Alarma, n.º 11, junio 1968 (págs. 13-20). PDF del número completo
Nota de la redacción. — La carta crítica publicada a continuación fué remitida hace cerca de 10 meses, junto con abundante material nuestro, al Comité Político de las Organizaciones Frente (F.L.P., F.O.C., ESBA). Apenas hemos recibido un acusa de recibo. Nos decidimos a publicar nuestra crítica, sobretodo porque su contenido concierne también a otros grupos españoles que se dicen marxistas y revolucionarios.
Alarma
Fomento Obrero Revolucionario Núcleo M, al Comité Político de las Organizaciones Frente.
Camaradas: Vuestra Declaración de julio último, que hemos tenido la suerte de leer, no puede dejarnos indiferentes, por sus definiciones no menos que por provenir de grupos surgidos, al parecer, fuera de las organizaciones más conocidas, ayer dolencia del proletariado, mortal virus mañana si no se acorre a precaverlo.
Sobre quienes somos nosotros, nuestra concepción de la situación española como parte de la situación mundial, nuestra visión de la lucha por el socialismo, sin olvidar nuestro origen, en lugar de explayarnos aquí dejamos hablar los documentos adjuntos: "Llamamiento y exhorto a la nueva generación", "Pro Segundo Manifiesto comunista", Alarma, número 2 al 9 de la nueva serie, volante orientador de huelgas, volante "Dinamita y revolución", "Última declaración escrita de Natalia Sedova-Trotzky", "Crímenes de Stalin y del sistema stalinista". Eso basta para situarnos, pero si fuere menester podríamos añadir otros textos, incluso un libro sobre la revolución española.
Nos mueve a dirigiros esta carta, ante todo el hecho de que aparezcais como grupos incipientes autónomos, síntoma a nuestro entender positivo a despecho de desacuerdos. El concede a vuestra postulación del socialismo un crédito que en manera alguna merecen otras. Y no necesitamos disculparnos por lo que vamos a decir, pues el diálogo sin rodeos y la crítica incluso acerba son inseparables del movimiento revolucionario.
Resulta muy extraño que una exploración general y esbozo de acción como los de vuestro folleto prescinda por completo hablar del período revolucionario anterior, de cuyo fracaso dimana la dictadura franquista y la situación presente, tanto de los estamentos capitalistas, cualesquiera sean, como de las organizaciones clandestinas. Por añadidura, de la revolución española se desprenden enseñanzas tácticas y estratégicas de capital importancia. Modifican en unos casos y en otros superan, en efecto, las enseñanzas de otras tentativas revolucionarias, comprendida la de Rusia en 1917, y, cosa no menos importante, arrojan luz clarísima sobre la involución de los partidos ligados a Moscú. Sin tenerlas en cuenta como respaldo del análisis y prognosis de la acción se corre más de un riesgo, el menor de los cuales es andar en zaga de las posibilidades revolucionarias.
Tal vez esa carencia se deba a particularidades de vuestros grupos que os hayan vedado estudiar el período de 1930 a 1939, trabajo en verdad nada sencillo, dada la balumba de tergiversaciones y falsificaciones al respecto. Pero no deja de incidir, cualquiera sea la causa, en vuestras apreciaciones y enunciados. He aquí una prueba de las de mayor bulto:
"El P.C., a pesar de sus propuestas de 'mesa redonda' y de unidad con todas las fuerzas antifranquistas, a pesar de identificarse con todo lo que se dijo en Munich, no consigue que se realice ese pacto, porque existe una experiencia histórica que señala a los partidos comunistas, ante la burguesía y ante el proletariado mismo, como organizaciones revolucionarias" (p. 2).
Sin hablar de la incompatibilidad total entre las mencionadas propuestas y el ser una organización revolucionaria, la experiencia histórica a que os referís terminó en la China de 1926-27, sin indagar más atrás, y a partir de la España de 1936-37 se convierte ostensiblemente en lo contrario: "Quienes hablan de revolución social son agentes de Franco", "quienes colectivizan son ladrones", "disolución de los comités obreros y todo el poder para el gobierno", "disolución de las milicias obreras, tribus de salvages", todas palabras y consignas del tal P.C., que le valieron el apoyo de cuanto había de burgués y de fascista en la zona roja, y cuya puesta en práctica, destruyendo la revolución que había sido hecha en todas las estructuras, allanó el camino al ejército de Franco. De manera que si en efecto, y como decís en la misma página, hay simplismo en tildar de reformista al P.C., mucho mayor simplismo comporta calificarlo de revolucionario. Supone por lo menos admitir que la función va adjunta al diploma, que además es falsificado, y se hace caso omiso de lo que ya ha vivido el proletariado español.
La parte de vuestra Declaración que queremos comentar es la II, "Estrategia y táctica de la clase obrera". Dejaremos de lado los detalles, concentrándonos en sus principales lineamientos. Parten éstos de la siguiente afirmación: "... la clase obrera como tal no tiene la iniciativa en la lucha social...", afirmación que creeis justificada por el párrafo anterior (p. 10): "... si bien la clase obrera ha comenzado a tener y a manifestar una importancia decisiva en la evolución que precisamos, este papel lo ha jugado más espontáneamente y como peligro potencial para los planes de la burguesía que como fuerza social y políticamente organizada".
Parécenos que, al revés, se sigue de lo último conclusión muy distinta de la vuestra. ¿Qué significa, si no, "una importancia decisiva", máxime adquirida espontáneamente? Daos cuenta de lo que representa y promete una clase obrera que después de la tremenda derrota de 1937-39, castigada por una represión bestial, vuelve espontáneamente por sus fueros y pone a los vencedores en la necesidad de idear medios y fintas que eviten la resurgencia revolucionaria. Sencillamente, sin la afirmación del proletariado, a partir sobretodo de la gran huelga semi-insurreccional de 1951, España seguiría siendo un páramo, no sólo en lo político, y la mayoría de los novísimos antifranquistas continuarían plácidamente al amor de los enchúfes. Y no es lo menos grande que haya puesto en marcha sin influencia de lo que vosotros llamais "sus" organizaciones políticas y sindicales, que en rigor le pertenecen tanto como a los prisioneros sus guardianes, aunque esto apenas lo presienten los obreros más lúcidos.
Cabe no menos preguntarse qué entendeis por "lucha social". Si se trata de la lucha reivindicativa —¡y vindicativa!— de los explotados, la iniciativa les pertenece por entero, independientemente de que sus consignas no rebasen, por ahora, lo compatible con el capitalismo. Si se trata del "desarrollo español", que la burguesía "orienta en este momento y según sus intereses", cual decís en la página 11, mal puede considerársele lucha social. Es el caso que la confusión entre lo uno y lo otro os lleva, líneas adelante, a escribir: "... de esta debilidad relativa (de "los movimientos populares con respecto a la política del régimen") es de donde va a surgir la explicación sobre la doble marcha y el sentido ambiguo del movimiento obrero", lo que luego luego repercute, tal vez involuntariamente, en los apartados a) y b) de la página 25, a los que aludiremos oportunamente. Lo que importa señalar en este lugar es que la consciencia política de la clase obrera ha sido, no sólo contrarrestada por casi 30 años de dictadura, sino también, y en todo el mundo, degradada por 40 años de stalinismo, amén del aporte, menos eficaz en tal sentido, de los restantes partidos del antiguo Frente Popular; y que por ende, si la primer necesidad consiste en rehacer la consciencia revolucionaria a que os referís en la página 12, resulta imposible abordar siquiera el propósito sin poner crudamente en evidencia a cuantos la enturbian o la pervierten.
Es incontestable que la lucha política cotidiana ha de girar, hoy, en torno a la exigencia de libertad legal de organización, palabra, imprenta etc. Ello no impide que deba dársele sesgos que la enderecen a una democracia revolucionaria, lo que también puede y debe hacerse con las reivindicaciones económicas. No abundaremos aquí sobre eso, que encontraréis expuesto como concepto teórico y especificado para la praxis, en el material adjunto. Es vuestro planteamiento general lo que nos parece conveniente considerar en esta carta. Lo encarais desde un ángulo que podría tacharse de economista. En efecto, derivais la posibilidad de alcanzar aquellas libertades de las necesidades intrínsecas del capitalismo más bien que de la actividad creciente del proletariado. Así, escribís en la página 18: "... la actual madurez del capitalismo monopolista español le permite empezar a pensar en formas políticas más convenientes...". Y con mayor claridad en la página 22: "Esta política se presenta viable, naturalmente teniendo al propio tiempo presente el proyecto burgués de libera- lización y las necesidades del desarrollo capitalista español...". Apreciaciones semejantes os encarrilan de necesidad a las conclusiones poco halagüeñas de la página siguiente. Aludimos en particular a la previsión de un régimen post-franquista "de equilibrio de fuerzas, que supone, de alguna manera, un 'pacto tácito' de no agresión violenta inmediata", al que párrafos antes otorgais probable longevidad. No obstante, vuestra perspectiva es contradictoria, puesto que vaticinais al mismo tiempo la existencia de "un fuerte proletariado con clara consciencia socialista".
Imposible hermanar las dos realidades dentro de una misma situación. Un período siquiera medianamente prolongado de auge capitalista —o de estancamiento, igual da— requiere imperativamente un proletariado lerdo en cuanto a socialismo se refiere. En cambio, la adquisición de consciencia socialista lleva sin tardanza a la realización de lo que está en la consciencia... o bien a un nuevo descalabro. Todo el empeño de los revolucionarios consiste en despertar dicha consciencia. Si en el momento en que lo han conseguido no libran la batalla decisiva, es que se trata de aquellos medio revolucionarios de que hablaba Saint-Just, aptos para "cavar su tumba". Por lo mismo, un partido revolucionario de masas, o bien aniquila la sociedad capitalista, o bien es aniquilado por ésta, reduciéndolo, en el mejor de los casos, a pequeña minoría sin grandes posibilidades de acción. A la inversa, el capitalismo actual no puede prescindir de organizaciones de masas tintas de obrerismo, que completen las estructuras de la compra y explotación de la fuerza de trabajo, no menos que las estructuras de la dominación política.
Evidentemente, si los sindicatos verticales falangistas y Falange misma cumplen ese encargo cada día peor a medida que el proletariado levanta cabeza, otros sindicatos y partidos de "don el pego" se hacen indispensables. No son ofertas las que escasean, y si el capitalismo no ha echado todavía mano a los oferentes, se mantiene al habla con ellos, por lo que pudiera ocurrir. Tocamos ahí uno de los problemas de mayor importancia para la teoría revolucionaria tanto como para la práctica.
Nosotros, por nuestra parte, rechazamos como una superchería del dirigismo la relación: industrialización = democracia, pues vemos que el régimen de dominación capitalista denominado democracia ha sido el término de un desenvolvimiento varias veces secular, en condiciones muy específicas cuya repetición es absurdo esperar. Ni la burguesía española ni ninguna otra en todo el Orbe, cualquier grado de industrialización alcance, estará jamás en condiciones de dominar establemente mediante lo que fué democracia de su clase. La razón de ello es sencilla, pero contundente: el capitalismo como un todo es ya un sistema decadente, o sea, de negatividad creciente como forma de asociación humana, en todos los dominios. Sin analizar más, diremos en resumen que para el capitalismo de países como España la democracia burguesa será, si, triquiñuela táctica, concesión de reserva en caso de peligro, pero pero necesidad funcional ni remotamente.
Vistas desde el ángulo proletario, las libertades burguesas no son a reivindicar sino porque en las condiciones presentes, sin organizaciones revolucionarias que tenga amplia audiencia, representan un medio, siquiera mezquino, de desarrollar éstas y de alcanzar la unidad de los explotados en torno a la lucha decisiva, único frente que no se revuelve contra ellos. Pero sería factible pasar, sin etapas intermedias, del franquismo a la toma del poder, en condiciones distintas. Con todo, se hace indispensable lanzar desde ahora reivindicaciones socialistas en lo político y en lo económico.
No debe perderse de vista tampoco el pasado revolucionario del país, el más reiterante, rico y reciente, en particular las realizaciones culminantes (julio de 1936 a mayo de 1937) que tenderán a reaparecer en cuanto la acción del proletariado alcance madurez colectiva. Experiencias históricas de tanto calado como las de aquellos años nunca son infecundas. Por mucho que parezcan ignoradas u olvidadas, dejan en la sociedad un peso grávido, que al chocar los factores inconciliables, capital-salariato, sale paulatina o bruscamente a flote.
Nosotros hemos dicho y mantenemos que el capitalismo español está virtualmente derrotado desde el 19 de julio de 1936 (ved la polémica con la Workers League de Londres, en Alarma n.º 2 y 3). No incurrimos así en hipérbole discursiva, sino que se trata de la constatación de un hecho social acontecido en aquella fecha, que ni la duración de la dictadura ni crecimiento alguno del capital conseguirán negar. No hay enfermedad, en efecto, ni aún crónica, que niegue el funcionamiento del organismo en plena salud, virtiendo en esa imagen el concepto filosófico marxista de la existencia real por oposición a la existencia ficticia, en este caso lo que siguió a la victoria del proletariado en España, desde el gobierno Negrín-Stalin hasta el del Opus Dei. Aquella existencia real, cuya raigambre penetra la sociedad actual en todas las direcciones y extra-fronteras, no puede dejar de querer convertirse en realidad humana organizada, consciente. En fin, no harán falta esfuerzos titánicos, con tal de poder hablar en suficiente escala, para que el proletariado comprenda eso, que constituye su propia historia, su dignidad como clase y la de cada uno de sus componentes, la apertura a la desalienación general.
Propiciar ese momento es el cometido inmediato de los revolucionarios. Si vosotros mismos no lo considerais así, es porque os descamina cuanto os parece implicar "el desarrollo español" según el modelo europeo. Desde el momento en que aceptais que el actual marasmo político de la clase obrera en Europa es consecuencia del desarrollo capitalista, partís perdidosos en 50 %, aún si no acordamos porcentaje mayor de probabilidades a la extensión del capitalismo vernáculo. En nuestra concepción, lo contrario es precisamente la verdad, como vereis en Pro Segundo Manifiesto Comunista y en otros textos. Lejos de adaptar así la realidad a nuestros deseos, encaramos la más dura de las realidades, a saber, la inexistencia de organizaciones obreras propiamente dichas, a mayor abundancia de organizaciones revolucionarias. Por otra parte, somos consecuentes con la dialéctica materialista y el contenido fundamental del marxismo, según los cuales, una perspectiva de desarrollo de un tipo de sociedad excluye la necesidad y la posibilidad misma de substituirlo por otro tipo social. Por todo ello, nosotros asimilamos el fenómeno económico de la post-guerra a un crecimiento anómalo, más concretamente, retrógrado del capital, y eso es lo que significamos incluso empleando la palabra desarrollo, en puridad reservada a un desenvolvimiento histórico positivo, excluyente de revolución social.
Para la comprensión de lo que vamos diciendo, conviene sentar aquí que desde la revolución china (en 1926-27, no existe otra), en ninguna parte ha sido vencido el proletariado por la burguesía o representante político tradicional alguno del capital, sino por la intervención, ora política, ora policíaca, ora las dos aunadas, de los partidos stalinistas. Eso y no horizontes sociales nuevos ha consentido la última bonanza industrial. La formidable oleada revolucionaria cuyo canto de cisne —y de recurrencia— oímos en España, marca pues el lindero de la madurez objetiva del sistema mundialmente. Lo prueba a saciedad el hecho mismo de que tal oleada se produjese, cosa imposible en medio de un sistema económico-social cuyos mejores días estuviesen por delante.
En España volverá a verse aún más claramente. Habrá crecimiento del capital, y los milagreros del dirigismo alzarán el gallo petulante, si la clase obrera no entra en acción rumbo a su meta histórica, perfectamente accesible con los medios económicos existentes. Pero si acomete en tal sentido, impedirá aquel para plantarse con los dos piés en el período de transición al comunismo. Y no nos quita el sueño lo que, con expresión sin sentido, tantos llaman hoy integración de la clase obrera, o de parte de ella, al capitalismo. ¿De qué trabajo ajeno, de qué plusvalía puede disfrutar el proletariado para que sea efectiva la tal integración? Nadie habla, en cambio, excepto raros grupos como el nuestro, de hecho tan nefasto como la transformación en partidos capitalistas estatales de lo que sigue llamándose impudentemente comunismo. Ahí, sin hablar del ex-reformismo, sí que hay una integración, ¡y de qué tamaño!, a señalar sin tapujos al proletariado. Por lo demás, una situación revolucionaria, bien sabido es, puede producirse durante un período de bonanza, con pleno empleo y alza de salarios, tanto como durante una crisis cíclica. De cualquier manera que fuere, el factor determinante más indispensable será la presencia de una organización que despierte la confianza del proletariado en sí mismo, en su porvenir inmediato, pues la sociedad actual está en crisis permanente, e incurable por tratarse de la crisis de todo un tipo de civilización. No son, ciertamente, motivos de sublevación contra ella los que faltan, como empieza a verse, si bien con aspecto todavía mal colorido, en el país de nivel de vida más alto, los Estados Unidos.
[…]
En consecuencia, la toma del poder que vosotros juzgais perspectiva improbable, es la única que consiente la monstruosa centralización del capital que presenciamos, sólo que requiere, condición previa, el desarrollo de organizaciones nuevas que arranquen el proletariado al cerco de las actuales. Puntualicemos: nuevas por su espíritu revolucionario más bien que en el tiempo.
Por último, si "no parece viable un movimiento violento del proletariado, que sería aplastado por el capitalismo internacional" (p. 23), es incongruente que después lo señaleis como una posibilidad de paso al socialismo. Sería más lógico decir que es un peligro a evitar. Más si admitiéramos vuestro pronóstico, ¿por qué el capitalismo internacional habría de tolerar un socialismo introducido a pasitos, clandestinamente, como si no se diera cuenta? Caso de asistiros la razón, no quedaría otro remedio sino esperar a que los posibles atacantes dejen de ser lo que son. Perdeis de vista que el proletariado es una clase mundial y la revolución el suceso que estremece la consciencia de toda ella, o bien no veis en eso sino un ideal de soñadores. No es cuestión de entrar aquí en mayores razonamientos, pero sí de inquirir: ¿qué hareis vosotros si la revolución, que nunca cuenta sino con sus propios impulsos, está a punto de estallar o ya en vías de hecho? Quizás entonces recurrieseis a la solución de clase; el caso es que en otras ocasiones se ha visto a los mantenedores del argumento, nada nuevo, ponerse, en nombre de él, a combatir la revolución, en los casos leves a frenarla. La solución de clase a tal problema no es otra, limitándonos a indicarla, que la solidaridad del proletariado mundial hasta el hundimiento militar de los presuntos atacantes, no hundimiento por las armas, pretensión disparatada, sino por la intervención revolucionaria de sus propios explotados.
Entrando en la parte final de vuestra Declaración, la "política frentista" que preconizais se reduce, cuando es atinado aplicarla, a un aspecto de la política general. Aún así, hace falta primero —disculpad lo sobrentendido de la observación— que existan organizaciones con las cuales llevarla a cabo sin que sea suprepticiamente un frente contra la acción revolucionaria. De otro modo, una organización realmente obrera se echa al pescuezo un dogal del que tiran enemigos de clase. Eso fué el Frente Popular. Lo que hoy o mañana pudiera parecérsele se situará muy a su derecha, en consonancia con la involución de los partidos y de su ámbito vital, el sistema explotador.
Cuando toda la política de una organización puede discurrir dentro de lo que llamaremos, guardando vuestra terminología, sentido frentista, o bien esa organización no tiene con las demás divergencia alguna incompatible con el cometido histórico del proletariado, en cuyo caso no se justifica su existencia separada, o bien ella misma falla en tal cometido. Desgraciadamente, vuestro texto puede interpretarse sin abuso en el primer sentido, que implica el segundo vistas las organizaciones que abarcaría vuestro frentismo. Vosotros mismos insinuais bien que el partido socialista ha abandonado el cometido histórico del proletariado, pero no veis sino errores tácticos en el stalinismo, cuya incompatibilidad con la revolución tiene bases económicas incomparablemente más vastas que las de aquel, sin hablar de su perfidia congénita. Y dejémos para otra ocasión, si se tercia, aquello de los objetivos del socialismo revolucionario compatibles con cualquier "ideología filosófica o cosmovisión y concepción del hombre...".
Haciendo un juego de palabras no muy afortunado, pero certero y casi obligado, nosotros os decimos que lo indispensable, en lo inmediato y en lo mediato, no es una política frentista, sino enfrentista. No queda otra salida, pues la situación ha venido a ser tal para el proletariado, mundialmente, que hoy se encuentra más desprovisto de organizaciones revolucionarias que antes de la fundación de la Primera Internacional, teniendo para colmo en contra, lo que no ocurría entonces, aparatos políticos y sindicales potentísimos por sus recursos materiales, que lo atenazan de mil maneras. Sin enfrentarse a ellos es imposible constituir, ni en lo ideológico ni en lo orgánico, partidos revolucionarios. Y contad por seguro que la aparición de éstos, con cierta fuerza al menos, es condición, no ya de futuro triunfo, lo que nadie pondrá en duda, sino de transformación rápida de situaciones críticas como la que apunta en España, en pleno período revolucionario.
La tan traída y llevada despolitización de las masas es su respuesta política inconsciente a la naturaleza anti-revolucionaria de las organizaciones conocidas. Las masas no creen en realidad en ellas, como tampoco creen en el fondo sus propios militantes de base. En esas condiciones, no se pondrán en acción subversiva contando con ellas, ni por equivocación, como ocurrió algunas veces en el pasado. Un período revolucionario no lo engendra unilateralmente la situación objetiva, sino ésta más la exaltación emotiva y pensante que da la confianza en una organización, en la victoria. Es el factor subjetivo que se trata de producir; en su ausencia, las mejores condiciones objetivas y hasta las luchas más denodadas de las masas se perderán sin consecuencias, salvo reaccionarias.
En el período presente, la futura unidad revolucionaria de las masas pasa por una estricta delimitación de los revolucionarios actuales, a fin de que puedan reconocerse entre sí y de que estén mañana en condiciones de ser reconocidos por el proletariado. Y esa delimitación ha de efectuarse imperativamente por relación a la experiencia tan cruda como dolorosa de la lucha de clases, a partir de la defección social-demócrata de 1914, seguida de no muy lejos por el desastre de la contrarrevolución stalinista y sus múltiples secuelas. Resulta de ella que "superar las divergencias del pasado", cual quisierais vosotros, es un desatino, porque se han convertido en diferencias de clase. ¿En qué queda entonces la política frentista? En una revalorización, a ojos del proletariado, de los autores de su propio desbarate, particularmente siendo preconizada por grupos y hombres sanos, como suponemos son los vuestros.
Lo anterior no excluye que sea conveniente establecer acuerdos de acción común con tendencias independientes de los mencionados partidos, con quienes no dependan ni sean ideológicamente tributarios, en ningún aspecto, de Moscú o de Washington. No menos imprescindible se hace, para eso mismo, la delimitación a que nos referimos, a fin de que el proletariado empiece a ver con quiénes puede de veras contar. A tal respecto, os remitimos a los puntos a), b), c) y d) de Pro Segundo Manifiesto comunista, página 30.
La autonomía de la clase obrera que tanto preciais con razón, aunque en lo abstracto, no puede tener otra realidad, en lo concreto, que la toma del poder, de las armas y de la economía. Mientras no llegue hasta ahí, el proletariado será tributario en lo económico del capital, en lo ideológico de los partidos a él adosados, dichos obreros, que junto con sus sindicatos constituyen una especie de tornillo sin fin en el engranaje de la explotación. Es la organización revolucionaria la que tiene que empezar por independizarse de toda esa maraña y denunciarla sin ambages. ¿Cómo, si no, preparar el momento de la acción independiente del proletariado? A falta de esa independencia total, precísase añadirlo, cualquier organización o grupo se revelará inconsistente en un momento u otro.
No hacemos en esta carta sino algunas observaciones sobre vuestra Declaración, prefiriendo que vosotros mismos tomeis conocimiento, por los documentos adjuntos, de la plenitud de nuestras posiciones y de los contrastes que ofrecen con las vuestras. Deseamos en primer lugar que esta sirva para establecer un diálogo que por nuestra parte estamos dispuestos a aceptar lo mismo verbalmente que por escrito.
Os saluda cordialmente.
Por Fomento Obrero Revolucionario Núcleo M
París 22 abril 1967
G. Munis