Alarma, n.º 14, julio 1970 (págs. 2-3). PDF del número completo
Ha sido ese paso el dado por los obreros de la AEG de Tarras, el pasado marzo. En primer lugar, su solidaridad con los hombres despedidos por la empresa fué instantánea y completa: declararon la huelga y se negaron a tratar con la dirección de problema alguno mientras aquellos no fuesen readmitidos. "O todos o ninguno" --repitieron mil veces sin doblegarse a concesiones. En segundo lugar, postularon el derecho a celebrar asambleas generales para determinar cuanto les interesa y la conducta a seguir frente a la compañía. Y sin esperar aprobación, las convocaron desentendiéndose de los cauces sindicales previstos por el régimen. "Sólo reconoceremos como nuestras --declararon por escrito-- a las comisiones elegidas por nosotros en asamblea para las tareas que les asignemos".
En tercer lugar, organizaron grupos para combatir a delatores y esquiroles, haciéndolo no sin habilidad táctica habida cuenta de la vigilancia policíaca. En fin, pusieron en circulación también la consigna de acabar con los destajos de cualquier forma que estén disfrazados.
La obstinanción con que continuaron la huelga a despecho de múltiples presiones patronales, policíacas y políticas, procedentes éstas del stalinismo (PSCU), indican un alto grado de combatividad y una consciencia en formación de las tareas a cumplir. Todo lo dicho y ergotizado sobre esa huelga ignora sus rasgos revolucionarios, acusados en ella con netitud nueva, que sienta precedente, se extenderá a futuras luchas y a otros dominios de la misma.
El principio de las asambleas obreras para decidir de todo, niega autoridad no sólo a los sindicatos falangistas, sino también a cualquier futuro sindicato que venga, en nombre de la libertad o de lo que sea, a colocarse como vendedor de la fuerza obrera de trabajo al capital. El porvenir de esa consigna es ilimitado. Generalizada y orientadas revolucionariamente las asambleas, puede ir hasta la toma del poder político por el proletariado, y más allá, hasta la organización del comunismo.
La negativa a admitir que la dirección de una empresa sea dueña de despedir, por las razones que fuere, a quien le dé la gana, implica, aunque no haya sido sugerido todavía, la misma negativa para admitir obreros, y en etapa de lucha generalizada, la negativa a admitir que el capital estructure y dirija la economía. Esas dos consignas, combinadas a las de grupos de lucha contra delatores y esquiroles (que en gérmen comporta el armamento del proletariado) y a la de supresión de destajos y horas extra (que desarrollada conduce a atacar la ley del valor capitalista, o sea, el trabajo asalariado mismo), permiten plantear la lucha del proletariado en sus mejores términos, actualmente y para el porvenir. Aunque los trabajadores de la AEG no hayan obtenido una victoria para ellos, su huelga será un punto de partida ejemplar para otras, y aparecerá así, con el tiempo, como una victoria.
Analistas plúmbeos de esa lucha ha habido (¡y con pretensiones científicas!) para condenar el principio de las asambleas. Pro-chinos o pro-rusos, forman parte de los qué, ejerciendo el poder, reprimen las asambleas obreras y cuanto no sea dictado por EL PARTIDO. Bajo su influencia el proletariado no se acerca a la revolución, sino a su pérdida.
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