Alarma, n.º 7, Octubre 1960 (págs. 17-28). PDF del número completo

En la frondosa selva de experiencias políticas que constituye la revolución española, la insurrección y huelga general de octubre de 1934, cuyo aniversario conmemoramos en este número de Contra la Corriente,1 tiene una importancia primerísima. Dar, en un sólo artículo, un análisis completo de la experiencia de Octubre, resulta imposible. Intentaré hacer ese análisis completo en una obra dedicada al estudio de la revolución española.2 Aquí me ceñiré a presentar un aspecto, el mas importante sin duda, de aquellas jornadas.

En el transcurso de la década 30, el proletariado y los campesinos españoles ofrecieron numerosas oportunidades de llevar a término la revolución, una de las principales, el año 1934. Su fracaso, bién que no decisivo, grabó las masas con sacrificios inmensos; sus enseñanzas, incomprendidas, permitieron a los dirigentes infligir a la revolución la gravísima y cruel derrota de la guerra civil.

El advenimiento de la república produjo una abundante floración de prejuicios democráticos, poderosamente fomentados por el pensamiento y la conducta pequeño-burgueses del Partido socialista. Pero bién pronto, las masas identificaron el caracter de clase de la República. Desencadenó sobre ellas una represión de violencia sin precedente en tiempos del reyezuelo, protegió a latifundistas, monárquicos y reaccionarios en general; suprimió o limitó cuanto pudo las libertades democráticas; persiguió a los revolucionarios, aumentó el número de guar- dias civiles y creó, con la guardia de asalto, una nueva institución represiva; lanzó a ambas contra obreros y campesinos, y dedicó lo mas pérfido de la legislación de las cortes constituyentes a sabotear y desarticular el movimiento obrero. Todo ello con la anuencia y la colaboración directa del Partido socialista, tanto en el gobierno como en el parlamento constituyente. Y a veces, la iniciativa de las leyes represivas, cual la de asociaciones, procedía del seno mismo del Partido socialista.

La republica misma se encargó de hacer comprender a las masas que no era, en esencia, un régimen diferente de la monarquía. Aprendizaje de gran valor positivo si las masas hubiesen encontrado un conducto orgánico por el que verterlo en acción revolucionaria para sus propios fines. Faltó esa condición. El anarquismo, en pleno paroxismo apolítico, rechazaba toda acción que no le perteneciera exclusivamente, renunciando así a ganar las masas atadas al reformismo. De tiempo en tiempo se dedicaba a preparar insurrecciones suyas también, es decir "putschs" desconectados de las masas y de la correlación general de fuerzas existentes en el país. El resultado práctico de la acción anarquista desorganizaba y debilitaba el movimiento obrero y campesino. Por su parte, el Partido "comunista", ya totalmente infeudado a la burocracia de Stalin, aportaba un grano mas a la laxitud de las masas, mediante sus particulares mejunjes políticos. Teóricamente, había roto ya con el principal objetivo político del marxismo: la toma del poder por el proletariado. Patrocinaba en su lugar una "dictadura democrática del proletariado y los campesinos" (distorsión esterilizada de la consigna abandonada por Lenin en 1917) que negaba hipócritamente el caracter socialista de la revolución. Prácticamente, el partido stalinista se cortaba toda posibilidad de aproximación a las masas mediante un sectarismo exacerbado obediente a "la línea" de Moscú. Cuantos han vivido aquellos dias recuerdan el trato ultimatista y calumnioso que daba a las masas agrupadas en las organizaciones socialistas y anarquistas: socialfascistas, anarcofascistas con quienes era imposible establecer un frente único de lucha de organización a organización. Entre unos y otros, las masas, en lugar de evolucionar a izquierda como lo permitía su decepción de la república burguesa, quedaban estancadas y a merced de los mismos líderes socialistas que causaban su decepción. La radicalización que no pudo producirse por la acción deliberada del anarquismo o de otra organización, hubo de encontrar una válvula de escape en la social-democracia misma. La situación internacional ayudaba a ello. Hitler acababa de subir al poder. En Austria se precipitaba una rápida evolución hacia el fascismo. En Francia y España surgían aspirantes a "führer". En Europa central y balcánica cundía la reacción filofascista.

La socialdemocracia, que veía escapársele los puestos y canongías de que disfrutaba por su tradicional sumisión al capitalismo, sintió necesidad de defenderlos. Necesitó recurrir a las masas con un lenguaje radicalizante, si bién en el fondo totalmente exento de propósitos revolucionarios. Trataba solamente de impedir la desaparición de la democracia capitalista, de la cual sus dirigentes eran colaboradores y funcionarios cómodamente retribuidos. En toda Europa, la Segunda internacional fué sacudida por esa necesidad de defenderse. A la situación internacional se añadía la particular de España, donde la reacción filofascista ganaba terreno y los socialistas corrían el peligro de ser definitivamente despedidos. Miel sobre hojuelas. El esfuerzo de lucha de la socialdemocracia tenía que ser mayor en España, por ser mas directo el peligro. Así sucedió, en efecto.

Convirtiéndose en exponente de la defensa, Largo Caballero llegó a hablar de la superación de la democracia burguesa y de la necesidad de instaurar la dictadura del proletariado. El eco formidable que suscitaron las palabras de Caballero prueba hasta qué punto el proletariado y los campesinos, sufrida la experiencia de la República, estaban maduras para llevar adelante su ofensiva por la revolución socialista. La necesidad histórica existía; incapaces de aprovecharla anarquistas y comunistas, irrumpió, como una catarata represada, por la brecha de la relumbrona radicalización socialista. Cierto que para ésta no se trataba de un movimiento real por la revolución proletaria, y que su máximo alcance era obligar nuevamente la burguesía a admitir la colaboración socialista. Sinembargo, para las masas lo que contaba era la promesa de revolución social. Apenas vieron ante sí una perspectiva de luchar por algo mejor que la democracia burguesa, su laxitud desapareció casi de la noche a la mañana. No se debía, en realidad, sino a la incapacidad de todas organizaciones obreras para orientarlas a la lucha.

El bloque electoral de la derecha filofascista, ayuntada a los "republicanos históricos" de Lerroux-Martínez Barrio, logró, gracias a la ley electoral votada por los socialistas, la mayoría de la nueva cámara en las elecciones de noviembre de 1933. Pero el movimiento de masas creció vertiginosamente, auxiliado por un cúmulo de declaraciones radicalizantes del Partido socialista y de su juventud. En el parlamento, la minoría socialista, por boca de Indalecio Prieto, se comprometía "a desencadenar la revolución". Algunos alijos de armas descubiertos por la policía aumentaron los temores de la burguesía, asustada por el grandioso resurgir revolucionario, pero confiante, sinembargo, en que el miedo de Partido socialista a la revolución resolvería todo en humo de paja.

La reacción acertaba. Las masas eran un peligro, pero no había mucho que temer del reformismo. Apenas reavivada la clase obrera, el partido socialista comenzó a poner freno a sus movimientos, tratárase de reivindicaciones políticas o puramente económicas. Forzado a dar a su marcha cierta apariencia revolucionaria, el Partido socialista aceptó contactos con otras organizaciones obreras, a lo que se había negado sistemáticamente antes. Pero los contactos estuvieron muy lejos de representar un frente único de lucha. Las Alianzas Obreras, organismos resultantes de ellos, redujéronse a pequeños comités de enlace con una mayoría socialista inalterable, dada su composición burocrática, y por lo mismo separados totalmente de las masas. En una declaración pública, Largo Caballero hizo referencia a las Alianzas diciendo que su misión histórica "puede ser tan importante, cuando menos, como la de otros organismos en otro país". En la práctica cotidiana, los representantes socialistas en las Alianzas dedicaban todo su empeño burocrático a impedir que se convirtiesen en soviets, o séa, en los organismos de poder obrero a que tan esotéricamente aludía Caballero.

Se recordará que a las Alianzas se habían negado a pertenecer el stalinismo y el anarquismo. Este último llegó a formar parte de ellas únicamente en Asturias. La Alianza de Madrid estaba constituida por representantes socialistas (Partido, Juventud y U.G.T.), un representante de la Izquierda comunista y otro del Partido sindicalista. Mas tarde, la Federación tabaquera (autónoma) envió su representación. Debido a la desproporción numérica entre las organizaciones socialistas y las otras, éstas permanecían nesariamente en minoría. Había dos representantes del Partido socialista, uno de la Juventud, dos de la U.G.T. y uno sólo de cada una de las organizaciones no socialistas. El máximo de variación que una votación sobre cualquier problema podía arrojar era cinco contra tres. De hecho, los delegados de la Izquierda comunista y del Partido sindicalista fueron siempre prisioneros de los socialistas. Representados éstos por burócratas reformistas enteramente petrificados, de la categoría de Manuel Albar y Henche, todos los razonamientos sobre conveniencias revolucionarias se estrellaban contra su estrechez peculiar. Por medio de su representante madrileño, la Izquierda comunista se esforzó en sacar las Alianzas del estado comatoso a que deliberadamente las reducían los socialistas. Quiso convertirlas en organismos que tomasen la dirección de las luchas de masas contra la reacción y darles una estructura democrática susceptible de llevar a ellas representantes directamente elegidos por obreros y campesinos. No existía otra manera posible de transformarlas en órganos de poder, ni tampoco de desarrollar la ofensiva de masas, cual requería indispensablemente el éxito de la futura insurrección. Era, por otra parte, indispensable poner entre la espada y la pared a anarquistas y stalinistas, que por diversas razones se obstinaban en rechazar las alianzas. Poniendo estas en el centro de la lucha de clases, se hubiesen visto obligadas ambas organizaciones a ingresar en ellas o desintegrarse. La mayoría de la base anarcosindicalista simpatizaba con las Alianzas. Pero el muro burocrático socialista rechazaba invariablemente todas las iniciativas en tal sentido, la mayoría de ellas provinentes de la Izquierda comunista.

En realidad, los socialistas no querían ni órganos de poder obrero ni movimiento ofensivo de masas. Sus deseos parecían perfectamente satisfechos con la tensión política existente. Ponián a contribución toda su fuerza orgánica y su capacidad de argumentación para tra- bar las luchas obreras y campesinas. A tal efecto, inventaron una teoría de la insurrección digna del premio Nobel de la estupidez: "Nada de movimientos parciales", nada de "gasto de energía"; las huelgas, las demostraciones, son inútiles, perjudiciales. Todo el mundo a callar, obedecer y aguardar a que los novísimos estrategas socialistas den la orden de insurrección. El conspiracionismo utópico y romántico del siglo XIX encontraba en los recién radicalizados dirigentes una grotesca caricatura. Armados con ese argumento, dándose aires de conspiradores de sótano, los socialistas impidieron crecer al movimiento de masas, sabotearon y llevaron a la pérdida huelgas de triunfo fácil e importante para el porvenir del movimiento, produciéndo en las masas desconfianza e incluso desaliento y rompiendo el equilibrio revolucionario entre el campo y la ciudad. Para ilustrar lo funesto de la táctica socialista (en realidad cálculo político perfectamente medido) me referiré rápidamente a la principal de las huelgas saboteadas y llevadas a la derrota: la huelga campesina de julio.

Consciente o inconscientemente, la Federación de Tratabajadores de la Tierra había elegido para declararla el mejor momento, tanto considerado desde el punto de vista económico como político. Los apremios de la siega permitían escasa resistencia a los patronos; la tensión y capacidad de lucha entre los jornaleros había llegado a su punto álgido; el campo no podía esperar sin batirse en retirada ante los patronos y sufrir la desorganización consecuente. Políticamente, la ocasión era también la mas propicia. La reacción gilroblista habíase visto obligada a dar un paso atrás, a resultas de la huelga política contra su manifestación en El Escorial (abril). El propio gabinete Lerroux fué dimitido y substituido por el de Samper, prototipo de gobierno débil destinado a desaparecer rápidamente por la izquierda o por la derecha, según el movimiento obrero se mostrase mas fuerte o mas débil. Tras el gobierno Samper sólo cabía el paso a otro gobierno fuerte con representantes directos de la mayoría filofascista de la cámara, o la disolución de ésta y convocatoria a nuevas elecciones, lo que hubiese supuesto una derrota formidable para la reacción, dejando el camino libre de obstáculos para desenvolver el movimiento revolucionario hasta la dualidad de poderes.

Alrededor de cien mil trabajadores de la tierra holgaron desde el primer día de la declaración del movimiento. El gobierno mandó a combatirlos millares de guardias previamente concentrados en las zonas agrícolas. La huelga iba a ser un fracaso cierto sin la solidaridad del proletariado urbano. Dejando derrotar a los campesinos, las ciudades quedarían aisladas, privadas de su poderoso apoyo para los movimientos revolucionarios posteriores. Aunque la huelga campesina hubiese sido realmente inoportuna, lo que estaba muy lejos de ser, el proletariado tenía que apoyarla con huelgas de solidaridad para reducir las proporciones de la derrota y que los campesinos no se sintieran abandonados y traicionados. Era el A B C de la estrategia revolucionaria en aquel momento. Argumentando así, el delegado de la Izqui- erda comunista en la Alianza obrera madrileña presentó un plan de huelgas de solidaridad escalonadas en las principales ciudades del país y limitadas a un plazo de 48 horas, lo que aseguraba de antemano su éxito. La huelga campesina se hubiese extendido de las regiones mas avanzadas a las retrasadas, abarcando 300, 400, 500 mil hombres. El gobierno habría sido forzado a dispersar sus fuerzas represivas en el campo y a concentrar una parte muy importante en las ciudades. Su capacidad de contención hubiese sufrido una importante merma. Y los trabajadores de la tierra, respaldados por las ciudades, habrían elevado hasta el máximo la intensidad de su ofensiva. En las excelentes condiciones políticas de las masas, la solidaridad de la ciudad con el campo habría impedido, en el peor de los casos, que los huelguistas sufriesen una derrota grave. El agro debía sentirse acompañado por la fábrica.

Pero los burócratas socialistas, aterrorizados por la importancia y el carácter ofensivo del movimiento, se negaron rotundamente a hacer el menor gesto en favor de los huelguistas. Todos los razonamientos, todas las representaciones del peligro de aislamiento del proletariado y de reforzamiento de la reacción encontraron oidos sordos en los representantes socialistas. Y en contra de ellos era difícil declarar las huelgas de solidaridad. Se corría el riesgo de un fracaso también en las ciudades, lo que hubiese aumentado las proporciones de la derrota. Como de costumbre, al voto del delegado de la izquierda comunista se sumó únicamente el voto sindicalista (la Federación Tabaquera aun no pertenecía a la Alianza). Los trabajadores de la tierra sufrieron una derrota terrible. Decenas de ellos cayeron muertos y millares dieron con sus huesos en la cárcel. El campo en su totalidad se desgajó del movimiento revolucionario ascendente. Ninguna ayuda podía esperarse de él en el período inmediato como se demostró palmariamente durante el movimiento de Octubre. No solamente se sintieron traicionados los campesinos; los propios obreros de la ciudad vieron como un precedente fatal la forma en que fueron abandonados aquellos.

De manera semejante, los socialistas propiciaron la derrota de otras huelgas obreras, principalmente la de Artes gráficas de Madrid. Las varias huelgas generales políticas que con éxito completo se declararon en la capital entre los meses de marzo y octubre, lo fueron casi a despecho de los socialistas, que resistieron hasta el último momento las proposiciones de la Izquierda comunista. Cuando finalmente se veían obligados a aceptar la declaración de huelga, lo hacían en su nombre, robando la iniciativa a la Alianza obrera, con el objeto de impedir que se convirtiese realmente en organismo dirigente y que las masas la consideraran como tal. Un robo semejante cometió la Comisión administrativa de la U. G. T. con ocasión del magnífico movimiento de solidaridad con los huelguistas de Zaragoza, que les dió rápidamente el triunfo. También esa iniciativa fué presentada a la Alianza por el delegado de la Izquierda comunista. Tras muchos re- gateos por parte de los socialistas, fué aceptada, pero al día siguiente apareció en El Socialista como propuesta privativa de la U.G.T. En toda esa miserable y desleal actitud se veía la intención deliberada de reducir a ficción burocrática el frente único, de cortar el desarrollo de las Alianzas obreras en organismos de poder revolucionario, y de limitar el movimiento de masas a las conveniencias de los socialistas, es decir, a su vuelta a la colaboración gubernamental.

Octubre lo puso bién de manifiesto. El Partido socialista, y Largo Caballero personalmente, habían anunciado la insurrección si el presidente de la República daba acceso al gobierno a los representantes de Gil Robles. Esa condicionalidad prueba cuan lejos estaban sus patrocinadores de un verdadero criterio revolucionario y de pensar firmemente en la insurrección, que no admite mas condición que las necesidades mismas de la revolución. Como lo había anunciado el delegado de la Izquierda comunista en la Alianza de Madrid, la derrota de los campesinos envalentonó a la reacción, la convenció aun mas de la impotencia revolucionaria de los socialistas, y marcó una evolución del poder a la derecha. Retirada la marioneta Samper, Alcalá Zamora llamó nuevamente a Lerroux, introduciendo en el gobierno varios representantes de Gil Robles.

La noticia se conocío en la tarde del dia 4 de Octubre. Según la solemne promesa socialista, la entrada de los filofascistas en el gobierno significaba, automáticamente, la insurrección. Tanto la masa proletaria de Madrid como la de todas las ciudades importantes del país creyó firmemente que se trataba de la lucha armada. Las huelgas políticas anteriores habían mantenido un gran espíritu de lucha y de confianza en la victoria. Al conocerse la composición del nuevo gobierno, la huelga general se produjo espontáneamente. Cayendo el día, varias decenas de millares de trabajadores invadían las calles de Madrid esperando la señal del combate, decididos a batirse hasta la muerte, confiantes en que se les distribuiría un mínimo de armas indispensable para lanzarse al ataque de los cuarteles, de correos, telégrafos, ministerios y demás centros vitales. El gobierno mismo se sintió aterrorizado y paralizado por la inmensa masa que invaía las calles. Los guardias de asalto y civiles, armados incluso de ametralladoras, pasaban junto a los grupos obreros sin atreverse a disolverlos ni registrarlos siquiera. Los suponían armados y no osaban hostilizarlos. En realidad, los obreros no disponían sino de escasas pistolas viejas, punto menos que inutilizables. El Partido socialista, que meses antes había alborotado mas y mejor en torno a las armas, no distribuyó sino muy contadas pistolas y fusiles a pequeños grupos que nada seria podían intentar con ellas. Los grupos, o mejor dicho, los individuos asi armados, se limitaron a hostilizar a la fuerza pública, a "paquear" diseminados por los tejados, lejos de toda intención ofensiva o insurreccional. Ya estaba bastante avanzada la noche, cuando se conoció la decisión del Partido socialista. Sus olímpicas baladronadas conspirativas y sus promesas de desencadenar la revolución se redujeron a esta orden: "huelga general pacífica..." hasta que el presidente de la República fuerce la dimisión del gobierno. Pero esta vez, el Partido socialista daba la orden en nombre de la Alianza obrera. Al fin se descubría lo que los socialistas entendían por Alianza obrera: un parapeto tras el cual descargar responsabilidades jurídicas si acaso se iba mas allá de la oposición política permitida por las leyes burguesas. Pero la Alianza de Madrid no se reunió ni una sóla vez durante las nueve jornadas de Octubre. A las reuniones convocadas se presentó, sólo, el representante de la Izquierda comunista, la organización trotzkista.

Lanzadas a la calle en espera de acciones decisivas, las masas obreras no daban crédito a lo que veían y oían. Durante la noche nada ocurrió, salvo algún tiroteo sin importancia. Concentraciones de varios miles de obreros, totalmente desarmados, habían intentado asaltar algunos cuarteles. Las ametralladoras los dispersaron rápidamente. Al día siguiente las masas volvieron a inundar las calles, buscando noticias, esperando aun armas y órdenes de lucha, pensando, para no considerarse todavía traicionadas, que la orden del dia anterior y la falta de acción eran un ardid de guerra de los que tanto se habían vanagloriado los socialistas. La actitud de la fuerza pública las hizo caer pronto de su ilusión. Debilidades y temóres de la víspera habían desaparacido en las fuerzas gubernamentales, que ahora se mostraban insolentes, brutales, agresivas. El gobierno se sentía mas firme evidentemente. Estaba ya seguro de dominar la situación en Madrid. Las amenazas y conspiraciones socialistas se terminaban, en fin de cuentas, con una deserción vergonzosa, en medio de condiciones excelentes para presentar al gobierno batalla en toda regla. No le faltaban al Partido socialista las ármas mínimas indispensables; la asistencia de las masas no podía ser mayor. Con todo ello no supo, ni quiso, hacer mas que una prolongada huelga de nueve días, alborotada con un paqueo estéril que recomenzaba todas las tardes. El misterioso plan conspirativo que debía dar el triunfo, el que tanto utilizaron para contener el movimiento revolucionario en los meses anteriores e impedir su desarrollo dialéctico, no apareció por ninguna parte. Ni podía aparecer, porque no existía. Lo único conspirativo en la tramoya de la radicalización socialista era el pánico ante la eventualidad de tener que poner por obra las palabras. Esa conspiración si que apareció en Octubre claramente y por todas partes.

En Cataluña, el gobierno de la Generalidad, que se había aventurado a proclamar la soñada república catalana, capitulaba rapidamente ante las tropas gubernamentales, sin tratar de movilizar sus importantes recursos. Su "resistencia simbólica" se satisfizo con cuatro cañonazos y bandera blanca. Ni siquiera se dió a los soldados, una vez fuera de los cuarteles, la oportunidad de volver sus armas contra el gobierno, en lo que había no pocas posibilidades de éxito. La Alianza obrera local, fundamentalmente dirigida por un antepasado del P.O.U.M., el Bloque Obrero y campesino, había sido incapaz de practicar una política que indujese los anarquistas a aceptar el frente único. Utilizó la Alianza como instrumento contra la C.N.T., en lugar de utilizarla para atraersela y vencer su apoliticismo. El resultado fué la desorganización y la división del proletariado catalán. Imitando desde otro plano a la Generalidad, la Alianza catalana se limitó a organizar una manifestación de petición simbólica de armas a la Generalidad, y viendo que ésta no se las daba, disolvió la manifestación y dió por terminada su acción. Era criterio de los dirigentes aliancistas que nada podía intentarse sin la Generalidad. En esa idea estaba, de antemano, contenida la derrota.

Sólo en Asturias tomó el movimiento de Octubre un verdadero carácter insurrecional. ¿Por iniciativa del Partido socialista, o porque las condiciones particulares de la región permitiesen a los mineros pasar a la acción antes de que los altos dirigentes pudieran contrarrestarla? Estoy firmemente convencido de lo segundo. En el libro a que me he referido creo demostrarlo detalladamente. En los límites de éste artículo no cabe sino citar los hechos mas salientes que en tal sentido me persuaden:

  1. Los mineros disponían de algunas armas y de abundante dinamita tomada en las propias minas. Sabían manipularla perfectamente como arma de guerra.
  2. Los dirigentes medios e inferiores del socialismo asturiano, directamente en contacto con los mineros y mineros ellos mismos a menudo, eran de los mas revolucionarios del Partido socialista español. Esos hombres tomaban la radicalización y la marcha hacia la dictadura del proletariado en serio, y no cómo maniobra política.
  3. El movimiento insurreccional comenzó en Asturias precisamente en la periferia, donde la decisión pertenecía a los dirigentes bajos y medios. Mientras que en la capital de la provincia, Oviedo, sede del Comité regional se produjo, como en Madrid, sólo una huelga pacífica. Fueron los mineros quienes, concentrándose en torno a Oviedo, tomaron la ciudad por asalto.
  4. Finalmente, el caracter no insurreccional del movimiento en Madrid y el resto de España obliga a creer que lo de Asturias se produjo contra la voluntad de la alta dirección socialista, tanto nacional como regional. No es concebible que se diera una orden de insurrección para Asturias y otra de huelga pacífica para el resto del país. Y repitámoslo, quienes hayan vivido las jornadas de Octubre en Madrid no podrán negar de buena fé que existieron posibilidades de insurrección y de triunfo de la misma. No hubo allí insurrección porque la dirección del movimiento no lo quiso, porque desertó de las masas en el momento requerido. La insurrección de Asturias fué, con toda seguridad, una sorpresa para los altos dirigentes socialistas. Los mineros se les desmandaron. Bién provistos de dinamita, al cono- cer la orden de huelga general y la composición del nuevo gobierno, se lanzaron sobre los cuarteles de la guardia civil y los tomaron casi todos. Los burócratas socialistas asturianos, los Belarmino Tomás, González Peña, etc., tenía que aceptar el hecho consumado; ¿no estaban los mineros allí, frente a ellos, cercando Oviedo?

La Alianza obrera asturiana, a pesar de ser la mejor constituida, debido a la participación de los anarquistas, mostró también su inadaptación como organismo de poder obrero, e incluso como centro director insurreccional. En el transcurso de la lucha, la primitiva Alianza, que junto con numerosos comités se dió a la fuga, hubo de ser substituida por otra. El modo de representación era mucho mas democrático, y los representantes mucho mas cerca de las masas que los bonzos socialistas que constituían la anterior. Las necesidades de la lucha indicaban el sentido en que tenían que ser modificadas las Alianzas. Tal cual los socialistas se habían esforzado en conservarlas eran apretados nudos burocráticos que paralizaban la iniciativa de las masas en lugar de darle curso organizado. Mas todo eso es materia que en otro lugar será tratada con la extensión debida.

Sólo a título de homenaje es necesario recordar la tenaz y heroica resistencia que ofreció el proletariado astur a las hordas gubernamentales, las bárbaras torturas y los asesinatos a que fueron sometidos millares de hombres por Lerroux-Gil Robles. Su gesta insuperable, aunque aislada y traicionada por los altos dirigentes socialistas, no fué inútil. Todas las masas oprimidas de España se sintieron dignamente representadas por el proletariado asturiano. En su lucha, vieron lo que a ellas se les impidió hacer. La reacción triunfó, pero no gratuitamente, y su triunfo fué incompleto, incierto. El ejemplo y el recuerdo de la insurrección asturiana propició una pronta recuperación de las masas que condujo, en 1936, al triunfo electoral de febrero y a la derrota de los militares en Julio. En 1934, sólo Asturias se les desmandó a los dirigentes pequeño-burgueses; en 1936 se les desmandaba toda España. Los hombres de Asturias abrieron el camino al formidable alzamiento proletario que produjo la guerra civil. Y la guerra civil, a pesar de hez burguesa del stalinista frente popular, es una de las mas honrosas proezas del proletariado mundial.

Lo mas característico del proceso de la revolución española es la rapidez con que el proletariado y los campesinos se recuperaban de una derrota para lanzarse a otra ofensiva revolucionaria aun mas vasta y profunda que la anterior. Con una tenacidad solo comparable a la tenacidad revolucionaria de las masas, los dirigentes llevaban invariablemente a la derrota, una tras otra, las ofensivas revolucionarias. La propulsada por la radicalización socialista pudo cubrir el objetivo de rechazar la reacción, disolver su parlamento y dar acceso a una situación de dualidad de poderes; y pudo cubrir ese objetivo en dos ocasiones: durante la huelga campesina y en Octubre mismo. De haberse propuesto los socialistas hacer la revolución de hecho, no en palabras, tampoco hubiese sido imposible. Su intención era muy diferente: se limitaba a obligar el presidente de la república a convocar elecciones y que la coalición republicano-socialista recogiese nuevamente el poder. Pero tampoco por eso supieron luchar con decisión. Creyeron que las amenazas bastarían. Unicamente ellos, en última instancia, resultaron asustados por sus propias amenazas.

Dados los objetivos colaboracionistas del socialismo, que controlaba aun la mayría del movimiento obrero, y dada la falta de órganos de poder en los que sustentar la revolución, el triunfo de ésta era imposible en Octubre. Pero si los socialistas se hubiesen decidido a dar la batalla a la reacción, con toda probabilidad el gobierno habría sido derrocado. Aunque los campesinos, traicionados desde julio, estaban imposibilitados de dar al movimiento ningún apoyo, era la suficientemente fuerte en las ciudades para lograr el objetivo mínimo de rechazar la reacción. Y cubierta esa etapa, todo permite creer que el movimiento revolucionario habría encontrado un camino rápido y relativamente fácil hasta su triunfo decisivo.

En efecto, rechazada la reacción, la situación hubiese sido extraordinariamente ventajosa para la revolución. Aproximadamente la de julio de 1936, pero sin la dominación militar en una parte del territorio, y sin el stalinismo apuntando sus pistolas y sus calumnias a los revolucionarios. Probablemente se hubiese constituido un gabinete presidido por un socialista. La nueva cámara habría arrojado infaliblemente una abrumadora mayoría de los partidos obreros. El conjunto de los explotados se hubiesen sentido vigorosamente lanzados adelante. El anarco-sindicalismo habría tenido que salir de su aislamiento. Las Alianzas obreras, multiplicadas, habría podido evolucionar, democratizándose y adquiriendo las características de auténticos organismos de poder proletario. Del propio Partido socialista, cuya base, principalmente la joven, había tomado en serio lo de la dictadura del proletariado, se habría separado con toda seguridad, una recia minoría hacia las posiciones bolcheviques de la Izquierda comunista, con la que simpatizaban los jóvenes públicamente. La dualidad de poderes habría hecho acto de presencia inmediatamente y con ella la posibilidad, para las minorías revolucionarias, de arrancar el proletariado a las organizaciones reformistas. Los jefes socialistas se hubiesen encontrado de golpe a la extrema derecha del movimiento obrero. Es imposible asegurar que de esa manera el triunfo de la revolución se hubiese producido invariablemente, pues en tal materia no existe seguridad ni garantía sobre nada. Mas la experiencia demuestra que todas las revoluciones dependen en general de la existencia o inexistencia de un partido revolucionario, generalmente pequeño al comenzar las primeras sacudidas. Por aquel entonces existían en España sólidos núcleos a los que circustancias favorables hubiesen permitido afianzar su ideología y extender su influencia (me refiero a la Izquierda comunista). La derrota de Octubre contribuyó a desorientarlos y hacerles caer en errores que les perdieron como factor revolucionario de importancia para el período siguiente. Así encontraría el stalinismo facilidades para su obra contra-revolucionaria en nuestra zona, durante la guerra civil.

En todo caso, la mejor garantía de triunfo que una revolución puede tener es la lucha, bién preparada, conscientemente calculada, pero la lucha sin reservas y hasta sus últimas consecuencias. Precisamente lo que mas ausente estuvo de la dirección socialista. Temió ésta las consecuencias revolucionarias de una derrota de la reacción directamente provocada por las masas. Y sin las masas no se podía derrotar la reacción. Desertando en el momento culminante, la dirección socialista impuso al proletariado y a los campesinos españoles sacrificios enormes (la represión de 1934 a 1936, la sublevación de los generales), y rudos combates (la guerra civil) que manejados por la misma gente, ya engrosada con el stalinismo, dieron por resultado final el triunfo de Franco.

La definición mas sucinta, verídica y lapidaria que puede hacerse de la revolución española considerada globalmente es la siguiente: mientras las masas, en las ofensivas sucesivas de 1931 a mayo de 1937 se muestran cada vez mas radicales, cada vez mas cerca de instaurar la dictadura del proletariado, los dirigentes se muestran mas burgueses, mas derechistas, mas servilmente sometidos al capitalismo como sistema. Esa oposición creciente entre las masas y los dirigentes, sin exclusión de ninguna de las organizaciones importantes, ha dado por cociente la contrarrevolución franquista.

México, D.F., octubre 1943.

G. Munis

  1. Fué publicado este artículo en octubre de 1943 en la revista Contra la Corriente, de donde lo reproducimos. ↩

  2. Jalones de derrota: promesa de victoria. México, 1948. ↩