Alarma, n.º 8, diciembre 1965 (págs. 4-6). PDF del número completo

La tornavísperas de su golpe de Estado, Bumedien, coronel por otras señas, se jactó de haber realizado la operación limpiamente, casi sin derramiento de sangre. Como si se tratase de un pase de prestidigitación, en verdad, Ben Bella se esfumó de la escena mientras salía tras bambalinas una voz diciendo: "El amo soy yo". Y la "izquierda" mundial, de la cual Ben Bella era uno de los favoritos, no daba crédito a sus orejas ni a sus ojos, temiendo reconocer en la voz del fondo la de su coronel Bumedien, y en el pedestal vacío la nada de su Ben Bella. Ni siquiera puede decirse que el "héroe nacional" haya sido derrocado cual tantos otros gobernantes; simplemente, lo quitaron de en medio como se quita una silla estorbosa, o como un niño mete en un rincón sus soldaditos de plomo.

En efecto, hemos presenciado una pantomima mucho más que un golpe de Estado, o siquiera que un "coup de théâtre". Y lo más importante de ella, muy lejos de ser la substitución de hombres, o de "estilo" como dice la gran prensa, es la indiferencia total del público. Apenas si la burocracia militar y policíaca atravesó unas horas de zozobra hasta verse confirmada en sus enchufes. La población en general, y en particular la población trabajadora de ciudades y campo, no se sintió concernida lo más mínimo por el suceso. Ahí está toda la significación política del día 19 de junio en Argelia.

Ya la declaración de la independencia había transcurrido con escaso entusiasmo, a pesar de la importancia formal del hecho. Es que durante los años de guerra todo argelino sin carrera política, militar o burocrática que hacer tuvo sobradas ocasiones de darse cuenta de que el F.L.N. estaba compuesto de logreros principalmente, sin que su conducta difiriera de la de los colonizadores sino por el hábito musulmán. Así también, las diversas oposiciones a Ben Bella, gajos destacados del centro común, carecieron de verdadero arraigo, por más que dispusiesen de poderosos recursos financieros. Los explotados sabían desde la independencia, e intuían antes, que en todas esas querellas sus intereses no contaban sino como batín en disputa entre clanes de aspirantes a "hombres de Estado".

Palmario para las masas argelinas, eso ha sido incapaz de verlo y se negará siempre a decirlo la actual izquierda, no por falta de inteligencia, sino por sobra de culpa. Ella ha contribuido con todas sus fuerzas a entregar el poder a las taifas del F.L.N. y no ha dejado de jalear como revolución su dictadura no sólo capitalista y patriotera, sino teocrática además. La tragedia del proletariado en todos los países, y el peligro que lo amenaza, reside en esa izquierda meramente oficial, que sigue llamándose así por rutina y por necesidades de embauca, pero que en cuantas ocasiones se presentan moja la pólvora de las clases trabajadoras y entroniza o contribuye a entronizar regímenes de explotación. La razón última de su conducta es que ella misma no tiene, en sus respectivos países, otra perspectiva, como se ha visto innumerables veces desde la derrota de la revolución española, particularmente en Europa oriental y Asia.

Ni más ni menos que en cualquier otro país de independencia reciente, en Argelia los dirigentes nacionalistas, por mucho que empleen la palabra "revolución", son educandos y antiguos sirvientes del imperialismo colonizador. Su mentalidad burguesa, atrasada a menudo, y su designio de desarrollar el capitalismo en un momento histórico en que sólo una economía de y para los trabajadores puede exaltar la actividad de las masas abriendo de rondón grandes perspectivas revolucionarias en lo económico y en lo político, les convierte, por el hecho mismo de su encumbramiento, en vulgares pillos y advenedizos a la caza de mando y de vida fastuosa. La lucha entre ellos por el dominio del poder no es sino el aspecto más evidente de la rebatiña por la posesión de la plusvalía, o sea de la riqueza que la explotación arranca a las masas.

Bumedien Ben Bella, Ben Bella Bumedien. Los sujetos que llevan tales nombres son intercambiables en todos los aspecto, y lo mismo para decirse socialistas y musulmanes, que para acusarse recíprocamente de contrarrevolucionarios, a la moda stalinista. La diferencia única que entre ellos cabe concierne, no a actitud ante los trabajadores, sino ante los dos bloques imperialistas y el amago de tercer bloque que China se afana en añascar. Eso ha dado origen a un chusco cuanto despreciable resbalón de la pseudo-izquierda europea. Cogida de sorpresa por el escamoteo de su Ben Bella, insinuó contra Bumedien el epíteto de contrarrevolucionario, al mismo que Chu En-lai felicitaba personalmente al coronel y tildaba de reaccionario a Ben Bella, que todavía 24 horas antes era para el dictador chino una de las eminencias de "la revolución afroasiática". No mucho más tardó el serpeante Nasser en acomodarse con el enemigo de su amigo. Tales son los hombres, asimismo sus regímenes.

En alguna parte de Argelia, Ben Bella continua incomunicado, sin derechos ni garantías, cual hizo él mismo, no digamos con los revolucionarios, cosa invariable bajo semejantes gobiernos, sino con sus propios correligionarios. Mañana puede acontecerle otro tanto a Bumedien, y tampoco se notará en el país cambio básico alguno, ni intervención política de las masas explotadas. Operaciones de tal índole requieren, al contrario, exclusión de toda lucha propia de los trabajadores, pues se trata de riña entre los nuevos dominadores, aun no bien estructurados como dueños del capital, por el dominio de éste. No son sino el enemigo de clase de frente al cual es indispensable fundar un partido revolucionario que ponga en liza a los explotados. Entonces, la indiferencia y el asco justificado de éstos se transformará en lo contrario.

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En Indonesia, el golpe y el contra-golpe de Estado de finales de septiembre se distingue de lo sucedido en Argelia apenas por la rudeza del choque entre las facciones gubernamentales en rivalidad, pero no se distingue en nada por la clasificación social de éstas, ni por el envite entre ellas. Por más que los comunicados de prensa hablen de una lucha entre militares y comunistas, se trata en verdad de camarillas de la misma ralea de lacayos del antiguo imperialismo, hoy encumbrados, que se han repartido el conglomerado geográfico y humano llamado Indonesia. Sukarno y compinches empezaron "su lucha" bajo la protección del Estado Mayor japonés, durante la guerra, vale decir, de las potencias facistas, y fué finalmente sentado en el poder por la potencia colonizadora, Holanda, y por sus superiores en rango imperialista. Por lo tocante al partido llamado comunista, no puede siquiera decirse de él, como de sus homónimos europeos, que fuera revolucionario un día, siquiera lejano. Desde su principio aparece como partido nacionalista ajeno al proletariado. Sus cuadros dirigentes, empezando por su primer jefe, Aidit, pertenecen a la clase dominante material y psicológicamente, y están movidos por la idea de acaparar en provecho suyo la economía y todos los resortes de poder, los policíacos y militares en primer término. Es característica compartida con todos los partidos asiáticos de igual nombre, empezando por el de Mao Tse-tung, patrono del de Aidit. Las "fuerzas ascendentes" de que ambos gustan hablar, son esos desclasados, vividores sin principios ni escrúpulos, que la pervivencia del capitalismo, una vez sobrepasada su etapa normal, parece designar como aleves continuadores decadentes de la burguesía.

Desde hace años, el partido pseudo-comunista indonesio participa en el gobierno sobre la base de "la fe en Dios" y el nacionalismo, los dos pilares fundamentales de la llamada "doctrina Sukarno", profunda como la de tantos otros bufones-verdugos del mundo actual. Con los militares compartía la dirección --y los beneficios-- de empresas industriales, mineras y agrícolas, correspondiéndole a él la obligación de romper huelgas y de forzar el sometimiento de los trabajadores a condiciones de extremada miseria. Todo ello, en el doble nombre de Mahoma y de Marx. El gobierno así constituido por militares, stalinistas pro-chinos, burguesía y sacerdotes además, combinaba los métodos y la fraseología de la contrarrevolución rusa, patrimonio actual de todos los falsarios, con el oscurantismo religioso.

Como en Argelia, en los sucesos de Indonesia la rebatiña entre clanes del aparato estatal por la preponderancia o la exclusividad económico-política, ha desempeñado un papel grande. Sin embargo, aquí la política exterior ha sido motivación importantísima en ambos clanes, y el detonador que provocó el estallido parece haber sido la precaria salud de Sukarno, tenido por árbitro nacional, al que sus médicos chinos habían desahuciado. Verdad o mentira esto último, el hecho es que mientras la victoria no perteneció claramente a ninguno de los clanes "el árbitro" calló la boca, parlona de suyo, y fué a encerrarse en una de sus residencias. La causa de esa actitud está en que el partido stalinista es pro-chino, una parte de los militares pro-rusos y otra pro-americanos, mientras Sukarno, que recibe de Rusia muchos más dólares que de China y casi todo el armamento de un ejército desmesurado para los recursos del país, sólo podía seguir siendo el personaje nacional que se ha inventado esperando en su sillón el resultado del choque entre las facciones, ambas fundamentalmente militares.

Pasados los acontecimientos, Pekín acusa a Moscú de apoyar, en connivencia con los americanos, la campaña y la represión contra "el comunismo", es decir, contra su facción indonesa, mientras esta misma se esfuerza en acercarse otra vez a los vencedores. El saldo es indudablemente un retroceso de la influencia china y un descalabro de las combinaciones pekinesas para crearse un tercer bloque apto para maniobrar entre los otros dos. Chu En-lai ha tomado acta del descalabro insistiendo en que la conferencia de los países afroasiáticos, de la que tanto esperaba para la prosperidad de sus negocios, sea aplazada sine die.

Los continuadores e imitadores de la burguesía están destinados, incluso en los países en que su poder parece estable, Rusia y China, a acometerse y apuñalarse entre sí. No deben su encumbramiento sino al rechazo de la revolución proletaria entre las dos guerras imperialistas, rechazo que ellos procuraron tanto y más que la burguesía. Su poder carece de bases sociales sanas y por lo tanto de porvenir, si no es destructivo; representan y extreman la putrefacción del capitalismo en su postrer etapa. Disfrazan las contradicciones de éste mediante el dirigismo económico y el terror policíaco, tendiendo por eso mismo a dar mayor explosividad a dichas contradicciones. Del substrato social que apabullan suben hacia ellos implacables corrientes de desprecio y odio agudizando sus querellas y sus codicias. A medida que el proletariado mundial va viendo tras la propaganda el comportamiento de esa hez humana, va adquiriendo ardor y experiencia para una nueva acometida revolucionaria. La primer ola proletaria que tome altos vuelos hará saltar, uno tras otro, sus reaccionarios cuanto terroríficos regímenes.