Alarma, n.º 15, octubre 1970 (págs. 4-5). PDF del número completo
Cómo surgieron las Comisiones Obreras en España, si fueron creadas por iniciativa espontánea de los obreros o de determinadas organizaciones, no hace al caso. La verdad es que las Comisiones obreras son una realidad y que en mayor o menor proporción juegan un papel en los medios obreros. Es precisamente en esa medida en que es necesario enjuiciarlas y tratar de poner al descubierto el futuro peligro que pueden representar para el auténtico movimiento obrero revolucionario y para la sociedad en general.
Si las Comisiones Obreras fueran elegidas en asamblea democrática por los obreros mismos (como, al parecer, ocurrió en sus orígenes en ciertos casos) y si ellas fijasen como método de lucha no sólo las reivindicaciones económicas cotidianas, sino que llevasen por norte servirse de ellas para preparar las condiciones subjetivas necesarias para que la caída del régimen franquista no se quede en un simple cambio de régimen, sino que sea un auténtico cambio social, entonces no cabe duda, contarían con el apoyo, solidaridad y entusiasmo, no sólo del proletariado nacional, sino también con el concurso del proletariado mundial.
La realidad es muy otra. Las Comisiones obreras, en la actualidad, no responden, ni mucho menos, al tipo de organismo señalado. En la mayoría de los casos son comisiones apañadas y elegidas con la técnica maestra, de apariencia democrática, de que la organización staliniana y la jesuítica católica son poseedoras. Stalinistas y católicos controlan todas las comisiones. Son esas, las dos fuerzas orgánicas más contrarrevolucionarias de la época, las que dirgen dicho movimiento. Fuerzas ambas tan interesadas como el propio régimen franquista en evitar que el movimiento obrero español intente de nuevo realizar y llevar a cabo lo que inició en el movimiento revolucionario de 1936. A impedir esa continuidad revolucionaria dándole a la lucha un carácter "democrático" desposeido de todo contenido de clase, a fin de reemplazar el régimen de Franco por una república popular u otro régimen cualquiera "progresista" a la imagen de los países "socialistas" del Este, o a la Castro (Castros no faltan), están dedicadas todas sus energías y actividades.
Es posible que stalinistas y católicos, católicos y stalinistas se disputen la hegemonía en las Comisiones, pues también los "clérigos" saben jugar a todas las cartas, unos con Franco, otros con ellos. De momento se entienden perfectamente en la táctica y métodos a seguir para ganarse la confianza del proletariado español, táctica que consiste en una estudiada demagogia obrerista y en especular con las reivindicaciones económicas inmediatas y otras de carácter democrático: libertad de prensa, reunión, asociación, derecho de huelga, etc. Dentro de ese margen se inscribe su única estrategia y a eso se limita la acción de las Comisiones obreras. El opio de los pueblos (la religión) y su veneno (el stalinismo, se entienden. Lo fundamental para ellos es contar con un organismo dócil que controle a la clase productora, la que produce plusvalía, riqueza. De hecho, esas Comisiones son ya sindicatos y el objetivo ideal de su pérfido y reaccionario trabajo es ocupar el lugar de los sindicatos verticales falangistas.
La lucha del proletariado español contra el régimen es dura. No hay duda que reviste caracteres más difíciles que la de los obreros de otros países, pero fundamentalmente, las razones de lucha son las mismas. Lo que prueba que no se trata de cambiar de forma: el régimen político, sino también de fondo: el régimen social que comprende lo económico y lo político. Todo lo que no sea pues una verdadera y completa transformación social no hará más que agravar y alargar el problema de los explotados.
Es con esa comprensión del problema político-social que el proletariado y demás capas sociales asalariadas deben orientar su lucha, y es con la perspectiva de cambio de sistema y no sólo de régimen, que deben actuar todos sus organismos representativos en la lucha diaria por mejoras económicas y conquistas parciales, pues todo organismo que limita su acción exclusivamente a esas mejoras, sin que ellas estén ligadas a una estrategia político-social precisa y definida, está condenado a hacerse manejar --como las comisiones-- o bien por partidos políticos y sindicatos para sus propios fines y cálculos, o bien por el propio Estado. De lo que resulta que es rigurosamente necesario que todo comité, consejo, junta o fomento obrero (el título no hace al caso) nombrado democráticamente en asamblea en los lugares de trabajo, sea siempre de una independencia absoluta vis a vis de no importa qué organización política o sindical. Lo que no quiere decir que los nombrados para formar parte de dichos organismos dejen de pertenecer al partido u organización que se corresponda con sus ideas y de militar en ellos.
A estos comités de amplitud clasista y democrática es a los que corresponde la tarea histórica de realizar la auténtica revolución social destruyendo radicalmente las leyes en que se afirma el sistema capitalista, llámese éste liberal, monopolista o de Estado.
Al socialismo se va cuando el poder político y económico pertenece auténticamente a los trabajadores y éstos, a través de sus organismos, ejerzan la gestión de producción y distribución dentro de una economía socializada. Socializando, no nacionalizando. Suprimiendo la ley del valor y con ella el trabajo asalariado. Ni privilegios ni jerarquías. Poniendo al servicio de todos por igual y sin distinción, la cultura y los conocimientos técnicos. Al socialismo se va debilitando al máximo el Estado y no fortaleciéndolo. Limitando sus funciones. El socialismo será cuando el Estado no tenga razón de ser.
1936 tendrá su continuación triunfante si el proletariado español sabe impedir que stalinistas y católicos con sus comisiones obreras desnaturalicen la lucha.
J. Costa
"... es menester que los obreros sean como una sóla mente y un sólo corazón; que por un gran esfuerzo colectivo, por una presión de clase, erijan una berrera infranqueable, un obstáculo social que les impida venderse al capital por "contrato libre" hasta la esclavitud y la muerte, a ellos y a su progenitura".
(Marx: El Capital, en Oeuvres, tomo I, p. 837. Ed. La Pléiade. Paris 1965)