Escrito por Friedrich Engels en inglés a finales de mayo de 1889 y publicado en The Labour Leader, vol. I, n.º 5, junio de 1889. Traducido del texto inglés del periódico, según la transcripción de Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962), pp. 376-378, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
La huelga de los mineros alemanes es para nosotros un acontecimiento inmenso. Como los mineros de Inglaterra en tiempos del cartismo, los mineros del carbón de Alemania son los últimos en sumarse al movimiento, y este es su primer arranque. El movimiento empezó en la cuenca carbonífera de Westfalia, en el norte, un distrito que produce 45 millones de toneladas al año y que no está desarrollado ni a la mitad: se ha perforado en busca de carbón hasta una profundidad de 500 yardas. Estos mineros —hasta ahora buenos súbditos, patriotas, obedientes y religiosos, que daban algunos de los mejores soldados de infantería al VII cuerpo de ejército (los conozco bien: mi ciudad natal está solo a 6 o 7 millas al sur de la cuenca)—1 se han despertado ahora del todo por la opresión de sus capitalistas. Mientras las minas, casi todas sociedades por acciones, pagaban dividendos enormes, el salario real de los hombres se reducía sin cesar; el salario nominal semanal se mantenía, y en algunos casos hasta subía en apariencia, obligando a los hombres a hacer horas extraordinarias enormes: en lugar de turnos sencillos de 8 horas trabajaban de 12 a 16, con lo que hacían de 9 a 12 turnos por semana. Imperaban las tiendas de truck,2 disfrazadas con el nombre de tiendas «cooperativas». Era la regla el fraude en la cantidad de carbón arrancado, rechazando vagonetas enteras de carbón por malo o por mal cargadas. Pues bien, desde el invierno pasado los hombres habían avisado varias veces de que irían a la huelga si no se ponía remedio a esto, pero en vano, y al fin fueron a la huelga, tras haber dado el debido aviso de su intención, y los patronos mienten cuando sostienen lo contrario. En una semana había 70.000 hombres en paro, y los patronos tuvieron que alimentar la huelga, porque solo pagaban los salarios una vez al mes y siempre retenían el salario de un mes, que ahora tuvieron que soltar a los huelguistas. Los patronos cayeron así en su propia red. Pues bien, los hombres mandaron aquella famosa delegación al emperador —un muchacho presumido y engreído, un pisaverde—, que los recibió con un discurso amenazador: si se volvían hacia los socialdemócratas e injuriaban a las autoridades, los haría fusilar sin piedad.3 (Eso ya se había intentado, en efecto, en Bochum, donde un subteniente, un chaval de 19 años, ordenó a sus hombres disparar contra los huelguistas; la mayoría disparó al aire.) Pero, con todo, el imperio entero tembló ante estos hombres en huelga. El comandante militar del distrito se presentó en el lugar, lo mismo que el ministro del Interior, y se intentó todo para convencer a los patronos de que hicieran concesiones. El emperador llegó a decirles que se rascaran el bolsillo y dijo en un consejo de ministros: «Mis soldados están ahí para mantener el orden, pero no para proporcionar grandes beneficios a los propietarios de las minas».
Pues bien, por la intervención de la oposición liberal (que ha ido perdiendo un escaño tras otro en el parlamento porque los obreros se pasan a nosotros) se llegó a un compromiso y los hombres volvieron al trabajo. Pero apenas habían entrado cuando los patronos faltaron a su palabra, despidieron a algunos de los cabecillas (aunque habían acordado no hacerlo), se negaron a regular las horas extraordinarias de acuerdo con los hombres, como se había convenido, etc. La huelga amenazaba con estallar de nuevo, pero el asunto sigue en suspenso, y estoy seguro de que el gobierno, que tiene un miedo de mil demonios, hará ceder a los patronos al menos por un tiempo. Luego la huelga se extendió a las cuencas carboníferas n.º II y III.4 Este distrito se había mantenido hasta ahora libre del contagio socialista, porque todo el que iba allí a agitar, si caía en las mallas de la ley, se llevaba tantos años de cárcel como meses le habrían caído en cualquier otro lugar de Alemania. Solo el gobierno hizo concesiones a los hombres, pero está por ver si bastarán. Después los hombres de la cuenca de Sajonia y de las dos cuencas de Silesia,5 todavía más al este, se sumaron a la canción, de modo que en las últimas tres semanas ha habido en Alemania al menos 120.000 mineros del carbón en huelga, y de ellos se contagiaron los mineros belgas y bohemios, mientras en Alemania una serie de otros oficios que habían preparado huelgas para esta temporada de primavera han dejado también el trabajo. Así que no cabe duda de que los mineros alemanes se han unido a sus hermanos en la lucha contra el capital, y como son una magnífica tropa de hombres y casi todos han pasado por el ejército, forman un refuerzo importante para nuestras filas. Su fe en el emperador y en el cura se ha hecho añicos, y haga lo que haga el gobierno, ningún gobierno puede dar satisfacción a los hombres sin trastornar el sistema capitalista, y eso el gobierno alemán ni puede ni quiere intentarlo. Es la primera vez que el gobierno ha tenido que fingir una posición imparcial en una huelga en Alemania: así que su virginidad en este terreno se ha perdido para siempre, y tanto Guillermo como Bismarck han tenido que inclinarse ante el despliegue de 100.000 obreros en huelga. Eso solo ya es un resultado glorioso.
Engels nació en Barmen, en el valle del Wupper, al sur de la cuenca del Ruhr. ↩
El pago del salario en vales o en especie, que obligaba a los obreros a comprar en las tiendas del patrono. ↩
Guillermo II, que tenía entonces treinta años, recibió el 14 de mayo de 1889 a una delegación de tres mineros. ↩
Probablemente la cuenca del Sarre, cuyas minas eran del Estado prusiano; de ahí que, como dice Engels a continuación, solo el gobierno hiciera concesiones. ↩
La transcripción inglesa dice Siberian («siberianas»), errata evidente que corregimos en el original por Silesian, como dice la versión alemana de la MEW («schlesischen»). ↩