Alarma, n.º 15, octubre 1970 (págs. 1-2). PDF del número completo
El señorito Juan Carlos, hijo de su papá, el príncipe sano Juán de Borbón, sigue ascendiendo en el escalafón político, siempre agarrado a los faldones de Franco el sanguinario, quien, al mismo tiempo que le está enseñando a gobernar, lo exhibe oficialmente por Europa y Estados Unidos, con séquito de ministros y diplomáticos. El sujeto de los centenares de miles de asesinatos, de los tribunales militares permanentes, de los millones de años de condenas, el de los grandes latrocinios financieros, inculca su oficio al señorito real. Con él aspira a entronizar dinastía nueva, borbónica por la herencia genética, franco-bahamóndica por la legislación criminal y la herencia sádica del régimen. La usurpación dignificada por la legitimidad; el desafuero elevado a derecho; el advenedizo haciendo rey que encubra sus atrocidades, cargue con ellas y las continue. Tal es, en efecto, el compromiso adquirido por el señorito real.
En realidad, legitimidad y usurpación son intercambiables. Están hechas la una para la otra, lo mismo para entenderse cuando se trata de meter en cintura a la clase trabajadora, como para hacerse jugarretas una vez tranquilas en ese aspecto. Hace 34 años, el papá corrió a las trincheras fascistas en uniforme de Falange. El mismo impulso e idénticos intereses llevan hoy al hijo a hacerse cargo del monstruoso legado de Franco. Hace 34 años la revolución dominaba en casi todo el territorio español; hoy y pese a tantísima represión, la revolución reaparece en el horizonte como tormenta que ronda. Y el sanguinario "caballero de Cristo", a imitación de tantos otros reaccionarios de viejo y nuevo cuño, cree que una legislación terrorista como la suya es el antídoto infalible. De ahí que la legitimidad dinástica y la criminalidad del régimen, que es clérigo-militar-fascista, no se olvide, se ayunten en el mismo designio.
¿Van a lograrlo? ¿Continuará España siendo un campo de tiro contra los revolucionarios en particular, y un campo de concentración para los opositores en general? De antemano, y pase lo que pase, puede asegurarse que no. La obra de la "Gloriosa Cruzada" será barrida como una inmundicia por la acometida general del proletariado que está gestándose actualmente a través de mil huelgas, manifestaciones y movimientos de solidaridad. Los propios intereses guarecidos tras el franquismo, el capital, la iglesia, el ejército, más sus esbirros policíacos, se verán en la necesidad, llegado el momento, de desprenderse del régimen y hasta principillo sucesor renegará de su ayo con tal de contemplar su testa coronada.
Las contradicciones acumuladas por una continuidad indebida del capitalismo desde el decenio 30 acá, no dejarán de manifestar su explosividad. La caida del régimen (no sólo la de Franco o su desaparición, sino la de sus procedimientos tiránicos jurídicos y extra-jurídicos) está inscrita dentro lo que una lucha indiferenciada puede adquirir, sin que ningún problema esencial queda resuelto, ningún peligro para el porvenir eliminado. Porque los problemas del país los causa y renueva sin cesar el sistema capitalista, del cual la tiranía franquista ha sido efecto e instrumento a la vez. Y mientras el sistema viva persistirán, agravados, aquellos problemas, además de la amenaza de otra dictadura. De preparar dicha solución mediante organización nueva, es de lo que deben preocuparse principalmente los revolucionarios.
Ahora bien, para ese empeño no sirve ninguna de las del antiguo frente popular. La más conocida de todas, la organización stalinista engañosamente dicha comunista, está tramando de antiguo, con toda suerte de burgueses y reaccionarios un post-franquismo anti-obrero. Haciendo méritos de futuro ministro (de la policía), su secretario general, Carrillo, declara: "Nadie piensa en España hacer una revolución comunista, y menos que nadie el Partido comunista". Ahora bien, de lo que el proletariado tiene imprescindible y urgente necesidad es precisamente de la revolución comunista, para la cual es menester una lucha revolucionaria muy diferenciada frente al capitalismo de hoy y de cualquier otra forma que quiera dársele mañana. Si tampoco esta vez consiguiere el proletariado realizar su revolución, puede asegurarse sin riesgo a mucho error que será sometido a un régimen como el de Italia o como el de Polonia. En Italia, la iglesia saca avante los negocios de la explotación auxiliada por el partido stalinista y por el "socialista"; en Polonia, a la inversa, la explotación es regida por el partido stalinista secundado por la iglesia.
Concluyendo, si el peligro de una continuidad del régimen actual en una dinastía franco-borbónica quedará excluido por la extensión de las luchas en curso, no podrá eludirse la continuación del capitalismo, ni siquiera el peligro de otra dictadura tras breve período de democracia mas o menos dirigida, sino llevando a término victorioso la revolución comunista. En tal sentido tienen la obligación moral de colaborar con nosotros cuantos hombres sinceros aspiran a resolver los problemas del proletarido y de la humanidad, no el del capitalismo.
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