Alarma, n.º 9, julio 1966 (págs. 18-19). PDF del número completo

No podemos saber con precisión lo que Siniavski y Daniel representan. Ni los escritos que de ellos se conocen en el extranjero, ni las declaraciones ante el tribunal que la prensa rusa ha querido publicar permiten situarlos sin equívoco. En cambio, sabemos demasiado bien quienes son jueces, su deslealtad con enemigos y amigos, sus falsificaciones inveteradas, su mala fe mil veces manifiesta, y sabemos que eso es congénito a la naturaleza contrarrevolucionaria del stalinismo. Basta y sobra para denunciar a los jueces y defender a los acusados, sin perjuicio de las reservas que puedan hacerse sobre las obras de éstos y sobre su actitud ante el tribunal.

La acusación de anti-sovietismo que les ha sido formulada, consabida allí en todos los procesos políticos, no significa otra cosa que anti-gubernamental, antistalinista. Sin serlo, sin proclamarlo bien alta la voz, resulta imposible defender libertad alguna; artística o política es la misma en el fondo. En lugar de eso, ambos escritores se definen como patriotas, niegan tener intenciones anti-gubernamentales, critican sólo al déspota muerto, lo oficialmente admitido y reconocen haber cometido una falta haciéndose editar en el extranjero. Por ejemplo, el fiscal pregunta a Daniel si la idea esencial de su cuento, Aquí Moscú, consiste en que "el pueblo vive aterrorizado y en que es incapaz de oponer resistencia alguna a cualquier medida bárbara". Y Daniel, también incapaz de resistir, esquiva: "Repito que he descrito lo que se habría producido si el culto de la personalidad hubiese sido restablecido". Por su parte, Siniavski se pone a tono con los sucesores de Khrutchef: "Pero la época stalinista es para mí un desarrollo histórico natural, yo no la reniego". Lamentable declaración en boca de un hombre a quien se le hace pasar por los procedimientos stalinistas más viles: escuha y registro de conversaciones privadas, incluso con su mujer, confidencias provocadoras de supuestos amigos que se presentan a acusarlo, aceptación resignada del papel de culpable, ensayo previo de la vista del proceso, que no obstante sólo incondicionales del gobierno pudieron presenciar, etc.

El gobierno ruso y sus amanuenses en el extranjero mantienen la ficción de que ya no hay stalinismo. Se trata al mismo tiempo de una necesidad interna de gobierno, puesto que el stalinismo es execrado, y de una diversión operacional en la competencia inter-imperialista, destinada a propiciarse aliados con que modificar aquí o allí la correlación de potencias. Pero el stalinismo permea todas las estructuras rusas y atufa en cada una de las reacciones política y psíquicas de la casta dictatorial, porque continuará siendo, hasta su aniquilamiento, el sistema contrarrevolucionario. Que su crisis esté iniciada y tienda a agudizarse no significa que haya desaparecido, cual lo pone de relieve cada episodio de la misma, sea un proceso, una huelga, un cambio administrativo o un choque entre capillas del Comité Central. Digérase que el fantasma de Stalin continua ordenándolo todo. En Rusia el stalismo sigue siendo la vida cotidiana, sin que nadie haga caso del amasijo de sandeces sobre el culto de la personalidad. Pero en el extranjero se hace creer lo contrario, y lo que el Kremlin gana propagando esa mentira lo pierde con actos de repercusión mundial como el proceso de que nos ocupamos o ayer con el escamoteo de Khrutchef. Para mitigar esa pérdida, los rapsodas de la G.P.U. estilo Aragón y Neruda elevan a la superioridad respetuosas peticiones de indulgencia. Ayer ensalzando los crímenes de Stalin, hoy procurando acreditar la desaparición del stalinismo, los poetas de la bofia siguen en servicio activo.

Hay que señalar el contraste entre el trato dado a Siniasvki y Daniel, 12 y 9 años de campo de trabajo duro, que puede significar la muerte, y la libertad de irse fuera del país consentida, caso único, a Tarsis, otro escritor de la escuela oficial que también había sido editado en el extranjero. En Estados Unidos Tarsis ha adherido, al parecer, a una organización fascista, lo que hace suponer que el Kremlin le dió pasaporte para estar en condiciones de equiparar con él a todos los opositores. La realidad es que el stalinismo ha hecho reaccionarios de cuantos no se le han opuesto a tiempo. Todos sus transfugas pasan a la reacción occidental como de una habitación de la misma casa a otra. Dodequiera vayan conservan la mentalidad adquirida.

Siniavski y Daniel no se han atrevido, o no han sabido, erguirse frente a sus jueces como acusadores en nombre del proletariado y de la libertad de creación. Han aceptado, al menos por pasividad la falsificación oficial y colocádose ellos mismos en el terreno de sus jueces. Sinembargo, algunas de las declaraciones de Daniel serán interpretadas por la juventud como un reto revolucionario. En ese sentido, por lo latente más que por lo deliberado, el proceso contribuirá a extender la oposición hoy informe y darle claridad. Otros procesados vendrán, tenemos la certidumbre, que negándose a tergiversar pronuncien la sentencia del stalinismo: "La contrarrevolución está en el poder; ¡vivan los soviets de 1917!".