Carta de Karl Marx a Friedrich Engels, que vivía en Manchester, escrita en Londres el 23 de febrero de 1853. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 239, pp. 449-451) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

23 de febrero de 1853.

Querido Engels:

He estado sérieusement indispuesto; en particular, los «pérfidos prusianos»1 no me dejaban ni estar de pie, ni sentado, ni acostado. De ahí mi largo silencio, e incluso que no te haya acusado recibo del dinero.

Ya habrás visto que Kossuth desautoriza su supuesta proclama de Milán por medio de un filibustero americano, el capitán Mayne Reid. Pues bien, ayer me escribió Szemere desde París que sabe con seguridad que la proclama es auténtica. Por lo demás, eso se veía ya por el contenido. El Leader (mazziniano) «deems it his duty to caution his readers, that this affair lies entirely between Mr. Kossuth and Mr. Mazzini and that the latter is absent from England».2 La declaración de Della Rocca en el Daily News, dirigida directamente contra Agostini e indirectamente también contra Kossuth, ya la habrás leído tú mismo. El par nobile fratrum3 parece haberse peleado. Kossuth es tan falso como cobarde.

Has valorado demasiado a Mazzini al creer en su presencia personal en Milán. En esos momentos críticos se marcha de Inglaterra para exponerse a la sospecha de estar presente en el teatro de la guerra.

Por miserable que sea el asunto de Milán como final de la eterna conspiración de Mazzini, y por mucho que crea que se ha perjudicado personalmente, me parece seguro que el acontecimiento es favorable al movimiento revolucionario en su conjunto. Precisamente por la manera brutal en que los austriacos lo [ . . . ]4 explotan. Si Radetzky hubiera seguido el ejemplo de Strassoldo,5 si hubiera elogiado a la burguesía de Milán por su «buen comportamiento», hubiera calificado el conjunto de miserable intentona de unos cuantos miscreants6 y, como señal de confianza, hubiera aflojado en apariencia las riendas, el partido revolucionario habría quedado en ridículo ante Dios y ante el mundo. Así, en cambio, al implantar un sistema completo de saqueo, convierte Italia en el «cráter revolucionario» que Mazzini no conseguía hacer aparecer por arte de magia con sus declamaciones.

Y una cosa más. ¿Habría creído alguno de nosotros que la reacción, después de cuatro años de victorias, preparativos y fanfarronadas, se sintiera tan infinitamente débil como para lanzar un auténtico grito de terror a la primera intentona? La fe de esos tipos en la revolución es inquebrantable. Ahora han vuelto a dar testimonio de su inseguridad ante todo el mundo. Mientras la «emigración» está realiter7 en bancarrota total y no es capaz de sacar a un perro de detrás de la estufa, ellos pregonan su poder en todos los periódicos gubernamentales y difunden la creencia de que una red de conspiraciones se cierne por todas partes sobre los buenos ciudadanos.

Ad vocem Bangya. Ahora vive en París. Tengo ya en la mano las pruebas de que el noble es agente del gobierno austriaco. Su regreso a Francia lo ha comprado aceptando un puesto secreto en el ministerio francés de Policía. Al mismo tiempo, está en París como agente oficial de Kossuth, que quiere sacarle dinero a Bonaparte. Por lo demás, el tipo se ha enredado en París en una red en la que él mismo se atrapará. En cuanto a nuestro manuscrito, se lo vendió a Greiff, que viajaba como «Schulz».8 Además, los dos han vuelto a mentir al gobierno, como si hubieran «sabido procurarse» ese «documento» del archivo de una «sociedad secreta». Esa es la expresión técnica.

De Schabelitz sigo sin saber nada, salvo que la cosa circula en Alemania.9 No se atreve todavía a mandar nada aquí, por miedo a que la policía francesa abra el paquete y denuncie el asunto a la prusiana.

Sé de fuente segura que Ledru-Rollin, mais c’est un secret10 (Napoleón probablemente lo sabe tan bien como yo), quiere dar el golpe en París dentro de tres o cuatro semanas. Un testigo presencial me ha contado que en París hubo gran agitación a la primera noticia del levantamiento de Milán. Corrillos en las calles, etc., no para rebelarse, sino para juntar las cabezas. En general, los frenchmen de aquí están muy contentos de que el señor Mazzini haya hecho el ridículo con su «action». Es una revanche para ellos.

Nuestro llamamiento (de seis líneas) para ayudar a los de Colonia ha aparecido, por mediación de Cluß, en todos los periódicos americanos, en todas partes con un preámbulo de las respectivas sociedades gimnásticas.11 Nous verrons. Los queridos conocidos de la propia Colonia no han dado todavía señales de vida. ¡Si eso no es prudencia! Uno de los suyos, el ex teniente Steffen, que figuró como testigo de descargo en el proceso de Colonia, está aquí y en seguida ha encontrado un puesto de profesor en el instituto de Friedländer. Blind me persigue a diario por el «Herzen»; Dronke, igual, por la circular de Reichenbach. Para Dronke es importante, para entablar con nombre falso una correspondencia con la Volkshalle de Colonia.

¿Qué dices de la viva participación de los curas de la Iglesia oficial en el desdichado movimiento de las diez horas?12 Siempre el viejo juego. El sábado te mando un paquete con todos los periódicos atrasados y las cartas de Cluß.

De todas las performances del pequeño John el Finalista,13 la última ha sido sin duda la más clásica. Hasta el Times tuvo que reconocer que Johnny excites «mightily little enthusiasm».14

La señora Harney ha muerto.15 Y también la señora von Brüning. Últimamente he tenido correspondencia con el segundo,16 en la que todo recaía sobre Kinkel y Willich. Ya te escribí que Willich zarpó hace cuatro semanas para América.

Salut.

Tu K. M.

  1. Los forúnculos que padecía Marx. ↩

  2. «Considera su deber advertir a sus lectores de que este asunto concierne exclusivamente al señor Kossuth y al señor Mazzini, y de que este último está ausente de Inglaterra». ↩

  3. «La noble pareja de hermanos» (Horacio). ↩

  4. El papel está dañado. ↩

  5. El conde Strassoldo, que gobernaba Lombardía por Austria. ↩

  6. «Malhechores». ↩

  7. «En realidad». ↩

  8. El manuscrito de Los grandes hombres del exilio. Greiff era el teniente de la policía prusiana que había dirigido en Londres a los falsificadores del libro de actas presentado en el proceso de los comunistas de Colonia (octubre-noviembre de 1852). ↩

  9. Las Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia, impresas en Basilea por Jakob Schabelitz. ↩

  10. «Pero es un secreto». ↩

  11. Las Turnvereine, sociedades gimnásticas de los emigrados alemanes en los Estados Unidos. ↩

  12. El movimiento por la jornada legal de diez horas en las fábricas. ↩

  13. Lord John Russell, al que se llamaba Finality John por haber declarado en 1837 que la reforma electoral de 1832 era definitiva. ↩

  14. «Despierta poderosamente poco entusiasmo». ↩

  15. La mujer del cartista George Julian Harney. ↩

  16. El barón A. von Brüning, emigrado alemán en Londres. ↩