19 de Julio, n.º 1, diciembre de 1941 (págs. 20-24). PDF del número completo, primera parte · segunda parte
Tenemos a la vista un llamamiento en forma de folleto, titulado "El socialismo revolucionario ante la guerra", escrito por el Frente Obrero Revolucionario Contra la Guerra. Es este una organización paralela al C.M.R.I. (Centro Marxista Revolucionario Internacional), constituido en París con las mismas ruinas de los partidos centristas que pertenecieron al Buró de Londres. Algunas de ellas, cuya lista abultada se enumera en las primeras páginas del folleto, han sido ya escombradas por su propia nulidad política y material, como la "Independent Labour Ligue of América", (Loveston).
Contiene el documento tres aspectos fundamentales que conviene refutar por orden:
1 — Apreciación de los regímenes capitalistas en guerra.
2 — Crítica del movimiento obrero internacional.
3 — Posición y consignas contra la guerra.
P[or] su carácter peculiar, en el que están compro[metidas] [ilegible]taciones sin dar una conclusión cierta. Pero algunos párrafos son lo suficientemente marcados para establecer un estrecho parentesco entre el pensamiento del F.O.I. y el que sustentan respecto del fascismo algunos hombres del grupo americano de Schachtman.
Para los autores del manifiesto, "la guerra actual no puede ser considerada como una simple lucha de burguesías nacionales rivales, al igual que la de 1914-18. Si no, además, como la lucha desesperada entre dos concepciones distintas y bien definidas de la futura reorganización capitalista". Algunos de los autores del manifiesto han acusado a la IV Internacional de ligereza teórica en el análisis de fenómeno fascista, pero contribuciones de este peso, son tan abrumadoras, que ahogan toda interpretación racional posible. Las consecuencias de estas parrafadas aventureras, y de otras que veremos enseguida, llevarían hasta la negación de la revolución social como salida histór[ica] objetiva, dada inmediatamente por el estado act[ual] [ilegible] Fascismo y democracia son considerados como unidades sociales distintas, y, lo que es mucho más grave, con trayectorias de futuro desarrollo divergentes. Una lucha entre "dos concepciones distintas y bien definidas de la futura reorganización capitalista", presupone forzosamente impulsiones históricas distintas, resultantes ambas del determinismo económico. Hasta ahora, el marxismo había creído, como un fundamento básico inalterable para toda la época de decadencia actual, que la combinación de la sociedad capitalista en grados diversos de nivel económico, con la variedad correspondiente de sistemas políticos, no altera la unidad, capitalista en su tipo esencial, de la economía mundial; mucho menos había de alterar la línea de desenvolvimiento a que el cuerpo económico en su conjunto se ve arrastrado. El documento que comentamos, por el contrario, rompe la concepción unitaria de la economía y de su desenvolvimiento, puesto que prevee dos salidas históricas "bien definidas".
¿Cuáles, qué motores las impulsan, qué grado de necesidad tiene cada una de ellas y cómo se entrelazan en la marcha general de la civilización? Inútilmente buscaremos una respuesta circunstanciada, —ya que no justa—, sin la cual no puede haber análisis social. En algunos brochazos teóricos, mal dados y peor combinados, los autores tratan de dar una base económica a su definición. Hacen partir la doble perspectiva de reorganización, de una irreductibilidad gratuitamente prestada al capital financiero respecto de la gran industria. Inglaterra está dada como epicentro del primero, Alemania de la segunda, para concluir apoteósticamente: "...el capital financiero, que se siente innecesario y expulsado (subrayado por G.M.) del Estado fascista, se funde desesperadamente con la resistencia económica y militar del Reino Unido, y de su imperio colonial". Al parecer la India, la Guayana y el Africa central son también potencias financieras; pero dejemos los detalles falsos, que embarazan por su número, y vayamos a lo grueso. En oposición a Inglaterra, "Alemania y el fascismo —seguimos citando— representan una nueva concepción económico social; la fusión de los grupos industriales con el Estado, la superación de una serie de contradicciones internas propias del liberalismo económico y la explotación racional y totalitaria del trabajo".
Apenas si las palabras tienen aquí un sentido fonético; política, analíticamente, no tienen cabeza, piés ni tronco. Pero con el fin de distinguir mejor los resquicios por los que el centrismo se fuga hacia el oportunismo, consideremos primero las consecuencias políticas para volver después al embrollo teórico.
Si los grandes grupos industriales, fundidos ya o deseando fundirse con el fascismo, representan una de las dos concepciones distintas en lucha por la reorganización del mundo, el capital financiero anglo-americano, fundido a su vez con la democracia, representa indudablemente la otra. En términos diferentes, la de[mocracia burguesa] [ilegible] [r]evolución ha[ilegible] [eco]nómico de tipo fa[scista] [ilegible] sino que conserva posibilidades de desenvol[vimiento] [ilegible] toda una salida reorganizativa, en tanto [ilegible] [ca]minos diferentes, los centr[istas] [ilegible] Churchill y Roosevelt. No hay que decir que nuestros autores no llegan a asentar esta conclusión, y se mostrarán seguramente indignados al leer nuestra rigurosa interpretación de sus palabras. Incluso admiten en otra parte la posibilidad de evolución de las democracias hacia el fascismo. ¿Pero dónde quedan entonces las "dos concepciones distintas y bien definidas" y a qué tanto fuego fatuo financiero-industrial? En realidad, apuntan lo último sólo de manera accesoria y en contradicción abierta con el análisis principal. Este forma el bancal teórico del F.O.I., su política está determinada por el desdoblamiento de la perspectiva burguesa en democrática y fascista. Sus amigos americanos, ingleses, y el propio F.O.I. actúan en consonancia con la perspectiva democrática. Refiramos algo que tiene una significación mucho más clara que el protéico llamamiento.
Marceau Pivert, cuya sombra se trasluce a través del escrito, después de haber recibido del general Charles de Gaulle una respuesta inocua a su primera carta, le preguntaba en una segunda, más explícita, fechada el 18 de octubre del año pasado: "No podéis autorizar a los aviadores socialistas (que usted sabe que los hay) a llevar consigo nuestro material político al mismo tiempo que vuestras bombas?" (Subrayado en el original). El material político en cuestión consistía en un manifiesto de mismo F.O.I., dirigido a los obreros y soldados alemanes. He aquí un párrafo: "Nuestros militantes agrupados en el Frente Obrero Internacional contra la Guerra, luchan, desde el comienzo de esta guerra, contra su propio imperialismo". Hay que suponer que las bombas imperialistas matarían a cincuenta obreros alemanes; los supervivientes vecinos recogerían los manifiestos del F.O.I. "¿Se tratará en efecto de aviadores revolucionarios que obran por su propia cuenta —se preguntarán entre intrigados e indignados— o serán los imperialistas aliados quienes nos hacen esta jugarreta?". Y si pudieran leer el párrafo citado de la carta de Pivert, diríanse aun: "Las bombas vienen de los imperialistas; el manifiesto, de los socialistas. Pero Pivert ha autorizado a los imperialistas a lanzar las bombas, a condición de arrojar también sus manifiestos; por su parte, los imperialistas han autorizado a arrojar los manifiestos a condición de tirar juntamente sus propias bombas. Indudablemente, o Pivert ayuda a su imperialismo, o los imperialistas "luchan contra su propio imperialismo", o nosotros no entendemos nada de este lío, sino que somos carne de cañón y todo el mundo nos engaña". El "nuestro" y "vuestro" de la proposición centrista, concuerda con las "dos concepciones distintas y bien definidas de la futura reorganización capitalista" como la rueda concuerda en funciones con el eje. Este permanece inmóvil pero permite girar a la otra: la perspectiva prestada a la democracia es aparentemente un simple error de apreciación, pero permit[e] a los autores girar en torno a ella, haciéndole proposiciones de colaboración activa.
En el otro extremo de la dualidad, la base financiera, y el poder resolutivo de contradicciones atribuído al fascismo, refuerzan la imagen pequeño-burguesa de los que ven en Hitler el caballo de Atila de la revolución. Por repercusión, viene a ser un argumento más en pro de la benevolencia para con las democracias. Hitler mismo no ha podido encontrar hasta ahora argumentos específicamente económicos como los que el llamamiento le ofrece, para cimentar sus arrechuchos mesiánicos y sus promesas de reino milenario. Naturalmente, no pretendemos refutar al centrismo acusándolo sólo de haber faltado a uno de los principios marxistas. Demostraremos que el principio mismo es aún válido e infundado el nuevo tartamudeado por él. Reservándonos el mayor acopio de argumentos para una refutación general, que vaya desde Gorkin y Pivert hasta MacDonald y Burnham, esbozaremos el razonamiento fundamental.
El capital financiero no ha sido, ni mucho menos, "expulsado del Estado fascista". Contrariamente, ese tipo de estado es su principal y más eficaz instrumento. El superior poder militar de Alemania, tanto en ésta como en la pasada guerra, resulta de la mayor centralización e idoneidad técnica de sus monopolios industriales. La iniciativa que estratégicamente le ha distinguido, no es indicio de nuevo régimen social. En todos los ejemplos históricos que pueden citarse, los regímenes nuevos, revolucionarios, han luchado y vencido en condiciones de inferioridad técnica y militar. Sólo como consecuencia del triunfo es sobrepasado el nivel anterior. Alemania, superiormente armada, prueba precisamente lo contrario de lo que el centrismo pretende; es la técnica capitalista llevada hasta la perfección máxima. El papel administrativo del fascismo, ha consistido en dar a la industria la mayor coordinación y tensión posibles sin suprimir la propiedad privada. Incluso en esto no ha hecho mas que realizar la idea de "guerra total" de Ludendorff, uno de los representantes del militarismo pre-hitlerista. La gran industria ha sido la más beneficiada. Ni cortapisas, ni canalizaciones impuestas como una necesidad de guerra, han anulado el valor de las acciones ni suspendido el reparto de dividendos. Hablando ante los obreros de una fábrica, Hitler se vanagloriaba, como de algo muy radical, por haber limitado los beneficios de las grandes empresas durante la guerra, al 10 por ciento del capital invertido. Tenida cuenta de la proporción astronómica de las demandas de guerra, podemos deducir que los capitalistas alemanes están realizando pingües beneficios. Hasta aquí, nuestros propios adversarios estarán de acuerdo. Pero ellos no solamente se representan esta gran industria sin capital financiero, sin él suponen que puede reproducirse e invadir el mundo.
Vengamos pues a la parte, inovadores con muletas. La interdependencia del capital financiero y la gran industria es un fenómeno harto conocido, idiosincrático de la época imperialsta. El poder de los bancos de Inglaterra y los Estados Unidos, no es sino relativo. Su capital financiero está compuesto, en realidad, de una cantidad X de valor efectivo, en dinero o metales preciosos, y otra cantidad, centenares o millares de veces mayor, en bonos del estado, títulos de la deuda interior o exterior, paquetes de acciones de los grandes truts industriales y de la banca misma, pagarés, etc., es decir, en papeles sin nin- [gún valor intrínseco, títu]los de propiedad sobre utilidades futuras. El volumen circulante del capital financiero no está en relación directa con su valor efectivo, sino con las transacciones e inversiones que abarca; lo que es lo mismo, con la plusvalía que acapara. Pero ¿qué ocurriría si Alemania resultara victoriosa? La plusvalía del mundo, al menos de la mayor parte, convergería sobre Berlín. Embotellado en la isla, el capital financiero inglés descendería por debajo del nivel de su valor efectivo, mientras que el alemán, avivado por las futuras ganancias, se multiplicaría geométricamente, aunque su núcleo efectivo no ascendiera siquiera en la proporción mínima respecto del volumen nominal. Está sobreentendido que la crisis que seguirá a la guerra, y las interferencias revolucionarias del proletariado y los paíse coloniales, podrían alterar totalmente, o simplemente retardar, el inflamiento de las finanzas alemanas. Pero si la sociedad capitalista se sostiene, en caso de triunfo de Hitler, a la curva de descenso del capital financiero en Inglaterra, corresponderá una curva refleja ascendente del capital financiero alemán. El objetivo mediato de las limitaciones a los capitalistas impuestas por el fascismo, no es otro que la conquista del dominio financiero, primero sobre Inglaterra, después sobre Estados Unidos. La fusión entre el Estado y el capital financiero resulta ser más completa en Alemania que en Inglaterra. Afirmar aun que el desbordamiento de la industria alemana puede efectuarse sin capital financiero, es admitir que tampoco lo producirá. Ahora bien, una industria que se desarrolle y organize así, es sólo posible mediante la planificación total de la economía, previa expropiación de los capitalistas privados o los poseedores de acciones. Nuestros centristas se ven conducidos a renunciar a su teoría o admitir que Hitler inaugura toda una etapa histórica y que la revolución social es un mito.
En realidad, han confundido la limitación del cambio y la carencia de inversiones (acumulación ampliada), con inutilidad del capital financiero; la lucha por su conquista con su expulsión. Nada tiene de extraño que, como consecuencia, gratifiquen al fascismo con una capacidad de resolver contradicciones, imposible bajo el capitalismo. A semejanza de MacDonald y Burnham, aunque menos categóricamente, tienden a retirar al fascismo la categoría capitalista, poniendo en su lugar algo así como la "managerial revolution" del profesor misántropo, familiar a nuestros lectores americanos. Los hechos, por su parte, han dado ya suficientes elementos de juicio para reducir a polvo estos balbuceos asustadizos. Tras los cascos alemanes van los bancos a recoger el botín. Apenas tomada Checoeslovaquia, el Dresdner Bank y el Deutsche Bank, obligaron a los capitalistas Checos y judíos a vender sus paquetes de acciones a un precio de baja artificialmente provocado por el Gobierno alemán. Otro tanto ocurrió al capital francés invertido en las fábricas Skoda. En Francia, las casas de banca y los capitalistas alemanes se están convirtiendo en los principales accionistas de las grandes empresas. Un despacho reciente, daba por vendidas a los alemanes la mayoría de las acciones del Banco de Francia, es decir de la caja fuerte [d]el Go[bierno] [ilegible] tanto como las bombas de de Gaulle acompañadas de manifiestos "contra su propio imperialismo".
LA CRITICA DEL MOVIMIENTO OBRERO INTERNACIONAL
Al batiborrillo teórico anterior, corresponden en este terreno mas concreto, tergiversaciones oportunistas punto menos que deliberadas. Los centristas son quisquillosos, se ofenden fácilmente por el tono duro de nuestra crítica, pero ellos no vacilan en retorcer la verdad, ocultar los hechos más importantes e inventar otros a voluntad, para dar un barniz crítico a su rechazo de la IV Internacional.
El documento condena a las Segunda y Tercera internacionales, con argumentos tomados casi en su totalidad de nuestra tendencia. En contrapartida, condena también a la Cuarta, basándose en las acusaciones puramente adjetivales de sectarismo, con que nos han atacado todos los oportunistas. Los principios, el programa, la actuación política en este o aquel país, no son siquiera mencionados. "Absorcionistas, dominadores, sectarios", he ahí las tesis críticas que el centrismo nos opone. Tampoco se atreve a responder a nuestras acusaciones, siempre fundamentalmente de principios y relacionadas con casos concretos. En otras palabras, lanzan acusaciones, pero renuncian a toda discusión seria y sincera.
La crítica principal, única en realidad, que se refiere a España, Bélgica y los Estados Unidos, reza así: "Y se da el caso paradójico que a medida que se concreta y articula la IV Internacional se precipita el divorcio con las secciones más importantes". No hay tal paradoja, amigos del F.O.I. La IV Internacional rompió con la Izquierda Comunista de España en el momento mismo en que, fusionándose en el P.O.U.M. con el partido de Maurín, se hizo solidaria y colaboradora de la contrarrevolución iniciada por el Frente Popular; rompió con Veerecken cuando adoptaba también una política entre sectaria y stalinizante; rompió con Schachatman cuando éste quebrantó la disciplina del partido y se orientó en el mismo sentido confusionista respecto de Alemania y la U.R.S.S., semipaci[fista] [ilegible] respecto de la guerra, que caracteriza al F.O.I. [ilegible] Y tampoco hay paradoja, sino afinidad recíproca, e[n] que el F.O.I. recoja y trate de remozar a todos esos náufragos de la vanguardia revolucionaria.
La IV Internacional ha tenido y puede tener aun en su seno tendencias sectarias u oportunistas, pe[ro] nosotros mismos somos los primeros en luchar contra ellas. Ejemplos patentes son los ofrecidos como el[e]mentos de cargo por el folleto. Una actitud directamente opuesta distingue al F.O.I., ahora y siem[pre] [ilegible] Buró de Londres. La complicidad, la ocultación de [los] oportunismos de sus correligionarios, algunos de el[los] rayanos en la traición, es su sistema de atracció[n]. ¿Qué fué del S.A.P. alemán, qué del grupo de [Lo]veston, Gorkin, Brockway etc., los defendie[ron] [ilegible] [mis]mo en que [ilegible] Por qué el F.O.I. [ilegible] ron contra nu[ilegible] del P.O.U.M. [ilegible] [sali]eron de las filas [ilegible] Inglaterra, de la de [ilegible] en los Estados Unidos? La crítica es un privilegio de los que tienen la razón, de la línea revolucionaria; por eso el F.O.I. está obligado a aceptar a todos los amigotes que se le presenten frunciendo el ceño contra las trotskistas, hasta que un buen día desaparecen decepcionados de la política, o se cuelan directamente en el campo del adversario de clase.
Para escamotear la responsabilidad de sus amigos, todos ellos mas o menos partidarios del Frente Popular en España, el llamamiento recurre a esta explicación, que oculta lo esencial, de la derrota de la revolución: "Las claudicaciones interiores tienen como resultado arrancar el poder de manos del proletariado para entregarlo a una burocracia stalinizante y antidemocrática que acaba por imponer su dictadura". Si, si; pero las claudicaciones se efectúan por medio de claudicadores, y los líderes del P.O.U.M., parte principalísima del F.O.I., ocuparon un puesto, principalísimo también, entre los claudicadores que entregaron el poder a los stalinistas. ¿Cómo es posible pasar en silencio este hecho, sobre el que reposa la derrota de la revolución española, y acusar de sectarismo a la IV Internacional por haber roto con los líderes del P.O.U.M.? Esa ruptura prueba bien que es la única organización auténtica e intransigentemente revolucionaria. Mientras que la IV Internacional elimina de su seno a los claudicadores, el F.O.I. los recoje. Eso le impide tener un programa político, eso le mantendrá en descomposición, hasta que los acontecimientos lo liquiden sin dejar recuerdo de él.
POSICION ANTE LA GUERRA Y CONSIGNAS
El centrismo es centrismo, sobre todo, por sus posiciones teóricamente revolucionaria o casi revolucionarias y su actuación oportunista en la práctica. Tampoco ahora podía hacer dejación de sí mismo. En efecto, el llamamiento contiene frases y consignas irreprochables desde el punto de vista proletario, pero, ¡ay!, en la práctica todo se reduce a un melifluo meneo si es no es pro-imperialista. "Antes la derrota de la burguesía nacional que abandonar los intereses y la lucha del proletariado y de la revolución mundial" —declara—, y continua aun con algunas consignas de carácter general revolucionario: contra el fascismo de los diversos países, contra el imperialismo democrático, contra el stalinismo burocrático, por las reivindicaciones económicas, políticas y sociales de las masas.
Los hechos no secundan estas palabras, contradichas además, en forma más decisiva, por otras palabras de los mismos autores. Ya hemos visto que la proposición a de Gaulle significa una ayuda condicionada al imperialismo, y el boquete que en la misma dirección deja abierta la doble perspectiva de reorganización. En la actuación diaria, los amigos ingleses y americanos del F.O.I. se comportan como pacifistas, o buscan la línea del mal menor, recostándose aquí y allí sobre la burguesía democrática. Prueba candente de su pseudointernacionalismo, es la existencia del propio F.O.I. La lucha contra la guerra imperialista, aunque no tengamos en cuenta mas que consignas tan generales como las citadas en el llamamiento, re[ilegible] quiere todo un programa estratégico y táctico, una disciplina orgánica, es imposible sin una internacional homogénea y decidida. El F.O.I. no pretende siquiera serlo; su nombre indica que no hay acuerdo de principios entre los componentes, sino que se trata de una especie de frente único contra la guerra, del que ya el stalinismo, cuando estaba en su fase centrista, nos dió un ejemplo pleno de impotencia. La renuncia a un programa internacional homogéneo lleva implícita, la renuncia a toda lucha seria contra la guerra imperialista. Los acontecimientos venideros realzarán aun el oportunismo orgánico del F.O.I. y sus principales hombres.
Señalemos, para terminar, el silencio que guarda el manifiesto sobre el problema de la U.R.S.S. No se pronuncia en pro ni contra su defensa. Cuesta trabajo creer que los autores hayan simplemente olvidado una cuestión tan importante. Pero por otros documentos, y por conversaciones privadas, sabemos que se inclinaban pronunciadamente por el derrotismo en la U.R.S.S. Durante el pacto Hitler-Stalin, toda una teoría de aproximación entre las dos burocracias empezó a delinearse. El brusco cambio, no importa que haya sido forzado, ha puesto en un aprieto a cuantos marchaban en esa dirección. No dudamos por un momento que rechazarán el derrotismo en la U.R.S.S., no a causa de la U.R.S.S. misma, cual nosotros, sino a causa de su alianza con la democracia.
Estando ya terminado este artículo, Pivert en persona viene a suministrarnos el mejor argumento contra sí mismo. Interrogado en una entrevista por un redactor del periódico mexicano "Excelsior", sobre su opinión respecto a de Gaulle, respondió: "Es una necesidad histórica". Naturalmente, el entrevistado pide que el degaullismo dé libertades políticas; eso prueba que Pivert no es un dictador cualquiera. Pero con libertades o sin libertades políticas, lo que es una necesidad histórica debe apoyarse. Eso es precisamente lo que Pivert y sus amigos hacen. Unas cuantas frasecillas de tono subido, no pueden cambiar el hecho fundamental. Una vez más, por el resquicio de la pretendida reorganización democrático-financiera, el centrismo se nos ha escurrido hasta el imperialismo.
México, D.F., 20 de julio.—1941.