Alarma, nueva serie, n.º 5, junio 1964 (pág. 24). PDF del número completo

Originada por diversos motivos según las zonas, otra vez se desarrolla en Asturias una prolongada huelga. En la mayoría de los casos se trata de problemas de organización del trabajo y de traslado o despido de los obreros a voluntad de las empresas. Estas se esfuerzan en aplicar las medidas preliminares del plan de expansión a que se refiere el primer artículo editorial de este boletín. Pero la oposición de los trabajadores es obstinada y abarca, además de las minas, la industria metalúrgica. Por otro lado, la huelga tiene también un incontestable aspecto político. No sólo porque, siendo ilegal, los obreros hacen frente al Estado de manera aun más directa que a las compañías, sino por el particular empeño que ponen en prolongarla a pesar de las ofertas de conciliación que les son hechas, y porque la lucha no ceja con la vuelta al trabajo, continuándose en él como lucha contra el rendimiento. Hace ocho meses, refiriéndonos a la huelga anterior, escribíamos: "habríase dicho que a los obreros les repugnaba volver al trabajo aunque hubiésen sido satisfechas todas sus reivindicaciones, proponiéndose continuar la huelga por la huelga misma, hasta el postrer esfuerzo". Así es en efecto. Se trata de una huelga permanente en dos fases, y la lucha contra la intensificación de la productividad individual mediante el trabajo a rendimiento reducido se revelará no menos eficaz que el paro huelguístico. Si el proletariado se deja coger en los trucos de la productividad previstos por el Plan, el capital adquirirá un potencial de opresión mayor que con su dictadura clérigo-militar.

Tan evidente es ese aspecto de la lucha, que el ministro de industria, Lopez Bravo, declaraba el 16 de mayo: "Puesto que nadie ha presentado reivindicaciones concretas hay que pensar que nos encontramos frente a una huelga política químicamente pura". A eso responden los sindicatos que ellos sí han presentado reivindicaciones, pero los obreros escupen diáriamente a los sindicatos, ignoran el Estado, es decir rehuyen tratar con él, y hacen lo que les da la gana. Prefieren los arreglos locales, en cada unidad de trabajo, o ningún arreglo en absoluto antes que tratar con los organismos oficiales. Esa es, sí, una actitud netamente política que sólo espera momento propicio para expresarse de manera contundente.

Los trabajadores mas conscientes y nuestros camaradas en particular tienen la obligación de tomar la iniciativa en la lucha contra el rendimiento, por una paga diária fija, a la cual se añada lo que corresponde a primas y destajos, y sobretodo en favor del libre nombramiento de delegados directos de los obreros, no de sindicato alguno, delegados que los obreros mismos revoquen cuando lo juzguen conveniente. El proletariado puede y debe tomarse ese derecho, como se ha tomado el derecho de huelga. Pero aún con delegados propios, ¡cuidado con los contratos colectivos! El capital pretende, mediante ellos, imponer como costumbre el sistema de primas y destajos, del que espera millones y millones, y también el compromiso jurídico, por parte de los obreros, de no hacer huelga durante el tiempo de duración del contrato. Impedir eso es decisivo para el futuro inmediato de los explotados. La revolución está en prolongación de la actividad actual del proletariado; no hay que venderla por algunas primas al rendimiento. El proletariado debe exigir la aprobación en asamblea libre de todo contrato colectivo y reservarse siempre la libertad de ir al paro, cualquiera sea el contrato.