Alarma, n.º 8, diciembre 1965 (págs. 1-4). PDF del número completo

Todavía estaba en estudio el "Plan de desarrollo de la economía española", cuando en las páginas de este boletín denunciamos su mecanismo reaccionario y su miserable limitación como simple proyecto de expansión y modernización industrial y agrícola. Año y medio después de haber entrado en aplicación, sus resultados primeros, oficialmente tenidos por buenos, vienen a confirmar nuestra apreciación y nuestro pronóstico.

Véase. Durante el año 1964, las inversiones en el sector estatal de la industria ascienden a 62.700 millones de pesetas, de los cuales 12.300 millones en establecimientos financieros. Por otra parte, las instituciones financieras han abierto créditos a inversionistas privados por valor de 119.600 millones, lo que hace subir el valor de los capitales movilizados directa o indirectamente para inversiones estatales a 182.300 millones. Esa cuenta excluye la capitalización que con sus propios beneficios hayan podido efectuar las compañías y empresarios particulares, partida que no figura entre las ofrecidas por la OCDE en su folleto sobre la economía española del mes de julio, de donde tomamos nuestros datos. Además, en el mismo año han ido a invertirse en España capitales extranjeros cifrados en 300 millones de dólares, o sea, 18.000 millones de pesetas al cambio oficial de 60 pts. por dólar. En total, y siempre exceptuada la capitalización de los burgueses españoles, 200.300 millones de pesetas.

Los expertos de la OCDE, verdaderos autores del Plan y destrones de su comisario español, López Rodo, pueden escribir satisfechos: "España ha entrado en un período de rápido crecimiento económico. Tanto la producción como la demanda han continuado aumentando de manera substancial en 1964 y al principio de 1965".

Desde el punto de vista capitalista, el optimismo está justificado por las cifras siguientes: 1 billón y 62.904 millones de pts. de lo que se llama en la jerga economista PNB (producto nacional bruto), lo que representa más de 138.000 millones de pesetas nuevas manejadas por los detentadores del capital, 13 % más que el año anterior. El PNB se reparte así: 21 % la agricultura, 36 % la industria y la construcción, 43 % las restantes actividades. Sin embargo, el aumento de la producción industrial, no indicado, es muy inferior al porcentaje común con la construcción, puesto que ésta, sola, ha conocido una progresión de 50 %, la mayoría correspondiente a alojamientos caros. Esto indica una neta tendencia de los capitalistas nacionales a asegurarse en bienes raíces, por evidente desconfianza en la estabilidad del régimen. Los mismos expertos de la OCDE consideran inquietante tal inclinación y recomiendan a sus alumnos franquistas contrarrestarla. El desequilibrio introducido por ella en las inversiones, repercute en una demanda excesiva de materiales de construcción y podría comprometer el ciclo acumulativo siguiente, los negocios del capitalismo como un todo. Además, los señores de la OCDE recomiendan disminuir, si no suprimir, los subsidios estatales al sostenimiento de los precios agrícolas, causa de carestía, y a su vez ésta, cosa aun más inquietante, de movimientos huelguísticos. En resumen aleccionan: "Una política general de demanda y de precios es lo que ante todo constituye la condición previa de una expansión industrial sana". Con tales acomodos y otros que les son consecuentes, el capitalismo hispano vivirá días de bonanza y se arrimará al costado de las llamadas "economías de abundancia".

Semejantes diagnóstico y pronóstico en general favorables contrastan con las críticas de todas las oposiciones meramente anti-franquistas, que acogen la inflación, el alza de precios o cualquier otra avería como síntoma de futuro fracaso del Plan. Lo que así revelan, precísase decirlo cada día más alto, es que sus propios proyectos económicos para España no difieren en nada esencial de los que procura aplicar la dictadura. En efecto, las tales oposiciones se han marcado como objetivo industrializar, modernizar, poner España a tono con Europa occidental --o con Rusia, igual da para el caso-- y ese es el mismo terreno económico e histórico por el cual quiere adentrarse el franquismo. Reafirmemos nosotros lo dicho ya múltiples veces: ese objetivo, quienquiera lo realice, es de naturaleza capitalista y reaccionaria. Significa ello que alcanzado aun con creces, reforzará en forma centralizada y dirigista el despotismo del capital sobre el trabajo, inflando cada día más las instituciones estatales del primero, sus enormes gastos de dominación, socialmente superfluos, mientras mermará progresivamente la parte de los trabajadores en el disfrute del producto social, agravando, por consecuencia, la dependencia económica y política de los asalariados, su esclavitud.

Con ser ello sobrado como característica reaccionaria, trátase tan sólo del efecto de una causa reaccionaria más profunda, que penetra hasta lo recóndito de la sociedad en el mundo entero. En industria y en agricultura por igual, los instrumentos de producción no pueden desarrollarse en la cuantía y calidad posibles e indispensables a la humanidad, sin transformarlos, de instrumentos del capital y capital ellos mismos, en instrumentos de los trabajadores, o sea socialistas; sin quitar a sus productos la naturaleza de mercancías y darles las de objetos de consumo, valores de uso no mercantiles. Sin realizar eso, todo desarrollo será raquítico, malthusiano y de opresividad odiosa. En el momento histórico que vivimos, desarrollo del capital y subyugación de las masas es todo uno, a tal punto, que el principal factor de crecimiento capitalista desde la postguerra ha sido la parálisis política del proletariado.

Esa parálisis política, de la cual son responsables constantes los grandes partidos pseudo-obreros actuales y sus sindicatos, es lo que ha consentido al senil capitalismo imponer de mil maneras normas de productividad crecientes y un consumo de las masas proporcionalmente descendente. No existe otro secreto de la acumulación ampliada y dirigida del capital en la hora presente. Y es la noción bien clara de ese hecho la que hay que llevar a la conciencia de los trabajadores en general.

Es significativo que en este primer balance del dirigismo franquista, la producción de las industrias estractivas se distinga por una disminución de dos y medio por ciento. No se trata de accidente técnico, sino político. La lucha obstinada de los mineros ha impedido, por lo menos, el libre funcionamiento de la acumulación del capital. Y por otra parte, la recomendación principal de la OCDE a sus educandos españoles consiste en atajar la demanda de productos impidiendo el alza de los salarios. El interés inmediato e histórico de los trabajadores es diametralmente opuesto, y también el de la civilización.

La actividad política del proletariado, en crecida, impedirá seguramente la realización del plan franquista, cuando menos la del plan a largo plazo. De cualquier manera que fuere, a la caída del régimen, los antiguos partidos del Frente Popular y el de la Iglesia, en coalición o separados, volverán a lanzarlo. Y tampoco dispondrán, para su modernización, de otro procedimiento que el aplicado por Franco, hoy truco universal del capitalismo: Forzar el aumento de la productividad, al mismo tiempo que un consumo obrero cada vez más pequeño relativamente a esa misma productividad. Por el contrario, la oposición del proletariado, y la de los revolucionarios en vanguardia, debe orientarse, sin equívoco, a impedir la acumulación ampliada del capital, dirigista o no. La única manera de realizarlo es que los obreros como clase tomen en sus manos y rijan el producto entero del trabajo social. El capitalismo sólo les entrega una parte pequeña de él, en calidad de salario, apropiándose y gastando a su albedrío la mayoría. Pero eso exige la toma del poder político por el proletariado, la supresión del Estado capitalista y de sus colosales gastos militares, policíacos, burocráticos, clericales, la incorporación al trabajo útil de millones de personas que viven parasitariamente, la creación de industrias únicamente para el consumo. En una palabra, hoy no existe otra modernización posible que la puesta en marcha de la sociedad hacia el comunismo, rechazando del mismo golpe el capitalismo occidental y el estatal de los países que usurpan la designación de comunistas.