Alarma, nueva serie, n.º 2, enero de 1963 (págs. 12-17). PDF del número completo

Concisas palabras debieran bastar, en rigor, como réplica satisfactoria a la crítica anterior, por ejemplo:

  1. No, el proletariado español no puede tener identidad alguna de intereses, siquiera momentáneos, con una clase capitalista virtualmente derrotada desde 1936.
  2. El frente único tal como lo ha aprendido el movimiento revolucionario y nuestros críticos nos lo aconsejan resulta hoy impracticable, salvo mediante zancadilla a la lucha de clases y abdicación ideológica.
  3. La consigna de sindicatos independientes de Falange no es revolucionaria, ni siquiera reformista en sentido propio; se queda en conformista con la regulación del trabajo por el capital vigente en el mundo.
  4. Las consignas económicas del volante A todos los huelguistas españoles, actuales y futuros, incorporan las reivindicaciones inmediatas o meramente locales de los explotados, a formas dialécticas de lucha cuyo desenvolvimiento arrastra consigo, de necesidad, el poder político obrero y la supresión del capitalismo, bastándose por ello a sí mismas.
  5. El proletariado no necesita oir, cual jaculatoria ritual, que sin un partido revolucionario todo se perderá, aunque existan comités obreros nacionalmente estructurados. Sí le es indispensable, en cambio, percatarse de las ideas principales de ese partido, por oposición a las charranadas propuestas por otros que continuan llamándose comunistas, socialistas, etc.

Esas cinco aserciones escuetas bastarían para dar cuenta de las críticas del artículo anterior, más otras de inspiración semejante, si sus autores estuviesen al tanto de las premisas generales de que dimanan nuestras ideas, consignas y actitud en cada caso concreto. Lejos de ello, nuestros críticos se basan en premisas por nosotros refutadas y rechazadas hace más de quince años y vienen a consejarnos aquello mismo que hemos rechazado. Diferencia de coordenadas o puntos de referencia ideáticos que convierte la discusión en diálogo de sordos si no se la tiene en cuenta. Es pués indispensable glosar las cinco tesis anteriores poniendo de relieve nuestras premisas. Y apronten nuestros críticos una refutación válida de éstas; mientras no lo hagan, cuanto digan se queda en burbujas de jabón.

La posibilidad de convergencia ("identidad" nunca) de intereses parciales o momentáneos entre el proletariado y la burguesía ha dejado de existir desde la pre-guerra. Cualesquiera que sean las circunstancias políticas de un país o su atraso económico, el proletariado está sólo frente a todas las tareas inmediatas y mediatas, tácticas y estratégicas, sin más aliados que otros estratos sociales no explotadores. La época en que el desarrollo del capitalismo y de su democracia coincidían con los intereses inmediatos del proletariado, favoreciendo de consuno la futura revolución comunista, se ha ido definitivamente y en todas partes, países delanteros y zagueros técnicamente, por igual. No se trata de una simple afirmación. Aunque por sí sóla tenga un valor incuestionable y una irradiación nítida, cavando mas hondo se descubren sus cimientos, que nosotros tenemos por inconmovibles, y que constituyen una de las premisas o coordenadas de nuestro pensamiento. Niéguenla nuestros críticos si pueden y quieren dar a su disensión un contenido siquiera plausible. Hela aquí:

Durante su período ascendente, cuyo cénit se situa en las inmediaciones y postrimerías de la primera guerra imperialista mundial, el sistema capitalista requería como condición óptima de su desarrollo la libre concurrencia de mercancías, comprendida la que para él es mercancía humana, la fuerza de trabajo. Ha sido esa circunstancia, más que toda otra, la que consintió a la clase obrera progresar en nivel de vida y menguar en su favor la disparidad cultural entre poseyentes y desposeidos. Ella misma es el hecho de fondo que permitió a los oprimidos arrancar por lucha la escasa libertad política que el sistema toleraba. Sobre ese terreno y únicamente sobre él se situaba la coincidencia de intereses parciales del proletariado con la clase capitalista. Y de ahí se deducía la antigua táctica del movimiento obrero, misma que nuestros críticos continuan recomendándonos.

La conocemos de antiguo y a sabiendas nos apartamos de ella. Resulta peor que estéril, contraproducente seguir endosando una concepción táctica cuyos fundamentos sociales han desaparecido. En efecto, los últimos decenios han presenciado un desarrollo del capital cuya forma cada vez mas concentrada priva a la fuerza de trabajo —el proletariado como clase— del restringido margen de regateo económico de que antes disponía. La compra, el precio de la fuerza de trabajo es hoy un renglón más en los planos de acumulación centralizada del capital y de dirección general del mercado. Allí donde los salarios no son dictados por el Estado, son estrechamente controlados por los grandes trusts, respaldados por el Estado y los sindicatos, a veces con más eficacia aun que en el primer caso. Consecuentemente, la democracia burguesa deja de ser un régimen político realizable, y en los propios países donde ha existido de manera estable degenera a ojos vista. Con ello desaparecen los exiguos puntos de contacto posibles en determinados momentos entre el proletariado y la clase capitalista, o sus representantes de izquierda.

El principio anterior, válido para el mundo entero, lo corrobora en España de manera tajante la historia de la lucha de clases, supremo metro sociológico. En 1936, el capitalismo fué aniquilado. Las circunstancias que le han permitido continuar su existencia, de las cuales hemos hablado pormenorizadamente en otros documentos, no niegan que su desarrollo posterior se enteramente anómalo, innecesario, reaccionario. De dos cosas una, es innegable: o bién el proletariado de 1936 cometió un error de anticipación histórica emprendiendo su revolución, o bién no hacía falta mas desarrollo del capitalismo para arrumbarlo como sistema social, en cuyo caso el proletariado atinó desbaratándolo. Nuestros propios críticos no se atreverán a negar que este último sea el caso. Pero entonces forzoso es concluir que las bases sociales de la dictadura y las del desarrollo del capitalismo son una y la misma cosa, no pudiendo, por consecuencia, socavar éste las de aquella, cual afirma el anterior artículo. Existencia de la dictadura y desarrollo del capitalismo son, ambos, consecuencia directa de la derrota y la desmoralización del proletariado. Por eso mismo, sólo en la medida en que el proletariado se recupera y vuelve al ataque, toma la clase capitalista distancia de su representación política actual. Llegará, claro está, incluso a abjurarla, mas no porque esté en contradicción con sus intereses o bases sociales, sino por carecer de elección, siendo esa la única maniobra política hacedera ante el peligro de una recurrencia de los sucesos revolucionarios de 1936. El objetivo vuelve a ser para el capitalismo, pero con mucha más clarividencia que durante el decenio 30, salvarse como sea y en compañía de quién sea. Menos aun que el proletariado puede olvidar la clase capitalista que en 1936 fué expropiada, y que su salvación la debió al frente popular, los hombres de Moscú en primer término. El propio sacrificio —provisional— de la dictadura tiene para la burguesía un signo contrario que para el proletariado. Todo punto de contacto entre ambas clases sería pués artificialmente establecido en detrimento de ésta.

La refutación anterior lleva implícita la del frente único con todas las organizaciones conocidas. Por mas obreras que se digan, la mayoría de ellas no llegan siquiera a ser demócratas burguesas. De sobra sabemos cuantas citas pueden aprontarse, desde Marx hasta Trotzky, en defensa de dicho frente único. Son supérfluas, porque la naturaleza e intereses actuales de esos partidos, así como las condiciones históricas de la hora presente, nada tienen de común con las presupuestas en los textos citables. Nos vemos obligados a resumir aquí lo que nuestra tendencia ha dicho por primera vez en plena revolución española, y de manera sistemática a partir de 1942, en la polémica que nos llevó a la ruptura con la IV Internacional, en cuya perversión ideológica el frente único con el stalinismo y otros pseudo-reformismos ha desempeñado papel importante.

La táctica de frente único presuponía, antes que nada, que los partidos con los cuales se practicaba tenían necesidad de favorecer las conquistas económicas y políticas de los trabajadores, dentro de la democracia burguesa por lo menos. Presuponía, igualmente, que una extensión de la influencia de esos partidos, incluyendo un gobierno por ellos constituido (consigna bolchevique antes de octubre del 17 sobre un gobierno reformista homogeneo) aventajaba al proletariado como clase y a su sector revolucionario en la preparación de la toma del poder. Otra de las presuposiciones principales era la inexperiencia de las masas, inexperiencia no sólo de los partidos en cuestión, sino también de situaciones democrático-burguesas. En tales condiciones, el frente único permitía mermar fuerzas al enemigo de clase, al mismo tiempo que consentía a las masas juzgar por contraste entre oportunistas y revolucionarios, y evolucionar hacia éstos en consecuencia.

Esas presuposiciones fundamentales se han esfumado a compás de la democracia burguesa, y con ellas todos los factores adyacentes, a los cuales no nos referimos aquí. Argúyase lo que se quiera, con los partidos "izquierdistas" de hoy no hay manera de "pegar juntos y marchar separados", sencillamente porque no tienen el menor interés en pegar a nadie, si no es al proletariado. ¿Acaso la reconciliación y la unidad nacional, más el ofrecimiento de garantías a la iglesia, al ejército y a la burguesía tienen algo que ver con la política de los antiguos partidos oportunistas? Es lo que propone llanamente el stalinismo, y con giro agachón, a la manera "democrática occidental" también el Partido socialista seguido por la C.N.T. Harían falta patidos enteramente diferentes para poder organizar con ellos acciones de frente único. No existen, y nosotros no podemos inventarlos, como de hecho hacen nuestros críticos tratando de oportunistas y de reformistas a organizaciones cuya mira consciente es perfeccionar la explotación del hombre por el hombre. Lenin y Trotzky pudieron practicar el frente único con Kerensky, los mencheviques, los socialistas-revolucionarios, etc., en provecho del futuro poder de los soviets. Quienes practiquen hoy la misma táctica con el stalinismo, en lugar de facilitar la creación de órganos obreros de poder cavarán su tumba. Eso sucedió ya en España, y mas tarde en Indochina, China, Europa occidental, y en Francia misma.

Es pertinente recordar el caso de Indochina, el territorio actualmente llamado Vietnam. Al finalizar la guerra mundial, el proletariado de Hanoi era dueño de la mayoría de la zona norte. En la ciudad misma existía un poder obrero que estableció el salario único y empezaba a gestionar la economía. Desgraciadamente, estaba inspirado por el partido trotzkista que obedecía al pié de la letra, como proponen nuestros críticos, a la noción aprendida de frente único, viendo en el stalinismo, no la contrarrevolución, sino un partido obrero oportunista. Este, apenas comenzada su actividad militarista (que no guerrillera) hizo al poder obrero de Hanoi señas de frente único contra el "enemigo común", los colonialistas y sus lacayos del sur, etc. Ateniéndose a sus viejas nociones, los trotskistas de Hannoi aceptaron. Poco después, policía y soldados de Ho Chi-minh aniquilaban el poder proletario. El principal dirigente trotzkista, Ta Thou-tao, el hombre mas popular de Indochina caía asesinado junto con otros por orden de Ho-Chi-minh. Víctima de su propio mecanicismo ideológico, había aceptado una entrevista de frente único con "el reformista" Ho Chi-minh. No mucho antes, en una carta dirigida a uno de nuestros camaradas, Ta Thou-tao trataba de convencernos de las bondades tácticas del "pegar juntos y marchar separados" incluso con "oportunistas" a la staliniana. La misma tragedia se repite en cada país con todos los partidos o grupos revolucionarios que asimilan a la antigua social-democracia partidos sólidamente cimentados en la contrarrevolución. Con su concepción caduca se cierran a cal y canto el camino del socialismo, y llegado un caso de lucha decisiva, caerán en emboscadas criminales tendidas por el enemigo, sí, pero propiciadas por sus ideas deleznables.

Vengamos ahora al reproche de no reclamar la formación de sindicatos independientes de Falange. Razones de mucho peso avalan nuestra negativa, las mismas en el fondo, que nos impiden recomendar la república por oposición al totalitarismo actual. El mejor y más libre de los sindicatos puede servir, a lo sumo, para vender la fuerza de trabajo al capital, al precio y en las mejores condiciones determinadas por la contraposición capital-salario. Ahora bién, en los tiempos que corren se trata de acabar con la forma de capital que tienen los instrumentos de trabajo, y la forma vendible, de mercancia que tiene la capacidad de trabajo, es decir la fuente de todo lo humano, desde la apertura de una acequia hasta la de nuevos horizontes filosóficos. Crear un sindicato es crear un instrumento de venta del proletariado al capitalismo. Sería ese un mal menor e inevitable impuesto a nosotros si considerásemos que no existe posibilidad objetiva de revolución actualmente. Lo contrario es tan verdad, que nuestros críticos mismos asentirán sin vacilar. Sí objetarán, en cambio, que mientras llega el instante insurreccional forzoso es negociar lo mejor posible la venta de los trabajadores al capital. Cierto, pero eso puede hacerlo, con ventaja sobre los sindicatos, la clase trabajadora misma organizada en comités libremente elegidos en los lugares de trabajo, sobre cuya elección y decisiones, todos los interesados tengan los mismos derechos, sin necesidad de filiación sindical u otra. Si así fuere, numerosas huelgas tendrían mejor principio y fin que dirigidas por los sindicatos.

Por otra parte, ¿ignoran acaso nuestros contradictores que los sindicatos son hoy absolutamente indispensables a la explotación y a sus estructuras políticas? Situados dentro del orden judicial capitalista, son, de derecho y de hecho, la policía de las fábricas. Para convencerse, basta leer cualquier contrato colectivo de trabajo o cualquier reglamento interior de industria aceptado por un sindicato. Pida el camarade Colin Henry un contrato colectivo firmado por los sindicatos falangistas y compárelo a cualquier otro avalado por las Trade Unions inglesas, los sindicatos franceses o los de la mismísima Rusia. Indíquenos a continuación las diferencias cualitativas que encuentre. Antes descubrirá la demostración física de la entrevista del Sinaí entre Moisés y Jehová.

La consigna de sindicatos libres o independientes de Falange no puede suscitar ningún choque generalizado entre el proletariado y la dictadura. Muy al contrario, servirá, está sirviendo ya, de amortiguador. La ha puesto en primera línea de defensa la iglesia, la ha recomendado a Franco el State Departement, la ve con esperanza la burguesía, y el stalinismo se la mete por todos los oídos a los trabajadores. Vaya quien quiera a arrebatárselas, "darle el verdadero sentido", etc. El organismo sindical, fuere cual fuere su dirección o inspiración, honrada o canallesca —y el caso general es el último— se ha revelado incompatible con las mas urgentes necesidades inmediatas e históricas del proletariado. Su función de contratista, única concebible, le confiere una afinidad orgánica irresistible con el capital, afinidad que tiende a convertirse en identidad a medida de la concentración de aquel, hasta la fusión perfecta en el capitalismo de Estado. Los sindicatos americanos son tan inseparables del Departamento de Estado y del Pentágono, como los sindicatos rusos del Comité Central y del Estado Mayor militar.

Imaginándose que gritar, ¡sindicatos!, enardece a los trabajadores, nuestros críticos no paran mientes, en cambio, en el carácter subversivo de nuestras consignas. "Naturalmente, son revolucionarias" —dícenos el artículo anterior, lo que no le impide asegurar que nuestro volante se limita, todo lo más, "a ir en zaga (tail-ends) de los huelguistas". No tendríamos más que felicitarnos si tal seguidismo hubiese existido realmente por nuestra parte, es decir, si nuestras consignas estuviesen de antemano comprendidas en las de los huelguistas. Significaría que los mineros astures tienen clara conciencia de cómo apuntar al corazón del organismo capitalista, y no necesitarían, para adherir al partido de la revolución, mas que conocer nuestra existencia. Mal podía ser así, dado el vacío político impuesto al país por 25 años de dictadura, que es precisamente lo que confiere a las huelgas de abril y mayo una significación revolucionaria, independientemente de lo que reivindicasen. Los mineros, sí, se opusieron a despidos por deficiencia de rendimiento y a consentir mutaciones de lugar de trabajo al arbitrio de las empresas. Instinto certero que va en el sentido de una de nuestras consignas: "Incorporación al trabajo de todos los parados y obreros jóvenes, disminuyendo las horas laborables proporcionalmente al número de obreros y a la eficacia técnica de la maquinaria". Ahí se queda la vaga coincidencia entre lo formulado por los mineros y lo propuesto por nosotros. Será ahora, después de la experiencia, al constatar la nulidad de los aumentos obtenidos y el redoblado trabajo que les cuestan, cuando los obreros se convencerán, en la medida en que las conozcan, del alcance revolucionario de nuestras consignas.

El camarada Colin afirma sin pestañear que nuestras consignas "se resuelven (amount to) en el aumento del salario básico". Nuestro volante para nada habla de salario básico, e inútilmente se buscarán esas dos palabras como reivindicación en ninguno de nuestros textos. Contradicen nuestro pensamiento general, y la concepción que tenemos de la lucha revolucionaria en la actualidad. Esa reivindicación no va más allá que las de los programas mínimos anteriores a la última guerra, y se limita a hacer menos inconfortable la condición obrera dentro del capitalismo. Digamos de pasada que las reivindicaciones de los sindicatos y partidos "obreros" se quedan hoy muy por debajo del programa mínimo. Unos y otros obligan al trabajador, en todos los países, a aumentar contínuamente su productividad, es decir, el índice de la explotación representado por la plusvalía.

A invertir los términos de esa situación reaccionaria tienden nuestras consignas. Las inspira la convicción de que ninguna reivindicación tiene valor revolucionario en la actualidad, a menos que, llevada a su máxima consecución, implique forzosamente la liquidación económica y política del capitalismo. Estamos muy acostumbrados a oir que lo político es superestructura de lo económico, pero mucho menos a ponernos en movimiento por exigencias económicas que acarreen el trastrueque tan ahelado de estructuras y superestructuras. Tal norte lleva nuestro volante a los huelguistas actuales y futuros. Como nuestros críticos no lo han visto al parecer, explicitémoles lo siguiente:

Nuestro volante reclama verter al proletariado como clase la producción adicional obtenida por la organización del trabajo, la perfección o el automatismo de los implementos técnicos, los descubrimientos químicos, físicos, mecánicos, etc. Ello supone impedir la acumulación del capital, poniendo la plusvalía que se apropian las empresas o el Estado en manos de la clase que no puede utilizarla sino en beneficio de la sociedad, del futuro comunismo. Nuestra consigna TODO AUMENTO DE PRODUCTIVIDAD DEBE IR, INTEGRO, A LOS TRABAJADORES QUE LO REALIZAN, da a la reclamación inmediata de aumento de salario un contenido persuasivo para todo el mundo, no sólo para los obreros, cuya realización e ilimitada amplitud suprimirá de rondón el capitalismo. ¿Aumento del salario de base? No, sino lucha por la supresión del trabajo asalariado, es lo que significa nuestra consigna, que las demás complementan, prefigurando juntas los órganos obreros de poder, la toma del poder político y la transformación del capitalismo en comunismo.

Tratándose de un volante de agitación para una huelga, no hay en él, intencionalmente, referencia a la plusvalía anteriormente acumulada, ni a la obtenida por los explotadores en cada rotación del capital sin necesidad de aumento de la productividad. Su expropiación se deduce de la consigna anterior, en la cual la palabra INTEGRO, susceptible de inducir a error superficialmente interpretada, tiene sólido apoyo en esta otra idea: en manos del proletariado los instrumentos de trabajo y la plusvalía actuales, bastarían holgadamente para asegurar una producción creciente, con trabajo humano decreciente, mientras que la productividad adicional, directamente vertida al consumo, da la clave de la elevación del nivel de vida a partir de los estratos sociales más pobres, y de la desaparición de las clases.

Nos queda por responder al problema de la indispensabilidad del partido revolucionario. De manera mas perentoria que nunca —es nuestra convicción— cabe afirmar en estos terribles años de marasmo y aturdimiento de la clase obrera mundial: "sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario posible". Hace 30 años bien largos que el proletariado va de mal en peor. Cada derrota, cada decepción acentúa su pasividad ante cualquier aparato político, sindical o policíaco que se le venga encima. Y todos ellos tienen de las tres cosas, lo mismo los antiguos, versión occidental, que los nuevos versión stalinista, mas los creados por simples aventureros a la Nasser, Castro, etc., etc. etc. La complicidad entre esos aparatos de opresión, su equivalencia radical, no la ven sino quienes se tapan los ojos con sus propias manos. Y por desgracia se los tapan la mayoría de los grupos revolucionarios repitiendo rutinaria, honradamente, lecciones sobrepasadas de la revolución rusa de 1917 y de las obras de Lenin y Trotzky. Nos referimos sobretodo a los aspectos tácticos de esas lecciones. Superadas por las condiciones objetivas y por la experiencia subjetiva, ciegan el entendimiento y el camino a la sublevación del proletariado. La impotencia de la vanguardia está en ese su seguidismo conservador de lo de ayer. Sin arrojarlo por la borda, las tinieblas serán cada vez mas densas y no habrá mañana para la revolución. Es evidentemente la incapacidad de la vanguardia para remozarse ideológicamente lo que otorga a la canalla burguesa o stalinista derechos de horca y cuchillo sobre el proletariado mundial.

No creemos, en cambio, que repetir incesantemente: "hace falta un partido revolucionario", o, "nosotros somos ese partido", sirva de gran cosa. Lo indispensable es organizar la lucha en torno a ideas y actitudes nuevas que permitan asimilar la experiencia anterior y hagan comprender lo que es un partido revolucionario. Sólo así añadiremos la subjetividad irreemplazable de la teoría revolucionaria a la objetidad de las condiciones materiales, de sobra existentes para llevar a cabo la emancipación del hombre.

Lo anterior, y mucho más que no es posible decir en una refutación, constituye respaldo de las consignas de nuestra proclama a los huelguistas españoles. ¿Les parece a nuestros contradictores fruslería?

Octubre 1962

FOMENTO OBRERO REVOLUCIONARIO

Núcleo M