Escrito por Friedrich Engels en francés entre el 13 y el 22 de octubre de 1891 para el Almanach du Parti Ouvrier pour 1892 (París); traducido por el propio Engels al alemán, con una introducción y una parte final escritas en enero de 1892, y publicado en Die Neue Zeit, año X, tomo 1, n.º 19, 1891-1892. Traducido de esta versión alemana de Engels según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 247-260), cotejada con el texto del Marxists Internet Archive, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Lo que sigue es la traducción de un artículo que escribí en francés, a petición de nuestros amigos de París, para el Almanach du Parti Ouvrier pour 1892. Tanto a los socialistas franceses como a los alemanes les debo publicarlo también en alemán. A los franceses, porque en Alemania tiene que saberse con qué franqueza se puede discutir con ellos el caso en que los socialistas alemanes participarían incondicionalmente en una guerra, incluso contra Francia, y lo libres que están estos franceses del chovinismo y la sed de revancha que exhiben con tanta ostentación todos los partidos burgueses, desde los monárquicos hasta los radicales. A los alemanes, porque tienen derecho a saber de mí mismo, de manera auténtica, lo que he contado de ellos a los franceses.
Se entiende por sí solo —pero lo repito expresamente— que en este artículo hablo solo en mi propio nombre, y en modo alguno en nombre del partido alemán. Para eso solo tienen derecho las autoridades elegidas, los representantes y los hombres de confianza de ese partido. Y además, mi posición internacional, adquirida en cincuenta años de trabajo, me prohíbe presentarme como representante de este o aquel partido socialista nacional frente a los demás, aunque no me prohíbe recordar que soy alemán y sentirme orgulloso de la posición que nuestros obreros alemanes han conquistado por delante de todos los demás.
I
El socialismo alemán data de mucho antes de 1848. Al principio presentaba dos corrientes independientes. Por un lado, un movimiento puramente obrero, rama del comunismo obrero francés; de él salió, como una de sus fases de desarrollo, el comunismo utópico de Weitling. Por otro, un movimiento teórico, surgido de la descomposición de la filosofía hegeliana; esta tendencia está dominada desde el principio por el nombre de Marx. El Manifiesto comunista de enero de 1848 señala la fusión de ambas corrientes, una fusión consumada y sellada en el horno ardiente de la revolución, en la que todos ellos, obreros y exfilósofos, se portaron como hombres.
Tras la derrota de la revolución europea de 1849, el socialismo en Alemania tuvo que limitarse a una existencia clandestina. Hasta 1862 no volvió a enarbolar Lassalle, discípulo de Marx, la bandera socialista. Pero aquel ya no era el audaz socialismo del Manifiesto; lo que Lassalle reclamaba en interés de la clase obrera era la creación de cooperativas de producción con crédito del Estado: una reedición del programa de la fracción obrera de París que antes de 1848 seguía al National de Marrast, puramente republicano; es decir, de un programa que los republicanos puros oponían a la Organización del trabajo de Louis Blanc. El socialismo lassalleano, como se ve, era muy modesto. Y sin embargo marca el punto de partida de la segunda fase de desarrollo del socialismo en Alemania. Pues el talento, el ardor y la indomable energía de Lassalle lograron dar vida a un movimiento obrero al que se vincula, por lazos positivos o negativos, amistosos u hostiles, todo lo que el proletariado alemán ha hecho por cuenta propia durante diez años.
En efecto, ¿podía el lassalleanismo puro, tal cual era, satisfacer las aspiraciones socialistas de la nación que había producido el Manifiesto? Era imposible. Y así surgió pronto, gracias sobre todo a los esfuerzos de Liebknecht y Bebel, un partido obrero que proclamaba abiertamente los principios del Manifiesto de 1848. Luego, en 1867, tres años después de la muerte de Lassalle, apareció El capital de Marx, y del día de su aparición data la decadencia del lassalleanismo específico. Las concepciones de El capital se convirtieron cada vez más en patrimonio común de todos los socialistas alemanes, de los lassalleanos no menos que de los demás. Más de una vez grupos enteros de lassalleanos se pasaron con banderas desplegadas y música al frente al nuevo partido «de Eisenach».1 Este no dejaba de crecer, de modo que pronto se llegó a hostilidades abiertas entre él y los lassalleanos; y se peleaban con más violencia, incluso a garrotazos, precisamente en el momento en que ya no había ningún punto real de discordia entre los combatientes, en que los principios, los argumentos y hasta los medios de lucha de unos coincidían en todos los puntos esenciales con los de los otros.
Y ese era precisamente el momento en que diputados de ambas tendencias se sentaban juntos en el Reichstag y la necesidad de una acción común se hacía sentir doblemente. Frente a los partidos del orden, la hostilidad recíproca de los socialistas se volvía sencillamente ridícula. La situación se hizo francamente insostenible. Entonces, en 1875, se consumó la fusión.2 Y desde entonces los antiguos hermanos enemigos han formado sin interrupción una sola familia íntimamente unida. Y si hubiera habido la menor posibilidad de desunirlos, Bismarck tuvo la amabilidad de impedirlo declarando en 1878 fuera de la ley al socialismo alemán con su célebre ley de excepción. Los golpes de martillo de la persecución, que caían sin hacer distingos, forjaron definitivamente a eisenachianos y lassalleanos en una sola masa homogénea. Y hoy el Partido Socialdemócrata publica con una mano una edición oficial de las obras de Lassalle, mientras con la otra —y con la ayuda de los viejos lassalleanos— borra de su programa las últimas huellas del lassalleanismo específico.
¿He de enumerar en detalle las vicisitudes, las luchas, las derrotas, los triunfos por los que ha pasado nuestro partido en el curso de su vida? Cuando el sufragio universal le abrió la puerta del Reichstag, estaba representado por dos diputados y cien mil electores; hoy cuenta con treinta y cinco diputados y un millón y medio de electores, más electores de los que ningún otro partido ha podido mostrar en las elecciones del 90. Once años de proscripción y de estado de sitio han cuadruplicado su fuerza y lo han convertido en el partido más fuerte de Alemania. En 1867 los diputados de los partidos del orden todavía podían considerar a sus colegas socialistas como seres extraños caídos de otro planeta; hoy, les guste o no, tienen que ver en ellos a los representantes del poder al que pertenece el futuro. El Partido Socialdemócrata, que ha derribado a un Bismarck, que tras once años de lucha ha roto la ley antisocialista, el partido que, como la marea creciente, desborda todos los diques, que se derrama por la ciudad y el campo hasta los distritos agrícolas más reaccionarios, ese partido está hoy en el punto en que puede determinar con un cálculo casi matemáticamente exacto el momento en que llegará al poder.
El número de votos socialistas fue:
| 1871 | 101.927 | 1884 | 549.990 |
| 1874 | 351.670 | 1887 | 763.128 |
| 1877 | 493.447 | 1890 | 1.427.298 |
Ahora bien, desde las últimas elecciones el gobierno ha hecho todo lo humanamente posible por empujar a las masas populares hacia el socialismo: ha perseguido a los sindicatos y las huelgas, ha mantenido, incluso en medio de la carestía actual, los aranceles que encarecen el pan y la carne del pobre en beneficio de los grandes terratenientes. En las elecciones de 1895 podemos contar, pues, con 2½ millones de votos por lo menos; y estos se elevarían hacia 1900 a 3½ o 4 millones. ¡Un agradable «fin de siglo» para nuestros burgueses!
Frente a esta masa compacta y siempre creciente de socialdemócratas solo vemos partidos burgueses divididos. En 1890 los conservadores (las dos fracciones juntas) tuvieron 1.377.417 votos; los nacional-liberales, 1.177.807; los librepensadores alemanes,3 1.159.915; el Centro, 1.342.113. Y eso significa una situación en la que un partido sólido que disponga de más de 2½ millones de votos puede obligar a capitular a cualquier gobierno.
Pero la fuerza principal de la socialdemocracia alemana no está en modo alguno en el número de sus electores. Entre nosotros se es elector a los 25 años, pero soldado ya a los 20. Y como es precisamente la generación joven la que proporciona a nuestro partido sus reclutas más numerosos, se sigue de ello que el ejército alemán está cada vez más contagiado de socialismo. Hoy tenemos un soldado de cada cinco; dentro de pocos años tendremos uno de cada tres, y hacia 1900 el ejército, antes el elemento más prusiano del país, será socialista en su mayoría. Eso se acerca, imparable como una sentencia del destino. El gobierno de Berlín lo ve venir tan bien como nosotros, pero es impotente. El ejército se le escapa.
¡Cuántas veces nos han exigido los burgueses que renunciemos en cualquier circunstancia al empleo de medios revolucionarios y nos mantengamos dentro de los límites legales, ahora que la ley de excepción ha caído y que el derecho común ha quedado restablecido para todos, también para los socialistas! Por desgracia, no estamos en condiciones de hacer ese favor a los señores burgueses. Lo cual no impide que en este momento no seamos nosotros aquellos a quienes «la legalidad mata».4 Al contrario, la legalidad trabaja tan admirablemente para nosotros que seríamos tontos si la violáramos mientras las cosas vayan así. Mucho más pertinente es la pregunta de si no serán precisamente los burgueses y su gobierno quienes violen la ley y el derecho para aplastarnos por la fuerza. Lo esperaremos. Entretanto: «¡Disparen ustedes primero, señores» burgueses!5
No hay duda: serán ellos los que disparen primero. Una buena mañana los burgueses alemanes y su gobierno se cansarán de contemplar de brazos cruzados la marea viva del socialismo que todo lo desborda; buscarán refugio en la ilegalidad, en la violencia. ¿De qué servirá? La violencia puede aplastar a una pequeña secta en un territorio limitado; pero todavía está por descubrir el poder capaz de exterminar a un partido de más de dos o tres millones de personas extendido por todo un gran imperio. La superioridad momentánea de la fuerza contrarrevolucionaria puede quizá retrasar algunos años el triunfo del socialismo, pero solo para que luego sea tanto más completo y definitivo.
II
Todo lo dicho hasta aquí vale solo con la condición de que a Alemania se le permita seguir en paz su desarrollo económico y político. Una guerra lo cambiaría todo. Y la guerra puede estallar de hoy para mañana.
Y lo que hoy significa «la guerra», eso lo sabe todo el mundo. Quiere decir: Francia y Rusia de un lado, contra Alemania, Austria y quizá Italia del otro. Los socialistas de todos esos países, alistados contra su voluntad, tendrían que batirse unos contra otros: ¿qué haría en tal caso el Partido Socialdemócrata alemán, qué sería de él?
El Imperio alemán es una monarquía con formas semifeudales, pero determinada en última instancia por los intereses económicos de la burguesía. Esta monarquía ha cometido —gracias a Bismarck— errores enormes. Su política interior policiaca, mezquina, vejatoria, indigna de una gran nación, le ha valido el desprecio de todos los países liberales burgueses; su política exterior, la desconfianza y hasta el odio de los pueblos vecinos. Con la anexión violenta de Alsacia y Lorena, el gobierno alemán ha hecho imposible por muchos años toda reconciliación con Francia y, sin obtener para sí ninguna ventaja real, ha convertido a Rusia en árbitro de Europa. Esto es tan evidente que, al día siguiente de Sedán, el Consejo General de la Internacional pudo predecir la situación europea actual. En su manifiesto del 9 de septiembre de 1870 se dice: «¿Se imaginan de veras los patriotas teutones que asegurarán la paz y la libertad echando a Francia en brazos de Rusia? Si Alemania, arrastrada por el éxito de las armas, por la arrogancia de la victoria y por las intrigas dinásticas, comete un despojo territorial contra Francia, entonces de dos cosas una: o tiene que convertirse en instrumento declarado de la política de conquista rusa, o le espera una nueva guerra “defensiva”, no una guerra como las modernas guerras “localizadas”, sino una guerra de razas, una guerra contra eslavos y latinos unidos».6
No hay duda: frente a este Imperio alemán, también la actual República francesa representa la revolución, ciertamente solo la revolución burguesa, pero en todo caso la revolución. Pero en cuanto esa república se pone a las órdenes del zar ruso, la cosa cambia. El zarismo ruso es el enemigo de todos los pueblos occidentales, incluso de los burgueses de esos pueblos. Si las hordas zaristas entraran en Alemania, no traerían la libertad, sino la servidumbre; no el desarrollo, sino la devastación; no el progreso, sino el embrutecimiento. Del brazo del zar, Francia no puede llevar a los alemanes ni la más mínima idea de libertad; el general francés que hablara de república alemana sería objeto de las risas de toda Europa y América. Francia renegaría de todo su papel histórico revolucionario y permitiría al Imperio bismarckiano erigirse en representante del progreso occidental frente a la barbarie oriental.
Pero detrás de la Alemania oficial está la Alemania socialista, el partido al que pertenece el futuro, el futuro próximo, del país. En cuanto ese partido llegue al poder, no podrá ejercerlo ni conservarlo sin reparar las injusticias que sus predecesores en el gobierno cometieron contra otras naciones. Preparará la restauración de Polonia, hoy tan vilmente traicionada por la burguesía francesa; tendrá que poner al Schleswig del Norte y a Alsacia-Lorena en condiciones de decidir libremente su futuro político. Todas estas cuestiones se resolverán, pues, fácilmente y en un futuro próximo, siempre que Alemania sea dejada a sí misma. Entre una Francia socialista y una Alemania socialista no puede surgir ninguna cuestión de Alsacia-Lorena; el asunto queda resuelto en un abrir y cerrar de ojos. Solo se trata de esperar unos diez años más. En Francia, Inglaterra y Alemania, todo el proletariado espera todavía su emancipación; ¿no podrían esperar también un poco los patriotas alsacianos y loreneses? ¿Ha de devastarse por su impaciencia un continente entero y entregarlo finalmente al knut zarista? ¿Vale el juego semejante apuesta?
Si se llega a la guerra, el escenario principal será primero Alemania y luego también Francia; esos dos países tendrán que soportar antes que ningún otro los costes y las devastaciones de la guerra. Y además, esta guerra se distinguirá desde el principio por una serie de traiciones recíprocas entre aliados como ni siquiera la diplomacia, esa architraidora, ha podido mostrar hasta ahora; y las principales víctimas de esas traiciones volverán a ser Francia o Alemania, o las dos. Ninguno de estos dos países, ante semejantes perspectivas, provocará la lucha abierta. Rusia, en cambio, protegida por su situación geográfica y económica contra las consecuencias más devastadoras de una serie de derrotas, Rusia, solo la Rusia oficial, puede encontrar su interés en una guerra tan terrible y trabajar directamente para provocarla. Pero en todo caso, tal como están hoy las cosas políticas, se puede apostar diez contra uno a que, al primer cañonazo en el Vístula, los ejércitos franceses marcharán hacia el Rin.
Y entonces Alemania lucha sencillamente por su existencia. Si vence, no encuentra en ninguna parte materia de anexión; en el Oeste como en el Este solo da con provincias de lengua extranjera, y de esas ya tiene más que suficientes. Si es vencida, aplastada entre el martillo francés y el yunque ruso, pierde a manos de Rusia la vieja Prusia y las provincias polacas, a manos de Dinamarca todo el Schleswig, a manos de Francia toda la orilla izquierda del Rin. Aunque Francia rechazara esa conquista, Rusia se la impondría. Pues lo que Rusia necesita ante todo es una manzana de la discordia eterna, un motivo de desunión incesante entre Francia y Alemania. Reconciliad a estos dos grandes países, y se acabó la hegemonía rusa en Europa. Pero una Alemania así despedazada sería incapaz de cumplir el papel que le corresponde en el desarrollo histórico europeo. Rebajada a la condición a la que la redujo Napoleón después de Tilsit,7 solo podría mantenerse con vida preparando una nueva guerra para recuperar sus condiciones nacionales de existencia. Entretanto, seguiría siendo el instrumento dócil del zar, que no dejaría de servirse de ella contra Francia.
¿Qué sería en tales circunstancias del Partido Socialdemócrata alemán? Una cosa es segura: ni el zar, ni los republicanos burgueses franceses, ni el propio gobierno alemán dejarían pasar una ocasión tan hermosa de aplastar al único partido que para los tres es «el enemigo». Se ha visto cómo Thiers y Bismarck se tendieron la mano sobre las ruinas del París de la Comuna; veríamos entonces cómo el zar, Constans y Caprivi —o sus sucesores, los que sean— se echan en brazos unos de otros sobre el cadáver del socialismo alemán.
Pero el Partido Socialdemócrata alemán, gracias a las luchas y los sacrificios ininterrumpidos de treinta años, ha conquistado una posición como ningún otro partido socialista del mundo, una posición que le asegura en breve plazo la llegada del poder político a sus manos. La Alemania socialista ocupa en el movimiento obrero internacional el puesto más avanzado, el más honroso, el de mayor responsabilidad; tiene el deber de defender ese puesto contra cualquier agresor hasta el último hombre.
Pero si la victoria de los rusos sobre Alemania significa el aplastamiento del socialismo alemán, ¿cuál será entonces, ante tal perspectiva, el deber de los socialistas alemanes? ¿Han de dejar que les pasen por encima pasivamente los acontecimientos que les amenazan con la aniquilación, han de abandonar sin resistencia el puesto del que han asumido la responsabilidad ante el proletariado del mundo entero?
De ninguna manera. En interés de la revolución europea están obligados a mantener todas las posiciones conquistadas, a no capitular, ni ante el enemigo exterior ni ante el interior. Y eso solo pueden hacerlo combatiendo hasta el extremo a Rusia y a todos sus aliados, sean quienes sean. Si la República francesa se pusiera al servicio de Su Majestad el Zar y Autócrata de todas las Rusias, los socialistas alemanes la combatirían con pesar, pero la combatirían. Frente al Imperio alemán, la República francesa puede representar quizá la revolución burguesa. Pero frente a la república de un Constans, de un Rouvier e incluso de un Clemenceau,8 y sobre todo frente a la república al servicio del zar ruso, el socialismo alemán representa incondicionalmente la revolución proletaria.
Una guerra en la que rusos y franceses invadieran Alemania sería para esta una lucha a vida o muerte, en la que solo podría asegurar su existencia nacional aplicando las medidas más revolucionarias. El gobierno actual, si no se le obliga, no desencadenará con seguridad la revolución. Pero tenemos un partido fuerte que puede obligarle a ello o, en caso de necesidad, sustituirlo: el Partido Socialdemócrata.
Y no hemos olvidado el grandioso ejemplo que nos dio Francia en 1793. Se acerca el centenario de 1793. Si el afán de conquista del zar y la impaciencia chovinista de la burguesía francesa detuvieran el avance victorioso, pero pacífico, de los socialistas alemanes, estos están dispuestos —contad con ello— a demostrar al mundo que los proletarios alemanes de hoy no son indignos de los sans-culottes franceses de hace cien años y que 1893 puede ponerse al lado de 1793. Y cuando entonces los soldados del señor Constans9 pongan el pie en territorio alemán, se les recibirá con las palabras de La Marsellesa:
Quoi, ces cohortes étrangères
Feraient la loi dans nos foyers!
¡Qué! ¿Esas cohortes extranjeras
harían la ley en nuestros hogares?10
En una palabra: la paz asegura la victoria del Partido Socialdemócrata alemán en unos diez años. La guerra le trae o la victoria en dos o tres años o la ruina completa, por lo menos para quince o veinte años. Ante esto, los socialistas alemanes tendrían que estar locos para desear la guerra, en la que lo juegan todo a una carta, en lugar de esperar el triunfo seguro de la paz. Más aún. Ningún socialista, de la nacionalidad que sea, puede desear el triunfo guerrero ni del actual gobierno alemán ni de la república burguesa francesa, y menos que ninguno el del zar, que equivaldría al sometimiento de Europa. Y por eso los socialistas de todos los países están por la paz. Pero si la guerra llega a pesar de todo, solo una cosa es segura: esta guerra, en la que quince o veinte millones de hombres armados se degollarían entre sí y devastarían Europa entera como nunca antes, esta guerra tiene que traer o la victoria inmediata del socialismo, o bien trastornar de arriba abajo el viejo orden de cosas y dejar tal montón de escombros que la vieja sociedad capitalista sería más imposible que nunca y que la revolución social, aunque se aplazara diez o quince años, tendría que vencer después tras un proceso tanto más rápido y profundo.
Hasta aquí el artículo del almanaque obrero francés. Se escribió a finales del verano, cuando la borrachera de champán de Kronstadt11 todavía tenía encendidas las cabezas de la burguesía francesa y las grandes maniobras en el campo de batalla de 1814, entre el Sena y el Marne, habían llevado al colmo el entusiasmo patriótico. Por entonces Francia —la Francia que encuentra su expresión en la gran prensa y en la mayoría de la Cámara— estaba de verdad madura para tonterías bastante desmesuradas al servicio de Rusia, y el caso de guerra pasó, como posibilidad, a primer plano. Y para que, si se hacía realidad, no se interpusiera en el último momento ningún malentendido entre los socialistas franceses y los alemanes, creí necesario explicar a los primeros cuál sería, según mi convicción, la actitud necesaria de los segundos ante semejante guerra.
Pero entonces el belicista ruso recibió un buen jarro de agua fría. Primero se conoció la mala cosecha en casa, que hacía esperar una hambruna. Luego vino el fracaso del empréstito de París, que significa el hundimiento definitivo del crédito del Estado ruso. Los cuatrocientos millones de marcos se suscribieron, según se dijo, varias veces; pero cuando los banqueros de París quisieron colocar los títulos al público, todos los intentos fracasaron; los señores suscriptores tuvieron que deshacerse de sus buenos valores para poder desembolsar estos malos, y en tal medida que las demás grandes Bolsas de Europa se vieron arrastradas a la baja por esas ventas masivas; los nuevos «rusos» cayeron varios puntos por debajo del precio de emisión; en una palabra, se produjo tal crisis que el gobierno ruso tuvo que retirar ciento sesenta millones en títulos y solo obtuvo cobertura para doscientos cuarenta en lugar de cuatrocientos millones. Con ello se fue también lamentablemente a pique el anuncio, ya pregonado alegremente a los cuatro vientos, de un nuevo intento ruso de sablazo, esta vez por ochocientos millones de marcos completos. Y con ello se vio también que el capital francés no tiene en absoluto «patriotismo», pero sí —por mucho que deje fanfarronear a la prensa— un saludable miedo a la guerra.
Desde entonces, la mala cosecha se ha convertido de verdad en una hambruna, y además de una escala que no conocemos en Europa occidental desde hace mucho tiempo, que no se da a menudo ni siquiera en la India, el país típico de estas calamidades; más aún, que en la santa Rusia, en tiempos pasados, cuando aún no había ferrocarriles, difícilmente alcanzó nunca esta magnitud. ¿De dónde viene esto? ¿Cómo explicarlo?
Muy sencillo. La hambruna rusa no es el resultado de una simple mala cosecha; es una parte de la inmensa revolución social que vive Rusia desde la guerra de Crimea; no es más que la conversión, provocada por esta mala cosecha, de los males crónicos ligados a esa revolución en males agudos.
La vieja Rusia bajó irremisiblemente a la tumba el día en que el zar Nicolás, desesperando de sí mismo y de la vieja Rusia, tomó veneno.12 Sobre sus ruinas se levanta la Rusia de la burguesía.
Los comienzos de una burguesía existían ya entonces. En parte banqueros y comerciantes importadores —en su mayoría alemanes y germanorrusos o descendientes suyos—, en parte rusos enriquecidos en el comercio interior, pero sobre todo arrendatarios del monopolio del aguardiente y proveedores del ejército que se habían hecho ricos a costa del Estado y del pueblo, y además también algunos fabricantes. A partir de entonces esta burguesía, sobre todo la industrial, fue literalmente criada en invernadero mediante una ayuda masiva del Estado, mediante subvenciones, primas y aranceles protectores elevados poco a poco hasta el extremo. El inmenso Imperio ruso debía convertirse en un territorio de producción que se bastara a sí mismo y pudiera prescindir por completo o casi por completo de la importación. Y para que no solo creciera constantemente el mercado interior, sino que además se produjeran en el interior del propio país productos de zonas más cálidas: de ahí el afán continuo de conquistas en la península balcánica y en Asia, con Constantinopla aquí y la India británica allí como objetivo final. Este es el secreto, esta es la base económica del afán de expansión que hace tantos estragos en la burguesía rusa y cuya dirección hacia el suroeste se llama paneslavismo.
Pero con tales planes industriales la servidumbre de los campesinos era absolutamente incompatible. Cayó en 1861. ¡Pero cómo! Se tomó como modelo la supresión prusiana de la servidumbre y de las prestaciones personales, llevada a cabo siempre lentamente de 1810 a 1851; pero en un par de años todo debía quedar resuelto. La consecuencia fue que, para quebrar la resistencia de los grandes propietarios de tierras y de «almas», hubo que hacerles concesiones muy distintas de las que el Estado prusiano y sus funcionarios sobornados habían otorgado en su día a los graciosos señores de las haciendas. Y en cuanto a venalidad, el burócrata prusiano era todavía una criatura inocente comparado con el chinóvnik ruso. Así ocurrió que en el reparto de la tierra la nobleza recibió la parte del león, y por regla general la tierra que el trabajo de muchas generaciones de campesinos había hecho fértil, y los campesinos solo la parte imprescindible, y aun esta casi siempre en malas tierras baldías. El bosque comunal y el pasto comunal pasaron al señor de la tierra; si el campesino quería usarlos —y sin ellos no podía subsistir—, tenía que pagárselo al señor.
Y para que ambos, nobleza terrateniente y campesinos, se arruinaran lo más deprisa posible, la nobleza recibió del gobierno de una sola vez la suma capitalizada del rescate en títulos de deuda del Estado, mientras que los campesinos debían pagarla en plazos durante largos años. Como no podía ser de otro modo, la nobleza despilfarró en su mayor parte sin tardanza el dinero recibido, mientras que el campesino, por el pago en dinero, enorme para su situación, se vio de pronto lanzado de la economía natural a la economía monetaria.
El campesino ruso, que antes, aparte de impuestos relativamente pequeños, apenas tenía que hacer pagos en dinero, debe ahora vivir de la parcela reducida y empeorada que se le ha asignado y, tras la supresión de la leña libre y del pasto libre en la tierra comunal, no solo vivir, mantener una bestia de labor durante el invierno y mejorar su parcela, sino pagar además impuestos más elevados y el plazo anual del rescate, y ello en dinero contante. Con eso quedó en una situación en la que no puede vivir ni morir. A eso se añadió la competencia de la gran industria recién surgida, que le quitó el mercado para su industria doméstica —la industria doméstica era la principal fuente de dinero para innumerables campesinos rusos— o, donde todavía no era del todo así, entregó esa industria doméstica a la merced del comerciante, es decir, del intermediario, del Verleger13 sajón o del sweater inglés, convirtiendo así directamente a los campesinos de la industria doméstica en esclavos del capital. En una palabra, quien quiera saber cómo se ha tratado al campesino ruso en los últimos treinta años no tiene más que releer en el primer tomo de El capital de Marx el capítulo sobre la «creación del mercado interior» (cap. 24, sección 5).14
Los estragos que causa entre los campesinos el paso de la economía natural a la economía monetaria, ese medio principal para crear el mercado interior del capital industrial, los expusieron de manera clásica Boisguillebert y Vauban con el ejemplo de la Francia de Luis XIV. Pero lo que ocurrió entonces es un juego de niños comparado con lo que está ocurriendo en Rusia. Primero, la escala es tres o cuatro veces mayor, y segundo, la transformación de las condiciones de producción a cuyo servicio se impone ese paso a los campesinos es infinitamente más profunda. El campesino francés fue arrastrado lentamente a la esfera de la manufactura; el ruso cae de la noche a la mañana en el torbellino de la gran industria. Si la manufactura abatía campesinos con el fusil de chispa, la gran industria hace ese trabajo con el fusil de repetición.
Esa era la situación cuando la mala cosecha de 1891 puso de golpe al descubierto toda la transformación que venía produciéndose en silencio desde hacía años, pero que había permanecido invisible para el filisteo europeo, y sus consecuencias. La situación era precisamente tal que la primera mala cosecha tenía que convertirse en una crisis nacional. Y la crisis está ahí, y no se superará en años. Ante una hambruna así, todo gobierno es impotente, y más que ninguno el ruso, que adiestra expresamente a sus funcionarios en el robo. Las costumbres e instituciones comunistas antiguas de los campesinos rusos han sido, desde 1861, en parte socavadas por el desarrollo económico y en parte destruidas sistemáticamente por el gobierno. La vieja comunidad comunista se ha disgregado o está en vías de disgregarse; pero en el mismo instante en que se pone al campesino individual sobre sus propios pies, en ese mismo instante se le quita el suelo bajo los pies. ¿Qué tiene de extraño que la siembra de invierno, el otoño pasado, solo se hiciera en muy pocos distritos? Y donde se hizo, el tiempo la ha arruinado casi siempre. ¿Qué tiene de extraño que el instrumento principal del campesino, la bestia de labor, primero no tuviera nada que comer y luego, por esta razón irrefutable, se la comiera el propio campesino? ¿Qué tiene de extraño que el campesino abandone casa y hacienda y huya a las ciudades, donde busca trabajo en vano, pero lleva con tanta mayor seguridad el tifus del hambre?
En una palabra: no tenemos ante nosotros una hambruna aislada, sino una crisis inmensa, preparada por años de revolución económica silenciosa y solo vuelta aguda por la mala cosecha. Pero esta crisis aguda, a su vez, toma forma crónica y amenaza con durar años. Económicamente, acelera la disolución de la antigua comunidad campesina comunista, el enriquecimiento de los usureros de aldea (kulaki) y su conversión en grandes terratenientes, y en general el paso de la propiedad territorial de la nobleza y de los campesinos a manos de la nueva burguesía.
Para Europa significa por ahora la paz. El belicismo ruso queda paralizado por una serie de años. En lugar de que millones de soldados caigan en los campos de batalla, millones de campesinos rusos mueren de hambre. Pero lo que de ello resulte para el despotismo ruso, eso lo veremos.
El Partido Obrero Socialdemócrata, fundado en Eisenach en 1869 por Bebel y Liebknecht. ↩
En el congreso de Gotha de mayo de 1875, del que salió el Partido Obrero Socialista de Alemania. ↩
El Partido Librepensador Alemán (Deutschfreisinnige Partei), partido liberal de oposición. ↩
Alusión a la frase del ministro francés Odilon Barrot en 1849: «la légalité nous tue» («la legalidad nos mata»). ↩
Según la tradición, en la batalla de Fontenoy (1745) un oficial francés invitó a los ingleses a disparar primero: «Messieurs les Anglais, tirez les premiers». ↩
Del Segundo manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana, redactado por Marx (9 de septiembre de 1870). ↩
La paz de Tilsit (1807), que redujo Prusia a la mitad de su territorio. ↩
Jean Ernest Constans, ministro del Interior francés (1889-1892); Maurice Rouvier, ministro de Hacienda; Georges Clemenceau, entonces dirigente de los radicales. ↩
Véase la nota 8. ↩
Versos de La Marsellesa. Engels da en la Neue Zeit los versos en francés y su versión alemana; traducimos esta última. ↩
La visita de la escuadra francesa a Kronstadt en julio de 1891, celebrada como sello de la alianza franco-rusa. ↩
Nicolás I murió en marzo de 1855, en plena guerra de Crimea; corrió el rumor de que se había envenenado. ↩
El comerciante que proporciona la materia prima a los trabajadores a domicilio y compra o recoge el producto (Verlagssystem). ↩
En la edición alemana de entonces, el capítulo 24, apartado 5, «Repercusión de la revolución agrícola sobre la industria. Creación del mercado interior para el capital industrial». ↩