Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Bruselas, escrita en París a finales de diciembre de 1846; la carta no lleva lugar ni fecha: los dan, por conjetura, los editores de la MEGA¹. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 16, pp. 57-63) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Querido Marx:

Mi reciente carta breve a Gigot1 obedecía a las razones siguientes. En la instrucción sobre los disturbios del Faubourg Saint-Antoine de octubre2 interrogaron también a un montón de alemanes detenidos; toda la segunda remesa se componía de Straubinger.3 Algunos de estos cabezas de chorlito, expedidos ahora al otro lado de la frontera, deben de haber declarado grandes disparates sobre Ewerbeck4 y sobre mí; in fact,5 con lo miserables que son los Straubinger, no cabía esperar otra cosa sino que les entrara un miedo de muerte y delataran lo que sabían, y más. A eso se sumó que los Straubinger conocidos míos, tan misteriosos con sus propias miserias, habían armado un escándalo vergonzoso con mis reuniones con ellos. Así son estos muchachos. En la barrera,6 el noble Eisermann,7 como creo que ya os escribí, había soltado contra mí un completo avis aux mouchards.8 Junge9 cometió también algunas imprudencias graves; el tipo tiene algo de manía de grandeza: quiere que lo expidan a Calais y a Londres a costa del gobierno francés. En fin, monsieur Delessert10 nos echó encima a mí y a Ewerbeck —sospechoso desde hacía mucho y sobre el que pesaba una orden de expulsión solo suspendida— soplones y más soplones, que consiguieron seguirnos hasta el marchand de vins11 donde a veces nos reuníamos con los osos del Faubourg. Con eso quedaba demostrado que éramos los jefes de una camarilla peligrosa, y poco después me enteré de que monsieur Delessert había solicitado a monsieur Tanneguy Duchâtel12 una orden de expulsión contra mí y contra Ewerbeck, y de que en la prefectura había sobre el asunto un famoso legajo, justo al lado del local donde se hace el reconocimiento médico de las putas. Naturalmente, no tenía ganas de que me echaran por culpa de los Straubinger. Ya había visto venir cosas así cuando noté con qué nonchalance los Straubinger lo pregonaban a los cuatro vientos y discutían en todas partes quién tenía razón, si Grün13 o yo. Estaba harto de la porquería; los muchachos no tenían remedio; ni siquiera en la discusión hablaban claro, igual que los de Londres, y mi objetivo principal, el triunfo sobre Grün, lo había conseguido. La ocasión era muy buena para librarse con honor de los Straubinger, por fastidioso que fuera el asunto en lo demás. Les hice, pues, declarar que ya no podía seguir haciéndoles de maestro de escuela y que, por lo demás, tuvieran cuidado. Ewerbeck se decidió enseguida a hacer un viaje, y parece que se marchó enseguida; por lo menos, yo no he vuelto a verlo. Adónde ha ido, tampoco lo sé. La policía también había preguntado por el pequeño (Bernays),14 pero este, por toda clase de aventuras (es curioso los líos disparatados que tiene en cuanto pone el pie en el mundo civilizado), había vuelto a retirarse a su antiguo alojamiento. Cuándo volverá a París, no lo sé, pero en ningún caso se muda al barrio al que quería mudarse; así que la dirección que te dio por eso no sirve de nada. Su manuscrito lo ha recibido sin novedad. Mientras tanto, le estoy agradecido a la noble policía por haberme arrancado de la straubingerada y haberme recordado los placeres de esta vida. Si los individuos sospechosos que me siguen desde hace quince días son de verdad soplones, como de algunos sé con seguridad, la prefectura ha repartido últimamente muchas entradas para los bals Montesquieu, Valentino, Prado, etc., etc.15 Al señor Delessert le debo unas cuantas amistades muy bonitas entre las grisettes16 y mucho placer, car j’ai voulu profiter des journées et des nuits qui pouvaient être mes dernières à Paris.17 Enfin,18 como por lo demás hasta ahora me han dejado en paz, parece que todo se ha calmado. Pero en adelante dirigid todas las cartas a monsieur A. F. Körner,19 artiste-peintre, 29, rue Neuve-Bréda, París. Dentro, un sobre con mis iniciales, de modo que no se transparente.

Comprenderás que, en estas circunstancias, he tenido que dejar que Wilhelm Weitling20 vaya aquí a su aire. No he visto a ninguno de los suyos y ni siquiera sé si ha estado aquí o si sigue aquí. Además, da exactamente igual. A los weitlingianos no los conozco en absoluto, y con los que yo conozco lo tendría claro: precisamente por las eternas peleas con sus amigos sastres le tienen una inquina tremenda.

Lo de los de Londres21 es fastidioso precisamente por Harney,22 y porque, de todos los Straubinger, eran los únicos con los que se podía intentar establecer contacto con franqueza, sin arrière-pensée.23 Pero si los tipos no quieren, eh bien,24 ¡que se vayan a paseo! De todos modos, uno nunca está seguro de que no vuelvan a lanzar mensajes tan miserables como los dirigidos al señor Ronge o a los de Schleswig-Holstein.25 A eso se suman los eternos celos contra nosotros como «sabios». Por lo demás, tenemos dos métodos para librarnos de ellos si se rebelan: romper abiertamente o, simplemente, dejar que la correspondencia se duerma. Yo estaría por lo segundo, si su última carta admite una respuesta que, sin ofenderlos demasiado a las claras, sea lo bastante tibia para quitarles las ganas de contestar pronto. Luego se tarda mucho en contestar, y, con lo dormilones que son para la correspondencia, con dos o tres cartas todo descansa en el Señor. Porque, ¿cómo y para qué vamos a burlarnos de estos tipos? Un órgano no lo tenemos, y aunque lo tuviéramos, ellos no son escritores: se limitan a lanzar de vez en cuando proclamas que nadie llega a ver y que no le importan a nadie. Si nos burlamos de los Straubinger en general, siempre podemos llevarnos de paso sus preciosos documentos; una vez dormida la correspondencia, eso va muy bien; la ruptura llega poco a poco y no causa escándalo. Mientras tanto arreglamos tranquilamente lo necesario con Harney, procuramos que sean ellos quienes nos deban la última carta (cosa que harán en cuanto se les haya hecho esperar respuesta seis o diez semanas) y después dejamos que griten. Una ruptura directa con estos tipos no nos reporta ninguna ganancia ni ninguna gloire.26 Diferencias teóricas con ellos apenas son posibles, porque no tienen teoría y, sauf27 sus posibles reservas calladas, quieren que nosotros los instruyamos; tampoco saben formular sus reservas, así que con ellos no cabe discusión, salvo, si acaso, de palabra. En una ruptura abierta harían valer contra nosotros esa ensoñación comunista general, ávida de aprender: nosotros bien queríamos aprender de los señores sabios, si hubieran tenido algo como es debido, etc. Las diferencias prácticas de partido se reducirían pronto —como ellos son pocos en el comité y nosotros también somos pocos— a meras cuestiones personales y riñas, o lo parecerían. Contra literatos podemos presentarnos como partido; contra Straubinger, no. Al fin y al cabo, esta gente son siempre un par de cientos de hombres, acreditados por Harney ante los ingleses, pregonados en Alemania por el Rheinischer Beobachter28 etc. como una Sociedad Comunista furiosa y en absoluto impotente; además siguen siendo los más soportables de los Straubinger y, desde luego, lo mejor que se puede hacer con Straubinger mientras en Alemania no haya cambios. Precisamente de esta historia hemos aprendido que con los Straubinger, mientras no exista en Alemania un movimiento como es debido, no hay nada que hacer, ni siquiera con los mejores. Siempre es mejor dejarlos ahora ir tranquilamente a su aire y atacarlos solo en masa, en bloc, que provocar una disputa en la que solo podemos sacar las botas sucias. Frente a nosotros, estos muchachos se proclaman «el pueblo», «los proletarios», y nosotros solo podemos apelar a un proletariado comunista que en Alemania está todavía por formarse. A eso se añade que pronto llega la Constitución prusiana,29 y quizá entonces los tipos podrían servir para firmas, etc. — Por lo demás, probablemente llegaré tarde con mis sabidurías y vosotros ya habréis tomado y ejecutado una decisión en este asunto. Por cierto, os habría escrito antes, pero esperé primero a ver en qué quedaba el asunto de la policía.

Acabo de recibir respuesta del editor suizo.30 La carta, que va adjunta, me demuestra más que nunca que el tipo es un canalla. Ningún editor corriente acepta de manera tan amistosa después de habernos hecho esperar x semanas. Ahora podemos ver qué escribe el de Bremen31 y, después, todavía hacer lo que queramos. Está además el tipo de Bellevue, junto a Constanza;32 quizá con él se pueda hacer algo: si el de Bremen no quiere, puedo volver a intentarlo con él. Mientras tanto, quiero informarme otra vez sobre el de Herisau. ¡Si al menos tuviéramos en Suiza a alguien como es debido, al que pudiéramos mandarle el manuscrito con la orden de entregarlo solo contra dinero contante! Pero allí no está más que el sediento padre de familia numerosa Püttmann.33

Como inocente diversión accesoria, en estos últimos tiempos malos, además de las chicas, he tenido algún trato con Dinamarca y el resto del Norte. ¡Qué porquería, ya te digo! ¡Antes el más pequeño de los alemanes que el más grande de los daneses! Un clímax semejante de miseria moral, gremial y estamental ya no existe en ninguna parte. El danés tiene a Alemania por un país al que se va «a mantener queridas y a dilapidar con ellas la fortuna» (imedens at han reiste i Tydskland, havde han en Maitresse, som fortärede ham den bedste del af hans Midler,34 dice un libro de texto danés); llama al alemán tydsk35 cabeza hueca y se tiene por el auténtico representante de la esencia germánica; el sueco, a su vez, desprecia al danés como «germanizado» y degenerado, charlatán y afeminado; el noruego mira por encima del hombro al sueco afrancesado y a su nobleza, y se alegra de que en su Norge36 siga reinando justo la misma economía campesina estúpida que en tiempos del noble Canuto; y a él, a su vez, lo trata en canaille37 el islandés, que sigue hablando exactamente la misma lengua que los mugrientos vikingos del año 900, bebe aceite de ballena, vive en una choza de tierra y se muere en cualquier atmósfera que no huela a pescado podrido. Varias veces he estado tentado de enorgullecerme de no ser al menos danés, ni mucho menos islandés, sino solo alemán. El redactor del periódico más avanzado de Suecia, el Aftonblad,38 ha estado dos veces aquí, en París, para aclararse sobre la organización del trabajo; durante años ha estado suscrito a Le Bon Sens y a La Démocratie pacifique,39 ha conversado solemnemente con Louis Blanc40 y con Considérant,41 pero no ha sido capaz de entenderlo y ha vuelto tan sabio como se fue. Ahora sigue machacando como siempre a favor de la libre competencia o, como se dice en sueco, de la libertad de sustento o también de la själfförsörjningsfrihet, la libertad de autoabastecimiento (¡eso es todavía más bonito que la libertad de industria!). Naturalmente, todavía están metidos hasta las orejas en la porquería gremial, y en las dietas son precisamente los burgueses los conservadores más furiosos. En todo el país, solo dos ciudades como es debido, de 80.000 y 40.000 habitantes respectivamente; la tercera, Norrköping, solo tiene 12.000; todo lo demás, unos 1.000, 2.000, 3.000. En cada posta vive una persona. En Dinamarca apenas está mejor la cosa: allí solo tienen una única ciudad, donde se dan los pleitos gremiales más divinos, más disparatados que en Basilea o en Bremen, y donde no se puede pasear por el paseo sin tarjeta de entrada. Lo único para lo que sirven estos países es para que se vea en ellos lo que harían los alemanes si tuvieran libertad de prensa: a saber, lo que los daneses han hecho de verdad, fundar en el acto una «Sociedad para el verdadero uso de la prensa libre»42 y hacer imprimir almanaques cristianos y bienintencionados. El sueco Aftonblad es tan manso como la Kölnische Zeitung, pero se tiene por «democrático en el verdadero sentido de la palabra». En cambio, los suecos tienen las novelas de la fröken43 Bremer y los daneses al señor etatsraad44 Oehlenschläger, commandör af Dannebrogsordenen.45 Hay también allí una cantidad espantosa de hegelianos, y la lengua, en la que una de cada tres palabras está robada del alemán, va de maravilla para la especulación.

Hay un informe empezado hace tiempo, que seguirá uno de estos días. Escríbeme si tenéis el libro de Proudhon.

Si quieres sacar provecho para tu libro46 del libro de Proudhon, que es malo, te mandaré mis extractos, que son muy detallados. No vale los 15 francos que cuesta.

  1. Philippe Gigot (1819-1860), archivero belga, miembro del Comité de Correspondencia Comunista de Bruselas. ↩

  2. Los disturbios de octubre de 1846 en el Faubourg Saint-Antoine, barrio obrero del este de París, provocados por la carestía del pan. ↩

  3. Straubinger: así se llamaba a los oficiales artesanos alemanes que iban de ciudad en ciudad; Marx y Engels usan el nombre con desprecio para el gremialismo y la estrechez de miras de los artesanos. ↩

  4. August Hermann Ewerbeck (1816-1860), médico, dirigente de la Liga de los Justos en París. ↩

  5. En inglés: «de hecho». ↩

  6. Las barrières eran las puertas de la muralla de arbitrios de París; más allá, libres del impuesto de consumos, estaban las tabernas donde se reunían los obreros. ↩

  7. Eisermann, ebanista alemán de París, partidario de Karl Grün. ↩

  8. En francés: «aviso a los soplones»; es decir, una denuncia. ↩

  9. Adolph Junge, ebanista alemán de París, miembro de la Liga de los Justos y partidario de Engels. ↩

  10. Gabriel Delessert (1786-1858), prefecto de policía de París de 1836 a 1848. ↩

  11. En francés: «la taberna», literalmente «el vinatero». ↩

  12. Charles Tanneguy Duchâtel (1803-1867), ministro del Interior de Francia de 1840 a 1848. ↩

  13. Karl Grün (1817-1887), publicista, uno de los principales representantes del «verdadero socialismo»; vivía en París y difundía entre los artesanos alemanes las ideas de Proudhon. ↩

  14. Karl Ludwig Bernays (1815-1879), periodista, antiguo redactor del Vorwärts! de París; vivía en Sarcelles, al norte de París. Véase la carta de Bernays y Engels a Marx del 2 de noviembre de 1846. ↩

  15. Salas de baile de París. ↩

  16. Jóvenes obreras parisinas, sobre todo costureras y modistillas, de costumbres libres. ↩

  17. En francés: «porque he querido aprovechar los días y las noches que podían ser los últimos para mí en París». ↩

  18. En francés: «en fin». ↩

  19. A. F. Körner, pintor alemán residente en París, amigo de Engels. ↩

  20. Wilhelm Weitling (1808-1871), sastre, el primer teórico del comunismo obrero alemán; en marzo de 1846 había roto con Marx y con Engels en Bruselas. ↩

  21. La dirección de la Liga de los Justos en Londres (Karl Schapper, Joseph Moll, Heinrich Bauer), que mantenía correspondencia con el Comité de Bruselas. ↩

  22. George Julian Harney (1817-1897), dirigente del ala izquierda del cartismo y redactor del Northern Star. ↩

  23. En francés: «segunda intención». ↩

  24. En francés: «pues bien». ↩

  25. Johannes Ronge (1813-1887), sacerdote que fundó en 1844-1845 el movimiento «católico alemán», separado de Roma. Los comunistas alemanes de Londres le habían dirigido un mensaje, igual que a los alemanes de Schleswig-Holstein en su conflicto con Dinamarca. ↩

  26. En francés: «gloria». ↩

  27. En francés: «salvo». ↩

  28. El Rheinischer Beobachter, periódico conservador de Colonia. ↩

  29. Se esperaba que Federico Guillermo IV diera una constitución; el 3 de febrero de 1847 se limitó a convocar la Dieta Unida. ↩

  30. Según los editores de la MEGA¹, M. Schlaepfer, librero de Herisau (Suiza). Marx y Engels seguían buscando editor para los manuscritos de La ideología alemana. ↩

  31. Según los editores de la MEGA¹, el librero Kühtmann, de Bremen. ↩

  32. La editorial de Bellevue, junto a Constanza, que publicaba literatura radical. ↩

  33. Hermann Püttmann (1811-1874), periodista y poeta, «verdadero socialista»; vivía entonces en Suiza. ↩

  34. En danés: «mientras viajaba por Alemania, tenía una querida que le consumió la mayor parte de sus recursos». ↩

  35. En danés: «alemán». ↩

  36. En noruego: «Noruega». ↩

  37. En francés: «como a chusma». ↩

  38. Aftonbladet, diario liberal de Estocolmo fundado en 1830 por Lars Johan Hierta. ↩

  39. Le Bon Sens, periódico republicano de París (1832-1839), que dirigió algún tiempo Louis Blanc; La Démocratie pacifique, diario fourierista dirigido por Victor Considérant. ↩

  40. Louis Blanc (1811-1882), socialista francés, autor de Organisation du travail (1839). ↩

  41. Victor Considérant (1808-1893), jefe de la escuela fourierista. ↩

  42. La Sociedad para el Recto Uso de la Libertad de Prensa (Selskabet for Trykkefrihedens rette Brug), fundada en Copenhague en 1835. ↩

  43. En sueco: «señorita». Fredrika Bremer (1801-1865), novelista sueca. ↩

  44. En danés: «consejero de Estado», título honorífico. Adam Oehlenschläger (1779-1850), el poeta nacional del romanticismo danés. ↩

  45. En danés: «comendador de la Orden de Dannebrog». ↩

  46. La obra de crítica de la economía política que Marx había contratado en 1845 con el editor Leske y que no llegó a escribir en esa forma. ↩