su carro triunfal. Las grandes compañías de los docks se convirtieron en señoras de los gremios de los propietarios de muelles, los gabarreros y los barqueros, y con ello de todo el puerto de Londres. Vieron abrirse así la perspectiva de un beneficio sin límites. Esa perspectiva las cegó. Tiraron millones por la ventana en inversiones disparatadas; y como estas compañías eran varias, se metieron en una guerra competitiva mutua que costó otros millones, dio lugar a nuevas construcciones absurdas y llevó a las compañías al borde de la bancarrota, hasta que por fin, hace unos dos años, se pusieron de acuerdo.
Entretanto el comercio de Londres había pasado su punto culminante. El Havre, Amberes, Hamburgo y, desde el nuevo canal marítimo, Ámsterdam atraían una parte creciente del tráfico que antes había tenido su centro en Londres. Liverpool, Hull y Glasgow se llevaron también su parte. Los docks recién construidos quedaron vacíos, los dividendos menguaron y en parte desaparecieron del todo, las acciones bajaron, y los directores de los docks, ricachones altaneros y testarudos, mal acostumbrados por los buenos tiempos de antes, no sabían qué hacer. No querían reconocer las causas reales del retroceso relativo y absoluto del tráfico del puerto de Londres. Y esas causas, en la medida en que son de naturaleza local, son única y exclusivamente su propia y engreída torpeza y la madre de esta, su posición privilegiada, la constitución medieval, caduca desde hace mucho tiempo, de la City y del puerto de Londres, cuyo sitio legítimo es el Museo Británico, junto a las momias egipcias y los monstruos asirios de piedra.
En ninguna otra parte del mundo se toleraría semejante disparate. En Liverpool, donde se estaban formando situaciones parecidas, se ahogaron en germen y se modernizó toda la constitución del puerto. Pero en Londres el comercio sufre, gruñe y... lo aguanta. La burguesía, cuya masa tiene que pagar los costes de estas necedades, se inclina ante el monopolio; a regañadientes, es verdad, pero se inclina. Ya no tiene energía para sacudirse la pesadilla que con el tiempo amenaza con ahogar las condiciones de vida de todo Londres.
Y entonces estalla la huelga de los estibadores de los docks.4 No es la burguesía saqueada por las compañías de los docks la que se rebela; son los obreros explotados por ellas, los más pobres de los pobres, la capa más baja de los proletarios del East End, los que arrojan el guante a los magnates de los docks. Y entonces, por fin, la burguesía cae en la cuenta de que también ella tiene un enemigo en los magnates de los docks, de que los obreros en huelga han entablado la lucha no solo en su propio interés, sino indirectamente también en interés de la clase burguesa. Ese es el secreto de la simpatía del público por la huelga y de las aportaciones de dinero, de una generosidad hasta ahora inaudita, de los círculos burgueses. Pero ahí se quedó la cosa. Los obreros entraron en fuego entre los vítores y los aplausos de la burguesía; los obreros libraron la lucha hasta el final y no solo demostraron que los orgullosos magnates de los docks podían ser vencidos, sino que con su lucha y su victoria agitaron de tal modo a toda la opinión pública que el monopolio de los docks y la constitución feudal del puerto ya no pueden sostenerse y probablemente irán a parar pronto al Museo Británico.
Este trabajo debería haberlo hecho la burguesía hace mucho tiempo. No ha podido o no ha querido. Ahora lo han tomado en sus manos los obreros, y ahora se hará. Con otras palabras, aquí la burguesía ha abdicado de su propio papel en favor de los obreros.
Ahora, otro cuadro. Del medieval puerto de Londres pasamos a las modernas hilaturas de algodón de Lancashire. Aquí estamos ahora mismo en el período en que la cosecha de algodón de 1888 se ha agotado y la de 1889 no ha llegado todavía al mercado, es decir, en el período en que la especulación con la materia prima tiene las mejores perspectivas. Un rico holandés llamado Steenstrand ha formado con otros compinches un ring para acaparar todo el algodón disponible y hacer subir en consecuencia los precios. Los hiladores de algodón solo pueden hacerle frente restringiendo el consumo, es decir, parando sus fábricas varios días a la semana o del todo hasta que se vea venir algodón nuevo. Eso es lo que llevan intentando seis semanas. Pero no hay manera, como nunca la ha habido en ocasiones anteriores. Porque entre los hiladores hay muchos tan endeudados que una parada parcial o total los pone al borde de la ruina. Y otros desean incluso que la mayoría pare y haga subir así los precios del hilo, mientras ellos mismos quieren seguir trabajando y sacar provecho de esos precios más altos del hilo. Desde hace más de diez años se ha visto además que solo hay un medio de imponer la parada general de todas las fábricas de algodón, sea cual sea el fin. A saber, llevar a cabo una rebaja de salarios de, digamos, el 5 por ciento. Entonces hay una huelga, o bien un cierre de las fábricas por los propios fabricantes, y entonces, en la lucha contra los obreros, reina la unidad absoluta entre los fabricantes, y paran sus máquinas incluso los que no saben si alguna vez volverán a estar en condiciones de ponerlas en marcha.
Tal como están las cosas, hoy no es aconsejable una rebaja de salarios. Pero ¿cómo imponer sin ella el cierre general de las fábricas, sin el cual los hiladores quedan entregados atados de pies y manos a los especuladores durante unas seis semanas? Mediante un paso único en la historia de la industria moderna.
Los fabricantes, por medio de su comité central, se dirigen «oficiosamente» al comité central de las uniones de oficio de los obreros con el ruego de que los obreros organizados, en interés común, obliguen a parar a los fabricantes recalcitrantes organizando huelgas. Los señores fabricantes, confesando su propia incapacidad para actuar unidos, ruegan a los sindicatos obreros, antes tan odiados, que tengan la bondad de ejercer la coacción contra ellos mismos, los fabricantes, para que ellos, los fabricantes, se vean llevados por la amarga necesidad a actuar por fin unidos, como clase, en interés de su propia clase. ¡Obligados por los obreros, porque ellos solos no son capaces!
Los obreros aceptaron. Y bastó la mera amenaza de los obreros. En veinticuatro horas el ring de los especuladores del algodón quedó roto. Eso demuestra lo que pueden los fabricantes y lo que pueden los obreros.
Aquí, pues, en la más moderna de todas las grandes industrias modernas, la burguesía se muestra tan incapaz de imponer sus propios intereses de clase como en el Londres medieval. Y más aún. Lo confiesa abiertamente y, al dirigirse a los obreros organizados con el ruego de que impongan un interés de clase esencial de los fabricantes contra los propios fabricantes, no solo abdica ella misma, sino que reconoce en la clase obrera organizada a su sucesora, llamada a dominar y capaz de hacerlo. Proclama ella misma que, si bien cada fabricante individual puede todavía dirigir su propia fábrica, únicamente los obreros organizados están todavía en condiciones de tomar en sus manos la dirección de toda la industria algodonera. Y eso, dicho en plata, quiere decir que los fabricantes ya no tienen otra vocación que la de convertirse en gerentes a sueldo al servicio de los obreros organizados.
F. Engels
La segunda ley de reforma electoral (1867), del gobierno conservador de Disraeli, dio el voto a los cabezas de familia de las ciudades; las primeras elecciones con la nueva ley se celebraron en 1868. ↩
La tercera ley de reforma (1884) extendió el mismo sufragio a los condados, y la ley de redistribución de escaños de 1885 creó circunscripciones de tamaño aproximadamente igual. ↩
Las elecciones legislativas francesas de septiembre y octubre de 1889, en plena crisis boulangista. ↩
La gran huelga de los estibadores del puerto de Londres (14 de agosto - 14 de septiembre de 1889), que terminó con la victoria de los huelguistas y abrió la época del «nuevo sindicalismo» de los obreros no cualificados. Véase la carta de Engels sobre la huelga. ↩