Alarma, n.º 10, julio 1967 (págs. 5-7). PDF del número completo
Nota de la redacción: Los autores de la carta cuyo fragmento se leerá a continuación (entera tiene 78 páginas de máquina) hijos de altos funcionarios gubernamentales, afiliados a la organización de jóvenes y a la correspondiente estudiantil, fueron expulsados de ambas y condenados a 3 y 3 ½ años de cárcel, a causa de un programa político del que se incautó la policía. En la carta explican las ideas que les han valido la represión, silenciadas o falsificadas por el gobierno, como de consuno.
La importancia del texto reside, más que en su contenido, en que haya sido dicho en Polonia y por hombres que para disfrutar de una posición privilegiada les bastaría callarse. Por haber preferido hablar, Modzelewsky y Kuron representan el enlace de una nueva promoción de revolucionarios con la antigua, exterminada en los países stalinistas. De ello están percatados, a juzgar por algunos de sus párrafos. Su toma de posición contra el régimen tendrá consecuencias benéficas en el porvenir, sobretodo porque los autores no ven en el Estado polaco un "Estado obrero degenerado" o "deformado", definiciones de un oportunismo cada día más flagrante. Lo consideran, sin rodeos, régimen de explotación del trabajo obrero y proclaman la necesidad de derrocarlo.
El fragmento que publicamos es el más sólido del escrito, no exento éste de algunos errores. El de mayor importancia, que repercute en otras debilidades, es la calificación de la burocracia dictatorial como nueva clase dominante, que en sólo 20 años (40 en Rusia) habría ido, de un supuesto período socialmente progresivo, al agotamiento totalmente negativo y reaccionario. Un proceso semejante, cuando ocurre, abarca necesariamente siglos. Causa probable de tal error es el aislamiento de los autores dentro del Bloque ruso. Conocen sin duda el libro superficial y plagiario del exministro de Tito, Djilas, sobre "la nueva clase"; en cambio ignoran lo dicho sobre el tema fuera de aquel y no tienen ni noticia de nuestros análisis de la contrarrevolución stalinista como prolongación, adaptada a condiciones particulares, del capitalismo mundial decadente. Pero ese y otros errores los compensa ampliamente su llamado a la toma del poder político, de las armas y de la economía por los trabajadores. Con lo último basta para que Modzelewsky y Kuron deban ser tenidos por camaradas y como tales defendidos.
Alarma
En 1962, un obrero industrial ha creado, por término medio, productos por un valor neto de 71.000 zlotys, de los cuales ha recibido 22.000 en forma de salario. Dicho de otra manera, durante la tercera parte de su tiempo de trabajo un obrero produce su propio mínimo vital, mientras durante las otras dos terceras partes crea sobreproducto.
La clase obrera no ejerce ninguna influencia sobre el monto de ese sobreproducto, ni sobre su reparto y utilización, pues, como ya lo hemos dicho, carece de influencia en las decisiones del poder, que dispone de los instrumentos de producción y de la producción misma. No es la clase obrera quien determina la cantidad de salario, que le es impuesto igual que las normas. Los obreros no tienen ni el derecho ni la posibilidad de defenderse económicamente; como hemos visto, están privados de organización, la cosa absolutamente indispensable para que sea eficaz una acción huelguística. Toda organización (entendimiento entre obreros) cuyo objeto sea luchar por los salarios es ilegal, y por ende perseguida por el aparato represivo: la policía, los jueces, los tribunales. Así pués, a la clase obrera se le quita por la fuerza el sobreproducto, en proporción que no determina ella, y es empleado fuera de su círculo de influencia y de sus posibilidades de control.
¿A qué va destinado el sobreproducto? Primero, a la acumulación, o sea, al agrandamiento de la producción. Pero, como para sí mismo el obrero sólo produce el mínimo vital, el objeto de la producción no es su objetivo de clase (igual que en el capitalismo, la acumulación puede servir los intereses del obrero en la me- dida en que le procura un empleo en casa ajena, que le consiente vivir, pero no por ello se convierte en suyo el objeto de la producción). En el sistema actual, los gastos de acumulación están destinados a fines extraños al obrero.
En segundo lugar, va (el sobreproducto) al mantenimiento del aparato de represión: el ejército, la policía política, los fiscales, los tribunales, las prisiones. Ese aparato sirve para consolidar las relaciones económicas y sociales existentes, mismas en que el obrero trabaja por su propio mínimo vital, cede los dos tercios de su producto y se halla privado de influencia y de control sobre su trabajo y sobre su producción, privado de organización propia y posibilidades de autodefensa. Los gastos del Partido y de las organizaciones por él dirigidas tienen la misma finalidad: impedir todas las tentativas de resistencia y oposición por parte de la clase obrera y organizar a ésta dentro de la obediencia al poder: gastos de dirección para vigilar al obrero, a fin de que rinda el mayor producto posible sin darle un solo zloty más de su salario; gastos del aparato de propaganda que glorifica al régimen existente y cuenta a los obreros que todo va maravillosamente; gastos de administración como medio de gobierno por la burocracia. Todos esos organismos son enemigos de la clase obrera, y la parte de la producción que les es asignada se revuelve contra la clase obrera bajo forma de policía, de dirección, de organización del Partido.
En tercer lugar, el sobreproducto cubre los gastos de sectores cuya función aparente no está ligada al sistema (ciencias, instrucción pública, enseñanza superior, cultura, sanidad, servicios). Esos sectores tienen una función social, ciertamente, pero la cultura, la enseñanza, la ciencia, e incluso la producción de bienes materiales tienen una función social también en una sociedad de antogonismos, sin que por ello pierdan su carácter de clase. Los gastos mencionados en este párrafo pueden ser clasificados como sigue:
Los gastos que sirven directamente a la producción (parte de los fondos destinados a la ciencia, por ejemplo a los conocimientos técnicos o matemáticos, parte de los destinados a los diversos grados de enseñanza, formación de la fuerza de trabajo obrera, etc. Dentro del sistema de las relaciones económicas existentes, el objetivo de la producción y por consecuencia los gastos destinados a la realización de ese objetivo, son, no menos que la acumulación, ajenos, desde el punto de vista de clase, a los intereses del obrero.
Los gastos indirectamente destinados a hacer la apología de las relaciones sociales existentes, a arraigarlas en la consciencia de las masas, y a la constitución de las formas de vida colectiva correspondientes. En esa categoría entran, en primer lugar, parte de los gastos a título de ciencia, literatura, cinematografía, arte. La sumisión a los intereses de la burocracia por parte de los intelectuales creadores, cuya profesión se relaciona con la formación de la consciencia social, la facilita su dependencia material respecto de los poderes científicos, ministeriales, de los editores, el todo mediante un argumento político (el papel dirigente del Partido en la ciencia y en la cultura) y de un argumento represivo, la censura. El escritor, el hombre de ciencia, el cineasta no pueden dar muestras de independencia en su trabajo profesional, ni presentar nada al público sino en la medida en que se los permite la censura. Señalando la frontera de la actividad profesional de los medios creadores —mediante la censura, la designación de cuadros, el control y la dirección cultural de las ediciones— la burocracia los constriñe a la apología o al silencio. Al mismo objeto sirven también en parte los gastos de enseñanza, no por el carácter propagandísitico de los programas escolares, sino más bien debido a la estructura tradicional del sistema pedagógico en la escuela de hoy, que orienta la juventud hacia formas de vida colectiva exactamente correspondientes al carácter de las relaciones sociales existentes, en las cuales el obrero no tiene el control de su trabajo ni de su producción y se encuentra privado de derechos políticos; la escuela está pues orientada a finalidades opuestas a las de los obreros.
Los gastos representados por diferentes cargas y servicios gratuitos para la clase obrera y la masa de trabajadores asalariados, es decir, la mayoría de los fondos acordados a sanidad, parte de los acordados a equipamiento municipal, a guarderías, escuelas maternales, organización de ocios, etc. Tales servicios gra- tuitos —lo hemos dicho ya— son un elemento indispensable del mínimo vital del obrero dado el nivel del salario real. Así pues, constituyen, desde el punto de vista de los organizadores de la producción, parte de los gastos de producción y pertenecen al producto necesario y no al sobreproducto.
Es evidente que el obrero no puede recibir el equivalente de su producción en forma de salario real. Para que la producción se amplíe precisa desgajar un fondo de acumulación. Para mantener los sectores no productivos necesarios a las necesidades del obrero y de toda la sociedad (educación sanidad, ciencia, etc.) tiene que consagrárseles una parte de la producción. Pero en el sistema actual el obrero no obtiene sino el mínimo vital en forma de salarios y servicios. El sobreproducto le es arrebatado por la fuerza (el obrero no tiene control alguno sobre su cuantía ni sobre su reparto) y es utilizado con fines que le son extraños, incluso opuestos. Eso significa que es explotado, que de su producto recibe para sí sólo el mínimo vital y que tiene en contra toda la potencia del Estado. El producto de su propio trabajo se yergue ante él en forma de fuerza enemiga o ajena, y por consecuencia no le pertenece.
Si no pertenece al obrero la producción por él creada, quiere decir que su trabajo, fuente de tal producción, tampoco le pertenece. ¿Por qué es así?
Para vivir, el obrero tiene que producir. Para que la producción pueda efectuarse es necesario el ensamble de la fuerza de trabajo y de los instrumento de trabajo. El ensamble de su fuerza de trabajo con instrumentos de trabajo ajenos no puede efectuarse sino por medio del mercado del trabajo, mediante un encuentro entre el obrero propietario de su fuerza de trabajo y los propietarios de los instrumentos de producción. Así, el obrero es explotado porque está privado de la propiedad de los instrumentos de producción, teniendo que vender su fuerza de trabajo para vivir. A partir del instante en que ha realizado ese acto para él indispensable, es decir, en cuanto ha vendido su capacidad para efectuar un trabajo determinado en un tiempo dado, tal trabajo y el producto resultante no son ya propiedad suya, sino de quien ha comprado la fuerza de trabajo, o sea del propietario de los instrumentos de producción, que lo explota.
¿A quién vende el obrero su fuerza de trabajo en nuestro país? A quienes disponen de los instrumentos de producción, es decir, a la burocracia política central. A tal respecto, la burocracia política central es una clase dominante: tiene poder exclusivo sobre los instrumentos de producción básicos, compra la fuerza de trabajo de la clase obrera, le arrebata por la fuerza bruta y la coacción económica el sobreproducto, que ella explota con fines hostiles o extraños a los obreros, es decir, con objeto de reforzar y ampliar su poderío sobre la producción de la sociedad. Y en nuestro sistema es ese el tipo preponderante de relaciones de propiedad, la base de las condiciones de la producción y de las relaciones sociales.
(fragmento de las páginas 14 a 17)
Karol Modzelewsky - Jacek Kuron