Alarma, n.º 14, julio 1970 (págs. 1-2). PDF del número completo

Tres obreros matados el dia 21 de este mes en Granada, dos en septiembre pasado junto a Bilbao (cifras oficiales), los malos tratos, las palizas, incluso la tortura en forma practicados en cuarteles de la Guardia civil y salas de interrogatorio policíaco, las condenas a número exorbitante de años, a veces sin pruebas ni hechos acusatorios, por delitos que en otros países no lo son o tendrían penas leves, la prohibición de ser hombre independiente y digno en cualquier dominio. El sacratísimo régimen clerigo-militar-fascista seguirá siendo igual a sí mismo hasta que consumemos su destrucción.

Los obreros de Granada manifestaban, demasiado pasivamente, pidiendo se reanudasen las negociaciones de contrato colectivo. La policía exasperó a los manifestantes no sólo por su presencia, motivo sobrado, sino por insultos y amenazas para forzarlos a disolverse. Ante la negativa de aquellos, la policía pasó a los hechos, los suyos únicos: aporreo, culatazos y tiros cuando no bastan los primeros. Pero sería error culpar a ninguno de los jefes policíacos presentes; el responsable es el régimen colectivamente, desde Franco hasta el último de sus sostenedores presentes y pasados. Como es de rigor en tales casos, la versión ministerial pretende que los obreros fueron los que agredieron a la policía a ladrillazos. Mentira intencional, de seguro, mas aunque fuese cierto; ¿no es alevoso asesinato responder a ladrillazos con tiros, a las contusiones que pueden causar aquellos matando a hombres? Es sanguinario el principio de autoridad.

El contrato colectivo es un "derecho" que el régimen concede a los trabajadores: el de ser explotados con arreglo a normas que aumentan los beneficios del capital y que durante su ejercicio les veda reclamar aumentos de salario, derecho inalienable entre todos. Pero la manifestación, aunque sea, como en el caso de Granada y otros, para pedir al régimen conformarse a sus propias disposiciones, éste no la tolera. Empezó el y se impuso "por la gracia de Dios" asesinando a centenares de miles de hombres, se ha mantenido por el terror y querido educar en la sumisión y el servilismo a la nueva generación. Hasta el final, gobernará por el terror y la privación completa de derechos, sobretodo el derecho de los explotados a rebelarse contra su condición para dejar de ser esclavos asalariados. La dignidad humana, la simple hombría de bien son incompatibles con regímenes de tan baja calaña.

El encierro en la catedral de 500 personas "para protestar" de la fechoría policíaca, la supuesta participación de algún cura en la manifestación, forman parte de los ardides de "la infame" para sacudirse de responsabilidades en la criminal actuación de su propio régimen. La iglesia se llevará chasco al fin y al cabo, aunque por ahora los obreros no se atreven siempre a sustraerse a su caridad política.

Los asesinatos de Granada no serán, cierto, los últimos, pues el régimen ha fracasado en su gran designio de extirpar la rebeldía en la nueva generación, y sabe por los informes de sus secuaces y de sus propios esbirros, que va en aumento. Ninguna represión conseguirá calmarla, por más que la clase obrera actue todavía de manera inconexa, a veces tímida, y siempre sin rumbo revolucionario bien enderezado. Es evidente, por ejemplo, que en Granada hubiera podido desencadenarse una huelga general, si inmediatamente después de los asesinatos los trabajadores hubiesen recorrido los barrios obreros reclamándola. El paro de solidaridad y de protesta política habría repercutido probablemente en otras ciudades. La clase trabajadora debe percatarse de que sólo su lucha, lo más enérgica y organizada posible, hará retroceder la represión y derrocará en fin de cuentas el régimen. La solidaridad contra la represión y los despidos que tan valerosamente se manifiesta en la mayoría de los sitios donde hay conflicto, debe sobrepasar los linderos de la fábrica, de la localidad, para ir adquiriendo proporciones vastas, hasta alcanzar la paralización huelguística del país. Pero ésto último, para no terminar en fracaso, debe hacerse al grito: ¡ABAJO EL REGIMEN, ABAJO EL CAPITALISMO!

Es menester reclamar sin tapujos el derecho de los trabajadores a disponer de sí mismos económica y políticamente. Hay que ponerlo por obra en cuantas ocasiones se presenten, esforzándose siempre en extender esa acción hasta los centros económicos más importantes. Se acercará así el dia en que el proletariado derribe los más sólidos pilares del capital: la policía, el ejército, los tribunales, y la iglesia también.