Alarma, n.º 17, Abril 1971 (págs. 1-2). PDF del número completo

La suspensión del artículo 18 del Fuero (en puridad desafuero) de los españoles, dejando mano libre a la policía, ha permitido a la misma practicar cuantas detenciones le ha dado la gana, registros policíacos, cacheos, interrogatorios con las sevicias usuales, retenciones en sus calabozos a veces más allá de un mes, etc., sin contar los encarcelamientos a discreción. No obstante, las luchas de la clase trabajadora han seguido su curso como si, vigente o suspendido, el tal artículo significase de hecho cero a la izquierda.

Las huelgas han menudeado en todas las comarcas en que existe industria o minería y hasta en zonas agrícolas del sur. Mejor que enumerarlas a título informativo, es destacar lo que hay de importante en algunas de ellas.

En primer lugar, cada vez más, ya que no siempre, los obreros que deciden declararse en huelga prescinden desde el primer momento de todo cauce administrativo: delegados oficiales, conciliación, Magistratura del trabajo, etc. Plantean directamente al capital, burgués o Estado, sus reclamaciones y a él se enfrentan en calidad de asalariados suyos. Es a la vez una lucha de clase y una clase de lucha frontal, sin intermediarios judiciales, políticos ni sindicales.

En segundo lugar, se extiende el principio de la asamblea general de trabajadores para decidir el comienzo y el fin de una huelga, así como de las reivindicaciones a presentar. Los trabajadores hacen más que prescindir de los sindicatos; se colocan deliberadamente al margen de ellos y en la práctica contra ellos. Por ahora se trata de los sindicatos del régimen, pero ya llevan eso de andado para actuar mañana por sí mismos, independientemente de cualquier otro sindicato, lo que terminará por revelarse decisivo.

En tercer lugar, las asambleas han nombrado delegados y advertido explícitamente al capital que no reconocen como suyos sino a los designados por ellas. Mantenida en todos los conflictos, esa actitud dará a los trabajadores la máxima cohesión y capacidad de lucha, tanto en lizas de solidaridad o de salario como en propósitos de mayor alcance, que no dejarán de aparecer.

Fomento Obrero Revolucionario afirma que los sindicatos son una clavija del sistema capitalista, que no sólo son incompatibles con la revolución, sino también incapaces de una lucha intransigente reivindicativa, es decir que se limite a mejorar las condiciones económicas y políticas de la clase, sin salir de la explotación del capital. Por tal motivo, nuestra tendencia preconiza la organización directa de todos los trabajadores en cada lugar y por ramas de producción, las asambleas generales para tomar cualquier decisión, el nombramiento por las mismas de comités de huelga y delegados mandatados, revocables, y cuyos convenios con los patronos sean sometidos a votación. Estamos convencidos de que el proletariado se defiende hoy mucho mejor por sí mismo, aun carente de preparación revolucionaria, que abandonando su defensa a los sindicatos. No nos referimos sólo a los sindicatos falangistas, lo que sería una perogrullada, sino también a aquellos otros que casi todas las tendencias denominan libres, mismos que diversos aparatos nos tienen ya preparados "para después de Franco".

Lo que está ocurriendo cada día más a menudo en España convalida nuestro punto de vista de dos maneras. Por una parte, han tenido que recurrir al sistema de las asambleas generales, los propios grupos que preconizan sindicatos nuevos. Encontrándose todavía en la clandestinidad completa o parcial, no siendo sindicato sino por intención, tienen que valerse de las asambleas, que al otorgar a todos el mismo derecho de palabra y de voto se convierten en la mejor arma contra el aparato sindical falangista. Afirmemos desde ahora que esos sindicatos en ciernes negarán a los obreros el derecho de asamblea y de decisión contra ellos, tan pronto lleguen a tener funcionamiento legal. No es una suposición, sino lo que hacen sus protectores y colegas sindicales de Europa, donde están reconocidos por el Estado y por cada patronal.

Con ser mucho lo anterior en cuanto experiencia de lucha bajo un régimen policíaco, hay todavía más. En efecto, lo que mejor convalida nuestra posición radicalmente adversa a cualquier mediación sindical actual o futura, es el aspecto que han tomado las huelgas allí donde el procedimiento de las asambleas ha entrado en juego sin trabas. La solidaridad y la combatividad de los huelguistas ha alcanzado el máximo, y por tanto su resistencia a las presiones patronales y a la represión policíaca. Tener su lucha en sus propias manos da confianza a los obreros, los exalta, agudiza su ingenio, les permite adquirir en cada lucha parcial, queden vencedores o no, una suma de experiencias positivas y de conocimiento de los hombres que nunca obtendrán confiando su suerte a un aparato sindical cualquiera. En huelgas no aisladas, sino generales, las asambleas soberanas conferirán al proletariado un empuje social capaz de conseguir lo que se proponga, sin otro límite que el de su propia consciencia revolucionaria.

Una faceta en apariencia secundaria o todavía marginal, pero importantísima para el futuro, es la de las huelgas en industrias de trusts mundiales, cuyas factorías en países vecinos pueden suministrarles las mercancías necesarias para cubrir pedidos, dando tiempo a que los obreros se agoten. En tales casos (y también en otros que no mencionamos aquí) los trabajadores españoles deben proponerse suscitar la huelga de solidaridad yendo derechamente a los obreros de los países y de los trusts de que se trate, e invitándolos a seguir su ejemplo de acción y decisión mediante asambleas generales soberanas. Rehuyendo ésto, los sindicadores clandestinos que en España utilizan las asambleas por el momento, se limitan a pedir solidaridad, es decir, dinero, a los sindicatos extranjeros. Aunque lo den, poco o mucho, el dinero sindical es más bien una inversión a través de quienes lo administran; la solidaridad y el internacionalismo es la acción común de los trabajadores de diversos países. Pero esa hay que propugnarla por encima de los sindicatos, y no se realizará sino contra ellos.