Alarma, n.º 9, julio 1966 (págs. 17-18). PDF del número completo
Uno sólo de los 700 millones de chinos, gran fulano cuyo nombre nadie ignora hoy, salvo, quizás algunas decenas de millones de súbditos suyos, quienes aún no saben si despotiza él o todavía un emperador mandchú. Si no fecundo, su pensamiento es ciertamente devastador. Tiene, como se dice en la jerga militar moderna, enorme fuerza de disuasion: una policía innumerable y tanto más inexorable cuanto que cada uno de sus componentes se asegura así la subsistencia en la acepción darwiniana del término, y la existencia en la acepción maotsetunesca. Y el pensamiento de Mao Tse-tung brilla indesafiado en toda la vastedad del subcontinente asiático.
Los restantes chinos, sinembargo, no parecen acomodarse muy de grado a esa privación del seso que los retrolleva de la categoría de homo sapiens a la de sinanthropus erectus apenas. Prueba: las represiones periódicas en gran escala, sin perjuicio de la cotidiana y menos espectacular, amén de las campañas orales y escritas para lavar los cerebros de funciones propias y jeringarles las del pensante titular. La oleada de terror actualmente en curso, de la cual no sabemos, en realidad, sino poco de lo poco que confiesa la prensa china, alcanza esta vez a la alta canalla del partido dictador. El primer afectado por ella ha sido el ejército, es decir, la base y la esperanza principal del poder actual. Los antiguos jefes fueron substituidos, algunos liquidados en silencio, mientras otras estarán siendo "reeducados" en cualquier campo de concentración. La represión estaba ya consumada en el ejército cuando su nuevo jefe, el estridente mariscal Chen Yi, declaró que se trataba de mantener la obediencia del ejército al partido. Ahora bien, como el ejército ha sido desde el principio el partido mismo, la parte más privilegiada y determinante de él, Chen Yi confesaba sin quererlo que era el círculo supremo de Mao Tse-tung el que se hallaba en crisis. Las destituciones posteriores de Peng Tchen, alcalde de Pekín, burócrata de gran alcurnia, sujeto de confianza del indiscutido, así como de redactores jefes de tres de los principales diarios, de directores y de personal universario, artístico, científico, etc., subrayan la extensión de la crisis a todo el mandarinato. Tratándose de los enemigos de clase del proletariado, los revolucionarios nos regocijamos de que se injurien y se acuchillen entre sí. Cuando el altísimo dirigente y letrado que era Kuo Mo-jo aparece en pecador ante su Salvation Army para confesar que por no haber comprendido el pensamiento de Mao Tse-tung quiere "revolcarse en el lodo" y que toda su obra merece ser quemada, exterioriza inconscientemente lo que está haciendo, junto con él, la casta dirigente en su totalidad.
Hemos dicho hace años, y creemos ser los únicos, que el stalinismo chino no escaparía a la crisis del stalinismo mundial cuyo epicentro está en Moscú. Los buenos tiempos en que el terror policíaco bastaba para tener en un puño a millones y millones de oprimidos, si no han pasado todavía están en trance de pasar. De todas maneras, Mao Tse-tung ha llegado demasiado tarde para hacer el Stalin asiático. En China tanto y más que en Rusia, las masas han vuelto la espalda al régimen, lo odian precisamente porque han comprendido "el pensamiento" de Mao Tse-tung y mediante la resistencia pasiva la mayoría de las veces le crean un mar de dificultades. Fuera de las demostraciones a que los trabajadores van conducidos como prisioneros, el poder no encuentra en ellos sino aversión. A esa situación interna, que por sí sóla tenía que originar divisiones en la casta dictatorial, se añade el fiasco de la política exterior china. Casi todos sus amigos se le han ido, ora con Rusia, ora con Estados Unidos. Tras la catástrofe del partido pro-chino de Indonesia, la suplantación del bufón Nkhruma por los militares y el fracaso de todas las tentativas diplomáticas en Africa, la de las tentativas políticas en la conferencia dicha tricontinental de La Habana, y allí Castro se permitió acusar a China de imperialismo. A continuación, Pekín constata que Corea y Vietnam del norte, sus allegados, se colocan a medio camino entre él y Moscú, y que hasta el partido stalinista japonés, su doméstico, le saca la len- gua. En suma, no le queda a Pekín más que Albania, y hasta próximo aviso Malí. Así pues, en el dominio de la proyección exterior del imperio chino, el de mayor monta para el mandarinato pseudocomunista, "el pensamiento de Mao Tse-tung" no ha procurado sino descalabros, a menos que pronto se nos revele que es Chu En-lai quien no ha comprendido jota de las cabilaciones del otro. Los dos balances negativos se han conjugado como causa de disensión, que por su parte el gobierno ruso viene atizando desde la época de Khrutchef (1).
Cuando esté terminada "la revolución cultural", oleada de terror cuya extensión tardaremos años en conocer, el pensante titular o su heredero tendrá que inciar otra represión y otra readaptación de 700 millones de cerebros. La demencia política de Mao Tse-tung tiene, como la de Hitler y la de Stalin, por base personal la ignorancia y la sed de dominio, por fondo social la decadencia del capitalismo, de la cual ellos son casos extremos.
En los últimos tiempos de la dinastía Han (principios del siglo III), los eunucos imponían su ley al país y en sus manos estaba la vida de todos y cada uno de los chinos. El gobierno de Mao Tse-tung, en el que no faltan, sin metáfora, los eunucos, pretende castrar psicológicamente a la totalidad de los chinos. Pero si el capitalismo decandente, por muy socialista que se diga, consiente tan odiosas tentativas, ni el proletariado chino ni el mundial han dicho todavía su última palabra.
(1) En el próximo número de este boletín: Recuento de verdades y mentiras entre falsarios.