Escrito en inglés por Friedrich Engels entre el 21 de febrero y el 1 de marzo de 1890 y publicado en The Newcastle Daily Chronicle, n.º 9945, 3 de marzo de 1890. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 3-6), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Que el Partido Socialdemócrata de Alemania iba a obtener un éxito sonado en las elecciones generales de 1890 no podía ponerlo en duda nadie que hubiera seguido la evolución política de ese país durante el último decenio. En 1878 los socialistas alemanes fueron sometidos a unas leyes de excepción rigurosas,1 en virtud de las cuales se suprimieron todos sus periódicos, se prohibieron o disolvieron sus reuniones, se aniquiló su organización y se castigó como «sociedad secreta» todo intento de rehacerla, de modo que se dictaron contra miembros del partido condenas que suman más de mil años de cárcel. Pese a todo, consiguieron introducir de contrabando en el país y repartir con regularidad cada semana unos 10.000 ejemplares de su órgano impreso en el extranjero, el Sozialdemokrat,2 y miles y miles de folletos; consiguieron entrar en el Parlamento alemán (nueve diputados) y en innumerables concejos municipales, entre otros el de Berlín. La fuerza creciente del partido era evidente incluso para sus enemigos más encarnizados.
Y, sin embargo, un éxito como el que han conseguido el 20 de febrero tiene que sorprender aun a los más optimistas de entre ellos. Veintiún escaños conquistados:3 es decir, en veinte distritos electorales se han mostrado más fuertes que todos los demás partidos juntos. Cincuenta y ocho segundas vueltas: es decir, en 58 distritos son, de todos los partidos que han presentado candidatos, el más fuerte o el segundo más fuerte, y la nueva votación decidirá definitivamente entre los dos candidatos que obtuvieron más votos sin que ninguno alcanzara la mayoría absoluta. En cuanto al número total de votos socialistas emitidos, solo podemos dar una estimación aproximada. En 1871 no pasaron de 102.000; en 1877, 493.000; en 1884, 550.000; en 1887, 763.000; en 1890 no pueden ser menos de 1.250.000, y puede que sean bastantes más. La fuerza del partido ha crecido en tres años por lo menos un 60-70 por ciento.
En 1887 solo había tres partidos con más de un millón de electores: los nacional-liberales, 1.678.000; el Centro o partido católico, 1.516.000, y los conservadores, 1.147.000. Esta vez el Centro mantendrá sus posiciones, los conservadores han perdido bastante y los nacional-liberales han perdido muchísimo. Así pues, los socialistas seguirán por detrás del Centro, pero alcanzarán de lleno, o superarán, tanto a los nacional-liberales como a los conservadores.
Estas elecciones suponen una revolución completa en la situación de los partidos en Alemania. Inaugurarán, en efecto, una nueva época en la historia de ese país. Marcan el comienzo del fin del periodo de Bismarck. La situación, en este momento, es la siguiente.
Con sus decretos sobre la legislación del trabajo y las conferencias internacionales sobre el trabajo,4 el joven Guillermo se ha soltado de su mentor Bismarck. Este creyó prudente dar a su joven amo cuerda de sobra y esperar tranquilamente a que Guillermo II se metiera en un lío con su manía de hacer de amigo del obrero: ese sería el momento de que Bismarck entrara en escena como deus ex machina. Esta vez a Bismarck no le importaba mucho cómo salieran las elecciones; un Reichstag ingobernable, que se disolvería en cuanto el joven emperador hubiera reconocido su error, sería más bien una ventaja para Bismarck, y un éxito socialista considerable podría ayudarle a preparar un buen grito de guerra con el que acudir al país cuando llegara la hora de la disolución. Y el astuto canciller tiene esta vez, en efecto, un Reichstag que nadie podrá gobernar. Guillermo II verá muy pronto la imposibilidad, para un hombre en su posición y con el actual estado de ánimo tanto de la aristocracia terrateniente como de la burguesía, de llevar a cabo siquiera una sombra de los objetivos a que aluden sus decretos, mientras que las elecciones ya le han convencido de que la clase obrera de Alemania tomará cualquier cosa que él le ofrezca como un pago a cuenta, pero no cederá ni un ápice de sus principios y reivindicaciones, ni aflojará en su oposición a un gobierno que no puede vivir sino amordazando a la mayoría trabajadora del pueblo.
Así pues, antes de mucho habrá un conflicto entre el emperador y el Parlamento; todos los partidos rivales acusarán a los socialistas de ser los causantes de todo; el nuevo grito electoral estará ahí, ya hecho; y entonces Bismarck, después de haber dado la lección necesaria a su señor y amo, entrará en escena y disolverá.
Pero entonces se encontrará con que las cosas han cambiado. Los obreros socialistas serán más fuertes y más decididos que nunca. Con la aristocracia Bismarck nunca pudo contar; siempre lo consideró un traidor al verdadero conservadurismo, y estará dispuesta a arrojarlo por la borda en cuanto el emperador decida dejarlo caer. La burguesía era su principal sostén, pero ha perdido la confianza en él. La pequeña riña de familia entre Bismarck y el emperador ha llegado a ser de dominio público. Ha demostrado que Bismarck ya no es todopoderoso y que el emperador no está a salvo de manías peligrosas. ¿En cuál de los dos ha de confiar entonces el filisteo de la burguesía alemana? El hombre sabio se está quedando sin poder, y el hombre poderoso resulta no ser sabio. En efecto, la confianza en la estabilidad del orden de cosas establecido en 1871, una confianza que, en lo que toca a la burguesía alemana, fue inquebrantable mientras el viejo Guillermo reinó, Bismarck gobernó y Moltke estuvo a la cabeza del ejército, esa confianza se ha ido, y se ha ido para siempre. La carga creciente de los impuestos, la carestía de la vida causada por unos aranceles ridículos sobre todas las cosas, tanto alimentos como artículos manufacturados, el peso insoportable del servicio militar, el miedo constante y siempre renovado a la guerra, y a una guerra de dimensiones europeas, en la que de 4 a 5 millones de alemanes tendrían que tomar las armas, todo esto ha hecho su obra apartando del gobierno al campesino, al pequeño comerciante, al obrero, de hecho a la nación entera, con excepción de los pocos que se benefician de los monopolios creados por el Estado. Todo esto se soportaría como algo inevitable mientras el viejo Guillermo, Moltke y Bismarck formaran un triunvirato gobernante que parecía invencible. Pero ahora el viejo Guillermo ha muerto, Moltke está jubilado y Bismarck tiene que vérselas con un joven emperador al que él mismo llenó de una vanidad sin límites, que por eso se tiene por un segundo Federico el Grande y no es, después de todo, más que un fatuo petimetre, ansioso de sacudirse el yugo de su canciller y, además, un juguete en manos de los intrigantes de la corte. En semejante estado de cosas, la inmensa presión sobre el pueblo ya no se soporta con paciencia; la vieja fe en la estabilidad de las cosas se ha perdido; la resistencia, que antes parecía inútil, se convierte ahora en una necesidad; y así, por ingobernable que parezca este Reichstag, puede que lo sea mucho menos que el próximo.
Así pues, es muy probable que Bismarck esté calculando mal su jugada. Si disuelve, puede que hasta el spectre rouge,5 el grito de guerra antisocialista, le falle. Pero, en cambio, tiene una cualidad indudable: una energía sin escrúpulos. Si le conviene, puede provocar disturbios y probar qué efecto tiene una pequeña «sangría». Pero entonces no debería olvidar que por lo menos la mitad de los socialistas alemanes han pasado por el ejército. Allí aprendieron la disciplina que les ha permitido hasta ahora resistir a toda provocación a la revuelta. Pero allí aprendieron también algo más.
La ley «contra las aspiraciones de la socialdemocracia, peligrosas para la comunidad» (ley antisocialista), aprobada en octubre de 1878 y prorrogada varias veces; caducó el 30 de septiembre de 1890, después de que el Reichstag se negara en enero de ese año a renovarla. ↩
Der Sozialdemokrat, órgano central del partido durante la ley antisocialista; se imprimió en Zúrich de 1879 a 1888 y luego en Londres hasta septiembre de 1890. Lo dirigía Eduard Bernstein. ↩
Así en el periódico; la versión alemana de la MEW corrige «veinte», que concuerda con los veinte distritos de la frase siguiente. ↩
Los dos decretos de Guillermo II del 4 de febrero de 1890, que anunciaban una reforma de la legislación de protección del trabajo y convocaban una conferencia internacional sobre esa materia, reunida en Berlín en marzo de 1890. ↩
«Espectro rojo»; en francés en el original. ↩