Pronunciado por Friedrich Engels el 12 de agosto de 1893 en la sesión de clausura del congreso de Zúrich y publicado en el Protokoll des Internationalen Sozialistischen Arbeiterkongresses in der Tonhalle Zürich vom 6. bis 12. August 1893 (Zúrich, 1894). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 408-409), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

¡Ciudadanos y ciudadanas!

Permítanme traducir a mi querido alemán el discurso (que el orador acaba de pronunciar en inglés y en francés). La acogida, inesperadamente brillante, que me han dispensado, y que solo he podido recibir con profunda emoción, no la acepto para mi persona, sino como colaborador del gran hombre cuyo retrato cuelga allí arriba (Marx). Hace justamente cincuenta años que Marx y yo entramos en el movimiento, publicando los primeros artículos socialistas en los Anales Franco-Alemanes.1 Desde entonces, el socialismo ha pasado de las pequeñas sectas de aquella época a un partido poderoso que hace temblar a todo el mundo oficial. Marx ha muerto, pero si viviera todavía, no habría un solo hombre en Europa y América que pudiera mirar atrás a la obra de su vida con un orgullo tan justificado. Hay todavía otro aniversario. En 1872 se celebró el último congreso de la Internacional.2 En él ocurrieron dos cosas. Primero, la ruptura absoluta con los anarquistas. ¿Fue una decisión superflua o no? El congreso de París, el de Bruselas, el actual, han tenido que hacer lo mismo.3 Lo segundo fue la suspensión de la actividad de la Internacional en su forma antigua. Era la época en que la furia de la reacción, embriagada con la sangre de la gloriosa Comuna, había llegado a su punto más alto. Continuar la vieja Internacional solo habría llevado a sacrificios sin proporción con sus efectos; trasladó su sede a América, es decir, se retiró de la escena. Quedó en manos del proletariado de cada país organizarse en su forma propia. Así ha ocurrido, y ahora la Internacional es mucho más fuerte que antes. En este sentido tenemos que seguir trabajando sobre un terreno común. Tenemos que admitir la discusión para no convertirnos en una secta, pero hay que mantener el punto de vista común. El vínculo laxo, la cohesión voluntaria, sostenida por los congresos, basta para darnos la victoria, que ningún poder del mundo podrá ya arrebatarnos. Me llena de especial alegría que los ingleses estén representados aquí en gran número, pues han sido nuestros maestros en la organización de los obreros; pero, por mucho que hayamos aprendido de ellos, también habrán visto aquí más de una cosa nueva de la que todavía pueden aprender.

He viajado por Alemania y en algunos sitios he oído lamentar que haya caído la ley contra los socialistas. La lucha con la policía, decían, era mucho más divertida. Con semejantes combatientes no puede ninguna policía, ningún gobierno del mundo entero.

A petición de la mesa, declaro clausurado el congreso. ¡Viva el proletariado internacional!

(La asamblea prorrumpe en vivas tumultuosos. El júbilo dura un buen rato. Los asistentes se ponen en pie y cantan La Marsellesa.)

  1. Deutsch-Französische Jahrbücher, publicados por Arnold Ruge y Marx en París en febrero de 1844, con artículos de Marx y de Engels. ↩

  2. El congreso de La Haya de septiembre de 1872, que expulsó a Bakunin y a Guillaume y trasladó el Consejo General a Nueva York. ↩

  3. Los congresos de la Segunda Internacional de París (1889), Bruselas (1891) y Zúrich (1893); en este último se aprobó una resolución que excluía a quienes no reconocieran la necesidad de la acción política. ↩