Alarma, n.º 8, diciembre 1965 (págs. 8-14). PDF del número completo
Existen en nuestro Planeta unos 3.000 millones de habitantes encasillados en cerca de un centenar de naciones. Domina en ellas sin excepción la economía capitalista, con mucho retraso técnico en la mayoría y en las menos con cuanto instrumental científico consienten, no el saber y las exigencias humanas presentes, sino el arqueo del Debe y el Haber, médula espinal del sistema. Estos pocos países se contraponen en dos bloques militares y económicos que ramifican a todos los demás, con vigor diverso, su dispositivo capitalista y su influjo político, que se engendran recíprocamente. La preponderancia en cuanto a red capitalista mundial corresponde con gran ventaja a Estados Unidos, pero Rusia concentra en Europa y Asia un fortísimo poderío comercial y financiero no carente de irradiación allende sus límites, nada angostos, y, realidad aun más importante, su aparato bélico es el único comparable al de Estados Unidos y apto a chocarle armas.
El llamado Tercer Mundo es segundón hasta en la manera de fingirse independiente, trapaceando al mismo tiempo con Moscú y Washington y remedando cada gobierno para sus connacionales los aspectos más degenerativos de los dos gigantes. El margen de maniobra de que dispone es minúsculo e irá mermando con el tiempo hasta desaparecer caso de guerra. Está excluido que desempeñe nunca un papel independiente. Carece para ello incluso de un mínimo de homogeneidad.
Las potencias de segunda categoría, por mucha antigüedad y tradiciones nacionales de que se envanezcan, no están amarradas menos corto. China en una vertiente, Francia en la otra, codean y asoldan gobiernos procurando descollar en la arena mundial con cortejo de naciones de propio. No podrán conseguir otra cosa que adosarse cada una al bloque adverso, o al menos aventajar su juego en tal o cual problema. A recursos de ese género queda reducido el talento de los "hombres de Estado" añorantes de grandeza nacional. En suma, la correlación de fuerzas y el reparto del mundo resultantes de la última guerra imperialista, no admite alteración sino aventajando a un bloque en detrimento del otro. Las principales líneas de demarcación del reparto durarán hasta que salten del poder económico y político las oligarquías que lo detentan en Estados Unidos y en Rusia con las de sus mayores aliados respectivos. A no ser así, las armas nucleares se encargarán de modificar la obra de las guerras anteriores, y hasta los cromosomas del Homo Sapiens probablemente.
La abrumadora mayoría de los 3.000 millones de habitantes de la Tierra no tiene ningún interés en la contienda interbloques. Tampoco participa en ella sino como carne de cañón actual o futura, y como objeto de esquilmación constante. La contraposición es, por entero, obra de los dominadores en cada país, beneficiarios de un sistema que lleva la guerra y la esquilmación en su estructura social básica: la organización del trabajo. No hay excepciones. Los países, ejércitos o embriones de ejércitos que pretenden combatir por su lado en una "guerra justa" y anti-imperialista o de liberación, timan a sus secuaces en todos los aspectos. Lo que en verdad hacen es eliminar, policía mediante, la lucha posible pro-revolución mundial en aras de la burguesísima defensa nacional, que en fin de cuentas es también mentira, puesto que rebotan de un patronato imperialista a otro. Revelan así, y de mil maneras más, su motivación inconfesa: la tentativa de modificar el reparto económico-estratégico existente, y por eso la designación exacta que les corresponde es la de guerras o movimientos subimperialistas, por interpósitos logreros del nacionalismo. Cariz descaradamente reaccionario de lo mismo es la definición china de dos grupos de países enemigos naturales, los industriales decadentes y los agrarios en marcha hacia el porvenir. Ocurrencia tal sólo puede acudir a cerebros oscurantistas, que calculan en doscientos a quinientos millones en número de chinos que pueden entregar, desde sus refugios bajo tierra, a la desintegración por las armas termonucleares.
El cinismo de los hombres de Pekín escandaliza a los gobernantes americanos y rusos. Pero, ¿acaso no hablan ellos también en términos nacionales y hacen parecidos cálculos macabros? Desde cualquier ángulo que se mire la situación del mundo no hay solución para ningún problema, menos horizonte abierto al devenir sino reventando todas las amarras nacionales. La línea divisoria entre los hombres no pasa por frontera ni raza alguna; es una fisura cada día más ancha entre los gobernantes detentadores del capital y los explotados por ellos, además de utilizados como carne de cañón. El internacionalismo ha venido a ser una necesidad práctica inmediata y obligación de supervivencia para la Humanidad.
Dentro de tal panorama mundial, la parte del proletariado americano y el papel que le corresponde son excepcionales. Por su número, por su concentración, por su peso social relativamente a las demás clases, por la cantidad y la calidad del dispositivo industrial que él pone en función y también por el poderío aplastante de su propio imperialismo, ese proletariado ocupa incuestionablemente el primer lugar del mundo. En cambio, es el que menos tradición revolucionaria tiene, y en lo atañedero a la lucha contra la condición asalariada de su clase nada le distingue, si no es negativamente, del de cualquier otro país. Nunca ha conocido combates de envergadura nacional, no ya políticos como es el caso para casi todo el proletariado europeo, sino tan siquiera reivindicativos, de signo reformista. Por consecuencia, la idea de la revolución proletaria estadunidense y mundial apenas ha llegado a oídos de una parte muy restringida de él. Y numerosos obreros odian esa idea, no en sí misma, puesto que ignoran su contenido, sino debido a la imagen falsificada que de ella dan Rusia y China principalmente, idea que la propaganda gubernamental no desmiente. En resumen, el proletariado de la primera potencia industrial e imperialista se encuentra tanto y más rezagado que el de cualquier otro país en cuanto concierne a intención revolucionaria concreta. La relación entre un alto desarrollo del capitalismo y la conciencia de clase de sus explotados está lejos de ser directamente proporcional, y menos aún en cada instante.
En tal dominio también, hay que extender la mirada al mundo entero y a su historia reciente para atinar. Las causas de la atonía de los trabajadores estadunidenses no se encuentran en las características de la sociedad yankee, ni en la pretendida revigorización del capitalismo en general que el dirigismo llama "sociedad de abundancia". Si bién el peculiar pasado del país fué, antaño, parte a limitar la penetración de las ideas revolucionarias, la historia del movimiento obrero mundial desde hace 40 años explica sobradamente, no sólo la atonía del proletariado estadunidense, sino la del de cualquier otro país, pues ese es hoy rasgo general. La conciencia de clase del proletariado europeo es un residuo difuso y por ahora inhibido del período anterior de luchas. Los explotados americanos participaron en éste sólo a principios del decenio 20, y no sobrepasaron el estadio sindicalista. Fué el período de la I.W.W. (Trabajadores Internacionales del Mundo), la única organización de masas que haya tenido allí neto carácter de clase. La desmoronó la crisis de 1929, no sin que lo facilitase su propia incompetencia para dar salida revolucionaria a la tremenda crisis del capitalismo. Al mismo tiempo aparecían los sindicatos del New Deal roosveltiano, subvencionados por el Estado, que ya no organizan ni reivindican sino para entrillar mejor el proletariado en la tenaza constituida por el capital y el trabajo asalariado. Y entretanto, la Internacional Comunista iba convirtiéndose, de la esperanza que fué, en una amenaza más para el proletariado, no ciertamente de las menores. Ahora bién, lo que acontece al proletariado en cualquier parte del mundo repercute de diverso modo en el proletariado de cada país y en la marcha misma del capitalismo. En China, en Alemania, en España están, entre 1926 y 1939, los factores que explican el atraso político del proletariado estadunidense, la modorra del de Europa y los boyantes negocios del capitalismo en general. La destrucción de la revolución española, obra principal del stalinismo en beneficio de Franco, instaló un dominio mundial de la reacción, organizada después en dominio americano-ruso, que sólo un nuevo despertar del proletariado hará retroceder.
Por ello también, allí mismo donde subsiste cierta libertad política, en Europa occidental salvo la Península Ibérica, y en los Estados Unidos, nada cambia, ningún movimiento de opinión se produce. Derechas e "izquierdas" se pasan y se repasan el poder, en medio de una inalterada indiferencia. Las mayorías electorales lo son apenas, por pocos miles de votos, pues ningún partido suscita entusiasmo ni ejerce verdadera atracción. De todas maneras, gobierne la derecha o gobierne la "izquierda", ambas cooperan en permanencia a la conservación de la sociedad existente. Y era natural que en Estados Unidos, por carencia de organizaciones semejantes al laborismo británico o al stalinismo francés e italiano, el entumecimiento político estuviese confinado por los partidos burgueses tradicionales, Republicano y Demócrata, a los cuales se subordinan invariablemente los sindicatos.
Algo, sin embargo, empieza a cambiar en Estados Unidos, algo se mueve en la base de la sociedad y en lo recóndito de las conciencias. El movimiento de la población negra por la completa igualdad cívica es por sí sólo importantísimo, pero como tal movimiento de hombres de determinado color y de objetivo democrático-burgués, su alcance máximo no es de temer para el capitalismo. Por otra parte, corre el peligro de inclinarse por entero en sentido racial según el ejemplo de los ya reaccionarios "Musulmanes Negros". La religión, a la que deben los negros su humillada condición, está jugándoles hoy otra mala pasada. Hace siglos, poco después del descubrimiento de América, el Vaticano decidió que los negros podían ser reducidos a esclavitud sin escrúpulo, porque carecían de alma --lo sabía él-- y no participaban de la esencia divina. Por su lado los musulmanes, acostumbrados de antiguo a proveerse de esclavos negros en Africa ecuatorial, sirvieron de intermediarios a los cristianos en la exportación de ganado humano al Nuevo Continente. Haciéndose hoy promotora de la lucha no-violenta y confinada a los derechos cívicos, o bién de una separación territorial por razas, las dos religiones siguen ejerciendo un influjo malvado. Las explosiones insurreccionales de diversas ciudades, en primer lugar las de Nueva York y Los Angeles, limitadas a los reductos negros, sin objetivos ni organización previos, sin carácter de clase y por lo tanto sin enlace con los trabajadores blancos, deben su aspecto caótico de revuelta desesperada y sin frutos, a la dirección religiosa y al rechazo de la violencia como necesidad social y de clase organizada. Pero es probable que al fin y al cabo sirvan para jalonar la ruptura con las direcciones religiosas y buscar la unión con el proletariado blanco.
La sociedad capitalista estadunidense lleva hincado en su estructura el problema de la segregación racial, estigma retardatario, repugnante lacra a ella congénita, puesto que partió de la esclavitud de los negros y nunca fué capaz de borrar por completo la segregación, ni tan siquiera en los estados "progresistas". Por mucho que ahora la ley conceda igualdad de derechos a los negros y proscriba la segregación, ésta permanecerá de hecho, porque la llevan en la mente clases gobernantes e instituciones. La solidaridad y la ayuda material prestada por cierto número de blancos, a menudo de un valor humanitario meritísimo, poca cosa son para modificar la configuración psíquica del capitalismo yankee, lo único que en realidad designa la expresión "american way of life"... si es que algo designa. Visto semejante lastre histórico, la igualdad de hecho y sin restricciones entre las razas que pueblan el país, negros, blancos, indios, amarillos, alcanzada en otros países en que la democracia burguesa es más achacosa y falsa que en Estados Unidos, se convierte en problema a resolver por la revolución proletaria, concomitante a la expropiación del capital y a la supresión del trabajo asalariado. Es un aspecto de la igualdad comunista a conquistar.
Una vasta mirada al presente histórico, que incluso centrada en Estados Unidos abarque toda la superficie terrestre, no puede dejar de ver en la rebeldía de los negros un síntoma premonitorio de la rebelión del proletariado en general frente a su propio capitalismo. La actividad de los negros servirá ciertamente de fermento a una futura acometida del proletariado blanco, pues ni aquellos ni éste tienen porvenir sino fusionando lucha y objetivos. Es evidente que una parte de los obreros blancos está imbuida de prejuicios raciales y otras supuraciones burguesas, así como parte de los obreros negros, además guillados por los tóxicos celestiales. Pero ambos sectores viven bajo el garrote del dólar y deberán hacer cara a los tremendos problemas creados por el dominio internacional del mismo y de su contraposición al bloque del rublo. Los conflictos y situaciones creados por la política mundial repercuten hoy en la política nacional de todos los países, pero en Estados Unidos están llamados a adquirir tanta o mayor importancia que los conflictos internos, y éstos se exacerbarán como consecuencia de aquellos.
Algo empieza también a moverse fuera de la esfera racial anunciando modificaciones ideológicas y futuras luchas. En primer lugar, el desprecio cada vez más claro de los obreros por los sindicatos, las huelgas emprendidas a pesar de ellos o contra ellos, y también la oposición de numerosos estudiantes y catedráticos a la política exterior de Washington. En esto hay coincidencia tácita o expresa con la mayoría del proletariado, sin distinción de razas. Por primera vez en la historia del país se esboza una oposición de masas al poder capitalista. Inclínense sobre esos problemas los "sociólogos" gubernamentales --en realidad dirigistas-- cuanto les permita su flexibilidad y aplínquenles los remedios de su recetario; la brecha está abierta en la sociedad estadunidense y no dejará de agrandarse.
Es imposible predecir qué camino emprenderá ese movimiento incipiente. Por el momento sólo existe la materia prima, por así decir, faltando los canales orgánicos y la concepción teórica que podrían estructurarlo y exaltarlo. Una cosa es cierta desde ahora: los sindicatos ejercen y ejercerán aun más en el porvenir una influencia nefasta, como parte inseparable que son de la estructura capitalista. Mucho menos poderosos que los sindicatos, los pequeños partidos que se ofrecen al proletariado ("socialistas", "trotzkistas", humanistas, pacifistas; y aquellos otros que empiezan a cogitar no se qué "negritud" de lisonja) contribuirán sin duda a fomentar la oposición y ganarán influencia, pero se revelarán pronto perjudiciales por oportunistas, y en todo caso irremediablemente ineptos para acometer las grandiosas tareas en perspectiva. El Partido stalinista procurará, como de consuno, sacar de todo utilidad para la diplomacia rusa, diciéndose, según instrucciones dadas por la resolución de "los 81 partidos", el mejor representante de la nación. Pero agredirá cualquier formación revolucionaria futura, pues, por paradógico que parezca a los no enterados, nadie tiene hoy conciencia anti-comunista tan aguda como los partidos ligados a Moscú o a Pekín. Washington está poniéndose a su escuela.
Lo probable es que el movimiento de oposición vaya ganando terreno empíricamente, hasta cierto nivel. Mas para acelerarlo abriéndole al mismo tiempo las maravillosas perspectivas posibles, es indispensable una organización revolucionaria nueva por su pensamiento, que se inspire en la riquísima experiencia de las luchas mundiales pasadas. Ninguna nueva organización, ningún desplazamiento a izquierda del proletariado tendrán, sin embargo, feliz término si no es como parte y representación del proletariado mundial, de todos los oprimidos de la Tierra, como antítesis cabal de Wall Street-Pentágono-F.B.I., haciendo baratillo de Bloques e intereses nacionales, hoy anti-históricos. Uno de los escollos más peligrosos en esa senda lo constituyen precisamente las tentativas hechas por determinados radicales para dar a la naciente oposición un cariz pro-chino, pro-Castro o pro-coexistencia pacífica. Desde Pekín, voces gubernamentales han equiparado los motines de los negros con las actividades militares llamadas guerrillas. Siendo éstas en realidad, por inspiración tanto como por suministros, función de otros planes imperialistas y trabajos de aproche hacia la tercera guerra mundial, lo que Pekín busca --y Moscú con mayor cautela-- es encuadrar en su estrategia reivindicaciones y protestas.
No muy desemejante será la actitud de Washington. Ya la Jhon Birch Society y similares, el propio clan de Goldwater, han echado mano a los tabús nacionales, blandiendo contra los protestatarios, sin distinción de razas, los rayos y centellas reservados a las "actividades anti-americanas". Mañana, el movimiento de oposición en general y sus representantes más revolucionarios en particular, se verán acusar de connivencia efectiva o virtual "con el enemigo", o sin rodeos de traición a la patria, como hacen Moscú y Pekín con quienquiera contraría su política interior y exterior. El proletariado estadunidense tiene que saber responder con la máxima claridad y energía a semejantes perfidias. La patria es resultante de la explotación en cada país y de su proyección extrafronteras se nutre el imperialismo; la expresión pacífica de la patria es el equilibrio del terror termonuclear y las guerras locales su sanguinaria manifestación cotidiana. Enfrentarse, en cada país, al propio Estado Mayor militar y económico es imperativo de dignidad personal y social, Derecho de gentes en el momento actual, exigencia indispensable a la emancipación de los explotados y de la Humanidad. No hacerlo es la única traición posible en la actualidad. Los códigos y las policías que proclaman lo contrario son todavía la ley de la jungla embozada en la ley capitalista del valor.
La rebelión del proletariado contra los tópicos y tabús nacionales tendrá, el día que se exprese fuertemente en Estados Unidos, tremendas repercusiones revolucionarias en el mundo. Pero no cualquier grito o demostración contra las intervenciones exteriores de Washington puede ser considerado internacionalista, o siquiera positivo, sino tan sólo aquellos que dejen abierta la posibilidad de ser repetidos por los explotados de los países en que interviene el imperialismo yankee. Si los soldados americanos son lanzados al Vietnam empujados por intereses reaccionarios y trabajados por mitos falaces, otro tanto ocurre con los del Vietcong y sus aliados, por más que se batan en "territorio nacional". Denunciar lo primero y no lo segundo es propio de los parciales entre descarados y vergonzantes del otro imperialismo. Por tal razón, la manifestación de Nueva York contra la guerra en Vietnam, no merece ser considerada revolucionaria sino en la medida en que cierto número de sus participantes fuesen neófitos sin parcialidad política. Sus organizadores eran grupos intelectuales y partidos de diversa inclinación, ninguno internacionalista, a nuestro saber. Los había partidarios de la defensa nacional estadunidense, si bién contrarios a la guerra en Asia tenida por innecesaria a tal defensa, y los había también partidarios de la defensa nacional rusa, la china, la vietnamita (frente a la de Saigón, se entiende). Ningún grupo tendió la mano a los explotados de Vietnam y del bloque ruso en general, incitándolos a luchar contra sus enemigos interiores.
De mayor mérito y trascendencia dentro de su aspecto de reacción personal malhumorada, es la demostración de algunos jóvenes quemando en público las hojas de movilización militar recien recibidas. Ese acto puede y debería ser imitado, en masa, en los dos bandos contendientes. Es preciso comportarse como si cada gobierno nacional no fuese sino una delegación de la misma clase de explotadores, déspotas mundiales (dialécticamente visto, así es) cuyos planes económico-militares han de ser frustrados por una actuación homogénea de los explotados, por cima de fronteras y razas.
El hecho innegable de que en Rusia, China, etc., no dispongan los trabajadores de libertad alguna, y de que una represión implacable se abata sobre los enemigos reales o potenciales de la defensa nacional, hace recaer sobre los trabajadores del bloque occidental, de Estados Unidos en primer término, una obligación suplementaria de solidaridad. Ciertamente, en Moscú y en Pekín veríanse manifestaciones mucho más nutridas que las de Nueva York, si las masas dispusiesen siquiera de una libertad parcial de organización, imprenta, palabra, etc. Y bien; el proletariado estadunidense puede y debe facilitar la actuación de sus hermanos de clase en aquellos países. Las libertades democrático-burguesas que todavía conserva debe aprovecharlas con tal fín, inseparable del suyo propio en los Estados Unidos. Un movimiento contra guerra y armamentos, y contra el capitalismo de que se desprenden aquellos como el hollín de la humareda, debe hacer llamamiento a los trabajadores rusos y chinos, para una acción combinada, y simultánea en cuanto se requiera, con los trabajadores estadunidenses. Procedimientos para forzar semejante acción a despecho de los dictadores moscovitas y pekineses, pueden idearse sin dificultad. Pero hay que comenzar exigiendo el derecho --preparativo para tomárselo-- de ir a concertarse sobre el terreno mismo con los trabajadores. Sí, una actitud revolucionaria del proletariado estadunidense estará en condiciones de romper la apabulladora losa policíaca que impide la actuación de las masas rusas y chinas. La contradicción interimperialista que amaga de contínuo desintegrar atómicamente la humanidad, sería así contrarrestada y finalmente desintegrada ella misma. Pero el sine qua non de empresa de tan grandiosas perspectivas es, se comprende de por sí, una organización revolucionaria estadunidense de hialina pureza, teóricamente pertrechada con cuanto la experiencia nos ha enseñado, redondamente opuesta a la obra interior y exterior de su capitalismo, e inmunizada contra todas las variantes de la falsificación ideológica que desde Moscú, Pekín, La Habana y otros Cairos son arrojadas cotidianamente al mercado mundial. La hazaña empieza a ser hacedera.
La lucha contra la amenaza de guerra y su secuencia de guerras menores se conjuga con la lucha anticapitalista. Ninguna de las dos podrá culminar sin la otra. Pero es de esperar que en el país cuya dominación se extiende a casi toda la Tierra los problemas de política internacional adquieran para las masas importancia creciente y sirvan de acicate al planteamiento de los problemas económicos. La economía ha alcanzado en Estados Unidos una capacidad productiva como sólo se había imaginado factible en una economía ya socialista. Organizada como capital y puesta en operación por una mano de obra asalariada, da por resultado la penetración del capital yankee en casi todos los países (imperialismo en el sentido más cabal) y una planificación económica de guerra, para la cual trabajan sin utilidad social alguna millones de hombres, mientras otros tantos millones se hallan incesantemente movilizados en las diferentes armas, exigiendo lo uno y lo otro aparatos burocrático-policíacos ingentes, también parasitarios en lo económico, y en lo moral de consecuencias envilicedoras para la sociedad. La población trabajadora recibe una parte pequeñísima de su propio producto, está excluida de todas las decisiones importantes, alienada y reducida como nunca al papel de ejecutante pasivo. La posesión y el mando de la economía en su totalidad --con él el de la política-- lo acapara un número insignificante de potentados.
Si las condiciones objetivas o económicas de la revolución socialista están dadas en escala mundial, dentro de los Estados Unidos se hallan acumuladas con plétora, bastándose por sí solas para asegurar un paso rápido al comunismo, allí y en los países rezagados en tal aspecto. Por el contrario, dentro de las leyes económicas determinadas por la acumulación del capital y el racionamiento salarial, esa economía es ya teratológica, una mostruosidad social que sólo consecuencias del mismo género acarreará en el interior y en el exterior. Lo que ha consentido llegar a tal situación es, como arriba expuesto, el rechazo de la revolución mundial que alcanzó en España su consumación. Pero ese rechazo que tantas vidas y sufrimientos sigue costando todavía, replantea al cabo desde todos los puntos de vista (económico, militar o mundial, político, técnico y cultural), y ahora en forma aún más promisosa, la necesidad humana de dar al traste con el capitalismo; en última instancia, con la explotación del hombre por el hombre que genera la corrupción en todas las relaciones sociales, y hoy el equilibrio del terror. Capitalismo, explotación, armamentos, guerras constituyen partes de la misma unidad, que actualmente adquiere en Estados Unidos contornos inequívocos, palpables como si se tratara de un bulto. Imposible tocar a ninguna de esas partes sin tocar a las otras. Los armamentos capaces de aniquilar en algunos minutos a la mayoría de la humanidad son la extrapolación bélica de las relaciones sociales cotidianas. Su capacidad mortífera da la medida exacta de la nocividad del sistema de producción y asociación de que forman parte. O el capitalismo o el Hombre, no existe otro dilema. Eso irá presentándosele al proletariado americano con fuerza de convicción creciente, y tan pronto adquiera la conciencia inequívoca de ello, tendrá la revolución al alcance de la mano.
El capitalismo estadunidense se siente muy ufano de su liderato (leadership), ejercido sobre el mundo occidental, e indirecta y parcialmente, a fuer de megatones entreverados de finanzas, sobre el oriental también. Ignora que su poderío inigualado, sobre ser, como el de todo "Imperio de las cuatro direcciones", funesta manifestación decadente de su tipo característico de sociedad, se mantiene precariamente, gracias a una inhibición de la clase llamada por la historia viva a aniquilarlo desde su seno mismo y a fundar una nueva sociedad libre de la mercancía. Automación y ciencia en manos capitalistas son cadenas en torno al mundo y silos desbordantes de muerte; en manos del proletariado serán la substitución rápida de la mercancía por los objetos de uso, sin valor comercial, la desaparición de la esclavitud salarial, y extrafronteras será el hundimiento oprobioso de los torsinarios disfrazados de comunistas. La propia separación entre trabajo manual o intelectual, tardaría en absorberse tan sólo el tiempo requerido para organizar una enseñanza que consienta libre desarrollo a las facultades y vocaciones de cadaquién, pues la jornada de trabajo socialmente indispensable reduciríase pronto a poco, dando a cada individuo tiempo y medios de ocuparse en lo que le pluguiere.
También esa azaña suprema, que hasta hace no muchos años parecía quimérica incluso en Estados Unidos, empieza a ser hacedera. Algunas luces siquiera intermitentes han comenzado a romper las tinieblas. La inhibición tiende a cesar. El día en que el proletariado estadunidense entre en liza contra guerra, capitalismo y armamentos, todos los problemas del mundo encontrarán la solución revolucionaria exigida por su naturaleza. A la rivalidad inter-imperialista sucederá entonces la acción común del proletariado de los dos Bloques, que impondrá el desarme, su poder político, y una economía socialista mundial. Las posibilidades revolucionarias de esa unión son ilimitadas.
Noviembre 1965
G. Munis