Alarma, n.º 8, diciembre 1965 (pág. 7). PDF del número completo

El régimen griego, uno de los más parecidos en Europa a la dictadura franquista, a pesar de su parlamento y su constitución, ha franqueado el dintel de la estabilidad y entrado en período de crisis. Un conflicto insignificante desde el punto de vista formal entre el rey y su jefe de gobierno, Papandreu, rompió las amarras que retenían en la pasividad a los trabajadores, y éstos, junto con los estudiantes y la mayoría de la población, invadieron en iracunda protesta las calles de Atenas, Salónica y demás ciudades. El asesinato de uno de los manifestantes por las fuerzas de policía, eterno sacrificio al dios orden, las cargas contra la multitud a culatazos y vergajazos, la represión en general, redoblaron netamente la cólera de los manifestantes, contraponiendo sin equívoco la mayoría del país a la monarquía.

El despertar súbito de las masas es tanto más prometedor cuanto que ningún partido revolucionario ha servido de fermento a la protesta. Muy al contrario, el hombre que aparece como catalizador de la misma se presenta como salvador de la monarquía, y en su anterior calidad de presidente del gobierno ha ejercido él mismo la represión. Pero en el fondo, la capacidad determinante de esa clase de hombres, su papel al iniciarse una conmoción social, es siempre efecto contrahecho de las inquietudes y exigencias que laten en la entraña de las masas trabajadoras depositarias hoy del devenir colectivo.

Nuestra tendencia viene aseverando desde hace años que la conversión reaccionaria de los antiguos partidos comunistas, cuya causa fué el triunfo de la contrarrevolución rusa, es a su vez la primer causante de la inactividad del proletariado en todos los países y por ende de la permanencia del capitalismo. Eso es casi tan claro en el caso de Grecia como en el de España. Lo ocurrido aquí en el transcurso de varios años de lucha revolucionaria, sucedió vertiginosamente en Grecia, durante la insurrección de 1944. El partido pseudo-comunista se concertó con las tropas imperialistas, y personalmente con Churchill y Damasquinos, a fin de ametrallar el proletariado, que había tomado el poder en Salónica y lo reclamaba en Atenas misma al grito de "¡Todo el poder a los soviets"! o comités obreros. Ventitantos años de monarquía, represión, capitalismo y tutela yankee, arrancan de esa actitud reaccionaria del partido ruso en Grecia. La guerra iniciada a continuación por éste, falsamente llamada guerra civil, (a menos que se sobrentienda: entre dos tendencias del capitalismo con focos imperialistas diferentes) no era ya más que una tentativa rusa para contornear los Dardanelos. Ajena por entero a la lucha de clases, cesó tan pronto se vió privada de suministros y de frontera libre a retaguardia por el conflicto entre Yugoslavia y Rusia.

El causante stalinista de la reacción monárquica, es también lo que ahora confiere a hombres como Papandreu, que colaboraron en la represión de los insurrectos del 44, y luego en la de los propios hombres de fila del stalinismo, distinción falaz como defensores de la libertad y del derecho, siquiera burgueses. Por ello también, el nuevo estremecimiento de las masas cobra relevancia y significación mayores, pues si aun canalizado por Papandreu, con el sordo, pero evidente respaldo del stalinismo, ha dejado tambaleante la monarquía, ¿qué habría sido si los manifestantes hubiesen encontrado aliento y consejo en un partido resuelto a preparar la toma de poder y economía por el proletariado?

Cualquiera sea en lo sucesivo la actitud de los hombres y los partidos conocidos, legales o ilegales, la lucha del proletariado irá cobrando bríos y amplitud. Conocerá los vaivenes de todo movimiento en gestación, pero progresará tras cada alto o cada retroceso hasta un determinado punto, llegado al cual, ha de culminar en revolución social, o de lo contrario será aplastado por el stalinismo, por el ejército, o por una combinación de ambos, como en 1944. A los revolucionarios corresponde alertar las masas contra los peligros futuros e ir directamente a organizarlas en nuevo partido que se inspire en la experiencia griega y mundial. El trazado general de su política ha de ser: Ni Washington ni Moscú, ni capitalismo burgués ni estatal, sino revolución comunista mundial. Fuera de eso sólo habrá lugar para el oportunismo o para la traición abierta.