Carta de Karl Marx a Ferdinand Lassalle, que vivía en Berlín, escrita en Londres (el lugar no figura en la carta) el 4 de febrero de 1859. Se conserva completa. Publicada por primera vez por Gustav Mayer en Ferdinand Lassalle. Nachgelassene Briefe und Schriften, t. III: Der Briefwechsel zwischen Lassalle und Marx (Stuttgart y Berlín, 1922, carta n.º 59, pp. 141-144), según el original, de donde se traduce, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original
4 de febrero de 1859.
¡Querido Lassalle!
Todavía no ha llegado acuse de recibo del señor Duncker, y así sigo sin saber con seguridad si el manuscrito ha salido ya de manos de las autoridades. Por el papelucho adjunto verás que salió de Londres el 26 de enero.
Ad vocem bellum:1 aquí la opinión general es que la guerra en Italia es inevitable. Una cosa es segura: al señor Emanuel2 le va en serio, y al señor Bonaparte le iba en serio. Lo que mueve a este último es: 1. El miedo a los puñales italianos. Desde la muerte de Orsini3 no ha dejado de andar en tratos secretos con los carbonarios, y Plon-Plon,4 el marido de «Clotilde», hacía de intermediario. 2. Una penuria financiera de lo más pura: es de hecho imposible seguir alimentando al ejército francés «en tiempo de paz»; la Lombardía está gorda. Además, con la guerra serían posibles también los «empréstitos de guerra». Cualquier otro empréstito es «imposible». 3. En los dos últimos años Bonaparte ha perdido a diario prestigio ante todos los partidos de Francia, y sus transactions5 diplomáticas han sido también una serie de failures.6 Así que tiene que pasar algo para restablecer el prestigio. En el campo mismo hay un gran descontento por los precios ruinosamente bajos del grano, y el señor Bonaparte ha intentado en vano subir artificialmente el precio del trigo con sus decretos sobre los almacenes de grano. 4. Rusia empuja hacia adelante al advenedizo de las Tullerías. Con el movimiento paneslavista en Bohemia, Moravia, Galitzia, el sur, el norte y el este de Hungría, Iliria, etc., y una guerra en Italia, Rusia tendría casi asegurado quebrar la resistencia que todavía le opone Austria. (Rusia ve venir con espanto una revolución agraria interna, y una guerra exterior quizá le vendría bien al gobierno como distracción, aparte de todos los fines diplomáticos.) 5. El señor Plon-Plon, el hijo del ex rey de Westfalia, y su camarilla (con Girardin7 a la cabeza y una mezcolanza de pseudorrevolucionarios húngaros, polacos e italianos) hacen todo lo posible por forzar una decisión. 6. Una guerra en Italia contra Austria es la única en la que Inglaterra, que no puede presentarse directamente a favor del papa, etc., y en contra de la llamada libertad, permanecerá neutral, al menos al principio. Y Rusia mantendría en jaque a Prusia si esta, cosa que no creo, tuviera ganas de intervenir ya desde el comienzo de la lucha.
Por otra parte, es completamente seguro que al señor Luis Bonaparte le da un miedo de mil demonios una guerra seria de verdad. 1. Es un hombre siempre lleno de escrúpulos y, como todos los jugadores, nada resuelto. Siempre ha llegado arrastrándose hasta el Rubicón, pero la gente que tenía detrás ha tenido siempre que empujarlo a cruzarlo. En Boulogne, en Estrasburgo, en diciembre del 51,8 siempre se vio obligado a poner por fin en práctica sus planes. 2. La extraordinaria frialdad con que se ha recibido su proyecto en Francia no es, naturalmente, alentadora. Las masas se muestran indiferentes. En cambio, se han pronunciado en contra directa y seriamente las altas finanzas, la industria y el comercio, el partido clerical y, por último, el alto mando del ejército, Pélissier y Canrobert,9 por ejemplo. En efecto, las perspectivas militares no son brillantes. Toma incluso por buenas las fanfarronadas del Constitutionnel.10 Si Francia reúne 700 000 hombres en total, de ellos estarán en condiciones de servir 580 000, según el cálculo más alto. Hay que descontar 50 000 para Argelia, 49 000 gendarmes, etc., 100 000 (como mínimo) para la vigilancia de las ciudades (París, etc.) y de las fortalezas de Francia, y 181 000 por lo menos para el ejército de observación en las fronteras suiza, alemana y belga. Quedan 200 000, y eso no es en absoluto una overwhelming force,11 aunque añadas el poco ejército piamontés, frente a los austriacos en sus sólidas posiciones del Mincio y del Adigio.
Sea como sea, si el señor Bonaparte se echa atrás ahora, está acabado ante la masa del ejército francés, y eso podría decidirlo a seguir adelante al fin y al cabo.
Pareces creer que en una guerra así se sublevará Hungría. Lo dudo mucho. Austria pondrá, naturalmente, un cuerpo de observación contra Rusia en la frontera de Galitzia con Hungría, y eso mantendrá en jaque al mismo tiempo a Hungría. Los regimientos húngaros (en la medida en que no se hayan repartido, como se ha hecho en gran parte, entre sus enemigos, como checos, serbios, eslovenos, etc.) se destinarán a las provincias alemanas.
La guerra llevaría, naturalmente, a resultados serios y, al final, sin duda a resultados revolucionarios. Pero, de entrada, mantiene el bonapartismo en Francia, hace retroceder el movimiento interno en Inglaterra y en Rusia, resucita las más mezquinas pasiones nacionales en Alemania, etc., y por eso, a mi juicio, tendrá al principio un efecto contrarrevolucionario en todas partes.
Sea como sea, de la emigración de aquí no esperes nada. Salvo Mazzini, que por lo menos es un fanático, está compuesta de puros caballeros de industria, cuya única ambición es sacarles dinero a los ingleses. El señor Kossuth12 ha degenerado del todo en un lecturer13 ambulante que va colocando las mismas tonterías por las distintas provinces14 de Inglaterra y Escocia y se las vende una y otra vez a un auditorio nuevo.
Todos esos perros de aquí se han vuelto tan conservadores que de verdad se merecerían una amnistía. El señor Gottfried Kinkel,15 por ejemplo, publica aquí un semanario llamado Hermann, al lado del cual hasta la Kölnische Zeitung parece un periódico audaz e ingenioso. (Dicen que, con toda clase de coqueteos, sobre todo con judías estetas, el dulce y melodramático cura consiguió que su mujer16 se cayera por la ventana y se rompiera el cuello. Freiligrath, en su buena fe, se dejó llevar por escenas de dolor a escribir un poema a la difunta Johanna Mockel, pero unos días después vio que el dolor era fingido y que el señor Gottfried nunca se había sentido tan free y easy17 como desde la muerte de su esposa.) El tipo predica el «optimismo» en una forma melosa, servil, de sombrero en mano, y desmayada. El periódico debería llamarse Gottfried. Por mi parte, de verdad preferiría escribir bajo el yugo de «Manteuffel»18 que bajo el del filisteísmo alemán de la City de Londres. Pero al señor Kinkel el yugo le resulta tanto más dulce y ligero cuanto que no tiene, en efecto, sobre esos filisteos ni una parte infinitesimal de carácter y de inteligencia de ventaja. Los toques de trompeta de la «Lewald», alias «Stahr»,19 sobre la difunta Mockel han comprometido aquí a esta última incluso después de muerta.
Salut
Tu K. M.
Me interesaría mucho que consiguieras en Breslau detalles sobre una persona de sexo femenino que vivió allí y que ahora está aquí, llamada (al parecer) von Paula Kröcher, y que me los enviaras lo antes posible.
En latín, «a propósito de la guerra». ↩
Víctor Manuel II (1820-1878), rey de Cerdeña-Piamonte y, desde 1861, de Italia. ↩
Felice Orsini (1819-1858), revolucionario italiano, atentó contra Napoleón III el 14 de enero de 1858 y fue ejecutado en marzo de ese año. ↩
Apodo del príncipe Jérôme Napoleón Bonaparte (1822-1891), primo de Napoleón III e hijo de Jérôme Bonaparte, que había sido rey de Westfalia; el 30 de enero de 1859 se casó con Clotilde, hija de Víctor Manuel II. ↩
En inglés, «negociaciones», «operaciones». ↩
En inglés, «fracasos». ↩
Émile de Girardin (1806-1881), periodista y político francés, director de La Presse. ↩
Los intentos de golpe de Luis Bonaparte en Estrasburgo (1836) y Boulogne (1840) y el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩
Aimable Pélissier (1794-1864) y François Canrobert (1809-1895), mariscales de Francia, que mandaron sucesivamente las tropas francesas ante Sebastopol en la guerra de Crimea. ↩
Le Constitutionnel, diario bonapartista de París. ↩
En inglés, «fuerza abrumadora». ↩
Lajos Kossuth (1802-1894), jefe de la revolución húngara de 1848-1849, exiliado en Inglaterra. ↩
En inglés, «conferenciante». ↩
En inglés, «provincias». ↩
Gottfried Kinkel (1815-1882), poeta y profesor de Bonn, demócrata, condenado tras la insurrección de 1849 y liberado en 1850 con ayuda de Carl Schurz; uno de los «grandes hombres» de la emigración de Londres. El Hermann, semanario de la emigración alemana, salió en Londres desde enero de 1859. ↩
Johanna Kinkel, de soltera Mockel (1810-1858), compositora y escritora; murió el 15 de noviembre de 1858 al caer de una ventana. ↩
En inglés, «libre» y «suelto», «a sus anchas». ↩
Otto von Manteuffel (1805-1882), jefe del gobierno reaccionario de Prusia de 1850 a 1858. ↩
La novelista Fanny Lewald (1811-1889) y su marido, el historiador del arte y de la literatura Adolf Stahr (1805-1876), amigos de Lassalle en Berlín. ↩