Alarma, nueva serie, n.º 3, mayo de 1963 (págs. 1-3). PDF del número completo

Hace siglos que las clases dominadoras practican, a costillas de las clases dominadas, la regla: divide y vencerás. Estas, en cambio, no tienen necesidad de recurrir a tal procedimiento ni apenas ocasión. Por lo mismo, cuando los dominadores aparecen divididos, orientándose sus organismos o grupos de intereses en diversas direcciones, signo evidente es de que su poder se tambalea. Si por añadidura el hecho ocurre 25 años después de una revolución a duras penas rechazada, cual actualmente en España, no puede interpretarse sino como la quiebra del sistema social desde entonces impuesto al país.

Desde la sacudida huelguística del año pasado menudean manifestaciones de la división de los vencedores de 1939 y de su perplejidad ante el futuro. La primera a señalar procede de la iglesia. Uno de sus privilegiados órganos (no están sometidos a más censura que la de su propia corporación) Juventud Obrera, reclamaba el mes de febrero sindicatos independientes del Estado, "al margen de las estructuras del movimiento", e inclusive el derecho de huelga "como último recurso, cuando sea necesario para que triunfe la justicia". Los sindicatos actuales son despreciados por los obreros a tal punto, que en las últimas "elecciones" a delegados un gran número de votos designaban a... Sofía Loren —revela el citado periódico. Otros sindicatos que los verticales se hacen indispensables para remansar el espíritu levantisco de los trabajadores y encuadrar sus futuras acometidas, por todos consideradas seguras, de manera más eficaz, por más engañosa, que actualmente.

Hace tiempo que la guardiana del capitalismo español, siguiendo instrucciones apostólicas y consejos precisos del imperialismo americano pide la constitución de esos sindicatos calificados de independientes, pero que en realidad estarían subordinados al Estado en forma diferente que los actuales. El asunto lo debatieron ya los funcionarios del último congreso sindical, calificado en Alarma Nº 9, serie anterior, de empate provisional entre las jerarquías de obediencia eclesiástica y las de obediencia falangista. La competencia entre ambas se agudiza. Temiendo quedarse atrás, Falange misma anuncia (Arriba 21-3-63) "importantes cambios" y descubre la necesidad de una "mejor representación de los elementos obreros en los organismos sindicales actuales o futuros". Es decir que la desaparición de los sindicatos verticales está en principio decidida. Obreros y patronos pertenecerán a organismos diferentes, con la esperanza de dar a los sindicatos una capacidad de contención de que carecen por completo en la actualidad, como se vió durante las pasadas huelgas.

Lo que se debate entre falangistas y eclesiásticos es si la hegemonía de los nuevos "y más representativos" sindicatos seguirá perteneciendo a los primeros o recaerá sobre los segundos. Los funcionarios sindicales secundan a Falange, pero la necesidad de encontrar procedimientos de embáuco y que favorezcan la entrada al Mercado común europeo, la O.T.A.N., etc., dan vuelo a las sotanas. La convocación a primeros de marzo, del hasta ahora durmiente Consejo Nacional del Movimiento revela la inquietud que en las altas esferas causan las tendencias centrífugas. El Consejo se ha visto en la necesidad de reconocer que la juventud es hostil al régimen, y como consecuencia se propone, una vez más, definir mediante futura ley lo que es "el Movimiento", y ofrecer "programas atrayentes". ¡Un movimiento que tiene que hallar su propia definición y su propio programa al cabo de 25 años de poder absoluto! Palabras aparte, no hallará sino el derrumbe, aquello mismo que quisiera evitar.

Por su parte, el grupo que se considera heredero directo de los fundadores fascistas acusa en su revista Es Así a los "grupos de presión" arraigados en el Opus Dei de "impedir la institucionalización del Movimiento", y da a entender que el Estado, o sea la persona del dictador, es prisionero de ellos. Convencido de que el régimen entra en su crisis política decisiva, recomienda un sistema parlamentario bicameral "mediante una fórmula racional de representación pública", o sea sin sufragio universal. Otro grupo falangista a la busca de tabla de salvación se pronuncia por "la desfascización del Movimiento", treta que sería equivalente a la destalinización por los stalinistas.

Mientrastanto, el Opus Dei prosigue su divina obra desde los ministerios económicos, presto a amoldarse a esos sindicatos e instituciones "libres" que tan milagrosos dividendos e inversiones de capital han consentido en toda Europa occidental.

En fin, no podían faltar los monárquicos en esa algarabía de reaccionarios asustados. También ellos hablan de "institucionalización del Movimiento", pero poniendo como primer institución su cara nulidad Juán de Borbón, en favor de la cual imploran al dictador "una declaración positiva". Contiguo a los monárquicos, el primer ministro policíaco de la república en 1931, Miguel Maura, aconseja también, en carta a Bergamín, aliado de la policía rusa durante la guerra civil, que Franco mismo sea quien instale al Borbón, pareciéndole esa la mejor manera de evitar el caos, la revolución, todos los horrores que un reaccionario entrevé en la rebelión de los oprimidos.

El franquismo ha vivido 25 años sin otra institución real que el terror policíaco. No aspiraba a otra cosa ni tenía posibilidad objetiva de crear nada duradero. De lo contrario su institucionalización se habría producido espontáneamente, igual que una planta ramifica, florece y da fruto. Y en tal caso la desaparición de Franco carecería por completo de consecuencias amenazadoras para el régimen y el país estaría de antemano adaptado a cualquier contingencia de política exterior. Pero un régimen que es fruto de la destrucción del mayor impulso creador que desde el siglo XV acá registra la historia de España, el movimiento revolucionario de 1931-37, estaba por eso mismo condenado a la esterilidad y la muerte.

Menos que nunca es ahora factible institucionalizar el régimen. Pase lo que pase desaparecerá. Los institucionalizadores son todos, sin una sóla excepción, parte de ese terrorismo orgánico que es la única definición adecuada de "el glorioso Movimiento". Lo que buscan en verdad, y lo único que pueden encontrar si acaso, es un fórmula de traspaso de los poderes de su "Caudillo" que impida a las masas reanudar la obra revolucionaria tan bién iniciada en 1936. Y aun para eso han de asegurarse el consentimiento de los antiguos partidos del frente popular. Por desgracia lo tienen ya, sépanlo los trabajadores y aléjense de ellos. Lo que dificulta un entendimiento concreto entre franquistas en desbandada y frente-populistas ansiosos de reconciliarse con ellos es principalmente el miedo a una nueva entrada en acción de millones de trabajadores, que en ningún caso sería reconciliadora. No sólo no hallarán fórmula alguna que les de garantía en tal sentido, sino que, que precipitará el entendimiento concreto entre unos y otros, como estuvo a punto de ocurrir ya durante la última marejada huelguística. La asamblea de representantes de "las dos Españas" en Munich ha sido mero tanteo.

Es muy natural que los franquistas en desbandada hagan como si la acometida revolucionaria del decenio 30 hubiese sido un simple accidente desgraciado cuyo recuerdo es preciso borrar. Que en lo mismo se empeñen también los partidos que gobernaron la zona roja durante la guerra civil parecerá a los no informados increible o calumnioso, pero no es otra cosa que lógica consecuencia de la política anti-revolucionaria que como organismos gobernantes siguieron e impusieron. El porvenir depende de la aptitud de las masas para dar chasco a unos y otros, coalíguense o no. Es indispensable que los trabajadores, y los revolucionarios en particular, organicen grupos de acción ideológica independientes, y en cada huelga comités obreros que la dirijan al margen de los sindicatos actuales o futuros. Hay que poner en guardia a los explotados contra todas las organizaciones opuestas a la reanudación inmediata de las realizaciones revolucionarias de 1936, que es la mas honda y premiosa necesidad social.