19 de Julio, n.º 1, diciembre de 1941 (págs. 19-20). PDF del número completo, primera parte · segunda parte
La carta siguiente fué la última escrita por el famoso poeta indú, Rabindranath Togore, recientemente muerto. "Puesto ya el pié en el estribo", leyó una "Carta abierta a los indús", escrita por la señorita Eleanora Rathbone, en la que se reprochaba "ingratitud" al pueblo de la India por negarse a apoyar la guerra de Inglaterra. Tagore no era un militante revolucionario, pero la verdad lo es siempre cuando está valientemente dicha. Su carta es una terrible acta de acusación contra el imperialismo británico. Fué originalmente publicada en el periódico inglés "The Tribune" y reproducida en América únicamente por "The Militant", de Nueva York, de donde nosotros la tomamos. LA REDACCION.
Me ha apenado profundamente la carta abierta a los indús, de la señorita Rathbonse. Ignoro quién es la señorita Rathbone, pero considero que representa la mentalidad media del británico "bien intencionado". Su carta está principalmente dirigida a Jawaharlal Nehru, y no dudo que este noble luchador de la batalla por la libertad, habría dado una respuesta adecuada y briosa a su gratuita amonestación, si no hubiera sido amordazado tras los barrotes de la prisión por los conciudadanos de la señorita Rathbone. Su forzado silencio hace necesario para mí entonar una protesta desde mi lecho de enfermo.
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La dama ha hecho un deservicio a la causa de su pueblo dirigiéndo un desafío tan indiscreto, realmente impertinente, a nuestra conciencia. Se escandaliza de nuestra ingratitud, porque habiendo "bebido intensamente en los veneros del pensamiento inglés", continuemos teniendo aparte algún pensamiento para los intereses de nuestro pobre país. El pensamiento inglés, por cuanto es representativo de las mejores tradiciones de la cultura Occidental, nos ha enseñado mu[ilegible] [conci]udadanos que se han aprovechado de [ilegible] de las tentativas oficiales [ilegible] insolente y consumada presunción por parte de nuestros pretendidos amigos ingleses, suponer que si no nos hubiéran "enseñado", permaneceríamos confinados en la Edad de las Tinieblas. Por los canales oficiales británicos de educación, ha corrido hasta nuestros niños en las escuelas, no lo mejor del pensamiento inglés, sino su escoria, lo que únicamente les ha privado de una sana nutrición en la mesa de su propia cultura.
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Aceptando, sin embargo, que el idioma inglés es el único camino que nos ha sido dado para la "ilustración", todo lo que ese "intenso beber en su venero" nos ha aportado, es que en 1931, después de mas de un par de siglos de administración inglesa, se hallara que sólo el uno por ciento de la población sabía el inglés, mientras que en Rusia, en 1932, solo después de quince años de administración soviética, el 98 por ciento de los niños habían sido educados. (Las cifras están tomadas de "The Statesman's Year-Book", una publicación inglesa, sin error verosímil del lado ruso).
Pero incluso mas necesario que la llamada cultura, son las necesidades de existencia puramente [ele]mentales, [sobre las cuales] puede reposar cualquier superestructura cultural. ¿Y que ha hecho el británico, quien ha mantenido apretado el gañote de la bolsa de nuestra nación y explotado sus recursos durante mas de dos siglos, por nuestro pobre pue[blo] [ilegible] [en de]rredor y veo cuerpos hambrientos clamando [ilegible] pueblos a mujeres cavar fan[ilegible]go en busca de unas gotas de agua potable, porque las fuentes son más raras en los pueblos indús que las escuelas. Sé que la misma población inglesa está hoy en peligro de hambre y simpatizo con ella; pero cuando veo cómo todo el poder de la marina británica se emplea en convoyar a la costa inglesa barcos cargados de alimentos, y cuando recuerdo que he visto a nuestro pueblo morir de hambre, sin que fuera traída una sola carretada de arroz de la comarca vecina, no puedo dejar de contrastar a los británicos en su casa con los británicos en la India.
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¿Tendremos pues, que estar agradecidos a Inglaterra, si nó por conservarnos nutridos, al menos por preservar la ley y el orden?. Miro en torno y veo tumultos mugientes por todo el país. Cuando veintenas de vidas indús se pierden, nuestra propiedad es saqueada, nuestras mujeres deshonradas, y los poderosos brazos británicos permanecen inactivos, se oye únicamente la voz inglesa, desde allende el mar, para increparnos por nuestra incapacidad para poner orden entre nosotros.
No son raros los ejemplos históricos en que guerreros perfectamente armados han retrocedido ante fuerzas superiores, y en la presente guerra, hanse producido contingencias en las que los más valientes de los soldados ingleses, franceses y griegos, han tenido que evacuar el campo de batalla en Europa porque eran abrumados por armamentos superiores; pero cuando nuestros pobres, desarmados y desvalidos campesinos, sobrecargados de bebés llorones, huyen de sus casas, incapaces para protogerlas de los armados "goondas", los oficiales británicos sonríen, quizás despreciando nuestra cobardía. Todo civil británico está hoy armado en Inglaterra para proteger su tierra y su casa contra el enemigo, pero en la India, incluso los cuchillos están prohibidos por decreto.
Nuestro pueblo ha sido deliberadamente desarmado y viciado para conservarlo perpétuamente acobardado y a merced de sus amos armados. Los ingleses odian a los nazis solamente porque desafían su señorío mundial, y la señorita Rathbone espera que nosotros besemos servilmente la mano de su pueblo, por habernos remachado las cadenas. Un gobierno, debe ser juzgado, no por las pretensiones de sus representantes, sino por su contribución real y efectiva al bienestar del pueblo.
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No es porque los Ingleses sean extranjeros, por lo que son malquistos entre nosotros y no han hallado lugar en nuestros corazones, sino porque pretendiendo ser depositarios de nuestro bienestar, han traicionado la gran esperanza y han sacrificado la felicidad de millones en la India, para henchir los bolsillos de unos cuantos capitalistas entre ellos. Habría creído que el inglés decente guardaría silencio ante estos agravios y agradecería nuestra inacción, pero que añadan el insulto a la injuria y arrojen sal en nuestras heridas, sobrepasa todos los límites de la decencia.
RABINDRANATH TOGORE.