Alarma, n.º 10, julio 1967 (págs. 8-12). PDF del número completo

Desde la entrada en escena, brusca, pero muy preparada, de los guardias "rojos" a las órdenes de Lin Piao-Mao Tse-tung, aparece destapada una crisis del poder latente durante años, cuyas raíces se adentran muy hondo y lejos, bien allende de las fronteras del Celeste Imperio. Por eso mismo sin duda, la espectacularidad dada a las medidas, fechorías y concentraciones de los guardias, así como sus lemas aparentes, son de intento para nublar las causas profundas de la crisis, ya que las inmediatas saltan a la vista (1).

En primer lugar, ¿quiénes son y qué representan esos millones de guardias salidos, al parecer, de la manga de Lin Piao? El hecho insólito de que el partido gobernante y su organización juvenil, presentados siempre como la flor y nata del país, para nada suenen como agentes de la "revolución cultural", constituye razón irrecusable de que los promotores de la misma no han conseguido ponerlos en danza. Y el obstáculo no puede venir sino de la dirección, en su mayoría al menos, pues en organismos de tipo stalinista lo que se selecciona son los acomodaticios entre los acomodaticios. Los guardias representan pues una organización nueva, otro partido o partidas, cuya misión es constreñir la dirección renuente de aquel a someterse agachando una vez más la cabeza ante el genio por ella misma inventado de Mao Tse-tung.

Los guardias son sobretodo, se nos dice oficialmente, estudiantes, lo que significa hijos de familias burguesas, de altos burócratas o de antiguos mandarines al servicio del poder. El proletariado en su totalidad, igual que los campesinos tan adulados por la propaganda como maltratados por la policía, no han tenido parte alguna en la operación. Al contrario, le han opuesto resistencia, en muchos casos violenta, aunque por lo general se mantienen al margen, como espectadores. Lejos de entusiasmarles el "pensamiento de Mao Tse-tung", que desde hace 18 años vienen padeciendo como una plaga, les es suficientemente odioso para preferir echar una mano a los burócratas que ahora se le oponen, aunque también ellos sean reos de los mismos delitos reaccionarios que Mao Tse-tung y su nuevo "alter ego". La clase históricamente revolucionario, el proletariado, que desde el principio miró con desconfianza al Partido-ejército de Mao Tse-tung, está ahora netamente contra el poder, siquiera en forma pasiva. A tal punto que la propia versión oficial habla de "llevar la revolución cultural a las fábricas". Pero éstas la han rechazado mediante la huelga, o bien a palos y a tiros donde la ocasión les ha sido favorable. Son pues los hijos de los dominadores tradicionales y nuevos los encargados de meter en vereda a las masas trabajadoras. Pero que nadie se engañe con ellos y detrás de ellos opera la policía y el ejército. Cuando los trabajadores no tengan posibilidad alguna de hacer resistencia, siquiera guarecidos tras el otro bando burocrático, desfilarán como cualquier forzado enarbolando la efigie de Mao Tse-tung, y habrá triunfado lo que, por antífrasis de pura cepa stalinista, es denominado "revolución cultural".

Menester es que el enfrentamiento entre la alta canalla dirigente sea sobre asuntos de capital impotancia, y nada reciente, para que no haya podido evitar darle el aspecto de lucha y terror callejeros que duran ya un año largo. Que la división alcanza al propio ejército, es manifiesto por los encuentros habidos en diversas provincias. En el ejército surgió una primera crisis, muy antes de que adquiriese estado público la crisis general. Pero las destituciones y medidas policíacas tomadas entonces nada resolvieron, puesto que los culteros hubieron de constituir una nueva comisión "depuradora" en la cual figura la mujer de Mao Tse-tung. Tiene que estar dividida también la propia policía, pues de lo contrario se habría impuesto a estas fechas cualquiera de los bandos que dispusiese de ella sin reservas. Ella y el ejército son los resortes principales de gobierno en regímenes de tal tipo. Los culteros han hecho llamamiento a ambos como "órganos de la dictadura". En cuanto a los motivos del conflicto sólo se conocen los enunciados, sea por la prensa y la radio, sea por Lin Piao y otros sujetos en nombre de Mao Tse-tung, nunca por éste mismo. Pero tales motivos no tienen relación alguna con los verdaderos, que tampoco revela el bando adverso. Es evidente que los dos bandos (si a dos se limitan) se temen recíprocamente y se reservan poder dar marcha atrás. El silencio aún no roto en público por Mao Tse-tung ha originado bulos dándolo por muerto y atribuyéndole un sosia que sería el que ha estado presente, mudo, en algunas concentraciones de guardias. Suposición innecesaria. En las nociones maotsetunescas, las fanfarronadas sobre sus enemigos, "tigres de papel", "desprecio estratégico", etc., van acompañadas de tanta flexibilidad "táctica" que consienten siempre el compromiso y el propio achante. Esa cazurrería primitiva, que se quiere dialéctica, es la que ha guiado todo los pasos del individuo, desde su antigua unión con Chiang Kai-chek frente a la Oposición trotzkista, y es sin duda también la que actualmente lo retiene en la penumbra.

Por su parte, el bando sacrílego y sus jefes designados, Liu Chao-chi y Teng Hsiao-ping, no tienen siquiera la gallardía de cualquier iconoclasta. En público comulgan con el "pensamiento de Mao Tse-tung", misal en mano. No se conoce hasta este momento ninguna formulación de sus cargos o de sus intenciones, aunque algunos pasquines, sin firma, hayan tachado de fanático a Mao Tse-tung. En cambio, la resistencia silenciosa y matrera con que han respondido obligó, primero, a la formación de los guardias, y luego los ha contrarrestado introduciendo el desbarajuste en sus filas y en la campaña de carteles de donde proceden casi todas las noticias que se tienen. Son también, sin duda, el origen de muchas de las resistencias hechas por los trabajadores industriales, si bien otras últimas, y en tal caso más positivas, parecen ser espontáneas. Han adoptado igualmente el falso lema de "la revolución cultural" y alistado su gente en las filas y en la dirección de los guardias. Así se explica que varias alocuciones de Radio-Pekín hablasen de "guardias rojos monárquicos", y de "guardias rojos contrarrevolucionarios" con sus respectivos cuarteles generales y organos de publicidad. Tal o cual jefe de guardias, ministro, alto polizonte, presidente del Tribunal Supremo o director del Plan, se ve de repente detenido y acusado, sin que deje por ello de entonar las letanías del "genio".

En fin, tan inextricable embrollo es evidentemente producido con plena intención y por gente bien afianzada en todos los órganos e instituciones gubernamentales, la economía y el gobierno incluidos. Pero lejos de parecer algo concertado en escala nacional o provincial siquiera, se tiene la impresión de una multitud de acciones de resistencia inconexas que abarca todo el país, las ciudades en primer lugar. Dijérase que cada burócrata o grupo de burócratas en una localidad o en determinado escalafón de un organismo se atrinchera en él, dispuesto a responder si es atacado, pero en disponibilidad de sumarse a quienes lleven la ventaja. El poder totalitario se desdobla y se desperdiga, sin que por ello quede vacante. La situación sería favorable a un despliegue de veras comunista del proletariado, pero el stalinismo chino, como el ruso antes que él, no ha dejado vestigio de organizaciones revolucionarias, ni de libertades obreras. En semejantes condiciones, las masas sin cohesión ni norte, desmoralizadas, intelectualmente desquiciadas, caen a un nivel tan bajo que las lleva a acogerse a cualquier rival del opresor inmediato, cual sucedía en los reinos medievales y en los antiguos despotismos asiáticos, de los cuales la actual China es versión mestiza de capitalismo decadente. Cuando el exterminio de la oposición revolucionaria y la falsificación de las ideas han ido tan lejos, la sociedad carece de recursos para hacer frente a sus problemas reales, no está siquiera en condiciones de planteárselos con claridad. Que el exterminio de los revolucionarios se haya cumplido según el rito de la contrarrevolución rusa, invocando el stalinismo a título de marxismo, el resultado es aún peor que invocando las ideas reaccionarias tradicionales. Por ello, la profunda crisis que presenciamos no pasará probablemente de una batalla, por dura que sea, entre los dirigentes.

Ni qué decir tiene que las acusaciones del bando maotsetunesco contra sus competidores son falsas de punta a cabo. Restablecer el capitalismo en China es tan imposible como restablecerlo en Estados Unidos, y por las mismas razones. El capitalismo nunca ha dejado de existir allí, e incluso bajo una forma menos estatal que la de hoy ninguno de los actuales gobernantes tendría nada que ganar, ni como explotadores de la plusvalía arrancada a la clase obrera, ni como déspotas políticos. No menos falsa es la acusación de "revisionismo", si bien con ella se indica una realidad cuya extensión desconocemos: la alianza de los rivales de Mao Tse-tung con el Kremlin, que es incontestablemente la causa inmediata de la crisis, si bien las causas mediatas son más profundas. En efecto, desde 1958 por lo menos, el Kremlin trabaja asiduamente a los dirigentes chinos en pro de una política exterior subordinada, tanto en el plano estrictamente militar como en el político... y en el económico. El fracaso de todas las tentativas de expansión hechas por Pekín, la enorme disminución de su influencia entre los nacionalistas de Asia y África, la situación económica interior, al borde de la catástrofe, y los riesgos de exterminio termonuclear que la megalomanía imperial de Mao Tse-tung comporta, han inclinado en favor de Moscú un número desconocido, pero sin duda muy importante de altos burócratas del partido, de los profesionales del poder. Para colmo, la guerra de Vietnam, que en "el pensamiento de Mao Tse-tung" hubiera debido hincar la garra china en el Sudeste asiático, si no enzarzar directamente a los ejércitos rusos con los americanos, está asegurando, por el contrario, el dominio ruso sobre la parte norte del país y creando las condiciones de un nuevo reparto de la península indochina entera entre Washington y Moscú.

La política de expansión imperialista socapa de "guerra revolucionaria" está abocando a un fiasco de consecuencias mucho peores que las del otro fiasco que fué el "gran salto adelante". Las de éste consiguieron dominarlas la policía y el ejército actuando sobre una población muerta de hambre y aterrorizada; las del fiasco actual nada conseguirá soslayarlas, y menos que nada el triunfo de Mao Tse-tung y su entrada en el club de criminales del arma termonuclear. Hace años, el dictador chino declaró que la correlación de fuerzas mundiales cambiaría cuando él poseyese la bomba atómica. Se refería tácitamente, como fué dicho en Alarma y empiezan a barruntar hora kremlinólogos, sinólogos y comentaristas cuasirrevolucionarios, a la correlación de fuerzas con Rusia. Creía por tal medio hallarse en condiciones de arrastrarla tras un designio imperial conjunto que sería, en fin de cuentas de muertos y supervivientes, el de China. Ahora descubre que para cambiar tal correlación no queda otro camino que invadir Mongolia Exterior y Siberia con 40 o 50 millones de hombres para comenzar, e impetrar la no-intervención, si no la benevolencia de Washington. Pero ni aún eso bastaría para sacar avante las ambiciones maotsetunescas. Habría que ir mucho más allá, e instalar en el Kremlin un gobierno vasallo de Pekín. De lo contrario, China tendrá que acomodarse, quien quiera la domine, al papel de imperialismo pobretón. El programa de dominación de Rusia por China, ya está listo. Pero por ahora es Mao Tse-tung quien tiene que defenderse en su colonia de Mongolia Interior.

El viaje de Kosiguin a Vladivostok y el del jefe de la sección de cohetes balísticos del ejército ruso a la frontera sibero-china, están lejos de ser protocolarios. Washington no tiene nada que temer, al menos nada muy grave, de Mao Tse-tung-Lin Piao, pero sí Moscú. Por disonante que esto parezca en medio del cúmulo de interpretaciones ineptas que de la pretensa "revolución cultural" han sido hechas, y al revés de lo que afirman los promotores de la misma, la victoria de los adversarios gubernamentales de Mao Tse-tung debilitaría al imperialismo yankee en la medida en que se viera reforzado el imperialismo ruso por el respaldo chino a su política mundial. No existe ni puede existir otro enemigo imperialista serio de los Estados Unidos, cualesquiera sean las tajadas de reparto y coexistencia que otros puedan obtener. Ahora bien, lo inverso no es igualmente cierto. Sin pisar terreno de China, los Estados Unidos están en condiciones de aniquilar todos sus centros vitales y la mayoría de su población, mientras que razones geográficas y demográficas hacen vulnerable a Rusia. Miles de kilómetros de frontera siberiana despiertan en Mao Tse-tung sus instintos de reina termita. Aunque Rusia descargue sobre China su arsenal de bombas termonucleares, el hormiguero humano con que Pekín cuenta se hallará siempre en condiciones de inundar Siberia por oleadas a decenas a centenares de millones. "El pensamiento de Mao Tse-tung" redúcese, en fin de cuentas, a la suma y la resta de los millones de chinos que puede mandar a la muerte desde su abrigo anti-atómico. Sólo hace falta que los hombres se comporten como termitas y no como hombres, disparando atrás.

Eso es lo que pretende conseguir la "revolución cultural". El rótulo indica sin error posible que la oposición al régimen, por muy informe que sea, se extiende de la clase obrera a la mayoría de la población. Se trata de doblegarla hasta que todo el mundo entre o finja entrar en delirio por el pensante oficial. La represión policíaca se extenderá mucho más allá de los cuadros del partido dictatorial, gigantesco lavativo cerebral del que ya están siendo víctimas decenas de millares de obreros y campesinos. Si la operación terminara en completo éxito, lo que parece dudoso, cuando nadie se atreva a pronunciar una palabra ni escribir una línea sin citar al caduco mesías, la gloria de éste habrá sobrepasado la de su modelo, Stalin, pero China se hallará más envilecida que en tiempos de la dinastía Han, cuando los eunucos dictaban su ley a capricho. Ni Mao Tse-tung ni nadie de procedencia stalinista tiene aptitud para fundar otra clase de cultura.

Es característico de todos los regímenes actuales, sin exceptuar el americano y el ruso, ignorar adonde van. El régimen chino anda aún más a ciegas que cualquier otro, porque dispone de menor margen de maniobra, de escasos recursos económicos comparativamente, y también porque la retorsión reaccionaria que cotidianamente efectúa en nombre del "marxismo-leninismo" es aun más chillante y repulsiva que en la propia Rusia. Se debate en medio de contradicciones que la represión ahoga pero que no suprime, y bordea sin cesar el abismo. Se jacta de fundar una nueva era —eco mortecino de Hitler y Stalin— y vive al día, incapaz de prever siquiera el comportamiento de su propio cuerpo de funcionarios. Falsifica la crudeza de su sistema explotador llamándolo socialista, cuando en realidad no resuelve sus urgencias alimenticias sino porque se lo consienten los gobiernos burgueses, el de Washington incluido. Perora sobre la liberación de los pueblos mientras patea al suyo, coloniza y encadena los de su periferia: Sinkiang, Mongolia Interior, Mandchuria, Tibet, etc. Bravea desafiando a Tirios y Troyanos y se esconde cuando ha de pasar a los hechos: India, Pakistán, Vietnam mismo. Alardea de expresar el devenir histórico del mundo, siendo él mismo una de las escorias más despreciables de la vieja, pútrida sociedad.

La inepcia de casi todos los comentarios referentes a los acontecimientos de China (aludiendo sólo a los no mercenarios) proviene de la ignorancia de las verdaderas premisas sociales y políticas de los mismos, pues el acondicionamiento de las mentes por las propagandas aqueja hoy incluso a la mayoría de los grupos obreros que se creen inmunizados contra ese virus cultivado a porfía por Oriente y Occidente. Así, nadie ha visto que las más inmediata de dichas premisas es la crisis del stalinismo. Artificialmente contenida en el coto inmenso de Mao Tse-tung, cobra allí, por eso mismo, sesgos y gravedad particulares, correlativamente a sus pretensiones dentro del Bloque oriental y fuera de él. Principalmente política, esa premisa esclarece buena parte de los acontecimientos, sobre todo en cuanto tienen de enfrentamiento, dentro del aparato gubernamental, entre adversarios y partidarios de una política exterior subordinada a la de Moscú, y de los viejos o modificados procedimientos rusos de explotación del trabajo asalariado.

Empero, tampoco pasa de ser esa una explicación parcial y coja sin encuadrarla dentro de la premisa social más vasta y pertinaz, de la cual se desprende aquella otra. En efecto, desde Alemania del Este y Yugoslavia hasta China y Corea, pero siempre con Moscú por epicentro, la crisis del stalinismo constituye una faceta, muy importante, cierto, pero faceta sólo, de la crisis del capitalismo como sistema económico y político en toda la redondez de la Tierra. La exigencia histórica ya inmediata de la humanidad, es la supresión del trabajo asalariado, de los ejércitos y armamentos, de las economías nacionales y sus contraposiciones patrióticas y raciales, de todos los poseyentes y mangoneadores de los instrumentos de trabajo y de la cultura en general, llámense burguesía o "intelligentzia". Las contradicciones entre el tipo de economía capitalista y las necesidades socialistas de las masas y la sociedad como un todo, son la causa más profunda de la crisis del stalinismo, tensión que aumenta una política exterior que por las mismas causas no puede ser sino imperialista. Lo que distingue a todos los regímenes de capitalismo stalinista de los otros capitalismos procede de aquello mismo que no lo distingue, a saber, su incapacidad para sobrepasar la compra-venta de hombres y productos y con ella la política exterior de expansión y guerra. Ni la falsificación sistemática de la realidad social, ni la represión podían impedir que tales incapacidades y contradicciones saliesen al fin a la luz. Tal es la crisis del stalinismo en general, el chino incluido. Y no es de extrañar que esa crisis adquiera mayor premura allí donde la propaganda y las mil presiones cotidianas se han esforzado en disfrazar el capitalismo que todo el mundo sufre con los abalorios del "marxismo-leninismo". Si Rusia, China y demás fuesen socialistas siquiera a medias, les bastaría dejar sus masas trabajadores unirse en solidaridad mundial con las de otros regímenes, para que el socialismo se extendiese. No sería obstáculo para ello tener todavía un nivel económico bajo, pues lo caracterísitico de una economía en marcha al socialismo es la dirección de la misma y sobretodo de lo que hoy es plusvalía del capital, por los trabajadores mismos. La realidad está tan alejada de eso en el Bloque "socialista", que ni siquiera en su seno puede poner en práctica el primero de los lemas revolucionarios: "Proletarios de todos los países, uníos".

La "revolución cultural", como la "destalinización" en Rusia representan tentativas de determinadas fracciones de los explotadores, destinadas a revigorizar el régimen de una forma u otra. Son enteramente comparables a las tentativas del clero y de parte de la burguesía española para salvar el capitalismo después de Franco. Mas, igual que en España, en Rusia y en China la necesidad social, lo que origina la división de los explotadores es el descontento general de las masas, que tan solo la revolución comunista puede satisfacer. Contra todas las tentativas de Mao Tse-tung o de Liu Chao-chi, el proletariado Chino ha de encontrar el camino de derrocarlos a ambos, tomar las armas del ejército y la policía y unirse en la lucha internacionalista al proletariado mundial, el ruso y el americano en primer término. No puede haber otra solución a la crisis.

Junio 1967

G. M.


(1) La importancia adquirida por los acontecimientos aquí tratados, nos fuerza a posponer para el próximo Alarma el trabajo prometido en el anterior: "Recuento de verdades y mentiras entre falsarios".