Alarma, n.º 11, junio 1968 (págs. 4-5). PDF del número completo

En los siglos XVI y XVII, la afluencia de oro a España constituyó la causa original de su bancarrota económica, seguido por la decadencia del país. Se enriquecían y prosperaban, por el contrario, aquellos países que no atraían el oro sino en proporción a su propia productividad. En el trance financiero de 1968, la abundancia de metal precioso en Europa occidental es signo de su debilidad económica por relación a Estados Unidos. Las piras de lingotes almacenadas en todas las capitales occidentales provienen en su mayoría de la compra de industrias europeas por el capital yankee, o bien de inversiones directas de igual procedencia. Mientras los Estados Unidos hacen acopio de industrias, es decir, de verdaderas fuentes de riqueza, las naciones de Europa se chapan con el símbolo relumbrón de la riqueza. Pero el símbolo no genera la riqueza, que estará siempre en los productos, a los cuales sirve aquel de vehículo, y de los cuales es inseparable en sistema capitalista. Y el símbolo no puede estar largo tiempo separado de su contenido. Por el simple juego del comercio y de la realización de la plusvalía en escala terrestre, es drenado hacia donde encuentra la base productiva que le corresponde, sin que ninguna especulación sobre el oro como mercancía o como objeto de tesorización privada modifique durablemente el curso de las cosas. Cualesquier disposiciones tomen los países europeos, el oro excedentario por relación a sus capacidades económicas refluirá hacia las arcas estadunidenses... salvo derrocamiento del sistema en Estados Unidos y en Europa.

Es un hecho que los enormes pagos en inversiones en dólares convertibles en oro se han efectuado durante los últimos años sobretodo, y precisamente cuando el crecimiento de la economía europea lentecía e iba aumentando el despido de obreros. Al mismo tiempo, proseguía ininterrumpida la prosperidad americana, si bien amenazada por un importante déficit de su balanza de pagos, y a despecho de un paro crónico de varios millones de hombres. Más el capitalismo de hoy ha adquirido tan compacta unidad que sus achaques se propagan de polo a polo, burlándose de cordones sanitarios nacionales y de Bloque económico-militar. Así, lo que voceros oficiales llaman eufémicamente "malestar económico" o "recesión", no exime a ningún país de Europa, pertenezcan al Mercado Europeo, al COMECON, o sitúense al margen. El lejano Japón mismo se ha sentido tocado, pese su emplazamiento ventajoso de gran potencia industrial en un piélago de países que necesitan sus productos, sus máquinas, y le suministran materias primas. En fin, el propio coloso entre los colosos capitalistas se ve en la necesidad de bajar la testuz y pasar por el mismo aro que los otros países. Un alto funcionario de Washington declaraba que el obstáculo mayor para enjugar el déficit de la balanza interna y conjurar la amenaza cernida sobre el dólar era la propia expansión del capitalismo estadunidense. Y pedía frenarla, como ha hecho ya el gobierno, aumentando los impuestos y el precio del dinero. Ello repercutirá en una baja del nivel de vida del proletariado, una disminución de las inversiones y de la producción, con el aumento consiguiente del paro más la merma de las actividades comerciales. En suma, si en Europa, desde España hasta Rusia, sin el menor distingo, el freno a la expansión apareció inopinadamente, en los Estados Unidos lo introducen aposta decisiones oficiales, por miedo a una aparición espontánea más grave. Otro tanto procuran conseguir, en Europa, la O.C.D.E. y el COMECON.

Tras la acumulación dirigida del capital, la crisis dirigida, dosificada, por así decirlo. El hecho merece atención como fenómeno político y social, aún más que como manejo económico nuevo. ¿Conseguirá el capitalismo espaciar, canalizar y suavizar sus crisis de "sobreproducción" otrora cíclicas, o bien se avecina a una convulsión de intensidad superior a la de 1929-31, que sólo la guerra mundial terminó? Quienes afirman lo último subestiman los recursos de dirección económica de que ha dado muestras el capitalismo en los últimos 30 años, mientras que, por otra parte, sobrevaloran el significado de la contradicción interna causante de las crisis cíclicas y ven en éstas el impulso indispensable a la revolución. En cambio, es frecuente entre quienes quienes sostienen la primera posibilidad creer que el capitalismo tiene ante sí luengos decenios de vida opulenta, cuando no terminan declarándolo apto para resolver, además ésa, todas sus otras y más graves contradicciones.

Unos y otros cometen el errar común de no ver que la contradicción fundamental del sistema, de donde dimana imperiosamente la necesidad de revolución social, es la que pone frente a frente, con rudeza irreductible, capital y salariato, el sistema de producción y de distribución a las exigencias de los trabajadores, de la sociedad como conjunto mundial. Así, sin desdeñar los recursos de timoneo que pueden permitir al capitalismo una acumulación ampliada menos espasmódica, y aunque factores todavía imponderables venga a causar una nueva gran crisis de sobreproducción, sostenemos, por nuestra parte, que de todas maneras irá agravando su contradicción principal, aquella que le convierte en enemigo mortal de la humanidad entera, el sistema de asociación a liquidar inmediatamente. La crisis cíclica es un momento del sistema; pero lo que vivimos desde hace decenios, incluso durante el mayor auge de los negocios, es la crisis del sistema de civilización regido por el capital, sin distinción de propiedad privada o de Estado.

El oro acumulado en Fort Knox y en los demás bancos del mundo, es codiciado por los diversos sectores capitalistas nacionales o de grupos nacionales y militares, como fuente de mayor acumulación de instrumentos de producción y de instrumentos de guerra. El desequilibrio del sistema es puesto a contribución para hacer resbalar los lingotes de unos sótanos a otros, aun a riesgo de causar una bancarrota. Al fin y al cabo, es siempre el proletariado y los desheredados de todo género quienes padecen las consecuencias, tanto de una crisis como del restablecimiento del capitalismo. Más, para ese proletariado como clase mundial y como futuro gobernante, el oro es un metal como cualquier otro. Lo utilizará en la industria y la química o bien como ornato femenino, nunca como medida de un valor que lleva por condición previa su propia esclavitud al trabajo asalariado. El reino del oro es inseparable del reino de la explotación. Una economía socialista ha de suprimirlo, o bien nunca será sino un capitalismo encubierto.

Los revolucionarios debemos considerar la crisis del capitalismo, no en su aspecto momentáneo, de desajuste entre producción y consumo, sino en su aspecto general y permanente, de contraposición del sistema en escala terrestre a los intereses inmediatos, que son actualmente los intereses históricos, de una clase asalariada que debe dejar de serlo para que la humanidad se adentre en un tipo superior de civilización. Quienes reclaman "pleno empleo", "salario justo", subsidio al paro", modificaciones a la estructura del capital, etc., dan la mano a éste para salvar sus dificultades y proseguir su reaccionaria acumulación ampliada.

La lucha obrera ha de enderezarse contra el sistema entero, que retiene los instrumentos de producción como capital de Estado, de trusts internacionales o privado, y raciona el consumo de la mayoría mediante la paga salarial. ABAJO EL CAPITAL Y EL TRABAJO ASALARIADO — he ahí el grito que debe presidir la lucha obrera, sin exceptuar país alguno y en la forma detallada en Pro Segundo Manifiesto Comunista. Y el oro rey será derrocado, y cada cada individualidad dará su propia medida, sin destellos de mercenario regostado.

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