Alarma, n.º 7, Octubre 1960 (págs. 7-10). PDF del número completo
La compañía en que estoy haciendo el servicio militar (fuera del regimiento) consta casi 130 hombres. Al llegar yo, en el primer reemplazo de este año, había un capitán que dentro de lo malo se podía tolerar... Cuando se fué con permiso no volvió y mandaron a otro en su puesto. Este fulano es un golfo empedernido, y no es que le diga yo, sino que todo el mundo se da cuenta. No se ocupa de la tropa lo mas mínimo. Todo el día anda juergueando de cabaret, y si esto nos conviene porque para la indiciplina es formidable, en cambio nos hace la pascua, porque el tipo no se ocupa siquiera de si nos dan de comer, ni de la ropa que necesitamos.
Aquí hay hombres de todos los oficios y de muchas provincias, como siempre en "la mili"; hasta un estudiante que no ha querido aprochevar el privilegio que el régimen le concede, que se ha hecho amigo mio, y que ha actuado junto conmigo y otros en todo lo que voy a decir. Todos teníamos (y tenemos) que hacer un mismo trabajo muy rudo y en el sitio donde estamos el tiempo era insoportable cuando sucedío lo que voy a contar. El trabajo se hacía a la fuerza, claro, pero la hostilidad de la gente era tremenda y nosotros supimos aprovecharla.
También hay aquí un teniente, un brigada y un cura tan golfos y chulos como el capitán, pero entre ellos se entienden. El teniente es el que hace de mandón, ya que el capitán no asoma casi nunca por aquí, y es tan tirano y tan burro que no sabe nada de nada, como no sea hablar de disciplina y mandar trabajar como aquellos que mandaban trabajar a los negros con un látigo. Un día lo cogí como si fuera por casualidad delante de unos treinta compañeros y le hablé muchas cosas. Aunque quisiera no podré contarlas todas.
Empecé diciéndole: "Mire, mi teniente (hay que tratarlos así, ¡eh!) ustedes no pueden exigir trabajo como lo están haciendo. Entre el personal hay una disconformidad muy peligrosa para ustedes. Yo, en bién de ustedes le advierto que a mis oidos llegan las frases mas claras que a los suyos.... Para exigir trabajo, ya que nos fuerzan, tendrían ustedes que tener en cuenta, por lo menos, si la comida es suficiente, si tenemos bastante ropa de cama y trabajo y si el tiempo permite trabajar, pero ustedes no piden mas que trabajemos. Usted, igual que el capitán y el cura, comen a dos carrillos y se divierten de lo lindo. ¿Y en que trabajan? Ustedes trabajan mandándonos trabajar a nosotros.
Contestó sorprendido, pero menos furioso de lo que yo esperaba: "Bién, bién, ya hablaré con el capitan a ver qué dice". Nadie se habría atrevido a decirle las cosas en la forma en que yo se las dije, y te aseguro que le dije mucho mas de lo que escribo, tratándolos casi de ladrones; los compañeros que escuchaban se maravillaron y entusiasmaron. Pero continuamos en las mismas, sin comer mas que porquería y sin mas ropa.
Dias despues acordamos no coger el pan si nos lo daban duro como todos los dias. Pero algo supieron, porque a la entrada del comedor se pusieron el cura y el sargento dando el chusco. Se cogió el pan, pero sin hablar, solo por "señas", todos lo pusimos encima de la mesa, sin tocarlo. Luego trajeron las perolas, las colocaron en las mesas pero nadie se atrevía a servir como es costumbre.
Entonces empezó el jaleo y llegó el momento de demostrar donde estaban los hombres. Fueron a llamar al capitán, y éste, como sospechas, cuando llegó empezó a asustar al personal, abusando de muchachos de veinte años y del miedo a los tribunales militares.
Aquel día teníamos sopa de arroz, garbanzos y japuta. Porque lo mandaron el sargento y el cura se sirvió en los platos, pero sin probar nada se volcó otra vez en la perola. Entonces llegó el capitán y pidió una explicación de lo que pasaba. Como nadie se atrevía a dársela, salté yo:
—Mi capitán, yo quiero explicárselo en nombre de todos, ya que todos se la podríamos dar igual, puesto que desde el principio nadie fué conforme en coger el pan. Y empezamos por no coger el pan porque en intendencia hacen todos los dias pan y nosotros siempre lo comemos duro. Como se nos forzó a coger el pan estando todos convencidos de que no debíamos hacerlo, nadie se atrevía a servir la comida porque es demasiado mala y mas cuando hay que trabajar como se está haciendo.
—Hombre, tendrá usted queja del trabajo que hace, usted, que se limita a estar en el teléfono.
—Yo ya le dije que en este caso hablo en nombre de todos.
Entonces saltaron cinco compañeros y me ayudaron confirmando el exceso de trabajo que había y lo intragable de la comida. Entonces dijo el capitan, que sabía muy bién la culpa que tenía:
—El pan es duro porque el camión no puede ir a buscarlo todos los dias a la base.
—Pero todos sabemos que si va —le contestamos.
Como sabía él muy bién que no podía negarlo y temiendo ya que le preguntásemos a donde iba a parar el pan tierno, cambió de conversación casi amable:
—Vengan, vengan ustedes a probar el rancho, porque es que ni lo han probado. ¿Que tal está?
—Esto no se puede tragar, y eso que hoy es algo mejor.
—Ya hombre, ya.... pero es que no hay presupuesto para mas. Todo lo que recibimos se gasta en la comida.
—Bueno, pues si usted mismo reconoce que el rancho es malo, ¿como cree que vamos a comerlo nosotros?
—Yo ya hice todos los posibles por conseguir mas presupuesto, pero el coronel dice que no puede dar mas.
Todos los seis más que probaron el rancho dijeron lo mismo haciendo muecas de asco. Entonces, rabioso, nos mandó sentar y le ordenó al brigada, en voz alta, que nos servieran el rancho otra vez. Entonces todos empezamos a aporrear los platos con las cucharas y a gritar:
—¡No queremos, no, no queremos, no-o-o-o!
Entonces le mandó al brigada que tomara nota de los "cabecillas del motín", como dicen ellos. Pero la gente gritó enseguida espontáneamente:
—¡No hay, no hay; todos, todos, todos! —repitiéndolo así muchas veces.
A mi me emocionaba cómo respondía el personal. Parece mentira, una cosa sin organización y que bién salió. Es que la gente está harta de tanto pillo y de tanto despotismo. Se llevaron una buena bofetada. La comida allí se quedó. Luego, el capitan y el cura, que son muy amigotes, nos llamaron a los que la habíamos probado y dicho que era un porquería. Por un lado nos trataban de cabecillas de motín, amenazándonos con el consejo de guerra y por otra parte se deshacían en explicaciones sobre el rancho, disculpándose ellos y todos los suyos. Hasta querían que fuéramos a examinar los libros de cuentas, para que viésemos que todo el dinero se gastaba en el rancho. Nos negamos, diciéndoles que los libros están en todas partes bién y que sin embargo el dinero se cuela siempre para otros bolsillos, porque una cosa es la factura y otra lo que ellos pagan. Yo le tiraba con ganas al cura, que con la sonrisa de los suyos era todavía mas hipócrita que el capitán.
Ahí quedó la conversación y aunque nos prometieron que no darían parte, enseguida fueron a "chivarse" al coronel y volvieron poniéndonos la cosa feísima, diciéndonos que el coronel quería los nombres de los cabecillas, y si no salían, los de diez hombres a sorteo. Entonces yo le pregunté si no le parecía una brutalidad ese método del sorteo, y le repetí que cabecillas no los había. Otra vez, por sorpresa, la gente se puso a gritar:
—¡Todos, todos, ni cabecillas, ni diez!
Bueno, que nos cogieron miedo y hasta un poco de respeto, no solo porque teníamos demasiada razón, sino, lo mas seguro, porque se sentían culpables y tuvieron miedo a una inspección de verdad. Pero a mi no me la perdonan y aprovechan cualquier falta ligera a "la diciplina" para fastidiarme. Así son de bajos y ruines. Ya me han castigado varias veces y no estoy seguro de que no me "empaqueten" antes de que me toque licenciarme. Pero no pierdo ocasión de echarles en cara que se toman una venganza pobre. Así es nuestro ejercito nacional. Pero la gente, te aseguro, está que no se aguanta de ganas de acabar con ellos. Es formidable. Aguanto los castigos porque estoy contento y hasta orgulloso.
M. Gubia