Alarma, nueva serie, n.º 4, octubre 1963 (págs. 6-12). PDF del número completo

En la frondosa selva de experiencias políticas que constituye la revolución española, la insurrección y huelga general de Octubre de 1934 tiene importancia primerísima después de la guerra civil (1). En el transcurso de la década 30, el proletariado y los campesinos españoles ofrecieron numerosas oportunidades de llevar a término la revolución; una de las principales el año 1934. El fracaso de ésta, bién que no decisivo, grabó a las masas con sacrificios inmensos; sus enseñanzas, incomprendidas, permitieron a los dirigentes infligir a la revolución la gravísima y cruel derrota de la guerra civil.

El adevimiento de la república produjo una gran floración de prejuicios democráticos, deliberadamente auxiliados por la conducta y el pensamiento pequeño-burgueses del Partido Socialista. Pero bien pronto las masas identificaron el carácter de clase de la república. Desencadenó sobre ellas una represión de violencia sin precedente en los tiempos del reyezuelo, protegió a los latifundistas, a los monárquicos y reaccionarios en general; suprimió o limitó cuanto pudo las libertades democráticas, persiguió a los revolucionarios, aumentó considerablemente el número de guardias civiles y creó una nueva institución represiva, la guardia de asalto; lanzó a ambas contra obreros y campesinos, y dedicó lo más pérfido de la legislación de las cortes constituyentes a sabotear y desorganizar el movimiento obrero. Todo ello con la anuencia y la colaboración directa del Partido Socialista tanto en el gobierno como en el parlamento constituyente. A veces, la iniciativa de las leyes de represión, cual la de Asociaciones, procedía del seno mismo de dicho partido.

La propia república se encargó de hacer comprender a las masas ilusionadas que no era, en esencia, un régimen diferente de la monarquía. Aprendizaje de gran valor positivo si las masas hubiesen encontrado un conducto orgánico por el cual verterlo en acción revolucionaria para sus propios fines. Faltó esa condición. El anarquismo, en pleno paroxismo apolítico, rechazaba toda acción que no le perteneciera exclusivamente, renunciando a ganar las masas atadas al reformismo. De tiempo en tiempo se empleaba en organizar insurrecciones suyas también, es decir, putchs desconectados del proletariado y de la correlación general de fuerzas existente en el país. El resultado práctico de la acción anarquista desmoralizaba y debilitaba al movimiento obrero y campesino. Por su parte, el Partido Comunista, ya totalmente infeudado a la burocracia termidoriana rusa, aportaba un grado más a la lasitud de las masas, mediante sus particulares mejunges políticos. Incluso teóricamente había roto ya con el principal objetivo político del marxismo: la toma del poder por el proletariado. Patrocinaba en su lugar una "dictadura democrática del proletariado y los campesinos" —estéril distorsión de una consigna de Lenin por éste mismo abandonada en 1917— que negaba hipócritamente el carácter socialista de la revolución. Practicamente, el partido stalinista se cortaba toda posibilidad de aproximación a las masas, mediante un sectarismo exacerbado obediente a "la línea" de Moscú. Cuantos han vivido aquellos días recuerdan el trato ultimatista que daba a las masas agrupadas en las organizaciones socialistas y anarquistas: "social-fascistas", "anarco-fascistas", con quienes le era imposible establecer un frente único de organización a organización. Tanto los dirigentes reformistas como los anarquistas pudieron escapar así a la prueba de fuego que significaba entonces el frente único de lucha contra la reacción. Y por ende las masas, en lugar de evolucionar hacia la izquierda como lo permitía su decepción de la república burguesa, quedaron estacionadas y a merced de los mismos líderes socialistas que propiciaron su decepción.

La radicalización que no pudo producirse mediante la acción de anarquistas y comunistas encastillados en sus respectivos sectarismos, hubo de encontrar una válvula de escape en la social-democracia misma. La situación internacional ayudaba a ello. Hitler acababa de subir al poder. En Austria se precipitaba una rápida evolución hacia el fascismo. En Francia y España surgían aspirantes a "Führer". En Europa central y balcánica la reacción filo-fascista cundía. La social-democracia, que veía escapársele los puestos y canonjías de que disfrutaba por su tradicional sumisión al capitalismo parlamentario, sintió necesidad de defender su posición. Hubo de recurrir a las masas con un lenguaje radicalizante, aunque en el fondo totalmente exento de propositos revolucionarios. Trataba sólo de impedir la desaparición de la democracia capitalista, de la cual los dirigentes socialistas eran colaboradores y funcionarios cómodamente retribuidos. En toda Europa, la Segunda Internacional fué sacudida por esa necesidad de defenderse. A la situación internacional se añadía la particular de España, donde la reacción filofascista ganaba terreno, estando los socialistas en peligro de ser definitivamente despedidos. Miel sobre hojuelas. El esfuerzo de lucha de la social-democracia tenía que ser mayor en España, por ser más directo el peligro.

Así sucedió, en efecto. Convirtiéndose en exponente de la defensa, Largo Caballer llegó a hablar de superación de la democracia burguesa y de la necesidad de instaurar la dictadura del proletariado. El eco formidable que suscitaron sus palabras prueba hasta qué punto el proletariado y los campesinos, sufrida la experiencia republicana, estaban maduros para llevar adelante la ofensiva por su revolución socialista. La necesidad histórica existía; incapaces de aprovecharla comunistas y anarquistas, irrumpió, como una catarata represada, por la brecha relumbrona de la radicalización socialista. Cierto que para ésta no se trataba de un movimiento real por la revolución proletaria; su máximo alcance era obligar nuevamente la burguesía a admitir la colaboración social-demócrata. Para las masas, sinembargo, lo que contaba era la promesa de revolución social. Apenas vieron ante sí una perspectiva de lucha por algo mejor que la democracia burguesa, su lasitud desapareció casi de la noche a la mañana. No se debía, en realidad, sino a la incapacidad de todas las direcciones obreras para orientarlas a la lucha.

El bloque electoral de la derecha filo-fascista (Gil Robles), ayuntada a los republicanos "históricos" de Lerroux-Martínez Barrio, logró, gracias a la ley electoral votada por los socialistas, la mayoría de la nueva cámara en noviembre de 1933. Pero el movimiento de masas creció vertiginosamente auxiliado por un cúmulo de declaraciones radicalizantes del Partido Socialista y de su Juventud. En el parlamento, la minoría socialista, por boca de Indalecio Prieto, se comprometía "a desencadenar la revolución". Algunos alijos de armas descubiertos por la policía aumentaron los terrores de la burguesía, asustada por el grandioso resurgir revolucionario, aunque confiante en que el miedo del propio Partido socialista a la revolución resolvería todo en humo de paja.

La reacción acertaba. Las masas eran un peligro, pero no tenía mucho que temer del reformismo. Apenas reavivados clase obrera y campesinos, el partido socialista comenzó a frenar sus movimientos, tratárase de reivindicaciones puramente económicas o políticas. Forzado a dar ciertas apariencias a su verbalismo revolucionario, aceptó relacionarse con otras organizaciones obreras, a lo que se había negado sistemáticamente antes. Pero esas relaciones estuvieron muy lejos de representar un frente único de lucha. Los organismos resultantes de ellas, las Alianzas Obreras, redujéronse a pequeños comités de enlace donde la mayoría socialista era inalterable, dada su composición burocrática, y por ello mismo separados de las masas. En una declaración pública, Largo Caballero hizo referencia a las Alianzas diciendo que su misión histórica "puede ser tan importante cuando menos como la de otros organismos en otro país". En la práctica cotidiana, los representantes socialistas en las Alianzas ponían todo su empeño en impedir que aquellas se convirtiesen en soviets u órganos de poder obrero, a lo que tan esotéricamente aludía Caballero.

A las Alianzas Obreras se habían negado a pertenecer, por razones diversas, el anarquismo y el stalinismo (2). El primero llegó a formar parte de ellas en Asturias sólo. La Alianza de Madrid estaba constituida por representantes socialistas (Partido, Juventud y U.G.T.), un representante de la Izquierda Comunista (trotzkismo) y otro del Partido Sindicalista. Más tarde envió su representante la Federación Tabaquera (autónoma). Debido a la desproporción numérica entre las organizaciones socialistas y las otras, la U.G.T. y el Partido Socialista disponían de dos representantes cada una, y solamente uno las otras organizaciones. Contando el representante de la Juventud, el máximo de variación que la votación sobre cualquier problema podía dar era 5 votos socialistas contra 2, o 3 al adherir el Sindicato tabaquero. De hecho, los delegados de la Izquierda Comunista y del Partido Sindicalista eran prisioneros de los socialistas. Siendo además éstos burócratas reformistas perfectamente petrificados, cual Henche y Albar, todos los razonamientos sobre conveniencias revolucionarias se estrellaban contra su estrechez peculiar. La Izquierda Comunista se esforzó, por medio de su representante madrileño, en sacar las Alianzas Obreras del estado comatoso a que las reducían de intento los socialistas. Quiso convertirlas en organismos que tomasen la dirección de las luchas de masas contra la reacción y darles una estructura democrática susceptible de incorporar a ellas representantes directamente elegidos por obreros y campesinos. No existía otra manera posible de transformarlas en órganos de poder, ni tampoco de desarrollar la ofensiva de los explotados, cual requería el éxito de la futura insurrección. Por otra parte, era indispensable poner entre la espada y la pared a anarquistas y stalinistas, obstinados en rechazar el frente único. Pero el muro burocrático socialista repudiaba todas las iniciativas en tal sentido, provenientes casi todas de la Izquierda Comunista.

En realidad los socialistas no querían ni órganos de poder obrero ni movimiento de masas ofensivo. Sus deseos parecían plenamente satisfechos con la tensión política existente. Ponían a contribución toda su fuerza orgánica y su capacidad de argumentación para trabar las luchas obreras y campesinas. A tal efecto inventaron una teoría de la insurrección digna de un premio Nobel de la estupidez: "Nada de movimientos parciales", nada de "gastos de energía"; las huelgas, las demostraciones, son inútiles, perjudiciales. Todo mundo a callar, obedecer, y aguardar a que los estrategas socialistas den la orden de insurrección. El conspiracionismo utópico y blanquista del siglo XIX encontraba en los recien radicalizados dirigentes su caricatura. Valiéndose de tal argumento, dándose aires de conjurados de calavera y puñal, los socialistas impidieron crecer al movimiento de masas, obstruyeron y llevaron a la pérdida huelgas de triunfo fácil e importante para el porvenir del movimiento, produciendo desconfianza en las masas y rompiendo el equilibrio revolucionario entre el campo y la ciudad. Para ilustrar lo funesto de la táctica socialista (en realidad cálculo), me referiré rápidamente a la principal de las huelgas así saboteada y perdida: la huelga campesina de julio.

Consciente o inconscientemente, la Federación de Trabajadores de la Tierra había elegido para declararla el mejor momento, tanto considerado desde el punto de vista económico como político. Los apremios de la siega permitían escasa resistencia a los patronos; la tensión y capacidad de lucha de los jornaleros había alcanzado su punto más alto; el campo no podía esperar sin batirse en retirada ante los patronos y sufrir la desorganización consecuente. La ocasión era en lo político también muy propicia. La reacción gilroblista habíase visto obligada a dar un paso atrás, como consecuencia de la huelga política contra la manifestación fascista de El Escorial (abril). El propio gabinete Lerroux fué dimitido y substituido por el de Samper, prototipo de gobierno débil, destinado a desaparecer rápidamente por la izquierda o por la derecha, según el movimiento obrero se mostrase más o menos fuerte. Tras el gobierno Samper sólo cabía el paso a otro gabinete duro, con representantes directos de la mayoría filofascista de la Cámara, o bién la disolución de ésta y la convocatoria a nuevas elecciones, lo que hubiese supuesto una derrota formidable para la reacción. El camino habría quedado así libre de obstáculos para desenvolver el movimiento obrero hasta la dualidad de poderes por lo menos.

Alrededor de 100.000 trabajadores de la tierra holgaron desde el primer día de la declaración del paro. El gobierno mandó a combatirlo millares de guardias previamente concentrados en las zonas agrícolas. La huelga iba a ser un fracaso cierto sin la solidaridad del proletariado urbano. Dejando derrotar a los campesinos, las ciudades quedarían privadas de su poderoso apoyo, aisladas para movimientos revolucionarios posteriores. Aunque la huelga campesina hubiese sido realmente inoportuna, lo que estaba muy lejos de ser, el proletariado tenía que apoyarla con huelgas de solidaridad, a fin de reducir las proporciones de la derrota, y para que los campesinos no se sintiesen abandonados y traicionados. Era el ABC de la táctica revolucionaria en aquel momento. Argumentando así, el delegado de la Izquierda Comunista en la Alianza Obrera madrileña presentó un plan de huelgas de solidaridad, escalonadas en las principales ciudades del país y limitadas a un plazo de 48 horas, lo que aseguraba de antemano el éxito. La huelga campesina se habría extendido así de las regiones avanzadas a las más atrasadas, abarcando 300, 400, 500 mil hombres. El gobierno se habría visto obligado a dispersar sus fuerzas represivas en el campo y llamar a las ciudades parte importante de ellas. Su capacidad de contención hubiese sufrido una disminución importante y los trabajadores de la tierra, respaldados por las ciudades, hubiesen elevado al máximo la intensidad de su ofensiva. Dadas las excelentes condiciones políticas de las masas, la solidaridad del proletariado industrial con el agrícola habría impedido, en el peor de los casos, que los huelguistas sufriesen una derrota grave. El agro debía sentirse en aquel momento acompañado por la fábrica. Pero los burócratas socialistas, aterrorizados por la importancia y el carácter ofensivo del movimiento, se negaron rotundamente a hacer el menor gesto en apoyo de los huelguistas. Todas las representaciones del peligro de aislamiento del proletariado y de reforzamiento de la reacción encontraron oídos sordos en los delegados socialistas de la Alianza. Y contra ellos era difícil declarar los paros de solidaridad. Se corría el riesgo de un fracaso también en las ciudades, lo que hubiese agrandado las proporciones de la derrota. Como de costumbre, al voto del delegado de la Izquierda Comunista se sumó únicamente el voto sindicalista. Los trabajadores de la tierra sufrieron una derrota terrible; decenas de ellos cayeron muertos y millares dieron con sus huesos en la cárcel. El campo en su totalidad se desgajó del movimiento revolucionario ascendente. Ninguna ayuda podía esperarse de él en el período inmediato, como se vió palmariamente durante el movimiento de Octubre. No solamente se sintieron traicionados los campesinos; los propios obreros de la ciudad vieron como un precedente fatal la forma en que fueron abandonados aquellos.

De manera semejante, los socialistas propiciaron la derrota de otras huelgas obreras, principalmente la de Artes Gráficas de Madrid. Las varias huelgas generales políticas que con éxito completo se declararon en la capital entre los meses de marzo y octubre, lo fueron casi a despecho de los socialistas, que resistieron hasta el último momento las proposiciones de la Izquierda Comunista. Cuando, finalmente, se veían obligados a aceptar la declaración de huelga, lo hacían en su nombre, robando la iniciativa a la Alianza Obrera, con el objeto de impedir que se convirtiese realmente en organismo dirigente y que las masas le consideraron como tal. Un robo semejante cometió la Comisión Administrativa de la U.G.T. con ocasión del magnífico movimiento de solidaridad con los huelguistas de Zaragoza, que les dió rapidamente el triunfo. También esa iniciativa fué presentada a la Alianza por el delegado de la Izquierda comunista. Tras regateos por parte de los socialistas, fué aceptada. Pero al día siguiente apareció en "El Socialista" como propuesta privativa de la U.G.T. En esa desleal actitud se veía la intención deliberada de reducir a ficción burocrática el frente único, cortar el desarrollo a las Alianzas Obreras como organismos de poder revolucionario y limitar el movimiento de masas a las conveniencias de los socialistas, es decir a su vuelta a la colaboración gubernamental.

Octubre lo puso bien de manifiesto. El Partido Socialista y Largo Caballero personalmente, habían anunciado la insurrección si el presidente de la república daba acceso al gobierno a los representantes de Gil Robles. Esa condicionalidad prueba cuan lejos estaban, quienes la ponían, de un verdadero criterio revolucionario y de pensar firmemente en la insurrección. Entretanto, la derrota de los campesinos envalentonó a la reacción, la convenció aun más de la impotencia revolucionaria de los socialistas, y marcó una evolución del poder a la derecha. Retirada la marioneta Samper, Alcalá Zamora llamó nuevamente a Lerroux, quién introdujo en su nuevo gobierno a varios hombres del partido de Gil Robles. Fué dada la noticia en la tarde del día 4 de Octubre. Según la solemne promesa socialista, la entrada de los reaccionarios al gobierno significaba, automáticamente, la insurrección. Tanto la masa proletaria de Madrid como la de todas las principales ciudades del país creyó de veras que se trataba de la lucha armada. Las huelgas políticas anteriores habían mantenido un gran espíritu de lucha y de confianza en la victoria. Por ello, al conocerse la composición del nuevo gobierno se produjo espontáneamente la huelga general insurreccional.

Cayendo el día, varias decenas de millares de trabajadores invadían las calles de Madrid esperando la señal del combate, creyendo que se les distribuiría el mínimo siquiera de las armas indispensables para lanzarse al ataque de los cuarteles, de Telégrafos, Correos, ministerios y demás centros vitales. El gobierno mismo se sintió aterrorizado y paralizado por la inmensa masa que invadía las calles. Los guardias de asalto y civiles, armados incluso de ametralladoras, pasaban junto a los grupos obreros sin atreverse a disolverlos ni cachear a nadie. Los suponían armados y no se atrevían a hostilizarlos. En realidad los trabajadores no disponían sino de escasas pistolas individualmente adquiridas. El Partido socialista, que meses antes había alborotado más y mejor en torno a las armas, no distribuyó sino muy contadas pistolas y fusiles a pequeños grupos que nada serio podían hacer con ellas. Los grupos, o mejor dicho, los individuos así armados, se limitaron a hostilizar a la fuerza pública, a "paquear" diseminados por los tejados, lejos de todo intención ofensiva o insurreccional. Ya estaba bastante avanzada la noche cuando se conoció la decisión del Partido Socialista. Sus olímpicas baladronadas y promesas conspirativas se redujeron a esta orden: "Huelga general pacífica... hasta que el presidente de la república rectifique y haga dimitir al gobierno". Pero esta vez, el Partido socialista daba la orden en nombre de la Alianza Obrera. Al fin se descubría lo que los socialistas entendían por Alianza Obrera: un parapeto sobre el cual descargar responsabilidades jurídicas, si acaso se iba más allá de la oposición política consentida por las leyes burguesas. Pero la Alianza de Madrid no se reunió una sóla vez durante las nueve jornadas de Octubre. A la única reunión convocada asistió, solo, el representante de la Izquierda Comunista.

Lanzadas a la calle en espera de acciones decisivas, las masas obreras no daban crédito a lo que veían y oían. Durante la noche nada ocurrió, salvo tiroteos sin importancia. Grupos que totalizaban varios miles de obreros, totalmente desarmados, habían intentado asaltar algunos cuarteles. Las ametralladoras los dispersaron con facilidad. Al día siguiente, las masas volvieron a invadir las calles buscando noticias, esperando armas y órdenes de lucha, pensando, para no considerarse todavía traicionadas, que la orden del día anterior y la falta de acción eran un ardid de guerra de los que tanto se habían vanagloriado los socialistas. La actitud de las fuerzas gubernamentales les hizo caer pronto de su equivocación. Debilidades y temores de la víspera habían desaparecido; las fuerzas gubernamentales se mostraban insolentes, brutales, agresivas. El gobierno se sentía más firme, estaba seguro de dominar la situación en Madrid. Las amenazas y conspiraciones socialistas se terminaban con una deserción vergonzosa, en medio de condiciones excelentes para presentar al gobierno batalla en toda regla. No le faltaban armas al Partido Socialista, y la asistencia de masas era sobrada. Con todo ello no quiso ni supo hacer más que una prolongada huelga de nueve días, alborotada con un paqueo estéril que recomenzaba todas las tardes. El misterioso plan conspirativo que debía causar el triunfo, el que tanto utilizaron para contener el movimiento revolucionario en los meses anteriores e impedir su desarrollo dialéctico, no apareció por ninguna parte. Ni podía aparecer, porque no existía. Lo único conspirativo en toda la tramoya de la radicalización socialista, era el pánico ante la eventualidad de tener que poner por obra las palabras. Esa conspiración sí que apareció en Octubre claramente y por todas partes.

En Cataluña, el gobierno de la Generalidad, que se había aventurado a proclamar la soñada República catalana, capitulaba sin tardanza ante las tropas gubernamentales, sin tratar siquiera de movilizar sus importantes recursos. La "resistencia simbólica" se satisfizo con cuatro cañonazos y bandera blanca. Ni siquiera se dió a los soldados, una vez fuera de los cuarteles, la oportunidad de volver sus armas contra el gobierno de Madrid, en lo que había muchas posibilidades de éxito. La Alianza Obrera local, principalmente dirigida por un antepasado orgánico del P.O.U.M., el Bloque Obrero y Campesino, había sido incapaz de practicar una política que obligara los anarquistas a aceptar el frente único. Utilizó la Alianza como instrumento contra la C.N.T., en lugar de emplearla para atraérsela y vencer su apoliticismo. El resultado fué la desorganización y división del proletariado catalán. Imitando desde otro plano a la Generalidad, la Alianza catalana se limitó a organizar una manifestación de petición simbólica de armas a aquella misma Generalidad, y viendo que no se las daba, la disolvió y dió por terminada su acción. Era criterio de los dirigentes de la Alianza que nada podía intentarse sin la Generalidad, es decir, sin la burguesía catalana. En tal idea estaba, de antemano, contenida la derrota.

Sólo en Asturias tomó el movimiento de Octubre un verdadero carácter insurreccional. ¿Por iniciativa del Partido Socialista, o porque las condiciones particulares de la región permitieran a los mineros pasar a los hechos antes de que los altos dirigentes pudiesen contrarrestarlos? Estoy firmemente convencido de lo segundo. He aquí los factores más salientes que persuaden en tal sentido:

1 - Los mineros disponían de algunas armas y de abundante dinamita tomada en las propias minas. Sabían manejarla a la perfección como arma de guerra.

2 - Los dirigentes bajos y medios del socialismo asturiano, en contacto directo con los mineros y mineros ellos mismos la mayoría de las veces, eran de los más revolucionarios en su partido. Esos hombres tomaban la radicalización y la marcha a la dictadura del proletariado, en serio y no como maniobra política.

3 - El movimiento insurreccional comenzó en Asturias precisamente en la periferia, donde la decisión pertenecía a los dirigentes bajos y medios, mientras en la capital de la provincia, Oviedo, sede del Comité Regional, se produjo, como en Madrid, sólo una huelga general. Fueron los mineros quienes, concentrándose en torno a la ciudad, la tomaron por asalto.

4 - Finalmente, el carácter no insurreccional del movimiento en Madrid y en el resto de España obliga a pensar que lo de Asturias se produjo contra la voluntad de la alta dirección socialista tanto en escala nacional como regional. No es concebible que se diera una orden de insurrección para Asturias y otra de huelga pacífica para el resto del país.

No hubo insurrección en las principales ciudades porque la dirección del movimiento no lo quiso, porque desertó la acción revolucionaria en el momento requerido. La insurrección asturiana fué, evidentemente, una sorpresa para los dirigentes socialistas. Los mineros se les desmandaron. Bién provistos de dinamita, al conocer la consigna de huelga general se lanzaron sobre los cuarteles de la guardia civil y los tomaron casi todos. Los burócratas socialistas asturianos, los Belarmino Tomás, etc., tenían que aceptar el hecho consumado. ¿No estaban los mineros allí, frente a ellos, cercando Oviedo?

La Alianza Obrera asturiana, a pesar de ser la mejor constituida debido a la participación anarquista, mostró también su incapacidad como organismo de poder obrero e incluso como centro director insurreccional. En el transcurso de la lucha la primera Alianza, que junto con otros Comités se dió a la fuga, tuvo que ser substituida por otra. El modo de representación en estos nuevos comités obreros era democrático, y los designados estaban más idenficados con la masa combatiente. Los imperativos de la lucha indicaban el sentido en que tenía que ser reformadas las Alianzas Obreras. Tal cual los socialistas se habían esforzado en conservarlas eran horribles nudos burocráticos que paralizaban la iniciativa de las masas en lugar de darle curso organizado. Pero eso no cabe tratarlo aquí con la extensión debida.

Sólo a título de homenaje recordaré ahora la tenaz y heroica resistencia que ofreció el proletariado astur a las hordas gubernamentales, el crecido número de asesinatos por éstas cometidos y las prolongadas torturas a que lo sometió el gobierno ya clerical, pre-franquista, de Lerroux-Gil Robles. La gesta insuperable de Octubre de 1934 no fué inútil, aunque quedase aislada en el país. En toda España, los trabajadores en masa se sintieron dignamente representados por el proletariado astur. Vieron en su lucha lo que a ellos se les impidió hacer. La reacción triunfó, pero no sin experimentar el fuego obrero, y su triunfo fué incompleto, incierto. El ejemplo y el recuerdo de la insurrección asturiana propició una pronta recuperación de las masas, que condujo, en 1936, a la derrota de los militares a manos del proletariado el 19 de Julio. En 1934, sólo Asturias se les desmandó a los dirigentes aburguesados; en 1936 se les desmandaba toda España. Los hombres de Asturias abrieron el camino al formidable alzamiento proletario que inició la guerra civil. Y la guerra civil, mal que pese a la hez procapitalista del Frente Popular y sus sucesores, es una de las mayores glorias del proletariado mundial.

Lo más característico del proceso de la revolución española es la rapidez con que el proletariado se recuperaba de una derrota para lanzarse a otra ofensiva aun más vasta y profunda que la anterior. Con igual constancia, las direcciones obreras llevaban a la derrota, una tras otra, las acometidas revolucionarias. La propulsada por la radicalización socialista pudo cubrir el objetivo de rechazar a la reacción, disolver su parlamento y dar acceso a una situación de dualidad de poderes. Y eso en dos ocasiones: durante la huelga campesina y en Octubre mismo. De haberse propuesto los socialistas hacer la revolución de veras, tampoco hubiese sido imposible. Pero sus intenciones reales eran muy diferente: obligar el presidente de la república a convocar nuevas ellecciones, a fin que la coalición republicano-socialista recogiese otra vez el poder. Pero tampoco por eso supieron luchar con decisión. Creyeron que las amenazas bastarían. Unicamente ellos, en fin de cuentas, resultaron asustados por sus propias bravatas.

Dados los objetivos colaboracionistas del socialismo que controlaba la mayoría del movimiento obrero, y dada la carencia de órganos de poder en los que sustentar la revolución, el triunfo de ésta era imposible en Octubre. Pero si los socialistas se hubiesen decidido a dar la batalla a la reacción, con toda probabilidad el gobierno habría sido vencido. Aunque los campesinos, desbaratados desde Julio, eran apoyo casi excluido, el movimiento tenía en las ciudades fuerza suficiente para lograr el objetivo mínimo de rechazar a la reacción. Y alcanzado éste, la ofensiva revolucionaria habría encontrado curso abierto. La situación habría sido extraordinariamente favorable. Aproximadamente la de Julio de 1936, pero sin la dominación militar en parte alguna del territorio. Se hubiese constituido sin duda un gobierno presidido por un socialista. Las Alianzas Obreras hubiesen tenido tiempo de democratizarse y adquirir forma e ideas de auténticos organos de poder revolucionario. Del propio partido socialista, cuya base —la joven principalmente— había tomado a pecho lo de la dictadura del proletariado, se habría destacado sin duda una parte importante hacia posiciones revolucionarias. En fin, la dualidad de poderes habría hecho acto de presencia entre parlamentarismo burgués y Alianzas Obreras, y con ella la posibilidad de que las masas evolucionasen hacia las minorías revolucionarias. Los jefes socialistas se habrían encontrado de pronto en la extrema derecha del movimiento obrero, pues la experiencia enseña que todas las revoluciones dependen de la orientación de las masas a organizaciones ideológicamente aptas, por fuerza pequeñas al principio de los acontecimientos. La derrota de Octubre contrariaba el proceso de integración entre las masas en lucha y la ideología revolucionaria.

La dirección socialista temió las consecuencias revolucionarias de una derrota de la reacción directamente causada por la acción de las masas. Y sin las masas trabajadoras no se podía derrotar a la reacción. Desertando en el momento culminante, la dirección socialista impuso a la clase trabajadora sacrificios enormes (la represión de 1934 a 1936, mas la sublevación de los generales y el clero), y rudos combates (la guerra civil) que manejados por la misma gente, ya engrosada e inspirada por el stalinismo, redundaron finalmente en el triunfo de Franco. La definición mas sucinta y verídica que pueda hacerse de la revolución española es la siguiente: mientras las masas, en las ofensivas sucesivas de 1931 a mayo de 1937 se muestran cada vez más radicales, en cada ocasión más cerca de instaurar el poder revolucionario del proletariado, los dirigentes se revelán más derechistas, más burgueses y servilmente sometidos al capitalismo como sistema español y mundial. Esa oposición creciente entre las masas y los dirigentes, sin exclusión de organización importante alguna, ha dado por cociente la contrarrevolución y el terror franquistas.

México D.F. Octubre de 1943


(1) El presente artículo fué publicado por primera vez en el número 8 de Contra la Corriente, revista revolucionaria española editada en México en 1943 y 1944.

(2) El stalinismo se ha presentado después como fundador de las Alianzas, desfachatez que en él es consuetudinaria.