Alarma, n.º 13, mayo 1970 (págs. 1-4). PDF del número completo

Resurgencia de la revolución o putridez social

Los primeros síntomas degenerativos de una civilización coinciden con el ápice de la misma, cuando no los abriga, subyacentes, durante su propio desarrollo. Es lo que destaca la historiografía, mal que bien, de su estudio del devenir humano desde el período neolítico, y también lo que vuelve tarumba a la filosofía de la historia.

El desarrollo contínuo, siempre avante de la civilización, propio de la interpretación hegeliana resulta teleológico y casi tan superficial, pese su optimismo como la pesimista y en fin de cuentas religiosa concepción de caída obligatoria tras el apogeo, que Ortega y Gasset compartía con otros filósofos y sociólogos occidentales.

Han existido indudablemente sociedades --no sólo las de castas-- metidas por su propia estructura en un aro infranqueable. La decadencia era para ellas inescapable, de igual modo que en la evolución de las especies algunos tipos animales adquirieron formas sin porvenir, que los condenaban a la desaparición. Mas otros modos de civilización han conllevado factores que permitían superarla suprimiéndola, sin que en ningún caso el salto revolucionario fuese leicidad orgánica. Ni decadencia ni revolución son fatalidades en este último tipo de civilización, a la inversa de lo que pretende, tocante a la revolución, un materialismo emparentado con el idealismo por su propia tiesura. Tratándose de la sociedad actual, la movilidad y la contraposición dialécticas posibilitan sin obligar, mientras que la irrealización de sus potencialidades acarrea, como contrapartida, la decadencia. Y los factores que deben consentir el salto en el desarrollo no tienen similitud con las mutaciones cromosomáticas debidas al azar o a la adaptación, cual ocurre en las especies, ni están sujetos al rigor de una ley física. La sociedad es el conjunto de los hombres, y por ende sólo los hombres llevarán a efecto la revolución, basándose en las condiciones materiales dadas. La revolución ha de ser un acto deliberado, una volición, o no será, sépalo ese marxismo que no ha aprendido del revolucionario Karl Marx otra cosa que la dependencia del hombre respecto del sistema de producción, no la dependencia del sistema de producción respecto del hombre, absoluta en determinados momentos.

Y bien, la civilización capitalista, mundial, ofrece desde hace decenios plena posibilidad de superarla anulándola, mientras, por defecto de ello, presenta ya signos inequívocos de decadencia. Uno de los más ahincados entre ellos, de donde ramifican otros, es la pudrición de los valores políticos y morales que acarreaba el desarrollo del sistema y le conferían su valía. Pudrición no significa substitución, menos sobrepase. Así, vemos hoy revolcarse en ella, gozosos, no sólo a los representantes del sistema, sino también a muchos que se consideran enemigos de él. Ahora bién, por mezquinos y limitados en el tiempo que los valores morales y políticos del capitalismo hayan sido, únicamente la aparición de valores más altos consentiría la libre elación del hombre en una civilización suya, no contrapuesta a él.

Antes de continuar conviene dar el alto a los caballeros del economismo. El crecimiento industrial capitalista, robustez y progreso a sus ojos, es en nuestros dias grave signo de decadencia, no sólo por los conflictos comerciales y estratégicos que engendra, no sólo por los armamentos nucleares y clásicos que apabullan a la humanidad y la mantienen bajo amago permanente de exterminio, lo que bastaría con creces; sino también, y en primer lugar, porque merma las posibilidades del hombre y lo va destruyendo. Hace un siglo que Marx decía: "Con la valorización del mundo de las cosas se intensifica la desvalorización del mundo de los hombres en relación directamente proporcional". En efecto, el desarrollo industrial del capitalismo indispensable para la revolución comunista fué alcanzado hace decenios, y todo crecimiento posterior es reaccionario, es teratológico (1). O se corta mediante la revolución o terminará amaestrando al hombre como perro de circo. Hemos llegado a un punto en que la valorización del mundo de las cosas nulifica por completo al hombre, que ya no es, Oriente y Occidente en uno, sino carne de máquina o de cañón y objeto constante de cuestionarios policíacos y administrativos.

Pese a todo, desde la revolución española hasta la fecha, corridos 30 años, la civilización capitalista campea indesafiada. Las convulsiones habidas luego, Grecia 1944, Alemania Oriental 1953, Polonia y Hungría 1956, Francia y Checoslovaquia 1968, no han originado nuevo período de combates obreros ni fundado movimiento revolucionario, como fué el caso con la revolución rusa de 1917. La causa de tal infecundidad no se encuentra en el fracaso o el aplastamiento de las mencionadas tentativas, aún menos en la validez económica y política del capitalismo; no, está en el proceso mismo de la lucha de clases durante los últimos 50 años.

Las agitaciones e insurrecciones habidas en toda Europa, Asia, América y Africa mismas a partir de 1917, cauda fulgurante del Octubre ruso, no se comprenden sino como partes de una sóla lucha por la revolución mundial. Mas lo característico de su derrota sucesiva consiste en que no se produjese por obra de la burguesía. Por lo menos a partir de la revolución china de 1926-27, si no antes, es la intervención política del Kremlin, sus partidos mediante, lo que impide la revolución. Ya en la Alemania de 1932-33, Moscú impartió a su gente, dóciles mercenarios acostumbrados a obedecer sin chistar, órdenes estrictas de dejar camino libre a Hitler. En fin, en la España roja de 1936-39, la intervención política se extiende a intervención policíaca contra la revolución. El ciclo de lucha por la revolución mundial iniciado en 1917, lo clausura en España, via embajada de Stalin y stalinismo nacional, el mismísimo gobierno que todavía tiene la avilantez de presentarse como heredero y continuador de la revolución rusa.

La incomprensión de todo ese período de la lucha de clases y de sus grávidas consecuencias políticas se hacen sentir muy fuertemente sobre el proletariado y sobre sus destacamentos políticos avanzados; es la causa principal de su esterilidad.

La transformación de la revolución rusa en contrarrevolución, operada sigilosa y paulatinamente al principio, desde el interior mismo del partido bolchevique, es muy discernible a partir de 1923, y restalla durante el decenio siguiente en los procesos de Moscú y en en el exterminio de centenares de miles de hombres, la mayoría de los de 1917. Al mismo paso, los planes quinquenales uncían el proletariado al capital cual jamás lo estuvo antes. Es decir, que mientras el suceso revolucionario de Octubre va originando en un país tras otro acometidas revolucionarias, mientras el proletariado insurgente de esos países ve en el gobierno de Moscú un amigo y una esperanza, el gobierno de Moscú va asestándole implacablemente puñaladas por la espalda hasta dejarlo exsangüe. Así se desembarazó el capitalismo mundial de la revolución, así consiguieron sus diversos grupos de intereses imperialistas hallarse libres para redistribuirse, mediante la guerra, el derecho a explotar mayor o menor parte del mundo.

Pero en el capitalismo mundial habíase insertado ya, con suficientes méritos para ser acogido con todos los honores, el gobierno de Moscú. Liquidando la lucha por la revolución mundial Moscú actuaba en consonancia con sus intereses nacionales y con la futura trayectoria imperialista de su capitalismo estatal. En una palabra, consumada la contrarrevolución en Rusia, contrarrevolucionaria tenía que ser su política frente a cualquier acontecimiento de lucha proletaria. Sin eso no podía producirse, ni ser tolerada por los antiguos imperialismos, la expansión rusa que hemos presenciado, desde Europa hasta Asia y Cuba.

El crecimiento industrial post-bélico de los imperialismo --Rusia incluida y China en puerta-- la nueva estafa ideológica de los nacionalistas de cualquier parte del mundo, sus trasiegos de un imperialismo a otro, son debidos a la liquidación, gracias al Kremlin, del período revolucionario mundial entre 1917 y 1937. Respecto del antiguo capitalismo y de la burguesía, el proletariado está invicto.

Ahora bién, el marasmo ideológico y la quietud de la clase trabajadora no son ya mero resultado de la vil actuación del stalinismo. Los devastadores efectos de su obra en tal dominio, tan prolongados y profundos, los ha consentido, por prestación gratuita, la política de todos los grupos y partidos no stalinistas. En efecto, han sido incapaces de tratar al stalinismo como enemigo de clase, lo han flanqueado en cuanto concierne a sus intereses imperialistas, desde las resistencias nacionales hasta Vietnam y Medio Oriente, mientras que en lo sindical van de compañía con los aparatos stalinistas o con los de otras centrales sindicales (Inglaterra, Alemania Federal, Japón).

La clase obrera internacional se ha visto así privada, durante luengos decenios, de un centro de irradiación ideológico inconfundible con la canalla stalinista y sindicalera de cualquier parte, de un polo de atracción revolucionaria que signifique para ella una esperanza, la posibilidad de acabar con el capitalismo en momentos como el de Mayo de 1968 en Francia. Los mejores de tales grupos vivotean embrujados por concepciones muertas, cuando no ventajosas hoy para el capitalismo. Sin desembarazarse de ellas serán siempre incapaces de abanderar la revolución, incluso si llegaren a ser organizaciones grandes. Es evidente que mientras perdure esa situación cualquier futura sacudida social será también efímera y no impedirá al capitalismo occidental y oriental reanudar su destructor funcionamiento económico-militar.

Desde la fundación de la Primera Internacional, nunca se había encontrado el proletariado tan desguarnecido de organizaciones revolucionarias, o simplemente de organizaciones propias. Al mismo tiempo, nunca las condiciones económicas, militares y políticas del capitalismo apremiaron tanto su aniquilamiento por la revolución. Dislocación tan enorme no puede durar ya mucho sin derruir las condiciones objetivas de la propia revolución y en fin de cuentas sin abocar al cataclismo termonuclear. Todas las civilizaciones que han entrado en decadencia fueron precipitadas a ella por el fragor del pillaje bélico, si bien una y otro los engendraba la caducidad de sus sistemas. La horrenda amenaza atómica cernida sobre el mundo de hoy es fiel imagen de la podredumbre de la civilización capitalista. Y déjese a los pazguatos boquiabrirse ante la industrialización y el "progreso".

El decenio que acaba de empezar (centenario de la Commune de París) será sin duda alguna decisivo para el devenir. Verá surgir nuevas organizaciones enemigas por igual de los bloques imperialistas existentes o virtuales, y desembarazadas de esquemas antañones, hoy pseudo-revolucionarios. Esa ruptura impregna ya el sentir del proletariado, en particular la juventud, siquiera sea sin formulación neta. En Oriente no menos que en Occidente, los jóvenes ven con hostilidad, cuando no con odio a sus respectivos gobiernos y a los partidos tradicionales. Un grandioso movimiento revolucionario común está latente ahí, y tenderá irresistiblemente a cuajar en coceptos claros, a despecho de los narcóticos políticos y yerbáceos que el viejo mundo esparce.

Los revolucionarios debemos contemplar nuestra acción, en cualquier país que sea, como parte de una acción mundial que ha de sublevar mañana al proletariado de los dos bloques militares y al de los países neutrales. A menos de encentar ampliamente ese trabajo durante los años 70, si no de darle cumplimiento, cosa muy factible, la civilización capitalista seguirá envenenando la consciencia humana y rehundiéndonos en la decadencia en nombre de la democracia o del socialismo. La futura civilización comunista exige desmantelar de arriba abajo lo que hay en Rusia y lo que hay en Estados Unidos, no menos que lo que hay en China. Debemos proyectar pues la acción concertada del proletariado occidental y oriental.

Pero no serán las aguas de albañal del nacionalismo "anti-imperialista", del guerrilleo, del poder negro, las que abran cauce a esa corriente revolucionaria, ni siquiera aquellas otras hoy remansadas y contaminadas del "trotzkismo" y del "anarquismo". Las primeras son parte del mundo capitalista a destruir; las otras residuo deleznable de un momento histórico pretérito.


(1) Véase F.O.R.: "Pro Segundo Manifiesto Comunista".