Alarma, n.º 8, Mayo 1961 (págs. 27-30). PDF del número completo

El cónclave de 81 partidos stalinistas reunido en Moscú, capital de la obediencia, tuvo dos objetos: dar atuendo ideológico al arreglo de la querella entre Rusia y China, causada por crudos intereses, y delinear el programa mundial del imperialismo ruso en contienda con el americano.

Las divergencias y la discusión que admite una asamblea stalinista, trátese de una célula en cualquier país o del consorcio de los 81 altos jerarcas, son limitadísimas. Moscú dicta la ley y a los demás toca loarla y discutir su aplicación, mas o menos como la aplicación del reglamento de tráfico puede ser discutido por una asamblea de policías esquineros. A los propios dictadores stalinistas chinos, pese su importancia como aliados militares de Rusia, no les está permitido contraponerse al amo en pública discusión. Pero Rusia es un amo muy duro y astuto. La "ayuda" que ha prestado a China (unos 60 mil millones de pesetas desde hace diez años, mas centenares de empresas por ella creadas) es expoliadora. La pandilla de Mao Tse-tun se ve y se desea para pagar a Rusia réditos de capital y utilidades de empresas. Por añadidura, Rusia no da un kopek, no crea una industria, no ofrece un técnico, sin que el todo se aplique en consonancia con sus planes económicos y estratégicos mundiales. El gobierno stalinista chino vé evidentemente en las condiciones de la ayuda rusa una de las causas de su acrecentada impopularidad. Para colmo, Rusia no muestra ninguna prisa en que Formosa pase a la soberanía de Pekín, y ha frenado todas las tentativas expansionistas de éste. En suma, muestra sobrado interés en mantener a China como potencia subsidiaria. De ahí el descontento evidente del gobierno chino y sus rezongues a la convivencia pacífica de Khrutchef (de Stalin antes) y al "oportunismo" yugoslavo, que practica por su cuenta ese camelo de doctrina hoy oficial. Antes de la reunión de los 81, algunos periódicos chinos de provincias llegaron a murmurar de Rusia, sin nombrarla, como de un país imperialista, mientras que otros periódicos rusos de provincias igualmente y sin nombrar tampoco a los líderes chinos, los trataban de aventureros, casi de agentes "objetivos" del imperialismo americano, y claro está, también de trotzkistas.

Resumiendo, se trataba de capital financiero, de inversiones industriales, de posiciones estratégicas y de distribución, entre Moscú y Pekín, de la plusvalía arrancada a los trabajadores chinos. Eso ha sido calificado por los expertos americanoides en cuestiones rusas de querella ideológica; y por la mayoría de la izquierda obrera occidental también, comprendiendo eso que sigue llamándose, como por intencional chacota, trotzkismo.

Antes de que los 79 comparsas moscovitas estuviesen a la escucha, ya los delegados chinos y el gobierno ruso habían arreglado, "tête à tête", los negocios en disputa. Arreglo provisional evidentemente, pero que consentía la aprobación "entusiasta" del manifiesto ruso firmado por los 81. Qué porcentaje de la plusvalía esquilmada a los trabajadores chinos haya de ir en lo sucesivo a la gente de Khrutchef y cual otro a la gente de Mao Tse-tun, es cosa tenida por ellos en secreto. Empero, puede afirmarse que el choque de intereses continuará en curso furtivo hasta encontrar ocasión de salir mas netamente a luz.

Como cualquier otro imperialismo, el ruso prepara la guerra hablando de paz. Su manifiesto no es otra cosa que un proyecto de extensión de su influencia financiera, militar y política, cuya realización le daría la seguridad de vencer a Estados Unidos en la próxima guerra. La importáncia que el manifiesto acuerda al llamado "tercer mundo" neutral y a los movimientos nacionalistas, indica el sentido en que el imperialismo ruso piensa ir ganando terreno al de enfrente. Los neutrales, no lo son sino en la medida en que pueden sacar ayuda económica y técnica de los dos bloques; están interesados en prolongar el equívoco, conservar la amistad prestamista de occidente y de oriente e inclinarse con el tiempo, ya sobre seguro, al mas fuerte y probable victorioso de los dos bloques. Por añadidura, dos de los principales, la India y Yugoslavia, tienen en sus fronteras la amenaza apabullante de las fuerzas militares rusas, y el tercero, Egipto y su filofascista Nasser, necesita la complicidad rusa para sacar adelante la reaccionaria política panárabe, con capital en El Cairo.

Mas directamente rentable para Rusia es el apoyo a los movimientos nacionalistas burgueses, incluyendo lo que el manifiesto llama, falsificando los hechos, "guerras justas de liberación". Evidentemente, cualquier país que se independice del bloque occidental con ayuda armamental y financiera rusa, queda por entero a merced de Moscú, y le será difícil volver bruscamente al girón yankee. Así lo corroboran todos los ejemplos conocidos; Corea del norte, Indochina del norte, la propia China, mas los países de Europa oriental, y recientemente Cuba. Puede asegurarse que Rusia no irá a la guerra para "liberar" país alguno, salvo el dia en que se encuentre en condiciones de neta superioridad sobre Estados Unidos. Pero las inversiones económicas, ya en armas, ya en industrias o en instructores técnicos, no pueden sino aventajar su posición mundial frente a Estados Unidos, que por el momento lleva gran delantera. Los Estados Unidos podrían adoptar línea a línea el manifiesto de los 81 con vistas a la zona del rublo.

Desde el siglo XIX, el capitalismo mundial no cesa de hablar de desarme y eliminación de la guerra de las relaciones internacionales. El manifiesto sigue la tradición, precisamente por tratarse de un do- cumento preparatorio de una nueva guerra. Pero en ese sentido, el imperialismo americano está en condiciones de sobrepasar su demagogia, sin que por ello se ponga coto, entre conferencia y conferencia de desarme, al desarrollo cada vez mas terrorífico del armamento. Moscú y Washington tiemblan juntos ante la idea de una disolución de todos los ejércitos y de todas policías por aquellos mismos que pagan los gastos y sufren la represión: los explotados.

Todo partido fiel a Moscú ("comunista" dice el manifiesto) "se identifica con el supremo interés nacional". He ahí una franca profesión de fe contrarrevolucionaria, en la cual Moscú deposita las mayores esperanzas. La declaración se refiere a todos los países sin excepción, atrasados, coloniales o adelantados, incluyendo los Estados Unidos. Kennedy, cualquier gobierno pasado o futuro de los Estados Unidos no representa el "interés supremo de la nación" tan excelsamente como el partido de Moscú. Ahora bién, el "interés supremo de la nación" es siempre y en todas partes la sumisión obediente de los asalariados a las necesidades del capital, y a su vez, el capital domina superlativamente a los trabajadores unificándose en capital de Estado. Moscú ofrece así, a todos los países, los aparatos de sus partidos como los mas genuinos representantes del orden capitalista. Teniendo en cuenta que el capitalismo mundial tiende por su propio automatismo a concentrarse definitivamente en el Estado, y por otra parte, la probada capacidad de los partidos stalinistas para contrarrestar y aniquilar los ataques revolucionarios del proletariado, se deduce sin la menor duda que Moscú cuenta con la política del "supremo interés nacional" para ir modificando en su favor la correlación mundial de potencias. La victoria del capitalismo de Estado coronado por sus partidos, es lo que Moscú llama socialismo.

El gobierno ruso acaba de aprobar una ley que condena a trabajos forzados por dos o cinco años, a los "ociosos, holgazanes, parásitos y otros elementos antisociales". Todos esos adjetivos no conciernen a los parásitos y holgazanes gobernantes, administradores, polizontes, militares y miembros del partido dictador, sino a los trabajadores, a los proletarios explotados. Desde hace varios meses, los principales periódicos rusos hacen campaña contra los obreros que roban mercancías en las fábricas, trabajan poco y mal, o desertan por completo el trabajo. El número de deserciones de fábricas y koljoses ha ido creciendo sin cesar en los últimos años, pues las condiciones de explotación y la intensidad del trabajo son tales, que los obreros prefieren, antes que someterse a ellas, vivir de cualquier expediente o pasar hambre. El mundo no había visto una ley tan reaccionaria desde el siglo XVII, cuando eran condenados a trabajos forzados por holgazanes y vagabundos también, millares de hombres arrojados a esa situación por el propio capitalismo. En todo caso, la nueva ley rusa ilustra con buena luz lo que vale el programa mundial de Moscú y sus 80 partidos.

Lo mas lamentable y grave para el futuro del proletariado, es que organizaciones que se pretenden revolucionarias califiquen el manifiesto de los 81 simplemente de oportunista, asimilándolo a la colaboración de clases de la Internacional socialista entre 1914 y 1939. No ven que el frente popular era ya una política de guerra —frente a la revolución mundial— por métodos democrático-burgueses, mientras que la política moscovita de hoy, ya cuajada la contrarrevolución stalinista en capitalismo de Estado, es una política calculada de guerra y contrarrevolución mundial. Es preciso guiarse por ese criterio para crear nuevos partidos revolucionarios que, sin hacer en manera alguna el juego de Moscú o de Washington, restablezcan la lucha de clases y el internacionalismo proletario.