Alarma, nueva serie, n.º 7, mayo 1965 (págs. 3-4). PDF del número completo
Desde que el año pasado se inició en Italia una baja cuantiosa de la actividad industrial, la misma mengua ha ido extendiéndose a Francia, y en menor grado a Inglaterra y Alemania. No se trata de una de las conmociones o crisis que en el pasado han sobrecogido periódicamente el capitalismo; dicho con mayor precisión, es un fenómeno de igual naturaleza y consecuencias, pero en pequeñas proporciones y no mundial, sino geográficamente limitado. Se trata de una disminución del ritmo de crecimiento industrial, de lo que los revolucionarios llamamos la acumulación ampliada del capital. Bien entendido, en ninguno de los países citados ha habido reducción del capital anteriormente acumulado, sino de las inversiones entre los dos últimos balances económicos, o sea, entre la inversión global anterior, la producción mediante la mano de obra explotada, la venta de las mercancías producidas que da por resultado un capital mayor y el monto de nuevas inversiones de éste, que cierran cada ciclo económico abriendo otro.
Las repercusiones de ese torpor del capitalismo europeo está sufriéndolas el proletariado de diversa manera y desde sus primeras manifestaciones: disminución de paga por disminución de horas de trabajo, despidos, cierre completo de algunas industrias, suspensión temporal del trabajo en otras, y claro está, la estancación de los salarios, recurso omnivalente del capitalismo para todos y cada uno de sus padecimientos. Las estadísticas oficiales, tan parlonas cuando se trata de timar a la gente con los milagros del desarrollo italiano, francés, etc., se muestran ahora renuentes a explayar todas las cifras. Es evidente, sinembargo, que el paro completo o parcial y la disminución de paga por diversos conceptos, afectan a centenares de miles, tal vez millones de trabajadores en los varios países.
Esa situación, frente a la cual la clase obrera debiera revolverse enarbolando un programa de medidas socialistas, ofrece, por el contrario, ocasión a los sindicatos de apaciguar el proletariado y ofrecerse al capitalismo para facilitarle la superación de su crisis. En Inglaterra, los sindicatos constituyen ya, con el gobierno del "socialista" Wilson, el organismo impositivo principal del plan de "austeridad" (entiéndase, de bajos salarios y carestía de la vida), mientras las huelgas declaradas por los obreros sin aprobación sindical son desde hace años ilegales. En Italia y Francia, los sindicatos declaran huelgas de 24 o 48 horas haciendo imposible una lucha por reivindicaciones serias y de tiempo ilimitado. El objeto real de sus vergonzosos procedimientos es hacerse útiles al capitalismo nacional. L'Unità, órgano central del stalinismo en Italia, lo dice por lo claro al mismo tiempo que sus colegas franceses acuden a audiencia con de Gaulle: "La Confederazione Generàle Italiana del Lavoro está también dispuesta a frenar su propia política reivindicativa para permitir encontrar una salida a la crisis". Y con tal finalidad se declara dispuesta a tomar parte en la programación de trusts y gobierno, como puede verse en la edición de dicho periódico del 10 de marzo. En cuanto a la sindical stalinista francesa, ya ha participado en el plan capitalista junto a las demás centrales.
Es evidente que mientras el proletariado no rompa con los sindicatos, y ante todo con los partidos que los manejan, seguirá siendo carne de explotación. Es obligación de los revolucionarios impulsar el proletariado a esa ruptura, mediante la organización directa, por el proletariado mismo, de las luchas económicas y políticas. En lugar de reivindicaciones defensivas que incluso conseguidas aventajan al capital, hay que poner en juego consignas ofensivas, únicamente aquellas que, aplicadas y desenvueltas, encaminen hacia una economía no capitalista. Por ejemplo: ningún despido, sino incorporación al trabajo de cuantos lo necesiten, con semana laborable de 30 a 35 horas máximo y a partir de ahí disminución proporcional al número de hombres y a la eficacia instrumental, supresión de primas y horas extra, incorporando su importe actual a la paga ordinaria. Frente a la carestía de la vida y a la apabulladora acumulación ampliada del capital, se impone incitar la clase obrera a negarse a todo aumento de la producción cuyo valor no sea íntegramente percibido por ella, proceda de donde procediere. Así mismo, se hace indispensable negar rotundamente al capital la facultad dictatorial que se toma, socapa de organización o de reconversión, de desplazar a su guisa los trabajadores dentro de una empresa o de una industria a otra. Los planes del capital exigen cada día más medidas de ese género, preanuncio del trabajo forzado. Lejos de combatirlas, los sindicatos están pidiendo participar en ellas, ya participan directamente en algunos casos e indirectamente en todos.
En el mencionado último aspecto de la economía [ilegible] se ve con mayor nitidez que en otros hasta qué punto los sindicatos han venido a ser parte integrante de la sociedad actual; dicho con mayor precisión, hasta qué punto son hoy el mecanismo de imposición a la clase obrera de las exigencias de la acumulación ampliada. Resulta cada día más palmario que el poder de los explotadores y los sindicatos constituyen una unidad binaria, cuya base estructural es la unidad binaria elemental capital-salariato. Ahora bién, la sublevación del proletariado contra el capital es ante todo una sublevación contra su propia condición de asalariado. En ese empeño, el sindicato será negado y anulado junto con el capital.