Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Londres, escrita en Manchester hacia el 18 de mayo de 1853 (la carta no lleva lugar ni fecha; la fecha aproximada es de la edición). Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 253, pp. 469-471) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Querido Marx:

Así que por fin va a estallar la bomba, como verás por las pruebas de imprenta adjuntas y por la carta de Weydemeyer.1 Desde luego, es asombrosa esta manera que tiene Willich2 de salirse del asunto; seguro que te diviertes de lo lindo con estos circunloquios cojos y la torpeza apurada del estilo. El tipo está muy tocado. Pero parece que papá Schramm3 lo ha ofendido gravemente en Cincinnati; siempre sirve para algo. Una cosa es segura: a esta declaración solo puede seguirle un ridículo aún mayor por parte del caballeroso.

¡Así que porque la Kriminalzeitung de Nueva York!!!!!!4 ha publicado ataques contra Willich, por eso el noble varón se ve obligado a romper su heroico silencio!

«¡En el caso más alto!»5 En Willich los cuerpos no caen hacia abajo, sino hacia arriba. Adiós, gravedad. El tipo está completamente loco. ¡Y otra vez la historia del asesinato alevoso! Ahora veremos también al susodicho Schramm saltar en seguida a la palestra con una declaración.

Para tu tranquilidad te puedo decir que la Neu-England-Zeitung6 me anuncia hoy el envío a mi dirección de 420 ejemplares de las Revelaciones, así que probablemente las recibiré mañana o, como muy tarde, dentro de ocho días, si el paquete no ha salido con el último steamer.7 Los tipos tienen la desfachatez de invitarme a colaborar con ellos en una carta medio anónima firmada «Oficina de la N[eu-]E[ngland-]Z[eitung]». ¡Lo que faltaba!

En todo caso, es bueno que ahora tengamos por fin en la Reform8 un órgano en el que, aunque todo falle, se puedan colocar cosas en la polémica contra Willich y compañía. El jaleo mete a Kellner cada vez más hondo.

La errata de Weydemeyer no debe extrañarte. Ya sabes que Weydemeyer, en lugar de algo «glorioso», nunca consigue más que algo «parecido».9

El Pequeño10 vendrá el domingo que viene. Tengo curiosidad por ver cómo se desenvuelve como dependiente en Bradford. En todo caso, parece que el buen Buckup le hace trabajar como es debido.

Ayer leí el libro sobre las inscripciones árabes del que te hablé. La cosa no carece de interés, por asqueroso que asome por todas partes el cura y apologista de la Biblia. Su mayor triunfo es poder demostrarle a Gibbon11 algunos patinazos de geografía antigua y concluir de ahí que también la teología de Gibbon es reprobable. La cosa se titula: The Historical Geography of Arabia, del reverendo Charles Forster.12 Lo mejor que se saca de ella es:

  1. La supuesta genealogía de Noé, Abraham, etc., que da el Génesis es una enumeración bastante exacta de las tribus beduinas de entonces según su mayor o menor parentesco dialectal, etc. Como es sabido, las tribus beduinas se siguen llamando hasta hoy Beni Saled, Beni Yusuf, etc., es decir, los hijos de tal o cual. Esta denominación, que nace del antiguo modo de vida patriarcal, acaba llevando a esta clase de genealogía. La enumeración del Génesis la confirman plus ou moins13 los geógrafos antiguos, y los viajeros modernos demuestran que los viejos nombres, alterados por el dialecto, existen todavía en su mayoría. Pero de ahí resulta que los judíos mismos no son más que una pequeña tribu beduina como las demás, a la que las condiciones locales, la agricultura, etc., pusieron en oposición con los demás beduinos.

  2. En cuanto a la gran invasión árabe de la que hablamos en otra ocasión: que los beduinos, exactamente igual que los mongoles, han hecho invasiones periódicas; que el imperio asirio y el babilonio fueron fundados por tribus beduinas, en el mismo lugar donde más tarde estuvo el califato de Bagdad. Los fundadores del imperio babilonio, los caldeos, existen todavía con el mismo nombre, Beni Jaled, en la misma localidad. La rápida construcción de grandes ciudades, Nínive y Babilonia, ocurrió exactamente igual que todavía hace trescientos años la creación de ciudades gigantescas parecidas, Agra, Delhi, Lahore, Multán, en las Indias Orientales, por obra de la invasión afgana o, respectivamente, tártara. Con esto la invasión mahometana pierde mucho de su carácter distintivo.

  3. Parece que los árabes, allí donde eran sedentarios, en el suroeste, fueron un pueblo tan civilizado como los egipcios, los asirios, etc.; sus construcciones lo demuestran. También esto explica muchas cosas de la invasión mahometana. En cuanto a la patraña religiosa, de las antiguas inscripciones del sur, en las que aún predomina la vieja tradición nacional árabe del monoteísmo (como entre los indios americanos), y de la que la hebrea no es más que una pequeña parte, parece desprenderse que la revolución religiosa de Mahoma fue, como todo movimiento religioso, formalmente una reacción, un pretendido retorno a lo antiguo, a lo sencillo.

Que la llamada Sagrada Escritura judía no es otra cosa que la consignación por escrito de la vieja tradición religiosa y tribal árabe, modificada por la temprana separación de los judíos de sus vecinos, emparentados con ellos por la estirpe pero nómadas, lo tengo ahora completamente claro. El hecho de que Palestina, por el lado de Arabia, esté rodeada de desierto puro, de tierra de beduinos, explica el desarrollo separado. Pero las antiguas inscripciones árabes, las tradiciones y el Corán, así como la facilidad con que ahora se pueden desentrañar todas las genealogías, etc., demuestran que el contenido principal era árabe, o más bien semítico en general, como entre nosotros todavía la Edda y la leyenda heroica alemana.

Tu F. E.

  1. Joseph Weydemeyer, miembro de la Liga de los Comunistas emigrado a Nueva York, que defendía allí a Marx en la prensa germanoamericana. Las pruebas que mandaba contenían, por lo que sigue, una declaración de Willich. ↩

  2. August Willich, antiguo oficial prusiano, jefe con Schapper de la fracción que se separó de la Liga de los Comunistas en 1850; acababa de emigrar a Estados Unidos. Marx lo atacaba en las Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia (Basilea, 1853). ↩

  3. Konrad Schramm, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, emigrado a Estados Unidos; en 1850 se había batido en duelo con Willich en Bélgica. ↩

  4. El Belletristisches Journal und New-Yorker Criminal-Zeitung, semanario alemán de Nueva York. ↩

  5. Willich había escrito «im höchsten Fall» («a lo sumo», literalmente «en el caso más alto»); Engels juega con Fall, que también significa «caída». ↩

  6. Semanario alemán de Boston, que en 1853 reimprimió las Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia, cuya edición suiza había sido confiscada. ↩

  7. «Vapor», el correo transatlántico. ↩

  8. Die Reform, periódico obrero alemán de Nueva York, dirigido por Gottfried Theodor Kellner, en el que colaboraban Weydemeyer y Cluß. ↩

  9. Juego de palabras con una errata de la declaración de Weydemeyer, en la que se leía «Ähnliches» (algo parecido) en lugar de «Rühmliches» (algo digno de elogio). ↩

  10. Ernst Dronke, antiguo redactor de la Neue Rheinische Zeitung, a quien Marx y Engels llamaban «el Pequeño»; trabajaba entonces de dependiente en Bradford. ↩

  11. Edward Gibbon, autor de Historia de la decadencia y caída del Imperio romano (1776-1788). ↩

  12. Charles Forster, The Historical Geography of Arabia; or, The Patriarchal Evidences of Revealed Religion, Londres, 1844. ↩

  13. «Más o menos». ↩