Alarma, n.º 9, marzo 1962 (págs. 1-5). PDF del número completo
El vigésimo segundo congreso del partido gobernante ruso, convocado a bombo y platillo para aprobar el programa de "la realización del comunismo" en 20 años, hubo de expedir éste con un voto de trámite y dedicar la mayoría del tiempo y los discursos a echar culpas sobre Stalin y el grupo "anti-partido": Molotof, Malenkof, etc. Lo que había sido dicho a puerta cerrada durante el XXº congreso fué repetido en esta ocasión públicamente y de mil maneras, sin que los acusados pudiesen siquiera abrir la boca. La presencia de delegaciones del mundo entero, desde el Japón y China hasta Cuba, era de intento para dar a las acusaciones, mas que al programa, vasta resonancia. Ocho años después de la muerte de Stalin, la crisis del poder, lejos de haberse resuelto, entra en fase mas aguda, y por añadidura la complican quejas y reclamaciones de varios países satélites, China en particular. Hasta ahora aparece exteriormente confinada al forcejeo, mucho mas oculto que público, entre dos pandillas de las altas esferas dominantes, cuyo envite es el dominio gubernamental absoluto, lo que en semejante régimen significa también la potestad económica incontestada. Mas la división de la casta dictatorial sólo puede ser considerada dialécticamente como un efecto secundario y bastardo de una crisis mas profunda, crisis del capitalismo de Estado, de la contrarrevolución rusa en general.
Sabido es que la sociedad rusa, contrariamente a lo que proclama la mítica oficial, no solo es capitalista de punta a cabo, sino que sus procedimientos peculiares de explotación del trabajo asalariado hacen de ese capitalismo uno de los mas insanos y menos viables del mundo. Así como el torbellino bolchevique de 1917 fué la emergencia, en suelo ruso, de la necesidad mundial de revolución socialista, la obra del stalinismo ha sido un trasplante de las exigencias de la reacción capitalista internacional a las condiciones concretas de la revolución ahogada. Restaurar la propiedad individual resultaba imposible, debido en parte a la exigüidad de ésta, en parte a la tenacidad de las ideas revolucionarias, pero sobretodo porque la fórmula de la nacionalización, engañosa, permitía mejor a la nueva burocracia adueñarse del capital y acaparar la plusvalía. Así se constituyó el Sistema stalinista, capitalismo de Estado que se caracteriza por el monopolio cabal, detentado por escasos individuos, de todos los poderes: económico, legislativo, judicial, político, militar y policíaco. Concentración jamás vista en tal escala, despotismo inigualado y el mas inoperante de todos a largo plazo. La figura de Stalin, bestia incensada como dios por su propio aparato, simboliza adecuadamente ese sistema contrarrevolucionario.
Su muerte no ha hecho mas que precipitar una crisis latente. El edificio de la contrarrevolución mundial empieza a crujir allí mismo donde ésta había sido llevada a su mayor ferocidad. Sus procedimientos perturban tan gravemente la función normal del capitalismo que los propios explotadores se sienten alarmados y quisieran remediarlo. La corrupción, la falsedad y el enchufismo imperan de arriba abajo en el aparato gubernamental; la deslealtad y la delación es el género de relación constante entre burócratas, necesidad y virus del sistema al mismo tiempo. El partido gobernante se ve universalmente odiado por el proletariado y desempeña cada vez peor su función de policía de las fábricas. En efecto, los trabajadores sabotean la producción, hurtan cuanto pueden y desertan los lugares de trabajo en número creciente. Prefieren el hambre o vivir a salto de mata. Es la resistencia que oponen los obreros a normas de producción inhumanas. Tan generalizada es, que los gobernantes —tren de vida de millonarios y cuyos vástagos son la juventud dorada del país— esgrimen ahora contra los trabajadores el lema, "quién no trabaja no come" tradicionalmente aplicado por el movimiento revolucionario a los explotadores. Tal es el relajamiento social a que ha llevado la contrarrevolución stalinista, causa última de la división entre los propios beneficiarios de ella.
La carencia de información nos veda saber en qué sector del capital se apoya principalmente la pandilla de Khrutchef-Mikoyan y en cual otro la de Molotov-Malenkof. También ignoramos el agarre de cada una de ellas en el ejército y la policía, palancas de primer orden en la política rusa, que mueven directamente determinados ramos de la economía, y cuyos jefes son señalados dirigentes del partido dictador. Esa contienda de intereses entre sí trabados continua desplegándose en forma encubierta, a pesar de la "desmolotovización de Molotof" anunciada por Moscú. Mas para el proletariado es de la misma naturaleza, salvando las diferencias de procedimientos, que la división de la alta burguesía americana en demócratas y republicanos. En ambos casos, los victoriosos representan a la totalidad de los explotadores.
El heredero que Stalin se designó era Malenkof, único hombre que tenía conocimiento de las decisiones mas ocultas del jefe en materia de crímenes. Beria disponía de la policía en general, la destinada a lo que en toda sociedad de explotación se llama mantenimiento del orden. Pero existía un sector muy escogido de la policía, una policía de la policía mandada por Stalin en persona, de cuyos encargos sólo Malenkof estaba al corriente. Beria, Molotof, Khrutchef, los mas cercanos colaboradores del jefe, comité central, buró político y gobierno comprendidos, se sabían vigilados y amenazados de continuo. El jefe era reverenciado y odiado al mismo tiempo por sus criaturas, como todavía lo es hoy, momia inane. De ahí que, apenas desaparecido, se entendiesen Molotof, Beria, Khrutchef, Bulganin, etc., para "liberar" a Malenkof de sus funciones, las policíacas en primer término. El paso siguiente, contra Beria, es otra medida de autoseguridad burocrática y halla todavía juntos a Molotof y Khrutchef. Los altos jerarcas quisieran concederse una "dirección colegiada" (léase dictadura de grupo), pero el sistema no admite siquiera eso, pues toda la estructura social la mantienen tremendas coacciones cuyo aflojamiento causaría un derrumbe brusco. La alta burocracia misma ha de vivir en la incertidumbre y el miedo. Y la dirección colegiada se ha quedado en mera diversión táctica de Khrutchef, bulla que le ha permitido preparar por decisión administrativa, cual 30 años atrás hiciera Stalin, sus legiones de votadores asoldados.
Es evidente, sinembargo, que Khrutchef se siente todavía amenazado, y no sólo por los secuaces de Molotof-Malenkof, contra los cuales sus medidas son amistosas teniendo en cuenta las prácticas ambientales. Otros candidatos al rango de primer dictador, tan obscuros hoy como aquel hace años, preparan cautelosamente sus celadas en la jungla burocrática. Y para cualquiera de ellos será un juego revelar la criminalidad de Khrutchef, como lo sería para éste salir al paso poniendo en evidencia la de sus presuntos sucesores si los conociese. Y así sucesivamente, pues en la casta que tiraniza al pueblo ruso no existe una sóla persona que esté exenta de responsabilidad criminal, igual que, tratándose de Alemania o España, entre nazis y franquistas. No hay mas que grados de criminalidad, según las responsabilidades mayores, medianas o pequeñas de cadaquién.
Sea lo que sea, la rapaz y tiránica burocracia rusa está lejos de haber llegado a un remanso con Khrutchef. La crisis que la agita viene de muy hondo, de la crisis general del capitalismo mundial, cuya supervivencia es hoy, fundamentalmente, obra de la contrarrevolución stalinista. Stalin duró decenios precisamente porque representaba la victoria de la contrarrevolución sobre un proletariado extenuado y privado, por el asesinato o la deportación, de sus representantes revolucionarios mas capaces. Son las mismas razones por las que dura Franco. Pero la revolución es muy tenaz. Se insinua de mil maneras, hasta volver a la carga, cuando sus enemigos la creen definitivamente vencida. En realidad no puede estarlo a menos que la sociedad mundial entre de lleno en la descomposición y la decadencia. Puede, si, ser gravemente derrotada, puede matarse a sus mas decididos defensores, puede erigirse un capitalismo de Estado como el ruso y persuadir a todos los persuadibles por la propaganda o el interés de que se trata de socialismo; de todas maneras, la revolución proletaria vuelve pronto o tarde a la carga. Sencillamente porque el capitalismo, cualquier disfraz que adopte, contraría las necesidades históricas ya inmediatas de la humanidad. Así reaparece la necesidad de revolución en la España pateada por la iglesia y el ejército, en la Alemania que rampa en "volkswagen" en torno a Adenauer, en la Rusia de campo de concentración y tiro en la nuca. La construcción de grandes industrias a costa del consumo y la libertad de las masas, así como el amaestramiento de androides a la Gagarín, hacen urgente hasta la exasperación la necesidad de acabar con el sistema.
La mas metódica privación de derechos, la exterminación completa de los revolucionarios, la falsificación permanente de ideas y hechos, han conseguido unicamente, al cabo de 35 años abajar casi a cero la conciencia social. Pero lo que planteó la marcha histórica a un alto nivel en 1917 reaparece al cabo en forma turbia y bruta, cual rio de lava en ciega, inexorable progresión, nueva petición de conciencia ideológica. Los gobernantes rusos hallarán cada día mayores dificultades para gobernar y explotar pasivamente a las masas. Cualquier cosa que hagan, la crisis de su sistema irá agravándose lenta o vertiginosamente, hasta que aparezca en liza el proletariado. Lo fundamental para éste es no dejarse embaucar por Khrutchef ni por sus sucesores, que harán mayores esfuerzos aun para impedirle organizarse y adquirir conciencia revolucionaria. Las instituciones de la contrarrevolución deben ser hechas añicos, todas, y el per- tido gobernante el primero. Sin esa condición la revolución socialista no podrá triunfar, e incluso la reorganización de los soviets de 1917 serviría para entronizar de nuevo el actual capitalismo de Estado.
La denuncia de Stalin como criminal, déspota, etc., se le impuso a la burocracia. Por mas que ella misma hubiese temblado ante el tirano, no podía dejar de comprender el peligro que representaba reconocer siquiera una parte de sus asesinatos. No lo ha hecho alegremente, sino a cierraojos, como medida urgente para evitar peores males. El mito de "Stalin padre de los pueblos" no tenía ninguna vigencia en Rusia y en el extranjero cada vez menos. Khrutchef mismo ha dicho en varias de sus peroratas, tranquilizando a sus adversarios alarmados, que se había hecho indispensable acusar al ex-genio para remediar el distanciamiento completo entre el pueblo y el Partido. Palabras que demuestran, a quienes necesiten prueba, que la "destalinización" es una maniobra de gran envergadura destinada por una parte a engañar al trabajador ruso, y por otra a recuperar aliados en el terreno internacional.
La propia camarilla de Khrutchef rinde honores a su criminal como constructor del "socialismo". Contradicción escandalosa por la forma, pero no en el fondo, pues la burocracia sabe perfectamente a qué atenerse cuando emplea esa y otras palabras del vocabulario de la revolución. Su falacia verbal embrolla aun mas sus explicaciones. Ha sido incapaz de dar una explicación, no ya marxista, cosa imposible, sino medianamente seria de los crímenes de Stalin, solo reconocidos en la parte que conviene hoy a la burocracia. Nos sirve en su lugar la demonología estúpida, digna de la iglesia medieval, del culto de la personalidad, como si ese culto no fuese una exigencia de toda la estructura y la superestructura del sistema.
Evidentemente, la burocracia recurre a sus explicaciones para deficientes mentales a fin de ocultar los hechos esenciales: la destrucción sistemática de la revolución de 1917, la restauración del capitalismo en forma estatal y la contribución decisiva de Moscú a la derrota de la revolución proletaria en todo el mundo. Para llevar a cabo esos crímenes de lesa revolución se hicieron indispensables tantos asesinatos, el de Smilga, el de Kirof que dió pretexto a los procesos de Moscú y al exterminio de los compañeros de Lenin, igual que los de Berneri, Nín, Tresca, Trotzky y miles mas en Rusia y en el mundo. De ese conjunto de crímenes políticos y de sangre estrechamente interdeterminados surge paso a paso el Sistema stalinista. La culpabilidad recae colectivamente sobre la alta burocracia y sobre sus perros guardianes en los demás países, los Pasionaria, Togliatti, Thorez, etc. Y nada da tan cabal idea de la vil calidad humana del personal stalinista como el espectáculo del XXIIº congreso. Funcionarios de 81 partidos aplaudían la denuncia del hombre a quién juraban ayer fidelidad personal, cuyos crímenes ensalzaron y a los cuales colaboraron de palabra y obra, sin hablar de los cometidos por propia cuenta.
Por su parte, las "izquierdas" europeas, incluyendo las españolas, no se han lucido con la "destalinizacion". La han acogido con mas o menos simpatía, calificándola en algunos casos de "esperanza para el socialismo". Ninguna ha dado una interpretación revolucionaria. En realidad son esas izquierdas las que han dado un paso hacia el stalinismo, como preveía Moscú. Se trata de las mismas que antaño respaldaron la acción de éste contra la revolución en España y otros países.
Aun suponiendo, cosa imposible, que el stalinismo se democratizase, seguiría inalterada su naturaleza de capitalismo de Estado. En fin, si el stalinismo se hace cada vez mas insoportable al pueblo ruso, en Rusia no cabe otra forma de capitalismo que la stalinista. Es imposible salir de él sino por la intervención directa del proletariado en armas, sin la mas ligera concesión a los amos actuales ni a cualquier nueva bandería que formaren.
¡Salud a la próxima revolución social rusa!