Alarma, n.º 13, mayo 1970 (págs. 4-5). PDF del número completo
Desde hace algún tiempo, un número creciente de huelgas han sido declaradas en toda Europa occidental, y hasta en Estados Unidos, a despecho de los sindicatos respectivos, cuando no en lucha directa contra ellos. Son las llamadas "huelgas salvages" por los portavoces oficiales. En realidad se trata, sencillamente, de huelgas verdaderas, pues los paros ordenados o consentidos por los sindicatos han dejado de serlo hace no pocos años.
Por ese procedimiento, la clase obrera inicia un paso adelante en la recuperación del terreno perdido en su defensa cotidiana frente al capital. Por modesto que tal paso sea, saludémoslo con alborozo. En efecto, la alianza entre el capital, el Estado y los sindicatos, muy estrecha y generalizada desde la guerra acá, imposibilita a la clase obrera no sólo la lucha revolucionaria, sino tan siquiera una mera defensa reivindicativa. Tomando ésta en sus manos mediante huelgas y demandas por ellos mismos decididas, reservándose la facultad de reanudar o no el trabajo, a su albedrío y mofándose de los sindicatos, los huelguistas recuperan un derecho que les ha sido birlado y que en manos de los sindicatos se revuelve contra ellos.
Una nueva e importante fase de la lucha proletaria se insinua así. No puede decirse todavía que la clase obrera o siquiera la mayoría de los promotores de las huelgas contra las prescripciones sindicales, vea con claridad que los sindicatos no son otra cosa que la función o el estamento obrerista del capital. En no pocos casos, una vez declarada la huelga "salvage", los obreros se dejan domar y manipular por los sindicatos, que aprueban entonces cualquier demanda con tal de ser ellos quienes manejen la huelga y decidan su cese en trinca con el Estado y el capital. En otros casos, cual ha ocurrido en Italia y en Francia, los obreros responden a pseudo-huelgas ordenadas por los sindicatos sin otra finalidad que cortar el paso a una verdadera huelga en gestación, o bien para introducir en el gobierno a los mangoneadores políticos de los sindicatos. No obstante, el hecho de que estallen por todas partes huelgas no decididas por los tartufos del obrerismo, indica que el proletariado empieza a situarlos entre sus enemigos de clase, a la vera del capital.
El día que esa noción se generalice no tardará en abrirse un período revolucionario sin precedente en la historia universal. De la lucha meramente reivindicativa se pasará de un sólo vuelo a la lucha contra el capitalismo en cuanto sistema, y el grito: ¡ABAJO EL TRABAJO ASALARIADO, ABAJO EL CAPITAL!, resonará con potencia ostentórea.
En España, donde las huelgas son todas del género anti-sindical, debido al despotismo del régimen, y donde, por consiguiente, podrían cristalizar mañana en un gran movimiento económico-político que abarcase el país entero --y hasta Portugal-- tenemos también en actividad direcciones sindicales que se proponen desempeñar el papel de sus congéneres extra-Pirineos. Debido a la clandestinidad, o por lo menos simi-clandestinidad que aún pesa sobre ellas, encuentran una simpatía que están muy lejos de merecer. Pese a su clandestinidad, procuran limitar las huelgas en contenido reivindicativo, y en el tiempo a un par de días, si no a unas horas. De ahí que las mejores huelgas habidas en España son, como en cualquier otro país, aquellas en que los obreros por sí mismo son los organizadores, sin influencias deletéreas de ninguna de las direcciones que aspiran a relevar a los sindicatos falangistas. Entre éstas, la más peligrosa, por las complicidades mundiales y franquistas que encuentra, es la denominada "Comisiones obreras", mangoneada de hecho por el clero y por el stalinismo. Ya ha empezado a desvirtuar la lucha proletaria en Madrid, Asturias y el País Vasco. En las mismas reivindicaciones que presenta se descubre fácilmente el prurito de convertirse en el sindicato nacional predilecto (unitario, claro está) del dirigismo capitalista sucesor de Franco. No es cuestión de comentarlas en este editorial. Pero sí de recomendar a los trabajadores compararlas con las consignas nuestras publicadas en el número anterior de Alarma.
Reafirmémoslo una y mil veces: los sindicatos se revelan en todas partes enemigos de la revolución, son parte inseparable de la sociedad capitalista. Sin prescindir de ellos, sin arrollarlos, serán siempre la cadena que ata el proletariado a la acumulación ampliada del capital. A mayor abundancia tratándose de sindicatos stalino-cristianos. No puede existir acción revolucionaria sin organizar a los trabajadores al margen de ellos y deliberadamente contra ellos.