Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Londres, escrita en Manchester hacia el 4 de marzo de 1853 (el lugar y la fecha aproximada los establece la edición). Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 240, pp. 451-454) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.
Querido Marx:
Ayer te mandé medio billete de cinco libras; la otra mitad, al mismo tiempo, en un sobre a Dronke.1 Estoy en un buen aprieto: en febrero tuve que gastar unas 50 libras en pagar deudas, etc., y todavía tengo que cubrir unas 30 este mes y el que viene. Si no, te habría mandado más. Se hace urgente una reforma de mis personal expenses: dentro de ocho o quince días me mudaré a unos lodgings más baratos y me pasaré también a bebidas más ligeras, para estar preparado para el gran momento en que se cierre el balance. El año pasado, gracias a Dios, me comí la mitad de los beneficios de mi viejo en el negocio de aquí. En cuanto se acerque la llegada de mi viejo, me mudaré a unos lodgings finos, compraré cigarros y vinos finos, etc., para poder impresionar. Voilà la vie.
Entre la gente de aquí, alemanes e ingleses, monsieur Kossuth se ha arruinado por completo con sus declaraciones; Mazzini igual, con la propia insurrección y con la piojosa manera de empezar el alboroto asesinando a soldados sueltos, cosa que repugna especialmente a los ingleses. No cabe imaginar nada más cobarde y más ruin que esas dos cartas de Kossuth, y encima siempre la pretensión: I am a plain, honest man.2 Por lo demás, que esos señores tengan cuidado: si aparecen pruebas, ce cher Aberdeen3 es justo el hombre para hacerlos meter en la cárcel y procesar sin más, y no sé si después de esto están tan seguros de que los absolverán.
El Ministry of all the talents turns out a complete humbug.4 Johnny, más arrugado que nunca; el gran Gladstone, un sabelotodo engreído à la Mevissen;5 Aberdeen, lleno de reminiscencias diplomático-tories y puro cortesano; el apóstol Juan del difunto mesías Peel, Sidney Herbert, un ministro de la Guerra totalmente incapaz: es un bonito lote. Y además ninguno se siente en su sitio, salvo el viejo y desvergonzado Palmerston, que en todas partes está como en casa y, como demuestra el debate sobre Mazzini en ambas Cámaras, sigue tan mutinous6 como siempre. Desde el debate sobre Grecia, la Militia Bill y el debate de la respuesta al discurso de la Corona, él es de facto el leader of the House of Commons, y es una amarga ironía dar ese puesto pro forma al pobre Johnny.7 Pero la desvergüenza llega lejos cuando encima se pide un sueldo para Johnny en ese cargo; claro que un puesto nuevo es para los dos partidos un bocado caído del cielo. Tengo curiosidad por el presupuesto de master Gladstone; su intervención sobre los Estimates y sobre la moción arancelaria de Hume hacen esperar que lo dejará todo más o menos como estaba, y eso es probablemente lo único que saldrá de este patriótico ministerio de coalición. Mientras tanto, las historias de corrupción de las últimas elecciones son magníficas y harán necesaria en la próxima sesión una especie de Reform Bill. Si para entonces el trade va mal y el continente se mueve, podemos ver cosas bonitas.
Tengo ahora en casa al Urquhart, el diputado loco que presenta a Palmerston como pagado por Rusia.8 La cosa se explica sencillamente: el tipo es un escocés celta de formación sajona-escocesa, romántico por tendencia, freetrader por formación. Este tipo fue a Grecia como filoheleno y, después de pelearse tres años con los turcos, se marchó a Turquía y se entusiasmó por esos mismos turcos. Adora el islam, y su principio es: si no fuera calvinista, solo podría ser mahometano. Los turcos, y muy especialmente los de la época de esplendor del Imperio otomano, son la nación más perfecta de la tierra, en todo sin excepción. La lengua turca es la más perfecta y la más armoniosa del mundo. Toda la estúpida palabrería sobre la barbarie, la crueldad, la ridícula arrogancia bárbara se debe solo a la ignorancia de los europeos acerca de Turquía y a las calumnias interesadas de los dragomanes griegos. Si a un europeo lo tratan mal en Turquía, es culpa suya; el turco no odia la religión ni el carácter, sino solo los pantalones estrechos del franco. Se recomienda encarecidamente imitar la arquitectura, la etiqueta, etc., turcas. El propio autor ha sido tratado varias veces a patadas en el culo por los turcos, pero después ha comprendido que la culpa era solo suya. El contacto con los europeos, los intentos de civilización, no han hecho más que debilitar y desorganizar a los turcos. La constitución turca, en su «pureza», es la más hermosa que existe y está casi por encima de la inglesa. El turco tiene selfgovernment gracias a costumbres milenarias y al Corán. El sultán, en vez de «déspota», está más limitado que la most gracious queen. La libertad religiosa solo existe en Turquía. Diferencias de clase, luchas de clases, partidos políticos, no los hay ni puede haberlos en este paraíso, porque en política interior todos son de la misma opinión. En ninguna parte hay menos centralización que en Turquía. En una palabra: solo el turco es un gentleman, y solo en Turquía existe la libertad.
Contra este país feliz intriga ahora el zar por medio de los curas griegos, e Inglaterra se ha dejado llevar continuamente por él de la nariz. Inglaterra tiene que apoyar a Turquía, etc., etc., lugares comunes tan viejos como chatos. En conjunto el libro es de lo más divertido. Pero lo mejor es que en él se apoya toda la política de los liberales ingleses enemigos de Palmerston; por ejemplo, todos los artículos del Daily News sobre el mamotreto turco son puras paráfrasis de Urquhart, que, en su calidad de freetrader, goza de crédito ilimitado, aunque reprocha a los ingleses que destruyen con sus importaciones la industria de Tesalia; pero en un highlander no se mira tanto.
Tiene un lado muy bueno que el Times, aunque en primer lugar en interés de Rusia, ataque por fin la vieja estupidez filistea de la integridad de Turquía. El estúpido Daily News, que en su estrechez burguesa no ve más allá de sus narices, clama traición y no sabe oponer otra cosa que precisamente esa vieja porquería diplomática. Si el baile dura todavía un poco, estos señores tendrán que recurrir pronto a otros argumentos y llegar a comprender que solo una revolución continental puede poner fin a esta inmundicia. Con el tiempo hasta los peores filisteos tienen que comprender que sin ella no se puede resolver absolutamente nada.
El asunto aduanero austro-prusiano es el único progreso que se ha conseguido en Alemania, et encore!9 La cosa está tan llena de cláusulas y salvedades, y se dejan tantas cuestiones capitales a comisiones posteriores, mientras que las rebajas arancelarias efectivas son tan pequeñas, que poco saldrá de ahí. Cuando estalle la gran crisis industrial, todo el tratado comercial desaparecerá ante la débâcle general.
Aquí ya no se hace más que robar, romperse los huesos en los ferrocarriles y saltar por los aires. Los filisteos de aquí están completamente consternados por los extraños sucesos de los últimos ocho días. Por suerte el algodón está bajando, por lo que en la Bolsa no hay nada que hacer y uno puede ocuparse a gusto de estos grandes acontecimientos. Las hilaturas y la mayoría de las tejedurías siguen trabajando a pleno rendimiento, pero en los percales bastos (domestics) hay un estancamiento completo, y a partir del lunes en este ramo se trabajará solo tres días por semana en todas las fábricas.
Saludos a tu mujer y a los niños. Dronke ha recibido lo del viaje.
Tu F. E.
Lo de Herzen se arreglará uno de estos días; hay un inconveniente que me impide escribir ahora a mi cuñado.10
Como precaución, los billetes se cortaban por la mitad y cada mitad se enviaba por separado. ↩
«Soy un hombre sencillo y honrado». ↩
George Hamilton-Gordon, conde de Aberdeen, primer ministro del gobierno de coalición de whigs y peelitas formado en diciembre de 1852. ↩
«El ministerio de todos los talentos resulta una completa patraña». ↩
Johnny: lord John Russell; William Ewart Gladstone, ministro de Hacienda. Gustav Mevissen (1815-1899), banquero y político liberal de Colonia. Sidney Herbert, secretario de la Guerra, era como Gladstone un discípulo de Robert Peel. ↩
«Rebelde». Palmerston era ministro del Interior en el gobierno Aberdeen. ↩
Lord John Russell era jefe de la Cámara de los Comunes; dejó el Foreign Office en febrero de 1853 y siguió en el gobierno sin cartera. ↩
David Urquhart (1805-1877), diputado, publicista turcófilo y enemigo de Palmerston; Engels está leyendo un libro suyo sobre Turquía. ↩
«¡Y aun así!». El tratado de comercio entre Austria y Prusia (Zollverein) se firmó el 19 de febrero de 1853. ↩
Emil Blank, marido de Marie Engels, que vivía en Londres. ↩