Alarma, n.º 7, Octubre 1960 (págs. 1-6). PDF del número completo
Con la llamada reforma econonómica u "operación de saneamiento de la economía española", se inicia una etapa de gran importancia para el porvenir, al término de la cual —si se la deja llegar a término— el país se hallará convertido en una especie de Italia o de Alemania vaticanas, o bién en una Polonia moscutera. Los partidos de la emigración, igual que los incipientes del interior, aspiran descaradamente a lo uno o a lo otro, y si no colaboran hoy con lo que el franquismo hace, ya cabilan prolongar su faena, dólares o rublos mediante. Tomar posición revolucionaria frente a la operación económica del franquismo resulta imposible sin hacer cara, al mismo tiempo, a los cabiladores de la oposición pro-rusa o pro-americana.
Desde la revolución española, durante la cual el stalinismo dió por primera vez libre juego a sus potencialidades reaccionarias, acumuladas e inhibidas fuera de Rusia por largos años, las diferencias entre la derecha y los grandes partidos que aun se pretenden de izquierda ha ido borrándose. A tal extremo ha ocurrido así, que lo que hoy proyectan tales partidos para el futuro económico de España no representaría, realizado, sino la continuación de lo que inicia Franco. No se trata de un problema español, sino internacional. En España se insinuó claramente a partir de 1936; todos los sucesos mundiales han ido después confirmándolo, y en España mismo se replantea con mayor agudeza a partir de ahora, tanto en el aspecto económico como en el aspecto mas directo de la lucha política. Despojándola de cantaletas propagandísticas, "la operación de saneamiento de la economía española" no es otra cosa que la subordinación completa de la misma a la economía del bloque occidental. La prensa del dictador ha anunciado que con la llegada a Madrid de una comisión presidida por H. William, gerente del departamento europeo del Banco mundial de Washington, "el plan de reforma económica entra en su segunda fase", la que el régimen, siempre trapacero, presenta como de expansión industrial y aumento del nivel de vida. Mas por el momento las industrias siguen despidiendo obreros por millares y reduciendo horas de trabajo a los restantes. Centenares de miles de obreros solicitan salir a trabajar al extranjero, y el nivel de vida proletario —dejando aparte los parados— ha sufrido un bajón de 30 %. Mientras los altos jerarcas franquistas discuten el plan de inversiones con sus financiadores internacionales, la policía reprime a los obreros que de palabra u obra protestan, al mismo tiempo que se aumentan pagas a las instuciones represivas y a los técnicos, ese cuerpo que de no estar acoplado a la revolución se convierte, por su propia función y junto con las direcciones sindicales, en la policía de las fábricas.
Con la segunda parte de la operación económica, el franquismo espera revigorizar su poder decreciente y prolongarse como sistema político mas allá de la desaparición de su personaje. Nunca fué mayor el júbilo oficial. Por fin van a echarle el guante a la bolsa de los dólares y las beatas nulidades gobernantes podrán darse aires de constructores de un pueblo. Por fortuna para éste, los dólares llegan demasiado tarde a las manos codiciosas del "glorioso movimiento nacional". Lo mas sintomático de la "operación de saneamiento" es precisamente que sea emprendida cuando todo mundo, en España y fuera de España, adversarios y partidarios de Franco por igual, tiene la convicción de que el régimen se desmorona irremediablemente. Las propias potencias tutelares del Banco mundial están convencidas de ello. El hecho de que traten con Franco a pesar de todo y de que proyecten planes económicos para España nos da la clave de su intervención. Con Franco o con sus sucesores, la industria, los transportes y la propia agricultura deben ser puestos en condiciones de auxiliar eficazmente el esfuerzo de guerra occidental. Toda otra consideración, si existe, es subordinada y secundaria, cuando no mero gesto para la galería.
Quienquiera olvide los móviles de guerra de las medidas económicas o políticas sin cesar emprendidas en toda la redondez de la Tierra, se priva del criterio principal para juzgar la situación en cada país y mundialmente, y desde luego se coloca al margen del pensamiento revolucionario. Incluso hablando de paz y desarme, los dos bloques se preparan para la guerra. El intervalo de paz o guerra fría es puesto por ambos a contribución para ocupar posiciones económicas y estratégicas. Unas y otras se presuponen respectivamente, siendo cada día mas inseparables. Nadie que jure por Washington o por Moscú puede ser otra cosa que furriel del respectivo Estado Mayor. La mortífera compe- tencia entre los dos jefes de bloque les fuerza a industrializar sus respectivos satélites, sin dejar por ello, sino muy al contrario, de atarlos económicamente lo mas corto posible. En los países dichos neutrales, los dos bloques compiten en zalamerías y ofrecimientos monetarios, tainadamente aprovechados por gobernantes y burguesías locales. Así, so capa de "ayuda fianciera, técnica y cultural a los países subdesarrollados", se desplega la penetración de los dos primeros imperialismos hasta en los últimos rincones del Planeta. Y mientras mas se habla de independencia y movimientos nacionales, de "comunismo" o de "democracia", mas estrecha y corrupta es la adaptación a los intereses de Washington o de Moscú.
Dicen esas dos metrópolis ayudar a los débiles cuando en realidad toman posiciones militares y hacen inversiones que les consienten acaparar mayor plusvalía, y pronto o tarde, según la intensidad de la "ayuda", dictar medidas económicas y políticas. Por su parte, los jefes de los movimientos nacionales de los países atrasados se presentan a sus pueblos como libertadores y modernizadores "progresistas" de la economía, cuando en realidad consolidan sus propias características de explotadores y déspotas, ofreciéndose al mejor postor de los dos bloques a cambio de mayor porcentaje en la plusvalía extraida a sus propios connacionales. Así corre en ambos bloques desde la cúspide a la base la prevaricación y la falacia demagógica.
Dentro de ese mundo venal y pre-bélico, el clericalismo esencial de los vencedores de la guerra civil hace de ellos siervos incondicionales del imperialismo americano, sin poder permitirse siquiera el doble juego fraudulento de un Tito o un Lumumba cualquiera. Guardando las debidas diferencias (secundarias, no obstante) la España de Franco ocupa respecto del imperialismo yankee una posición semejante a la de Bulgaria o la de Mongolia Exterior respecto de Rusia.
Durante veinte años de dictadura incontestada, el conglomerado iglesia-ejército-burguesía ha sido incapaz de realizar labor alguna positiva, trátese de economía, de organización social o de cultura. Ahora, precisamente cuando su ocaso es ya innegable, las necesidades de la guerra totalitaria vienen a darle un respiro y una esperanza. ¡Ahora! va a crear grandes industrias y modernizar el país. Al fin y al cabo, ¿por qué la tradicional carca española no habría de echar mano de las engañifas progresistas como le han enseñado insistentemente tantos traidores a la revolución proletaria?
Ciertamente, Franco ya no engañará a nadie, aun en el supuesto inverosímil de que su caida se haga esperar largo tiempo y de que bajo su dictadura se alcance un importante desarrollo industrial. Inevitablemente, la aversión a su régimen irá tomando sesgo y amplitud cada vez mas revolucionarios, cualquiera sea la evolución económica. Pero otros sí pueden engañar en el futuro con igual señuelo industrializante y al socaire de banderías diferentes. Ese peligro es el mas grave, pues en realidad acecha desde casi todos los ángulos del cuadrante po- lítico, y supondría la continuación de la misma "operación" económica.
"Socialistas" y republicanos —sin hablar de los monárquicos, que se consideran los legítimos herederos de Franco— aspiran a modernizarnos y dar expansión a la economía nacional en general, para lo cual aceptarán idénticas ayudas e hipotecas que Franco. Por su parte, el stalinismo, que no conoce otra orientación, se halla de antemano hipotecado por ayudas de origen distinto, pero aun mas agobiadoras. El descuella holgadamente sobre todos los demás en el terreno de la demagogia nacional-progresista, y con ello cuenta para írselos asimilando en cuanto se le presente ocasión propicia, cual ha hecho ya en numerosos países. Expresión exterior de un capitalismo de Estado centralizado como ninguno y cuyo imperio es hoy rival único del de los Estados Unidos, el stalinismo se considera destinado a imponer en todas partes el modelo ruso, y en cierto modo atina. En efecto, allí mismo donde él no consigue imponerse, acelera por su presencia y por su peso en la política internacional la marcha reaccionaria de la economía hacia el capitalismo de Estado. El mundo no conseguirá escapar a la aniquilidora invasión de éste —y eso a corto plazo— sino por la revolución social. Poco importa que nos sea presentado, ya como socialismo o democracia popular, ya como libertad.
En fín, los propios grupos de oposición mas o menos verdadera recientemente surgidos en el interior (no me refiero a la de los trabajadores, que ha sido permanente y será también la oposición decisiva, sino a la de los intelectuales y una parte de la iglesia entregados a cábalas sucesorales) heridos en sus prejuicios nacionales por el atraso de España, sólo piensan en imitar a los rusos o a los americanos, y se verán al fin y al cabo absorbidos por unos o por otros.
Defendiéndose hoy contra Franco, el proletariado debe adoptar ante el problema una actitud, y prever soluciones que le consientan al mismo tiempo derribar la dictadura y chasquear a quienes cabilan imponerle, igual que Franco, una industrialización conseguida a sus expensas y contra él dirigida. Es mentira que el problema económico de España consista en ponerse a nivel de los países industrializados. El propio Franco ha utilizado ese camelo para justificar su dictadura y la miseria de las masas. No, el problema de España es el mismo que el de los países mas altamente industrializados: pasar de la actual esclavitud asalariada al modo de producción y de distribución socialista. Todas las premisas económicas, políticas y psicológicas requeridas están presentes en España y mundialmente. Alcanzar el nivel sea de los Estados Unidos, de Rusia o de Inglaterra no puede ser considerado como un paso progresivo siquiera modesto; se queda en un designio redondamente reaccionario. Cumplido, el resultado sería, para los trabajadores, un ritmo acelerado de productividad con salario relativo decreciente y absoluta carencia de derechos; para los explotadores —represéntelos la beatería tradicional, la "democracia" o la nueva beatería stalinista— un despotismo omnímodo sobre la riqueza y sobre los hombres. El único progreso real que cabe hoy ha de empezar en una distribución socialista de todos los productos del trabajo. A través de ella hallarán solución revolucionaria los demás problemas económicos, grandes o pequeños, y el desarrollo industrial, así trasmutado de condición y motor de la explotación en lo contario, no conocerá límite, garantizando al mismo tiempo la plena libertad del individuo.
Los industrializadores son gente de la patronal o de mente patronal. Por mas que muchos de ellos se encuentren en la emigración o hasta en la cárcel, penan por constituir una patronal mas dinámica que la Franco. Una buena parte de éstos apuntan ahí a ciencia y conciencia, mas también quienes lo ignoren llegarían, coronado su propósito, a los mismos resultados. Todo obrero sabe instintivamente que sus necesidades son ganar cada vez mas trabajando menos, y disponer de la mas completa libertad política y de desenvolvimiento de su personalidad. Esa intuición, que expresa una necesidad apremiante, condensa el problema económico de España y del mundo, señalando al mismo tiempo su solución. Los industrializadores no sólo frustran de antemano ese apremio, sino que hacen proa en dirección diametralmente opuesta. Para ellos, el consumo de la masa trabajadora, de la sociedad en general, ha de subordinarse al desarrollo industrial. Lo nuevo en eso no es el hecho en sí, factor intrínseco e inseparable del capitalismo, sino la estranguladora proporción que adquiere en manos de los industrializadores, cuyo tipo mas acabado, después de los grandes trusts mundiales americanos, ingleses, etc. es el capitalismo de Estado a la rusa. Máquinas, ciencia, gobierno y cultura enderezadas a la finalidad única de agarrotar los trabajadores (la sociedad) a los medios de producción. Tiempo de trabajo, productividad, salario, etc., impuestos dictatorialmente, y la producción exclusivamente dedicada a satisfacer el boato de la burocracia o la burguesía gobernantes, mas sus exhorbitantes gastos de guerra y policía. Ninguna política industrializante tiene otro objeto, póngala por obra Franco o los secuaces de Moscú. Por eso hemos afirmamos que es reaccionaria de punta a cabo.
Además de por sus métodos de látigo totalitario, es también reaccionaria por sus posibilidades estrictamente industriales. En efecto, el monto de industrialización y modernización técnica que puede alcanzar, en el mejor de los casos, esa política, es despreciable al lado del que se conseguiría poniendo todos los instrumentos de trabajo, expropiados a burguesía o Estado, al servicio de las necesidades de consumo, cultura y libertad de los trabajadores. Sólo esa actitud es revolucionaria, y por eso nosotros llamamos los trabajadores a defenderse del franquismo y de sus futuros imitadores mediante consignas y procedimientos que los habiliten para tomar en sus manos toda la economía, el poder político, la distribución de los productos, las armas, etc.
Ni austeridad ni expansión, fases cíclicas de la misma economía capitalista. La fase "expansión", como ha dicho Alarma en su número anterior, no consiente a los trabajadores consumir un poco mas sino a costa de mas horas de trabajo y de mayor rendimiento por hora, aumentando casi geométricamente los beneficios del capital. A la fase de "expansión" hay pues que responder, no mendigando un aumento de jornal pequeño o grande, sino exigiendo que todo el aumento de la producción pase directamente al consumo de los trabajadores. Existen, cierto, industrias cuya producción no puede ser consumida o utilizada sino por la alta canalla, no por los trabajadores; razón demás para exigir su conversión en industrias de consumo o de máquinas útiles al consumo total de la sociedad. A la fase de depresión y paro —austeridad, dicen los camándulas del franquismo— hay que responder exigiendo: ningún despido, ninguna disminución del jornal medio mensual, impuestos únicamente para mantener los beneficios del capital. El número de horas de trabajo ha de ser proporcionalmente dividido entre el número de obreros, igualmente sin disminución de jornal medio, e incluyendo los solicitantes que por edad u otras razones no hayan trabajado antes. Realizarlo es superar definitivamente toda crisis y dar calle a la emancipación de la humanidad.
Por tal modo se reunen de manera continua táctica y estrategia para la defensa inmediata de los trabajadores y para el ataque a fondo de la sociedad de explotación, represéntenla los gobernantes actuales o cualesquiera otros potenciales. En ese marco hallan su verdadera solución todos los problemas económicos sin excepción, desde los mas rutinarios y urgentes hasta el magno problema de creación de una sociedad socialista mundial.
ALARMA
"Para defenderse contra 'la culebra que les atormenta', es necesario que los obreros no constituyan mas que una sóla cabeza y un sólo corazón; que mediante un esfuerzo colectivo, mediante una presión de clase, levanten una barrera infranquable, un obstáculo social que les preserve, a ellos y a su progenie, de venderse al capital por contrato 'libre', hasta la esclavitud y la muerte".
Carlos Marx en El Capital