Alarma, n.º 14, julio 1970 (págs. 3-5). PDF del número completo

El sobresalto revolucionario de hace dos años benefició no poco a cuantas tendencias contribuyeron a él. Algunas doblaron el número de sus adherentes, militantes en potencia si no ya hechos. Su audiencia e influjo en la clase obrera se extendió, aunque sin proporción a sus progresos orgánicos. Sus publicaciones se vieron más solicitadas y sus reuniones públicas agrandaron concurrencia. Incluso hubo huelgas en que se notó, mal que bien, soplo izquierdista. Así pues, cada una de esas tendencias, y algunas en particular, hallaban ante sí no pocos posibilidades de desarrollo y de penetración en la clase obrera.

Al cumplirse el segundo aniversario de los acontecimientos de Mayo, las perspectivas de los izquierdistas parecen, por el contrario, estrechas y su propio impulso adquiere ritmo cansino. Han vuelto a sus rutinas anteriores, como si Mayo no hubiese sido más que un hermoso ensueño; peor, se han desplazado a la derecha en su práctica política y en la interpretación de sus propios programas. La explicación que de su estancamiento darían las diversas tendencias, la que se dan para su capote, saca una vez más a relucir las consabidas condiciones objetivas. No sus ideas, no su política respecto a los diversos problemas en Francia y en el mundo, sino las pijoteras leyes históricas, independientes de ellas y superiores a su voluntad, tienen la culpa de que todavía no exista período revolucionario, y vedan a los izquierdistas hizarse a la cabeza de la clase trabajadora.

La necedad de tan ramplona justificación debe ser denunciada como una supercheria, y más conretamente como cobardía y oportunismo políticos. Son las características subjetivas de todas las tendencias englobadas bajo la denominación de izquierdismo las causantes de su propia incapacidad, en manera alguna motivos exteriores a ellas. Su izquierdismo lo es sólo por relación a tendencias reaccionarias o netamente capitalistas; medido por las exigencias revolucionarias de hoy está muy lejos de serlo. Y de eso no tiene la culpa la dialéctica histórica. La contraposición objeto-sujeto carecería de dinámica y por ende de carga revolucionaria, si el segundo término no dominase sobre el otro en determinados momentos de su entrelazado devenir. Invocar las condiciones objetivas equivale pues a afirmar que las premisas materiales de la revolución social están, todavía, ausentes, disparate indefendible.

A los "izquierdistas" les ocurre, con agravantes, lo que a los dirigentes del partido bolchevique en 1917, antes de que Lenin les forzase, por así decirlo, a mandar al diablo sus rutinas. Señalando la incapacidad revolucionaria de ellos, Trotzky escribe: "Eran todos esclavos de viejas fórmulas" (en "Stalin"). La esclavitud de nuestros supuestos izquierdistas es doble y pesadísima. Los encadenan fórmulas no sólo invalidadas una y otra vez por la experiencia de la lucha de clases mundial, sino, lo que es peor, circunscritas, por lo general, dentro de la voraz contienda de los bloques imperialistas.

Trátese del problema de que se trate, local, nacional o internacional, práctico o teórico, los "izquierdistas" no proponen al proletariado nada revolucionario. Ni pueden proponerlo, pues carecen de perspectiva propia; tanto, que hasta resulta difícil que crean en sus respectivas organizaciones, por mucho que los milagros de la fe política sean en verdad no menos estupendos que los de la taumaturgia religiosa. Cuando la Ligue Communiste (Rouge) celebra el aniversario de la "revolución" china o hace el elogio de Ho Chi-minh y del F.N.L., trabaja para la contrarrevolución stalinista y aporta su contribución al imperialismo ruso y al chino. Por añadidura, traiciona, junto con su protector Pierre Frank, las ideas de Trotzky que pretenden defender, y estrecha la mano a sus asesinos. Cuando ellos mismos, más IV International, la Aliance de la Jeneuse pour la Revolution (Lambert), Lutte Ouvrière y de propina el P.S.U., defienden lo que califican de revolución colonial, niegan implícitamente que exista la necesidad y la posibilidad de revolución socialista mundial y se ponen al lado de un imperialismo contra otro. Que sea invocando la revolución burguesa en China, Vietnam, Cuba, Argelia, Egipto, etc., coartada de Lutte Ouvrière, nada cambia el último resultado y corrobora lo dicho, pues si hubiere aún cabida para una revolución burguesa en la civilización capitalista, esta tendría ante sí largo desarrollo. Cuando la misma Lutte Ouvrière propone la unidad de todas las tendencias izquierdistas, incluyendo en ellas a los pro-chinos, reconoce, quiéralo que no, que no existe incompatibilidad entre su tendencia y la contrarrevolución stalinista en su faz pekinesa; lo mismo vale respecto de la faz rusa para las tendencias que miran con ojos tiernos a los partidos del Kremlin. Cuando Lutte Ouvrière secundada por Rouge-Ligue Communiste entran en tratos de fusión con el P.S.U., preparan a sus militantes una encerrona peor que la de la mayoría de la Izquierda Comunista que en 1935 fusionó en España con el Bloque Obrero y Campesino. De ésta resultó un partido centrista, el P.O.U.M., en perpetuo desmayo ante stalinismo y frente popular: de la meditada hoy en Francia saldría algo aún más a la derecha. Ahí están, anunciándolo a quienes no se nieguen a entender, las declaraciones del flamante secretario general y diputado del P.S.U., y su fraternización con Tito, que contribuyó personalmente a aplastar la revolución española y reconoció haber liquidado a los trotzkistas yugoslavos. Para el partido de Rocard, la fusión es un trompolín para situarse como intermediario entre la "izquierda" burguesa y el partido stalinista, y sobretodo para encarecer, cerca de éste, sus buenos oficios. Cuando las mencionadas tendencias a una meten dentro de los sindicatos a sus militantes y a los obreros que consiguen influenciar, a menudo recomendándoles vergonzosamente ocultar su filiación, no trabajan para el proletariado, sí para la alta jerarquía sindicalo-política, que a su vez trabaja dia a dia para el gran capital. Verdad que en este dominio se consideran respaldados por Lenin y Trotzky o por el viejo sindicalismo revolucionario. Su conservantismo escolástico les impide darse cuenta de las peorías intervenidas en los sindicatos y en el capital, que los hacen complementarios y solidarios del mundo actual. Atacar al capital como estructura de la sociedad desde un sindicato, es propósito tan disparatado como atacarlo desde el consejo de administración de un trust cualquiera.

En fin, cuando reivindican, desde lo más elemental hasta lo más general y para ellos elevado, los izquierdistas tampoco ofrecen perspectiva propia al proletariado. Tratándose de lo primero se quedan a nivel de un sindicato social-demócrata antes de la guerra. No presentan una sóla reivindicación de carácter o de contenido socialista, pues no lo tiene siquiera la de "control obrero de la producción", cuya significación completa, nunca esclarecida, es: de la producción capitalista. Tratándose de lo más elevado, de la medida cumbre que ellos tomarían si gobernasen, ofrecen la nacionalización. Ahora bien, esa es perspectiva del capitalismo inherente a su automatismo funcional, perspectiva ya alcanzada por la contrarrevolución stalinista. La perspectiva del proletariado es muy otra. Consiste en poner fin, inmediata y no mediatamente camaradas izquierdistas, a la estructura económica basada en el capital-salariato. Y eso no puede hacerse convirtiendo en propietario a un organismo, por muy Estado obrero que fuere.

Los izquierdistas aparecen así muy imprecisamente diferenciados del stalinismo y los sindicatos. Debido a ello no consiguen suscitar gran interés en el seno del proletariado, y menos el entusiasmo indispensable para arrancarlo a los aparatos que actualmente lo aprisionan y hacerlos añicos. ¿Añicos? Para los "izquierdistas" eso es blasfematorio. Ellos buscan reformarlos, con lo cual se definen a sí mismos, verazmente, como reformistas empíricos. Y en cuanto al entusiasmo combativo del proletariado característico de un período revolucionario, consideran que está fuera de sus facultades humanas crearlo, esperando que se los ponga entre las manos el devenir bienaventurado.

Las tendencias pro-chinas no pueden ser consideradas izquierdistas ni siquiera entre comillas. "l'Humanité Nouvelle", "l'Idiot International", "La Cause du Peuple" representan tan sólo la causa del stalinismo pekinés, sin otra diferencia con el ruso que ser imperialismo atrasado, famélico y a la búsqueda de un "espacio vital". La verdad de su conducta transparece en la mostruosa divisa: "PROLETARIOS DE TODOS LOS PAISES, NACIONES Y PUEBLOS OPRIMIDOS, UNIOS", unión irrealizable a menos de someterse el proletariado a sus explotadores, burgueses, burócratas o príncipes de esas naciones y pueblos cuyo abanderado --y banquero-- quisiera ser China. Se trata de publicidad para una tentativa descarada de tercer bloque imperialista.

Entre 1923 y 1935, la Internacional Comunista fué transformada paso a paso y corrupción de sus dirigentes nacionales mediante, en abyecto instrumento de los planes imperialistas del Kremlin; la misma operación, no más limpia de procedimientos, trata de efectuar ahora Pekín, en calidad de nueva metrópoli. La huera fraseología del "maoismo", de ínfima calidad incluso como demagogia, sus fanfarronadas estilo voz de su amo, convienen a atorrantes y drogados de todas clases, no a militantes revolucionarios. Puede asegurarse que no conseguirá, como pretende, alistar a la clase obrera, por muchas subvenciones que reciba. Los partidos stalinistas lo consiguieron antaño porque empezaron siendo, no eso, sino organizaciones revolucionarias. El "maoismo" empieza como mera escoria de la escoria stalinista. Y lo que sus partidarios parlan es un miauismo de gato que comba el espinazo frotándose a los piés de su dueño.

Que el señor Sartre y otros intelectuales pseudo-revolucionarios se pongan, con su patriotismo resistente, a disposición de las tendencias chinófilas, cae dentro de lo natural. Desde que aparecieron en escena están avezados a apoyar falsas causas, tanto, que más de una vez han redorado los blasones del stalinismo. Tampoco será probablemente la última vez que Sartre cargue sus maletas de tónicos políticos. Es, en cambio, vergonzoso e inesperado que las tendencias "izquierdistas" entren en el juego de los pro-chinos, en lugar de ponerlos en la picota como falsarios enemigos de la revolución, además de aliados de los asesinos de la revolución y de los revolucionarios en la propia China. Era su obligación hacerlo incluso sin salirse de sus propios programas conservadores hoy. Eso indica hasta qué grado están fofas y carentes de contornos propios. Convivir en el seno de cualquiera de ellas se hará cada día más difícil a los revolucionarios.

19 julio 1979 — Jean d'Aix