Alarma, n.º 10, julio 1967 (págs. 13-15). PDF del número completo
La unicidad de esos tres términos cuyo manantial y sustento es el tercero, resaltó mejor que nunca durante el lapso transcurrido entre guerra y guerra. El surrealismo como movimiento poético y André Bretón o Benjamin Péret como hombres son impensables sin los diez días que estremecieron al mundo y el reguero de insurrecciones obreras que culminan en la España de 1936-37. Un mismo y jocundo impulso colectivo agredía la sociedad actual en todos sus aspectos, forjándo de rondón espíritus nuevos. Se estaba a mil leguas del torpor de los cerebros y de la sensibilidad de esta post-guerra de equilibrio del terror y nacionalismos recalentados.
Octubre rojo, la Comuna de Berlín, las insurrecciones de Hamburgo y Kiel, de Cantón y de Shangai, de Viena, de Asturias, la del proletariado español haciendo morder el polvo a Ejército nacional y fascismo, sin olvidar la insurrección de mayo, en Cataluña, contra el traicionero stalinismo, son poemas épico-líricos, libérrimo afán humano en que cristalizan poesía y filosofía; sus coetáneos naturales en el dominio de las letras, el "Manifiesto surrealista", "Nadja", "Je sublime", "Je ne mangè pas de ce pain là" y el movimiento de veracidad que el surrealismo induce. Más allá de Baudelaire que desesperaba de reconocer en la acción la hermana del ensueño, aquel reclama de cada hombre emprender el ensueño como acción y vida cotidianas. La poesía y el arte hechos carne y psique del individuo como por suprema función vital.
Ningún revolucionario disentirá de eso, pues cualquier participación en las realidades y nociones del mundo actual, alienadas y alienantes, amputa la rebelión del hombre frente a ellas. De ahí que la exigencia de una poesía hecha por todos y vivida, no sólo escrita, volcase el surrealismo en la revolución. El conocido mapa de "la revolución surrealista" dice bien el trastrueque de valores y de la geografía política que necesita el mundo. Poesía y subversión social aparecen confundidos y fundidos en una sóla exigencia de ser para el poeta y para el revolucionario, postulación de hombre integral y prístino en magno e inextinguible descubrimiento de sí. La fundación de un movimiento poético y artístico de tan soberbias aspiraciones será el mérito más imperecedero del recién finado Bretón. En lo sucesivo, cuanto no ande camino avante en tal rumbo sonará a moneda falsa.
Pero el "cambiar el mundo" de Marx y el "cambiar la vida" de Rimbaud no admiten avalúos diferentes ni precedencia alguna, pues son irisaciones de algo idéntico y su translación a los hechos no factible sin entrelace. La complementaridad que el surrealismo ha creído aportar al propósito de liberación económica mediante la liberación de los espíritus, ningún revolucionario de valía la ha perdido de vista. Está cabalmente recogida en el concepto de desalienación (que no disfrute, "juissance", cual dicen algunos) y aparece ya en los utopistas. La revolución y el propio comunismo no son sino medios de romper las trabas milenarias que impiden al individuo, esa especie tan escasa en sociedades que se pretenden individualistas, erguirse cuan grande es. Mucho ha contribuido en verdad el surrealismo a fundir el plomo de las mentes, como por su parte los movimientos políticos revolucionarios mientras no se desdijeron. Ma poesía y revolución han de coincidir en la obra y conjugarse en los hombres, salvo limitación, o peor, salvo concesión al gregarismo y a los intereses ambientes. Estos dos, ¿no son también una y la misma cosa? Sólo la especialización en que la sociedad mercantil mantiene valladas nuestras voliciones deslinda a revolucionarios, poetas, artistas, menguándonos a todos. Abatir cercados aunando voces y acciones constituirá un importante paso adelante, aunque probablemente no se andará hasta la acometida insurreccional venidera. Cualquier reticencia en tal sentido, aunque pueda referirse también a ciertos revolucionarios de empaque espartano, dará el tasto de la "personalidad privilegiada". Existe un dominio en que el surrealismo, ya que no cada surrealista, representa un dechado para la mayoría de los revolucionarios. Raros son entre éstos, hay que decirlo, los que se distinguen de cualquier castigador de plazuela tocante al amor. El donjuanismo inseparable de la moral cristiano-capitalista se trivializa aún más en ellos, como en casi todo el mundo, a medida que se desmoronan los preceptos hueros de aquella sin que las personas descubran en sí resortes superiores, exigencias de saciedad impoluta siempre renovada, que sólo su mujer da al hombre y el hombre a su mujer. Las coitaciones adventicias, cuando no de gallinero que son hoy la regla, conllevan una manera de sentir la feminidad, y de sentirse como masculinidad que destruyen una y otra en la indiferenciación y la promiscuidad. Son sin la menor duda síntoma de la decadencia del tipo de civilización que vivimos. Por mi parte, no puedo menos que considerar interrogativamente a quienes, hombre o mujer, mezclan sus alientos a diversos alientos, horros de la selectividad y la fragancia inefables que reclama desde lo más recóndito del yo el arrebato de amor.
Una sociedad comunista no tendrá necesidad de código de moral alguno, pero la desalienación humana será incompleta sin que el amor, por definición entrañable, confiera al sexo toda su maravillosa amplitud, su alucinante resplandor. Desde "L'amour fou" de Bretón hasta la "Anthologie de l'amour sublime" de Péret, el surrealismo ha aportado más a la arquitectura psíquica del hombre futuro en tan importante aspecto, que aquellos revolucionarios pronos a un "amor libre" que es carencia de él y remedo de vuelo en jaula, si no vahído erótico. Verdad es que Benjamin Péret fué también militante siempre activo.
La metamorfosis stalinista del Kremlin y el reflujo de la revolución mundial que ella guió causó en el surrealismo deserciones oprobiosas, pero que se revelarían muy rentables en la viscosidad intelectual que la guerra y la extensión del stalinismo iban a crear. La más avilante de todas, la de Louis Aragon, da la motivaciones últimas de las restantes, las de Eluard y de Picasso incluidas. Aragon empezó aprobando la deportación a Siberia de los escritores rusos más renuentes a escribir bajo el látigo, y no tardaría en baladrar su admiración por los verdugos de Stalin: "¡Viva la G.P.U., figura dialéctica del heroismo!". Es el momento de recordar que la misma admiración perruna por los asesinos de León Trotzky expresó en privado y practicó en público otro poetastro stalinista, Neruda. Y si Salvador Dalí prefirió entregarse, primero a la bolsa de valores yankee, luego al fascismo clerical hispano, su crimen es el mismo. Todos ellos han cobrado fama y dinero.
André Breton y el surrealismo nunca cabecearían ante la invasión stalinista, ni aún en los días inmediatos a la guerra, cuando tantos intelectuales corrieron al proscenio del Partido "comunista", por si se producía una entrada de las tropas rusas en París. Al contrario, en pleno exterminio de los bolcheviques, ya amenazado públicamente León Trotzky, Bretón se avistó con él y juntos firmaron un manifiesto en defensa de la libertad de creación, tan conculcada por el stalinismo como cualquier otra. Por su parte, Benjamin Péret haría frente con el autor de este artículo, y no sin peligro personal, a las calumnias y amenazas de los sicarios del Kremlin, muy numerosos en México durante la guerra. En suma, el surrealismo supo siempre de qué lado venía la contrarrevolución y de cual otro la revolución, sin invertir nunca los términos, como tantos otros.
No obstante, la prueba de la guerra mundial, en ausencia de movimientos internacionalistas siquiera de cierta importancia, dió ocasión a un paso en falso: el apoyo prestado por Bretón, desde Estados Unidos, a "la resistencia", mero maquillaje de la defensa nacional capitalista en país ocupado. En la revista "VVV" Mabille procuraba persuadirse de que la batalla entre los ejércitos rusos y los alemanes estaba resolviendo por la dialéctica de las armas la contraposición irreductible, iniciada un siglo atrás, entre la izquierda y la derecha hegeliana. Es ocioso insistir; el resultado real está a la vista.
A seguidas de la guerra y hasta hoy en gran parte, prepondera y se exporta el existencialismo, enorme paso atrás en lo poético no menos que en lo político, falsa audacia, falsa rebeldía, lugar común en tizne filosófico, "engagé" por ca- minos lodosos. Nadie ha prestado a la contrarrevolución stalinista mejores servicios que Sartre, ni siquiera los chantres de la G.P.U. Aun discordando de ella le saca lustre. Amarras comunes los retienen en la misma ladera. Así como el surrealismo se enclava en una grandiosa apertura del horizonte humano, el existencialismo aparece a empujones, de la asfixia de la revolución mundial que llevó a la guerra, de la mentira aireada en el lema: "De la resistencia a la revolución", del timo stalinista a la consciencia de intelectuales y obreros por igual, y además medra en la rivalidad-complicidad de los dos primeros imperialismos. Haber aceptado componendas con Sartre en lugar de escarnecerlo como hizo con otros tramposos, es sin duda el hecho más censurable en André Bretón, y para el surrealismo es un achicamiento. Lamentemos, a tal respecto, que la miseria y la enfermedad impidiesen a Benjamin Péret escribir sobre Sartre el libro que pensaba titular: La putain insolente.
En el acaecer atormentado de nuestra época el hombre encuentra dados, yacentes en su torno multitud de materiales y determinadas posibilidades, que le consienten extraerse a sí propio, forjarse subjetivamente, para lo excelso lo mismo que para lo execrable. Pero no existe secreto ritual ni texto sacro alguno capaz de hacer de un hombre un poeta, un revolucionario.
Julio 1967
G. Munis
"Ningún sofisma es de temer tanto como el que presenta el cumplimiento del acto sexual necesariamente acompañado de una caída de potencial amoroso entre dos seres, caída cuya recurrencia los conduciría progresivamente a no bastarse. Así, el amor se expondría a aniquilarse en la misma medida en que persigue su realización. Una sombra más y más densa descendería sobre la vida, por bloques proporcionados a cada nueva explosión de luz. El ser estaría llamado ahí a perder poco a poco su facultad electiva de otro y a contragrado sería reducido a la esencia. Un día se extinguiría víctima de una sóla radicaión. El gran vuelo nupcial provocaría la combustión más o menos lenta de un ser a ojos del otro, a cuyo término, vueltos a la realidad, y otras criaturas ornadas para ellos de misterio y encanto, quedarían libres de nueva elección. Nada de mas insensible, de más desolador que esa concepción. No se de otra más extendida, ni por eso más capaz de dar idea de la gran miseria del mundo actual".
André Bretón en L'amour fou