Alarma, n.º 2, marzo 1959 (págs. 18-19). PDF del número completo

Los sindicatos desempeñaron antaño un papel positivo, necesario al desarrollo del movimiento obrero. Su misión consistió en permitir al proletariado adquirir conciencia de sus intereses inmediatos y defenderlo frente al capitalismo, en el propio seno de una sociedad dividida en clases. Hace mucho tiempo que ese papel está agotado, exactamente desde que la evolución de la humanidad puso en el orden del dia el derrocamiento de la actual sociedad y la creación de otra donde no haya lugar alguno para la explotación de los trabajadores. En cambio, los sindicatos sólo son concebibles dentro de una sociedad de explotación donde han adquirido un poder del cual el capitalismo es hoy único beneficiario.

Desde el fin de la guerra, en ningún pais se ha visto surgir un movimiento importante de huelga, susceptible de arrastrar la clase obrera toda, que no haya sido frenado por la dirección sindical, sea stalinista o reformista. Es mas, todos los movimientos huelguísticos importantes del período último han estallado fuera del control, y a menudo a pesar de la dirección sindical, que al conseguir mediante mil maniobras recuperar el control los ha llevado, en todos los casos, al descalabro. Algunos ejemplos: la huelga general de transportes y correo en 1953 (Francia) que los jefes sindicales no lograron romper sino tras quince dias de resistencia obrera; la huelga de metalúrgicos de Nantes y Saint-Nazaire (1955), en la cual, a despecho de la insistencia de los dirigentes locales, los responsables de la federación metalúrgica se negaron a extender el movimiento, constriñendo así los trabajadores a aceptar las condiciones patronales.

Tenemos hoy la huelga del Borinage (Bélgica), que no escapa a la misma regla. El 9 de febrero último, el ministro de economía belga anunciaba que para dismunir los costos de producción serían cerrados dos tercios de los pozos del Borinage y que 7.000 mineros serían despedidos. Eso equivalía a proclamar que los capitalistas no pueden perder dinero en ningún caso y que para evitar esa eventualidad los trabajadores tienen la obligación de reventar. Cuatro días despues, 1500 mineros de las Frameries paralizaban el trabajo, secundados por sus colegas de los alrederoes. El mismo día entraban en huelga 10.000 mineros de la región del Borinage, y enseguida la totalidad de los mineros belgas se incorporaba al movimiento, que contaba con el apoyo de diversas categorías de la clase obrera. ¿Qué habrían debido hacer, ante semejante voluntad de lucha, verdaderos representantes de la clase obrera? Salta a la vista que el deber de las organizaciones sindicales era animar la huelga, extenderla e impeler al combate la clase obrera belga en conjunto, en una palabra, organizarla urgentemente proponiendo consignas simples y claras. Habrían debido decirle: el capitalismo no es capaz de explotar los pozos del Borinage porque pierde dinero, pero el proletariado puede hacerlo. ¡Que éste ocupe y ponga en movimiento la industria minera! ¡Que comités de huelga democráticamente elegidos en los lugares de trabajo y en todo momento revocables, se conviertan en comités de gestion!

Verdad que eso habría sido adentrarse derecho por el camino de la revolución social, camino el mas prohibido a los bonzos sindicales stalinistas o reformistas. Y han actuado como actuan siempre, como ya no pueden dejar de actuar: simultáneamente frenaron el movimiento y emprendieron negociaciones con los capitalistas y su Estado, y finalmente rompieron la huelga constriñendo los huelguistas a reanudar el trabajo a cambio de promesas que ni siquiera serán cumplidas. ¿Donde, si no ahí, se descubrirá traición evidente a los intereses del proletariado? Ya es tiempo sobrado que los trabajadores tomen directamente en sus manos sus propios asuntos, mediante comités democráticamente elegidos y siempre revocables, que una vez por todas rechacen los bonzos sindicales hasta los brazos para ellos fraternales del capitalismo.

Victor Fuentes