Carta de Karl Marx a Arnold Ruge, en Dresde, escrita en Tréveris el 20 de marzo de 1842. Traducida de la Marx-Engels-Gesamtausgabe, sección I, tomo 1, segundo semivolumen (Berlín, 1929), n.º 54, pp. 270-273, por la Escuela de marxismo, 2026. La carta se conserva completa. Las notas son nuestras. Texto original
Tréveris, 20 de marzo.
¡Querido amigo!
Los novicios son los más devotos, como Sajonia demuestra ad oculos.1
Bauer tuvo una vez en Berlín con Eichhorn2 una escena parecida a la que tuvo usted con el ministro del Interior. Las figuras retóricas de estos señores se parecen como un huevo a otro. En cambio, es una excepción que la filosofía hable con claridad a la sabiduría de Estado de estos canallas que tanto protestan de sus buenas intenciones, y hasta un poco de fanatismo no hace daño. Nada les cuesta más creer a estas providencias mundanas que la fe en la verdad y la actitud espiritual. Son unos dandis de Estado tan escépticos, unos petimetres tan corridos, que ya no creen en el amor verdadero y desinteresado. ¿Cómo hacer mella en estos roués3 si no es con eso que allá arriba se llama fanatismo? Un teniente de la guardia tiene por fanático al enamorado que lleva intenciones honradas. ¿Habría que dejar de casarse por eso? Es notable cómo la fe en la animalización de los hombres se ha convertido en fe de gobierno y en principio de gobierno. Pero eso no contradice la religiosidad, porque la religión animal es sin duda la existencia más consecuente de la religión, y quizá pronto haga falta hablar, en lugar de antropología religiosa, de zoología religiosa.
Ya sabía, cuando aún era joven y bueno, que los huevos que se ponen en Berlín no son huevos de Leda, sino huevos de ganso.4 Algo más tarde llegué a ver que son huevos de cocodrilo, como, por ejemplo, el huevo más reciente, por el que, supuestamente a petición de los estamentos renanos, se han suprimido las restricciones ilegales de la legislación francesa en materia de alta traición, etc., y de delitos de los funcionarios.5 Pero esta vez, como se trata de disposiciones legales objetivas, el truco es tan tonto que los juristas renanos más tontos lo han calado enseguida. Al mismo tiempo, Prusia ha expresado con una conciencia sin duda ingenua que la publicidad de los juicios pondría en juego la reputación y el crédito de los funcionarios pr[usianos]. Esta sí que es una confesión redonda. Todos nuestros escritos renanos sobre la publicidad y la oralidad de los juicios adolecen de un vicio de fondo. Esa gente honrada demuestra una y otra vez que no se trata de instituciones políticas, sino meramente jurídicas, que son derecho y no injusticia. ¡Como si se tratara de eso! ¡Como si lo malo de estas instituciones no consistiera precisamente en que son derecho! Me darían muchas ganas de demostrar lo contrario, a saber, que Prusia no puede permitirse introducir la publicidad y la oralidad, porque unos tribunales libres y un Estado no libre no se corresponden. Del mismo modo, habría que hacer a Prusia un gran elogio por su devoción, porque un Estado trascendente y una religión positiva van juntos como un dios de bolsillo con un granuja ruso.6
El Bülow-Cummerow,7 como habrá visto usted en los periódicos chinos, deja que su pluma coquetee con su arado. ¡Ah, esta coqueta campestre que lleva flores artificiales! Yo creo que serían bienvenidos los escritores de esta posición terrenal (la posición en el campo de labranza es sin duda terrenal), y más aún si en adelante el arado pensara y escribiera por la pluma y la pluma, en cambio, prestara en desquite servicios de corvea. Quizá se llegue a eso con la actual uniformidad de los gobiernos alemanes; pero cuanto más uniformes son los gobiernos, más multiformes son hoy los filósofos, y es de esperar que el ejército multiforme venza al uniformado.
Ad rem,8 porque, entre nosotros, los probos y morales alemanes, la politica pertenece a las formalia, de lo que ya deducía Voltaire que tenemos los manuales más concienzudos de derecho público.
Así pues, en cuanto al asunto, he visto que el artículo «sobre el arte cristiano», que se ha convertido ahora en «sobre la religión y el arte, con especial referencia al arte cristiano», hay que rehacerlo por completo, pues el tono de trompeta en que yo había cumplido fielmente aquello de «Tu palabra es lámpara para mis pies y luz en mi camino. Con tu mandamiento me haces más sabio que mis enemigos, pues tus testimonios son mi discurso, y Él, el Señor, rugirá desde Sion»9 (ese tono de trompeta, junto con el molesto cautiverio de la exposición hegeliana), hay que cambiarlo ahora por una exposición más libre y, por tanto, más a fondo. Dentro de unos días tengo que ir también a Colonia, donde fijaré mi nuevo domicilio, porque la cercanía de los profesores de Bonn se me hace insoportable. ¿Quién quiere estar siempre conversando con mofetas espirituales, con gente que solo estudia para encontrar nuevas tapias en todos los rincones del mundo?
Así que, por estas circunstancias, no podría enviarle para las próximas Anekdota la crítica de la filosofía del derecho de Hegel (porque también la había escrito para la Trompeta);10 el tratado sobre el arte religioso se lo prometo para mediados de abril, si quiere usted esperar tanto. Lo preferiría así, porque considero el asunto desde un nuevo point de vue11 y añado además, como capítulo final, un epílogo de Romanticis.12 Entretanto seguiré trabajando en ello «activísimamente», por decirlo con Goethe, y esperaré lo que usted decida. Tenga la bondad de escribirme sobre esto a Colonia, donde estaré a comienzos del mes que viene. Como allí no tengo todavía domicilio fijo, le ruego que me envíe la carta a la dirección de Jung.13
En el tratado mismo he tenido que hablar necesariamente de la esencia general de la religión, en lo que entro en cierta colisión con Feuerbach, una colisión que no afecta al principio, sino a su formulación. En todo caso, la religión no sale ganando.
De Köppen14 hace tiempo que no sé nada. ¿No se ha dirigido usted nunca a Christiansen,15 en Kiel? Solo lo conozco por su historia del derecho romano, que, sin embargo, contiene también no poco sobre la religión y la filosofía en general. Parece una cabeza muy notable, aunque entonces, cuando llega a filosofar de verdad, escribía de un modo terriblemente incomprensible y formalista. Quizá ahora escriba también en alemán. Por lo demás, parece estar à la hauteur des principes.16
Me alegrará mucho verle aquí, en el Rin.
Suyo, Marx.
Bauer me escribe ahora mismo que quiere volver al norte, con la necia idea de que allí podrá llevar mejor su pleito contra el gobierno prusiano. Berlín queda demasiado cerca de Spandau.17 En todo caso, está bien que Bauer no deje pasar así el asunto. Según me cuenta aquí mi futuro cuñado,18 un aristócrata comme il faut, lo que más irrita en Berlín es la bonne foi19 de Bauer.
En latín, «ante los ojos», a la vista. Sajonia, que pasaba por más liberal que Prusia, acababa de endurecer su censura contra los Deutsche Jahrbücher de Ruge. ↩
Johann Albrecht Friedrich Eichhorn, ministro prusiano de Cultos e Instrucción Pública de 1840 a 1848, responsable de la persecución de los profesores jóvenes hegelianos, empezando por Bruno Bauer. ↩
En francés, «calaveras», libertinos de buena sociedad. ↩
Según el mito griego, Leda, unida a Zeus en forma de cisne, puso los huevos de los que nacieron Helena y los Dioscuros. ↩
En la provincia del Rin seguía en vigor el derecho francés, con juicio público y oral y jurado; el gobierno prusiano trataba de sustraerle ciertos delitos. ↩
Alusión a los pequeños iconos que llevaban consigo los rusos. ↩
Ernst Gottfried Georg von Bülow-Cummerow, terrateniente pomerano y publicista conservador, autor de Preußen, seine Verfassung, seine Verwaltung, sein Verhältniß zu Deutschland (Prusia, su constitución, su administración, su relación con Alemania), 1842. ↩
En latín, «al asunto». Politica y formalia, más abajo: «la política» y «las formalidades». ↩
Salmos 119, 105 y 98-99, y Joel 3, 16 (o Amós 1, 2), en el tono pietista de la Trompeta del Juicio Final de Bruno Bauer, para cuya segunda parte había escrito Marx este trabajo; véase la carta del 5 de marzo de 1842. ↩
Ni esta crítica ni el tratado sobre el arte religioso se han conservado. ↩
En francés, «punto de vista». ↩
En latín, «sobre los románticos». ↩
Georg Jung, abogado de Colonia, joven hegeliano y uno de los gerentes de la Rheinische Zeitung. ↩
Karl Friedrich Köppen, profesor de instituto en Berlín, amigo de Marx del Club de los Doctores; le dedicó en 1840 su libro Friedrich der Große und seine Widersacher (Federico el Grande y sus adversarios). ↩
Johannes Christiansen, profesor de derecho romano en Kiel, autor de Die Wissenschaft der römischen Rechtsgeschichte im Grundrisse (La ciencia de la historia del derecho romano en compendio), Altona, 1838. ↩
En francés, «a la altura de los principios». ↩
Ciudad fortaleza junto a Berlín, con su prisión de Estado. ↩
Ferdinand von Westphalen, hermanastro de Jenny von Westphalen, funcionario prusiano y más tarde ministro del Interior de la reacción (1850-1858). ↩
En francés, «como es debido» y «buena fe». ↩