Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Londres, escrita en Manchester el 9 de septiembre de 1862. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/3, Berlín, 1930, carta n.º 799, pp. 100-101) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.
Manchester, 9 de septiembre de 1862.
Querido Mohr:
No tienes ni idea de lo que he tenido que tirar del carro estos últimos tiempos. El maldito algodón ha subido al quíntuple de su valor medio, y no te puedes imaginar el trabajo que ha dado tener informada a toda la clientela de esas subidas sucesivas.
Espero que la lassalliada de la desdichada letra esté resuelta y que tengas el dinero. Por fin he conseguido poder irme el viernes a Alemania por 14 días; en Londres, por desgracia, no puedo detenerme: el tiempo lo tengo muy medido, y la estúpida Exposición, de oídas, se me ha hecho tan odiosa que me alegro de verdad de no verla. Pero escríbeme todavía unas líneas, antes de que me vaya, sobre cómo ha ido lo de la letra y cómo está Jennychen.
La teoría de la renta, con este ajetreo del algodón, me ha resultado de verdad demasiado abstracta; tengo que pensar el asunto cuando tenga más tranquilidad. Lo mismo la historia del desgaste, en la que, eso sí, creo firmemente que vas por mal camino. El tiempo de desgaste tampoco es el mismo para todas las máquinas. Pero de eso hablaremos cuando vuelva.
Algunos tipos de aquí han ganado un dineral con esta subida. A nosotros no se nos quedará nada pegado, en parte porque el buen Gottfried1 es, al fin y al cabo, un cagón, y en parte porque el hilador no gana nada en este período. Las casas de comisión se lo han embolsado todo.
La historia de Bull Run número II2 fue una jugada estupenda de Stonewall Jackson, que es con mucho el mejor tipo de América. Si le hubiera apoyado un ataque frontal del ejército principal confederado y todo hubiera salido bien (aunque fuera a medias), monsieur Pope estaba probablemente perdido. Tal como ha ido, la cosa no ha conducido a nada más que a que los confederados han ganado una gran ventaja moral —respeto por su espíritu de empresa y por Jackson— y unas cuantas millas cuadradas de terreno, pero en cambio han acelerado la unión y la concentración de todo el ejército federal ante Washington. Con el próximo vapor tendremos probablemente noticias de nuevos combates, en los que los federales podrían muy bien salir victoriosos si sus generales no fueran tan sangrientamente estúpidos. Pero ¡qué se puede hacer con semejante gentuza! Pope es el más piojoso de todos: no sabe más que darse aires, revocar órdenes, mentir y ocultar descalabros. Un verdadero sabelotodo de estado mayor. McClellan parece ahora francamente un hombre sensato. Y encima la orden de que todos los futuros generales de división tengan que aprobar el examen prusiano de alférez.3 Es demasiado miserable, y los tipos del Sur, que al menos saben lo que quieren, me parecen héroes al lado del flojo desbarajuste del Norte. ¿O sigues creyendo que los señores del Norte aplastarán la «rebelión»?
Adieu!
Tuyo, F. E.