Alarma, n.º 11, junio 1968 (págs. 10-12). PDF del número completo
En los artículos anteriores sobre el tema de la contrarrevolución rusa, todos los sucesos político y económicos de pretenso campo socialista se hallan definidos como aspecto peculiar muy importante de la crisis del capitalismo en cuanto sociedad mundial. Los recientes acontecimientos de Checoslovaquia, donde las tensiones entre las masas y el poder parecían menos evidentes, las destapa una vez más, y acelerarán la crisis particular del stalinismo y la de todos los países capitalistas.
Checoslovaquia era la nación más industrial y culta de cuantas padecen capitalismo de Estado. Era también la menos afectada por la "revelaciones" y por la gresca interburocrática consecutivas al XX Congreso de la casta dirigente rusa. Mientras Polonia, Hungría, Rumania, Bulgaria, sin hablar de la propia Rusia fingían, cambiando de jefes, haber acabado con el terror policíaco y los crímenes allí llamados púdicamente violaciones de la legalidad o "abusos de la época del culto de la personalidad", en Checoslovaquia el aparato del Estado-Partido continuaba en manos de los sujetos designados por Stalin, mientras la "destalinización" no adquirió siquiera la gárrula apariencia que en los demás países, China exceptuada. De repente, pero no de manera inesperada, las lenguas se suelta, se clama, ¡libertad!, se denuncian de oreja en oreja [ilegible] y crímenes, y el Comité Central no puede menos que dividirse y sacrificar algunos de los suyos, presidente de la "república" en cabeza. La violencia del choque sobrepasa todo lo visto en el género. El jefe militar más elevado, corre, no desprovisto de documentos, a refugiarse, no en Moscú que le otorgaba plena confianza, sino en Washington; jueces y polizontes responsables de las falsificaciones judiciales y de los asesinatos legales ordenados por el partido gobernante, "se suicidan", pero sus legajos desaparecen misteriosamente. Escritos que circulan de mano en mano y algunas publicaciones osadas se toman la libertad de acusar al Kremlin y nominalmente a Mikoyan, que como delegado de Stalin impuso las falsificaciones y asesinatos de 1952.
El nuevo amo del Estado-Partido, Dubcek, se siente casi desbordado, recomienda "moderación en la libertad", la limita o la impide cuanto puede, al mismo tiempo que reafirma la alianza del país con Rusia. En Moscú, en Varsovia, en Budapest, [ilegible] en Pekín y Hanoi, la alta camarilla dictatorial da el grito de alerta: "así se empezaron las cosas en la Hungría de 1956", y por vía de precaución las capitales stalinistas arrecian la represión y toman medidas contra los revolucionarios y hasta contra los sospechosos de simpatía por el equipo Dubcek, meros stalinistas deseosos de algo más de independencia nacional. El miedo se convierte en pánico. Pretextando maniobras de la organización militar del Pacto de Varsovia, Moscú sitúa sus tropas a proximidad de la frontera checa y al parecer negocia con Praga el acuartelamiento permanente de las mismas dentro del país. Es seguramente verdad, cual afirman noticias procedentes de Checoslovaquia, que en el Estado Mayor político-militar del Kremlin se ha hablado de preparar un gobierno de reserva que autorice, caso necesario, la invasión de Checoslovaquia por las tropas rusas. Se trata de repetir la puñalada por la espalda a que se prestó el siniestro Kadar, si Dubcek y los suyos se revelasen impotentes frente al movimiento obrero y estudiantil en ascenso.
Por el momento, Moscú consiente "la liberalización" de su satélite, aunque de muy mal talante. Tampoco le cabe otro remedio, salvo intervención militaro-policíaca inmediata. Confía también en que se repita allí lo ocurrido en Polonia, donde el "liberal" Gomulka [ilegible] proletariado e intelectuales y gobierna hoy principalmente con la policía y bien respaldado por el gigantesco aparato represivo ruso. Cierto, Dubcek o quienquiera provenga de la casta dictatorial stalinista vale por Gomulka. No sólo están todos ellos cortados por el mismo patrón y llevan en la cabeza el mismo lodo que el difunto y asesino fundador, sino que el sistema por éste erigido, la contrarrevolución capitalista de Estado, no consiente el ejercicio permanente tan siquiera de las libertades burguesas, no digamos de la democracia obrera. E indudablemente, los pseudo-liberalizadores de Praga recorrerán pronto la senda de Gomulka, salvo si fueran derrocados por una ofensiva abierta y generalizada de los oprimidos. Frente a semejante lucha social, cuan despreciables resultan las gesticulaciones de los Sartre, Picasso, Neruda y "Tutti quanti". Ayer acogieron jubilosos a Khrtuchef, Gomulka, Nagy, y pasada la primera impresión del levantamiento húngaro volvieron a fraternizar con sus aplastadores. Ahora se les alegra de nuevo el tétrico semblante escuchando a Dubcek y su Comité Central. Quisieran ver, al fin, justificada su complicidad en las innumerables traiciones políticas y crímenes de sangre perpetrados por el stalinismo. ¿Cómo? Por absurdo y falso que parezca, mediante la introducción de algunas garantías constitucionales que les consientan decir: ahí lo tenéis, el socialismo y la libertad; sabíamos que vendría, pese a todo, del stalinismo. Su ideal es el capitalismo de Estado con derecho burgués.
De género distinto, pero también falsa, es la esperanza de quienes se proponen realizar, en tierra stalinista, una revolución política: control obrero de la producción, libertad de tendencias, poder soviético, etc. Ignoran que la dictadura policíaca, la explotación y la propia filfa burguesa denominada "cultura socialista", emanan, no de un vicio de los hombres ni de las instituciones, sino de la centralización del capital y de la plusvalía en el Estado. Se trata de la relación obligada y natural entre superestructura y estructura. Por ende, no existe ninguna posibilidad de revolución sin hacer añicos la actual estructura económica, sin efectuar el trastrueque socialista que falló en 1917 (1). Lo que el Kremlin exportó a otros países, guerra imperialista mediante, fué su forma peculiar de contrarrevolución.
Lo que acontece en Checoslovaquia presagia un levantamiento del proletariado en el mundo stalinista. Aparentemente, son los dirigentes stalinistas quienes han abierto la crisis; en realidad, la división entre ellos es consecuencia, según su propio decir, del aislamiento completo de su Estado-partido, o sea, de la oposición de los trabajadores y de la mayoría de los habitantes. Activa o pasiva, la hostilidad de éstos hacía fracasar los planes económicos, quitaba eficacia a la dictadura burocrático-policíaca, acumulaba factores de explosión. Igual que hicieron Khrutchef en Rusia y Gomulka en Polonia, Dubcek procura llenar ese vacío e inyectar al aparato eficacia nueva, eterna operación de un sistema reaccionario en peligro, comparable a lo que ocurre en España, donde los propios instauradores de Franco reclaman ciertas concesiones y hasta garantías constitucionales. Pero lo verdaderamente importante en tales casos es la libertad que los oprimidos se toman, y el contenido latente de sus luchas. La libertad de imprenta, palabra, organización, Dubcek no las concederá jamás, si bien de la agitación en marcha podrán surgir tendencias revolucionarias que cohesionen y den Norte político a los trabajadores. Dubcek o cualquier otro equipo aun más liberal, reprimirá y calumniará esas tendencias, o impedirá, si puede, que los trabajadores creen sus propios órganos y reclamen el poder y la economía.
Los revolucionarios checos deben denunciar la propiedad estatal de los instrumentos de producción como la forma más acabada del capitalismo, y la dictadura policíaca como su expresión política. Asimismo, el control obrero de la producción y la "autogestión" a la Tito, meros procedimientos para asociar el obrero a la explotación de su clase. La única democracia pro al porvenir, la única factible hoy, empieza en la supresión del capital y del trabajo asalariado, y ha de poner en manos de los trabajadores la sociedad en su totalidad, sin policías ni ejércitos profesionales. Los revolucionarios no pueden luchar por un capitalismo de Estado liberalizado, ni siquiera soviético en el verdadero sentido de este término, sino por el programa completo de la revolución social, a realizar ahora, inmediatamente. Los soviets o consejos obreros, jamás conseguirán mantenerse como organismos libres sin la gestión de la producción y de la distribución, sin desarmar policía y ejército. Esta última reclamación encontrará en Checoslovaquia, como bajo cualquier dictadura policíaca, un eco profundo en las masas; cualesquiera sean las consecuciones anteriores, será ese el primer paso importante a ...
(1) Sobre la idea de revolución política y los graves peligros oportunistas que implica, véase, en Alarma, nueva serie, número 9, La revolución ninguna. dar, pero una vez dado, el sistema entero se derrumbará, porque no tiene otra base.
El espléndido cuanto repentino despertar de la acción proletaria en Francia, por inargánica que en sí sea, podría muy bien servir de ejemplo a los obreros y estudiantes checos. En el peor de los casos redoblará su energía combativa. Y si, como es de esperar, el movimiento nacido en Francia se extiende a España, Alemania, Italia, etc., los días de la contrarrevolución stalinista estará contados mientras el capitalismo del dólar rodará por tierra al primer golpe del proletariado estadunidense.
Una y la misma contradicción bajo apariencias diversas atenaza al mundo y está a punto de hacer explosión: la contradicción entre una civilización basada en la venta de la fuerza de trabajo, y esa misma fuerza de trabajo, que quiere entrar en posesión de sí, del mundo exterior y fundar la comunidad humana mundial.
M. J. de Táliga
Mayo 1968