Carta de Karl Marx a Arnold Ruge, en Dresde, escrita en Colonia el 30 de noviembre de 1842. Traducida de la Marx-Engels-Gesamtausgabe, sección I, tomo 1, segundo semivolumen (Berlín, 1929), n.º 65, pp. 285-287, por la Escuela de marxismo, 2026. La carta se conserva completa. Las notas son nuestras. Texto original

Colonia, 30 de noviembre.

¡Querido amigo!

Mi carta de hoy se limitará a los «disturbios»1 con «los Libres».2

Ya sabe usted que la censura nos destroza a diario sin miramientos, de modo que a menudo el periódico apenas puede salir. Así cayó una masa de artículos de «los Libres». Otros tantos como el censor me permití anularlos yo mismo, porque Meyen y consortes nos enviaban a montones unos borrones preñados de revoluciones mundiales y vacíos de ideas, en un estilo desaliñado, aderezados con un poco de ateísmo y de comunismo (que estos señores no han estudiado nunca); con la falta completa de crítica, de independencia y de capacidad de Rutenberg,3 se habían acostumbrado a considerar la Rh[einische] Z[eitung] como su órgano sin voluntad propia, y yo creí que no debía seguir consintiendo, como antes, que se mearan en él. La desaparición de algunas producciones inapreciables de la «libertad», de una libertad que se esfuerza sobre todo por «estar libre de todo pensamiento», fue, pues, el primer motivo de que se oscureciera el cielo berlinés.

A Rutenberg, a quien ya se le había retirado la sección de Alemania (en la que su actividad consistía principalmente en poner la puntuación) y a quien solo por intercesión mía se le había confiado provisionalmente la de Francia, a Rutenberg le cupo la suerte, gracias a la enorme estupidez de nuestra providencia de Estado, de pasar por peligroso, aunque no era peligroso para nadie más que para la Rheinische Z. y para sí mismo. Se exigió por la fuerza la salida de Rut[enberg]. La autoridad prusiana,4 ese despotisme prussien, le plus hypocrite, le plus fourbe,5 ahorró a los gerentes una escena desagradable, y el nuevo mártir, que ya sabe representar con cierto virtuosismo la conciencia de mártir en la fisonomía, en la actitud y en el lenguaje, Rutenberg, explota la ocasión, escribe a todo el mundo, escribe a Berlín que él es el principio exiliado de la Rh. Z., que adopta otra actitud ante el gobierno. Se entiende. También por esto llegaron manifestaciones de los héroes de la libertad a orillas del Spree, «esa agua sucia que lava almas y aclara el té».

Vino por último a sumarse la relación de usted y de H[erwegh]6 con «los Libres», para colmar la medida de los olímpicos airados.

Hace unos días recibí una carta del pequeño Meyen,7 cuya categoría favorita es, con toda razón, el deber ser, en la que se me pedían cuentas sobre mi relación 1, con usted y con H[erwegh], 2, con «los Libres», y 3, sobre el nuevo principio de redacción y la actitud ante el gobierno. Contesté enseguida y expuse francamente mi opinión sobre los defectos de sus trabajos, que encuentran la libertad más en una forma licenciosa, sans-culotte y además cómoda que en un contenido libre, es decir, independiente y profundo. Les invité a sacar a la luz menos razonamientos vagos, frases altisonantes y complacencias en sí mismos, y más precisión, más atención a las situaciones concretas, más conocimiento de causa. Declaré que consideraba inadecuado, e incluso inmoral, meter de contrabando dogmas comunistas y socialistas, es decir, una nueva concepción del mundo, en críticas de teatro escritas de pasada, etc., y que exigía una discusión completamente distinta y más a fondo del comunismo, si es que alguna vez había que discutirlo. Pedí luego que se criticara la religión más en la crítica de las situaciones políticas que las situaciones políticas en la religión, porque este giro corresponde más a la naturaleza de un periódico y a la formación del público, y porque la religión, de suyo vacía, no vive del cielo, sino de la tierra, y cae por sí misma con la disolución de la realidad invertida de la que es la teoría. Por último, quería que, si alguna vez se hablaba de filosofía, se jugueteara menos con el rótulo de «ateísmo» (lo cual se parece a esos niños que aseguran a todo el que quiera oírlos que no tienen miedo del coco) y se llevara más bien su contenido al pueblo. Voilà tout.8

Ayer me llega una carta insolente de Meyen, que todavía no había recibido esta, y que me pregunta por todo lo imaginable: 1, que debo explicarle qué postura tomo en la disputa de usted con Bauer, de la que no sé una palabra; 2, por qué no he dejado pasar esto y aquello; se me amenaza con el conservadurismo; 3, que el periódico no debe contemporizar, sino hacer lo extremo, es decir, ceder tranquilamente ante la policía y la censura, en lugar de mantener su puesto en una lucha invisible para el publico,9 pero no por ello menos tenaz y obligada. Por último se habla de manera infame del compromiso de Herwegh, etc., etc.

De todo esto se desprende una dosis espantosa de vanidad, que no comprende cómo, para salvar un órgano político, se puede sacrificar alguna fanfarronada berlinesa, y que no piensa en absoluto en nada más que en sus asuntos de camarilla. Además, el hombrecillo se pavoneaba, se golpeaba con gran aparato el pecho y la espada, dejaba caer algo de «su» partido, me amenazaba con su desgracia, declamaba à la marqués de Posa,10 solo que algo peor, y cosas por el estilo.

Como tenemos que soportar de la mañana a la noche los más espantosos tormentos de la censura, los escritos de los ministerios, las quejas del primer presidente de la provincia,11 las acusaciones de la Dieta, los gritos de los accionistas, etc., etc., y yo solo sigo en mi puesto porque considero un deber impedir, en la medida de mis fuerzas, que el poder realice sus intenciones, ya puede imaginarse que estoy algo irritado y que he contestado a M[eyen] con bastante dureza. Así que es probable que «los Libres» se retiren por un momento. Por eso le ruego encarecidamente que nos apoye usted mismo con colaboraciones y que invite a sus amigos a hacerlo.

Suyo, Marx.

  1. Wirren, la palabra con que se designaban los «disturbios de Colonia», el conflicto entre el Estado prusiano y la Iglesia católica. ↩

  2. Grupo de jóvenes hegelianos de Berlín en torno a Bruno y Edgar Bauer, Eduard Meyen, Adolf Rutenberg, Max Stirner y otros, conocido por su radicalismo de café y sus escándalos. ↩

  3. Adolf Rutenberg, joven hegeliano berlinés y amigo de Marx, encargado de la sección de Alemania de la Rheinische Zeitung hasta que, a petición del gobierno, fue apartado de la redacción. ↩

  4. En el original, Vorstehung («autoridad», «dirección»), que juega con Vorsehung («providencia»), la «providencia de Estado» de unas líneas antes. ↩

  5. En francés, «despotismo prusiano, el más hipócrita, el más pérfido». ↩

  6. Georg Herwegh, poeta de la oposición democrática, que a su paso por Berlín en el otoño de 1842 se distanció con Ruge de «los Libres». ↩

  7. Eduard Meyen, publicista berlinés del círculo de «los Libres». ↩

  8. En francés, «eso es todo». ↩

  9. En latín, «público». ↩

  10. Personaje del Don Carlos de Schiller, que defiende ante Felipe II la libertad de pensamiento con grandes discursos. ↩

  11. Justus von Schaper, primer presidente (Oberpräsident) de la provincia del Rin. ↩