Alarma, n.º 11, junio 1968 (págs. 1-4). PDF del número completo

"Jamás se ha hablado tanto como hoy de "revoluciones victoriosas"; jamás se había visto, tampoco, época tan reaccionaria, de Occidente a Oriente. Diríase que el capital está a punto de reafirmar por mil años su dominio embutiendo en la cabeza de sus víctimas, tal un artículo de fe, que la explotación planificada es socialismo y la dictadura policíaca de un partido el Gobierno del proletariado. Apariencias engañosas. De parte y otra de la línea divisoria entre los Bloques, formidables energías revolucionarias han ido acumulándose. Pueden ponerse en movimiento en cualquier parte, en cualquier momento. Pero su cristalización en victoria proletaria se hará imposible sin una nueva organización revolucionaria. La creación de ésta, por el contrario, precipitará un alud irresistible de las masas, tensará todas las energías hacia el objetivo supremo, una civilización verdadera surgirá por primera vez de entre los hombres".

(F.O.R. en Pro Segundo Manifiesto Comunista, 1965)

Siempre se ha dicho que la insurgencia estudiantil presagia tormentas sociales, cual una baja presión atmosférica las tempestades. Suele ser más exacto que haya sido precedida por una agitación obrera entrada en momentáneo o relativo amaine, cual es el caso hoy en España, o bien por una prolongada zozobra social, tal la vivida por el mundo entero desde el fin de la revolución española y de la segunda guerra imperialista. Lo indudable es que jamás se había presenciado una agitación estudiantil tan vasta y simultánea. Desde Tokio y Moscú hasta Washington pasando por París y Madrid, un mismo impulso pone en actividad a millones de estudiantes. Y tan pronto tiene lugar una acción de cierta importancia se produce el choque con el poder existente, dígase o no socialista.

¿Cual es la causa profunda y el contenido de la conmoción estudiantil? Apologetas y valedores de la "sociedad de abundancia", de cuya hoquedad y falsía ejemplifica en Francia M. Duverger, pretenden que el "malestar estudiantil" lo origina una inadaptación de la universidad y las escuelas superiores a las "exigencias modernas". Hay que entender, a las exigencias del capitalismo estatal y dirigista por ellos reverenciado, y que algunos, para bálsamo de sus consciencias, tildan de socialismo. Cierto, esa adaptación es todavía incompleta, aunque ya el poder encarrila numerosos jóvenes a las aulas, y los amaestra allí, según sus cálculos económicos, a la manera de un ganadero que selecciona sus becerros, los unos para ser degollados como becerros, los más para hacer bueyes de carnicería o tiro, unos pocos para sementales, argolla al hocico. Pero es palmario que eso no entra en la agitación estudiantil sino como motivo de rebelión: "No queremos que se nos convierta en auxiliares de la explotación del obrero" —han dicho y repetido los estudiantes franceses. Por ende, la motivación pedagógica de su rebeldía es de gran monta, aspecto docente de un problema revolucionario que concierne a la sociedad entera.

Desde las primeras manifestaciones, el grito: "¡Gestapo, Gestapo!", o bien, "¡S.S.!" lanzado contra la policía, ha resonado en España, Alemania, Polonia, Checoslovaquia, Italia, Francia y si Rusia hace excepción es porque allí el nombre de la G.P.U. y de la actual policía es todavía más odiado que el de los sicarios de Hitler. En Madrid, Franco era quemado en efigie mientras el crucifijo, símbolo de su régimen, era arrojado como proyectil sobre sus mercenarios. Coincidentemente, Gomulka encarcelaba a los hombres que se han atrevido a definir su régimen como capitalismo de Estado, y tanto él como Kosiguin-Brejnef arreciaban la represión contra intelectuales y obreros protestatarios. En todos los países por igual, los manifestantes vilipendian todos los aspectos del sistema en vigor, atacan con especial furia la prensa cotidiana dirigida o autocensurada. Poco después, los estudiantes franceses y numerosos obreros jóvenes voceaban por las calles de París: "¡Madrid, Roma, París, Berlín, Varsovia, Moscú!".

En resumen, mientras en Europa oriental, ni más ni menos que en la occidental, la lucha va enderezada contra la totalidad del sistema existente, en la segunda los partidos filiales de Moscú combatían y calumniaban a los estudiantes. Cabe establecer como regla que la envergadura de la lucha estudiantil está en relación inversa con la preponderancia orgánica de los tales partidos, y que, cuando no han podido menos que intervenir ha sido para torcer la lucha por cauces convenientes al capitalismo. Tan sólo el hecho de que la organización stalinista entre los estudiantes franceses había sido desbaratada ha permitido, por primera vez desde hace decenios, una lucha de gran importancia, extendida luego a la totalidad de los trabajadores. El día que éstos estrujen entre sus manos potentes el aparato político-sindical stalinista, la sociedad actual se derrumbará como un castillo de naipes.

La consigna: "Las facultades a los estudiantes y maestros", no tiene, dentro del mundo actual, ningún porvenir, salvo, quizás, el de servir de engañifa reformista. Pero tendrá un alcance revolucionario grandioso cimentada en estas otras: "Las fábricas, la economía entera, las armas, el poder, a los trabajadores", "¡Abajo el capital y el trabajo asalariado!". Sólo así la enseñanza dejará de ser acondicionamiento de los jóvenes a las necesidades cada día más destructoras del capital y podrá ser impartida a todos, no en derecho, sino de hecho.

La acción de los estudiantes franceses ha hecho saltar de un empujón la estabilidad que a tantos parecía inconmovible y puesto en evidencia que ningún problema encuentra solución hoy dentro de la explotación del hombre. Gracias a ello la agitación estudiantil ha sobrepasado sus propios límites, convirtiéndose en potentísima agitación proletaria. Diez millones de trabajadores ocupando industrias y centros de comunicaciones, multitud de comités de acción, un ventarrón de aire nuevo que recorre el país y atraviesa las fronteras.

Los obreros ocuparon las industrias sin presentar reivindicación alguna. Las ponían en mar[ilegible] suyas igual que los estudiantes tomaban para sí las facultades. En ambos casos, se trataba de reanudar actividades independientemente de los propietarios y del Estado. Después se presentaron los sindicatos ofreciendo reivindicaciones que permitiesen devolver las industrias y las facultades a propietarios y Estado, acreciendo ellos sus privilegios. Aun así, los trabajadores rechazaron indignados los acuerdos entre sindicatos, patronos y gobierno. "No, no; traidores, vendidos" y otras verdades, apedrearon los oídos de Seguy y Frachón, el viejo lobo de la C.G.T. arrancado a su poltrona para impresionar a los obreros de Renault. El bofetón lo recibía, al mismo tiempo que los líderes sindicales, el actual gobierno. No quedaba a ambos otra salida que negociar rama por rama o fábrica por fábrica la vuelta al redil. Siempre se encuentran, pobreza mediante, puntos débiles con los cuales impresionar, gracias al monopolio de la información-mentira, a la totalidad de los huelguistas.

Otro hecho importante, que pocos señalarán, es que todo lo pseudo-revolucionario (Vietnam, China, Cuba, anti-imperialismo unilateral, etc.) se desvaneció ante la nueva situación, como alimaña ahuyentada por el esplendor diurno. En lo sucesivo, no recuperá la importancia que durante tantos años ha tenido como medio de falsificación y de desviación.

Sindicatos y partidos pseudo-obreros, en particular los más fuertes, C.G.T. y P.C., han traicionado a la clase obrera, no ahora, hace muchísimo tiempo. Cuanto hacen y dicen como sindicatos y como partidos concuerda con sus intereses directamente capitalistas o de auxiliares del capitalismo. Diciéndose demócratas parlamentarios o pretendiendo haber descubierto una nueva senda para la realización del socialismo (interprétese: del capitalismo de Estado), se sitúan, no sin intención, más cerca de la reacción burguesa tradicional que del proletariado. Lo que en esta ocasión han traicionado es pues su propia pretensión anti-gaullista y democrático-burguesa. El poder de de Gaulle ha sido salvado por la C.G.T.-PC., sin olvidar a los otros colaboradores de "izquierda". Es un hecho que el stalinismo se ha situado a la derecha de estos. En vano el señor de Gaulle, con el agua al cuello, clama contra "el totalirismo comunista". Su policía ha ayudado a los líderes totalitarios stalinistas a impedir, en las fábricas y en la calle, que obreros y estudiantes revolucionarios fraternizasen y se organizasen en común. Y días antes, desde Rumania, aclamado por el poder totalitario, prometía someter los estudiantes franceses a los procedimientos allí imperantes. Ahora bien, la revolución comunista no puede venir sino de los obreros y los estudiantes revolucionarios que la policía y los líderes stalinistas mantienen separados. Frente a ella, el poder actual y el totalitarismo stalinista actúan por procedimientos complementarios, cuando no concertados en los recovecos de los ministerios y de las secretarías. Todos los acuerdos que en estos días se someten a la aprobación de los obreros, son de ese género.

Al terminar este editorial, martes 4 de junio, unos seis millones de obreros continúan en huelga y ocupando los lugares de trabajo. En la mayoría de los casos, votos repetidos han rechazado las proposiciones sindicalo-patronales o sindicalo-estatales, a despecho las múltiples presiones que sobre ellos se ejercen. Pero los obreros no parecen batirse ya sino por concesiones mayores. Lo probable es que la economía capitalista reanude sus funciones dentro de poco. Pero, ocurra lo que ocurra, un enorme paso adelante ha sido dado. Entre el 10 y el 20 de mayo, la revolución social habría triunfado en Francia con sólo una condición: que los grupos incipientes más revolucionarios se hubiesen precipitado a las fábricas, organizádose en común con los trabajadores y desarticulado el aparato sindical. Se dieron cuenta de ello, y sólo vagamente, con varios días de retraso, cuando ya la policía y los delegados sindicales se había interpuesto. Además, les quedaba todavía la ilusión de que los sindicatos y partidos pseudo-obreros les ayudarían, siquiera forzados. Esos días de suspenso en la acción y de euforia al mismo tiempo, supusieron la vida para todos los organismo y hombres del mundo explotador, desde las cumbres del Estado hasta los dirigentes sindicales. Pese a todo, el movimiento no ha experimentado una derrota, sino una ausencia de victoria, o si se quiere un triunfo parcial insignificante relativamente a las posibilidades, e ilusorio como consecución material.

Cuanto consigan los obreros como concesión capitalista lo anulará enseguida el juego de los precios y de los impuestos. En cambio, la extensión de los privilegios sindicales los atará aun más corto al mecanismo: capital-trabajo asalariado, mismo que se trata de liquidar. No obstante, es de esperar, gracias al formidable despertar político que acabamos de presenciar, que eso constituirá en adelante un motivo mayor de lucha y de clarividencia política. La gran importancia de los acontecimientos consiste en que hayan tenido lugar en ausencia de toda organización revolucionaria, y en que miles y miles de hombres hayan sentido la necesidad de constituirla. No será fácil, dada la confusión y el oportunismo imperante en casi todos los grupos y hombres, por muy desligados que estén de la contrarrevolución stalinista. Es de creer, sinembargo, que a través de la intensa lucha de clases en perspectiva los revolucionarios irán destacándose, organizándose y ganando la confianza de los trabajadores. No podrá tratarse sino de hombres tan enemigos del imperialismo americano como del ruso y del incipiente chino. Por tal medio, la conmoción de mayo originará un nuevo período revolucionario que abatirá el capitalismo mundial, sin distinción de Bloques ni de neutrales. De Tokio y Pekín, hasta Pretoria, Whasington y Buenos Aires, una misma acción de los explotados, un mismo objetivo revolucionario: abatir la sociedad capitalista y dejar libre curso al Hombre en una sociedad sin clases, fronteras ni explotación.

Aprestémonos, en España a hacer de la caída de Franco la victoria de esa revolución. Acudan a nosotros los hombres más revolucionarios y conscientes. Todo dependerá de que impidamos las aviesas maniobras de los aparatos stalinistas, católicos y exreformistas. Después de 30 años de silencio, la revolución proletaria está a punto de renacer.