Alarma, nueva serie, n.º 2, enero de 1963 (págs. 27-28). PDF del número completo

Los apoyos que ha encontrado el gobierno de Pekín durante su contrariada incursión bélica en la India, son no menos ilustrativos que los encontrados por el de Nueva Delhi.

Desde mas de un año antes de la apertura de las hostilidades, el partido stalinista de la India se pronunciaba por "la defensa de la patria contra la agresión china", obedeciendo, como es de consuno, a sugestiones de su metrópoli, que le ha ratificado el patriotismo con aviones. Una pequeña minoría optó por el apoyo a Pekín, lo cual indica, no que sea revolucionaria, sino que sus embolsos y porvenir burocráticos está ya afincados en Pekín. Los hombres que se han nutrido en las prácticas stalinista desde 1930 a la fecha, no pueden ser revolucionarios en ningún caso y cualquier lenguaje que adopten. Cuando rompen el monolitismo servil que constituye su "ideología" es porque en las altas esferas explotadoras rusas hay tirantez, lucha sorda e irresoluta por el poder. Y cuándo por acaso la ruptura es independiente de esa circunstancia, los protagonistas se limitan a pasar al servicio directo de los explotadores occidentales. Cambian de amo; de oficio no. Múltiples casos lo prueban, de individuos y de grupos.

Tratándose de gobiernos, han apoyado directa o indirectamente a China: el de Chang Kai-tchek, que no vive sino de lo que le raciona día a día el imperialismo americano; el de Fidel Castro, igualmente pendiente de lo que quiera darle o quitarle el imperialismo ruso; el de Salazar, uña y carne con el de Franco, que negó a la aviación americana derecho de escala en las Azores a los bombarderos y suministros de guerra destinados a la India; el de Pakistán, gobierno de los más retrógrados, enteramente en manos de Inglaterra y Estados Unidos, pero en disputa fronteriza con la India; y no lo olvidemos, el de Albania, cuyo territorio fué ofrecido por Stalin —sin denegación actual de Khrutchef— a la "federación" yugoslava, de donde el furor contra Tito. A notar como un hecho cuya importancia aparecerá en el futuro inmediato: el Japón, única gran potencia industrial de Asia, mejoraba sus relaciones comerciales y políticas con China durante las operaciones militares y después.

Han apoyado a la India directa o indirectamente: Estados Unidos y sus principales aliados; Rusia y casi toda su cauda, sin mas excepción que Albania, Corea del norte, y dubitativamente el Vietnam de Ho Chi Minh. Los países de la conferencia conciliadora de Ceilán se las arreglaron para no llegar a conclusión sino cuando la orden de alto el fuego estaba dada. Por fortuna para conciliadores y apoyadores, la coactiva intervención de Khrutchef surtió efecto: ofreció a la India aviones y armas de los tipos más modernos. Una fábrica de Mig 22, caza supersónico de que China carece, será montada en la India con capital y técnicos rusos. La "unidad del campo socialista" vista por Mao Tse-tung empieza a tomar el aspecto de una ratonera.

Para los revolucionarios no existe otro campo socialista que el de la lucha revolucionaria del proletariado contra sus respectivos gobiernos, en Pekín y en Nueva Delhi, en Washington y en Moscú. La abortada guerra chino-india lo corrobora con particular elocuencia.