Alarma, nueva serie, n.º 4, octubre 1963 (págs. 1-3). PDF del número completo

Al escribirse este editorial, más de 60 días de huelga van transcurrido en las minas y en algunas industrias de Asturias y León. Después de las huelgas del año anterior, bajo una dictadura cuya bestialidad conocen bién los obreros, y en un mundo en que los sindicatos limitan las huelgas legales, siempre que pueden, a uno o dos dias, si no a horas, o en caso contrario las venden a la primer oportunidad, un paro tan prolongado es una hazaña maravillosa. Y aun más que hazaña en sí mismo, es un acontecimiento repleto de promesas.

El proletariado astur y leonés ha soprepasado con creces todas las luchas huelguísticas del mundo actual, no sólo en duración, sino también en reivindicaciones. Si bién las noticias son confusas y contradictorias aun procediendo directamente de los lugares de huelga, en algunos de éstos han aparecido demandas tales como incorporación de primas al salario fijo, disminución de las horas de trabajo con paga igual, aumento mayor para las categorías peor retribuidas. Y en todas partes, los obreros se rebelan contra los desplazamientos y despidos a voluntad de las empresas, reclamando también la reintegración de los deportados o encarcelados por motivo de huelga. Todas esas reivindicaciones dejan atrás cuanto los sindicatos de cualquier país ofrecen como objetivo de lucha. Atinan como reivindicaciones anticapitalistas, necesitando sólo ser sistematizadas y completadas con otras (1). La ilegalidad de la huelga, poniendo al proletariado frente a frente a su enemigo de clase como un todo —capital, poder político y sindicatos verticales— aguza la inventiva de su propio instinto de clase. De seguro que si hubiesen actuado como intermediarios sindicatos semejantes a los de Francia, Italia, etc., las reivindicaciones no tendrían ningún carácter anticapitalista y la huelga habría sido liquidada con cualquier compromiso sucio.

La asombrosa duración del paro y las incidencias que lo han caracterizado testimonian un espíritu de independencia del proletariado y un husmo político cuyos resultados positivos se harán sentir en futuras luchas, aun suponiendo que los de la actual fuesen por completo negativos. El desenvolvimiento del conflicto, visto en esquema, ha sido el siguiente:

Como siempre al declararse una huelga, el gobierno cerró los pozos e industrias afectados. Según las leyes franquistas eso significa el despido en masa de los obreros con pérdida de todos los derechos adquiridos en la empresa —de antigüedad u otros— debiendo los huelguistas hacer nueva solicitud de empleo y reservándose la empresa, o sea el gobierno, la facultad de rechazar la solicitud y de eliminar del trabajo, según consejos de la policía o de sus delatores, a los hombres mas valerosos. Pero los huelguistas hicieron caso omiso de las admoniciones gubernamentales. Nadie solicitó trabajo. El "cierre indefinido de los pozos" tampoco despertó el menor eco entre los huelguistas. Entonces, el gobierno ordenó abrirlos cada lunes e invitó y presionó a los obreros para que se presentasen, prometiéndoles discutir a continuación sus demandas. Igual desdén impasible de los huelguistas, sobrado conscientes de que las discusiones a través de los sindicatos lo son en realidad entre representantes del mismo capital y de la misma dictadura. Por añadidura, la huelga del año pasado ha percatado a los mineros de su fuerza en la unanimidad de lucha, y les ha permitido comprender que aumentos de jornal basados en mayor explotación representan una ventaja enorme para el capital. A todo eso, los esbirros franquistas iban haciendo de las suyas, encarnizándose sanguinariamente con algunos para aterrorizar a todos. Mas tampoco consiguieron romper la huelga. En vista de ello, el gobierno ordenó abrir las minas toda la semana, prometiendo aquí y sugiriendo allí que no habría supresión de derechos para quienes se presentasen e insistiendo en "negociar" con los obreros. La concesión pretendía evidentemente dividir a los huelguistas, ya extenuados por dos meses sin paga. Nuevo desprecio, y maniobra contraproducente. Después de haber anunciado la vuelta al trabajo generalizada, el gobierno encontró el mismo o mayor número de huelguistas. Entonces, y sin duda para demostrar que no había mentido, intimó a cada huelguista personalmente y por escrito la orden de acudir a su puesto habitual de trabajo. Ignoramos si la reacción de los obreros ha sido la misma en todas partes, pero allí donde "obedecieron" continuaron en huelga de brazos caídos. En determinados lugares acopiaron víveres y se negaron a desalojar las minas. Para obligarlos a salir de ellas, finalmente, el gobierno recurrió a los gases lacrimógenos. En La Camocha y otras minas, a medida que los obreros iban saliendo la policía los maniataba dos a dos. Y encañonados por la espalda habrán sido puestos de nuevo a producir. Las noticias de la huelga cesan ahí. Franco no ha podido dar ningún comunicado de victoria. Los obreros sí: han mostrado al mundo entero como puede lucharse en las peores condiciones y han forzado el gobierno a confesar, mediante sus actos, que el trabajo en la España actual es trabajo forzado.

El rasgo más notable de esta huelga es el soberbio desprecio de la masa proletaria por todos los ofrecimientos y socaliñas oficiales, por cualquier conducto que llegasen. Dentro de la aparente pasividad de un movimiento del que nadie hablaba en público, pero unánime, los huelguistas se mostraron intratables. Incluso las untuosas H.O.A.C., que procurando merecer la herencia sindical de Falange acudieron en congreso a Oviedo y ofrecieron su intercesión a los huelguistas, fueron desairadas. Por lo demás, esa pretendida organización obrera dispone de afiliados sólo en los medios beatos, no ciertamente explotados. En suma, habríase dicho que a los obreros les repugnaba volver al trabajo aunque hubiesen sido satisfechas todas sus reivindicaciones, proponiéndose continuar la huelga por la huelga misma, hasta el postrer esfuerzo.

Así es en cierto modo. El proletariado siente un asco profundo por todos y cada uno de los estamentos franquistas, comprendida esa iglesia que ahora luce moños obreristas. "No quiere saber nada" con ninguno de ellos y se complace en mostrarles su asco, que viene desde el fin de la guerra civil. Tiende a comportarse como si no existieran y reclama insistentemente actuar y organizarse a su albedrío. Su negativa a negociar por medio de las instancias franquistas —sindicato, ministro y tribunal del trabajo— sus demandas de huelga, y en el trabajo su decisión de producir lo menos posible, ciscándose en primas y otros caza-esclavos, resumen su oposición general al capitalismo, no sólo a la dictadura.

Algunos afirman que lo que el proletariado está reclamando son sindicatos diferentes. ¿A la occidental? No defienden sino los derechos obreros útiles a la acumulación y expansión del capital. ¿A la rusa? Son iguales o peores que los de Falange. No; por cuanto ha hecho y necesita el proletariado está pidiendo la reanudación de la revolución social, de la obra interrumpida de 1936-37. Esta huelga, tras la gran oleada del año anterior, es antecedente cierto de futuras luchas en escala peninsular y una garantía de su orientación a la toma del poder político y de la economía por las masas. Frente a las diversas maniobras de sucesión no revolucionaria de Franco, los explotados se afirman otra vez como la única clase apta para hacer tabla rasa del sistema actual y tomar en sus manos el destino de la sociedad. La actitud del proletariado astur y leonés exige urgentemente una organización directa, para sacar adelante una huelga lo mismo que para empresas de mayor envergadura:

¡PASO A LOS COMITES OBREROS DEMOCRATICAMENTE ELEGIDOS Y DESTITUIBLES EN CUALQUIER INSTANTE!

La represión únicamente ha impedido que se constituyesen esta vez. Los trabajadores deben esforzarse en crearlos, a despecho de ella, siquiera en forma restringida y clandestina.


(1) Véase nuestra proclama a los huelguistas, adjunta a este número de Alarma, más la publicada con motivo de los conflictos de 1962, y como explicación de las consignas propuestas, Requisitoria contra Franco y Ayer y Mañana, números 1 y 2, nueva serie.